por José Luis Aguirre Garay


Éxodo 7, 14-24

Benjamín llegó a casa luego de una extenuante jornada de trabajo. Tenía los pies hinchados, las sienes le dolían y en su boca había un sabor a herrumbre, a la par de un vacío en el abdomen por la falta de alimento. Anhelaba sentarse en su sillón favorito, estirar las piernas, cenar algo apetitoso y encender el televisor. Eran las diez de la noche.

Antes de pasar a la sala, Benjamín se dirigió a la cocina. Abrió el refrigerador, donde guardaba siempre un jarrito con agua que conservaba fresca. A Benjamín le gustaba la sensación del líquido frío abriéndose paso por su garganta hasta su estómago. Cada que vaciaba el fresco contenido en su boca, él sentía volver a la vida. Iluminado tan sólo por la tenue luz del refrigerador, Benjamín sacó el jarrito que estaba colocado sobre uno de los estantes. En su boca, las glándulas salivales se contrajeron, y sus papilas gustativas se prepararon para el éxtasis de la inigualable sensación que había anhelado.

Benjamín cerró los ojos y jaló un poco de aire. Dio un trago profundo al contenido del jarrito. Emocionado como estaba, no percibió en un inicio que el líquido que impregnaba el interior de su boca no era tan fluido, sino más bien espeso, como cargado de una densidad extraña que no correspondía al agua. En el fondo de su gusto distinguió un final dulzón, terroso y un tanto desagradable. Benjamín recorrió con la lengua el interior de sus mejillas y el contorno de sus dientes, impregnados de la viscosa sustancia. Limpió sus labios con las manos. Ahí quedaron los rastros de lo que unos segundos antes se había tomado: eran coágulos de sangre.

Con el miedo latente en su boca, Benjamín corrió al cuarto de baño, y entre arcadas de asco y terror, devolvió el contenido del estómago. Abrió la llave del lavabo para enjugarse la nauseabunda sensación en la boca, pero algo siniestro le impidió hacerlo. El agua que salía de las tuberías, de la regadera, de los sanitarios y de todas las llaves de su casa, por una inexplicable maldición, se había convertido en sangre.


Éxodo 8, 1-15

Lidia era la encargada de la tienda de mascotas desde hacía más de diez años. En todo ese tiempo había visto desfilar ante sus ojos a un sinfín de clientes: niños emocionados que observaban las vitrinas con los simpáticos perritos; señoras emocionadas porque el marido al fin les compraría ese hermoso cotorrito que hablaba dos diferentes lenguas, y que contaba unos chistes rojos excepcionales, dignos para las reuniones de los jueves con las amigas; tipos malencarados, con pantalones y chalecos camuflados, comprando carnadas para sus cañas de pescar; así, un larguísimo etcétera.

Nunca presagió lo que le ocurriría aquella noche.

Eran las nueve, hora del cierre de la tienda y del centro comercial. Como cada noche, luego de hacer el corte de caja y el inventario, Lidia salió de la tienda y bajó las cortinas metálicas del establecimiento desde la parte exterior. Lidia se agachó para colocar el primer candado cuando vio, a través del vidrio de la ventana, que una niña de unos ocho años se había quedado adentro. Lidia, tras recuperarse del susto, se apresuró a subir de nuevo las cortinas y a abrir la puerta de la tienda. La niña pareció no percatarse de lo que pasaba y seguía absorta, sentada en un banco, con la mirada fija en una caja que tenía sobre su regazo. La niña llevaba un delicado vestido verde que hacía juego con el color de sus enormes ojos, y los rizos de su cabello oscuro atados en colitas a cada lado. Ella levantó la vista cuando vio a Lidia acercarse y extendió la caja hacia ella.

—Toma, Lidia… es un regalo.

La niña salió corriendo de la tienda y se perdió entre la oscuridad del centro comercial, sin dar explicaciones. Lidia se quedó sosteniendo la pesada caja con manos temblorosas.

Se sentó en el banco donde minutos antes había estado la niña y se dispuso a abrir la caja. En su interior había una espantosa rana de increíbles proporciones descomunales, portando un curioso vestido de niña, y que no despegaba sus enormes ojos verdes de los de Lidia.

Ella salió corriendo del lugar.


Éxodo 8, 16-19

Cecilia era modelo profesional. Una mañana, un número desconocido hizo vibrar su teléfono celular. Al otro lado de la línea, una amable mujer le explicó los detalles: la llamada era con motivo del casting para una pasarela de modas de la prestigiosa firma __________, que se llevaría a cabo en los próximos días. Cecilia dio un brinco de emoción. Había esperado por años ese momento.

Una semana después, la mañana del casting, Cecilia despertó un poco antes de lo normal. La luz del día aun no asomaba en el marco de su ventana, por lo que supuso que todavía era de madrugada. Permaneció un rato más acostada, sobre la tibia almohada que acariciaba su cabeza. Le fue imposible volver a conciliar el sueño; la ansiedad del compromiso no lo permitía.

Levantó la cabeza de la almohada y encendió la luz de la lámpara sobre el buró. De pronto, una incesante comezón empezó a adueñarse de su cuero cabelludo. Cecilia poseía una abundante melena rubia que, después de alaciada, alcanzaba el fin de su espalda. Comenzó a rascarse la cabeza con las largas uñas postizas. Introdujo los delgados dedos entre las largas mechas del cabello y rascó enérgicamente, hasta que la piel se tornó caliente. Estaba desconcertada. Pensó que el tinte, aplicado la noche anterior, le había causado una reacción alérgica. Pensó también que quizá la comezón era causada por la tensión del evento de aquella tarde. Sin embargo, lo que nunca pensó, fue en aquello que, una vez espabilada, pudo observar sobre su cama.

La tersa blancura de su almohada estaba infestada por minúsculos bichos, miles de piojos que saltaban de un lado a otro y que, durante toda la noche, se habían alimentado de las células muertas, de los cabellos y de la sangre capilar de la hermosa modelo. 

Cecilia no pudo participar en el evento de aquella tarde. Gente cercana a ella aseguran que cortó su cabello hasta el casco.


Éxodo 8, 20-32

Mucho tiempo viví en opulencia. En aquellos años poseía un trabajo espléndido y habitaba una mansión en la campiña, en cuyos límites corría un caudaloso río. Dentro de mi cochera esperaban siete autos distintos, lujosos y deportivos, uno para cada día de la semana. Joyas, yates, viajes al extranjero, dinero… muchísimo dinero. También tuve a Ruth, una mujer ejemplar que me amaba con locura y cumplía todos y cada uno de mis excéntricos caprichos. Y una hija, Rebeca, tan bella y amorosa como su madre.

La enfermedad vino súbitamente. Una parálisis en la mitad derecha de mi cuerpo me confinó a una horrenda silla de ruedas. Las terapias solo ayudaron a pailar mis sufrimientos, mas nunca los curaron. Mi mano derecha perdió movimiento y la pierna apenas me permitía sostenerme en pie. Mi memoria también se vio afectada: lagunas mentales recurrentes a menudo hacían que no recordara que había desayunado esa mañana.

Luego la compañía se vino abajo y mis acciones cayeron hasta los suelos. La bancarrota vino mucho antes de lo esperado.

La carta que Ruth dejó solo reflejaba el sufrimiento y el hartazgo de tantos años. Se llevó consigo a Rebeca, mi adorada hija, junto con todo el amor que en otros tiempos dijo profesarme. Jamás volví a saber de ellas.

Ahora me mantengo gracias a una miserable pensión que me otorga el gobierno. Hay días en los que no como y noches en las que no duermo. Veo el transcurrir del tiempo desde mi precaria silla de ruedas.

Hace unos meses me diagnosticaron diabetes y, en cuestión de una semana, un pie se ha puesto negro. Primero dolía, pero después ya no sentí nada. Apesta tan fuerte, que mi humilde casa se ha poblado de cientos de moscas.

Al menos ya no estoy solo; las moscas son ahora mi única compañía.


Éxodo 9, 1-7

Somos uno de los últimos circos que utiliza animales en sus presentaciones. En nuestro espectáculo era posible encontrar elefantes, llamas, caballos y un enorme camello de nombre Emilio, ejemplar traído directamente del África septentrional.

Sí, hemos sobrevivido a las nuevas leyes proanimalistas gracias a sobornos y a algunos contactos con importantes gentes de arriba.

Hace unos días, durante la función de las siete distinguí, entre los cientos de personas que conformaban nuestro público, a alguien que llamó mi atención por su singular aspecto. La luz de los reflectores, que de cuando en cuando rozaban las cabezas de los asistentes, me permitió ver a un niño muy distinto al resto, cubierto con una capucha roja que le ocultaba el rostro.

La función continuó sin pormenores hasta dar paso al número de Emilio, el camello, nuestro acto final. Emilio tenía la particularidad de poder hablar y, gracias a ello, nuestras funciones se veían abarrotadas noche tras noche.

Entonces fue que lo vi de nuevo.

Cuando Emilio contestaba las estúpidas preguntas que le hacía una mujer, el niño de la capucha roja se levantó del asiento, alzó los brazos al cielo y, mediante un rápido movimiento, esparció un polvo púrpura que llevaba oculto en las manos, haciendo toser y estornudar a toda la concurrencia, a los animales y a todo el personal.

Luego de que pude controlar mi respiración, volví la vista hacia las gradas: el niño de la capucha roja había desaparecido.

Una semana después, nuestros animales comenzaron a morir. Uno a uno, elefantes, llamas y caballos, encontraron la muerte tras penosos días enmarcados por fiebres, vómitos, diarreas y pútridas flatulencias.

El último en morir fue nuestro querido Emilio. Tras despedirse de todos y antes de expeler el suspiro final, comenzó a repetir, como un endemoniado, la palabra PESTE.


Éxodo 9, 8-12

Soy médico gastroenterólogo con una trayectoria, modestia aparte, ejemplar. Ayer acudió a mi consultorio Gabriela, una venerable anciana de ochenta años, a la que trato desde hace tiempo por unas ulceraciones en el estómago. Cada seis meses le realizo una endoscopía de control, sólo para asegurarme de que las lesiones no hayan aumentado de tamaño, o que no presenten sangrado, la complicación más común. Gabriela es una paciente ejemplar; sigue las indicaciones de sus medicamentos al pie de la letra, únicamente come los alimentos de su rigurosa dieta y, a pesar de su avanzada edad, procura el ejercicio diario.

Después de interrogarla sobre su estado actual y de buscar intencionadamente algún síntoma oculto, pasé a Gabriela a la cama de exploración, tal y como lo hago cada que viene a consulta. Inyecté el sedante por la vía venosa y, en cuestión de segundos, Gabriela roncaba como un bendito.

Me dispuse a iniciar el procedimiento. El endoscopio, guiado por la cámara y la luz de su parte anterior, penetró por el tracto digestivo superior de la anciana, hasta llegar a la cámara del estómago, lugar donde había observado unas pequeñas ulceraciones en la consulta anterior. Revisé el expediente: dos úlceras en el fondo; otras dos en el atrio. Dirigí el endoscopio hacia las lesiones señaladas y apunté con la luz, observándolo todo a través del monitor. Juro por Dios que, en mis treinta años de experiencia, nunca había presenciado algo semejante…

Encajados en la mucosa de una úlcera, había dos dedos de mujer. Lo supe por las alargadas uñas pintadas y por el ostentoso anillo de diamantes, aún ceñido a una de las falanges.

Unos fuertes toquidos a la puerta me sacaron de la turbación en la que me encontraba. Era la policía. Buscaban a Gabriela desde tiempo atrás y habían dado con ella en la intimidad de mi consultorio.

Hoy me enteré a través de la televisión que, en la antiquísima casa donde la vieja vivía, fue encontrado el cadáver de una mujer a la que le faltaban, entre otras partes de su cuerpo, los dos dedos que encontré en el fondo del estómago de la terrible anciana.

Todo apuntaba a un crimen pasional.


Éxodo 9, 13-35

—Mire, Juanita, ¿ya vio esos pinches nubarrones rojos allá, atrás del cerro?

—Ande sí, Lupita. Desde la mañana, temprano, que están así.

—¿Qué chingaos será, Juanita? Esas nubes no parecen ser de agua.

—Ha de ser puro pinchi tierrero, Lupita. Ya ve cómo llueve aquí. Nomás se viene el aigronazo que acarrea el terregal y que levanta la caca seca de los puercos, las tristezas acumuladas y las cenizas de nuestros muertos.

—¡Ande! Tiene razón, Juanita. Pero mejor déjeme ir a destender la ropa. No vaya a ser que ora sí se venga un cabronazo aguacero.

—Sí, Lupita, tal vez sea lo mejor… Yo también tengo tendidos los calzones del pinchi viejo huevón.

—¡Pos apurémonos, entonces! No sé qué chingaos hacemos aquí platicando. Mire, ya cayó la primera gota.

—¡Ah, cabrón, Lupita! Ya la sentí. Me cayó una en la frente. ¡Está el agua bien caliente!

—¡Pareciera que quema, Juanita! Como si esas pinchis nubes rojas vinieran cargadas con fuego. ¡Mire cómo las gotas hacen humo al tocar la tierra!

—¡Madre santísima! ¡Lo veo con mis propios ojos y lo siento en mi propia piel! ¡Estas gotas queman!

—¡No! Esto no es agua, Juanita… ¡Esto es puro chingado fuego! ¡Están lloviendo brazas de carbón incandescente!

—¿Qué clase de brujería es ésta, Lupita? ¡Mire, allá, el jacal de Cutberto! ¡Comienza a arder en llamas!

—¡Virgencita de Guadalupe! ¿Qué es lo que está pasando? ¡Allá, también, en el corral de Cosme! ¡Las gallinas se están quemando!

—¡Ay, jijo de su pinche madre! ¡Huyamos, Lupita! ¡Esto es el fin del mundo! ¡El apocalipsis de San Juan!

—¡Corra, Juanita, no sea pendeja! ¡Corra hasta donde la vista ya no le alcance! ¡La ira de nuestro Señor se hace presente! ¡La maldad de este chingao mundo está llegando a su fin!

—¡Pero, mis hijos, Lupita! ¡Mis hijos están en la escuela!

—¡Y mi viejo, Juanita! ¡Aún no ha llegado de la parcela!

—¡Cuidado, Lupita! ¡El cabello se le incendia!

—¡Juanita! ¡También sus chingadas ropas!


Éxodo 10, 1-20

Un 14 de febrero, Romualdo invitó a comer a Janet, su novia. Ambos estudiaban en la misma secundaria, lugar en el que se conocieron.

Esperaron pacientemente al timbre que anunció la salida y se encontraron en el portón de la escuela. Estaban nerviosos, apenados y no sabían muy bien qué hacer. Para los dos, ésta era su primera experiencia en el amor. Romualdo rompió el hielo regalándole una rosa que llevaba oculta en su mochila. Ella se sonrojó y, agradecida, le dio un tierno beso

Caminaron un largo rato por las empedradas calles del centro. Aunque el aire estaba fresco, ellos ni lo sentían; otras emociones muy superiores les colmaban los sentidos. Él le tomó la mano y ella no hizo por apartarlo.

Romualdo eligió un lugar que en otros tiempos solía visitar con sus padres, antes de que ellos se divorciaran. Era un espacio amplio y algo lujoso, que le traía muy buenos recuerdos. En su cartera llevaba los ahorros que logró juntar en los últimos meses. Estaba decidido a pasar una tarde especial.

Eligieron una de las mesas de afuera y se sentaron uno frente al otro. El mesero se acercó y les llevó la carta. Janet pidió langosta; él, una pasta. Para complementar, una jarra de limonada. Comieron, degustando cada quien a su manera los platillos. Sin duda, pensó Romualdo, esto es lo mejor que probaré en mucho tiempo. Janet, por su parte, delicadamente se pasaba la lengua por los labios, señal de que ella también había disfrutado de la excepcional comida.

Al terminar, Janet se levantó del asiento, tomó a Romualdo de la cara y le plantó un prolongado beso en los labios.

Maravillados, ambos profesaron su amor uno al otro.

Cuando terminaron la limonada Janet comenzó a sentirse indispuesta. Romualdo vio cómo, súbitamente, la cara de su amada se llenaba de puntitos rojos y los labios que acababa de besar se apelmazaban uno sobre el otro. Janet se rascaba por todos lados y no podía respirar. Después vinieron las convulsiones que la tumbaron al suelo y un espeso líquido blanquecino escapó por su boca. Romualdo vio cómo la vida de su amada se le escapaba en segundos.  

Ni Romualdo ni Janet sabían que ella era alérgica a la langosta.


Éxodo 10, 21-29

abro los ojos
un día más
envuelto en tinieblas
rodeado de penumbra

ninguna luz
ni una vela
ni una estrella
ni la luna

tres días
sin distinguir tu rostro
sin observar tus ojos
sin tu imagen

solo tu aliento queda
el olor
los contornos
tu olvidada risa

toco tus labios
el cabello
la línea de tu espalda
entre tus piernas

caricias
suspiros
los susurros
es lo que queda

porque ya no vemos
la maldad cegó
⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀ nuestros ojos
y tiñó de negro
lo que nos rodea

afuera, los robos
gritos
lamentos
muerte y desolación

oraciones sin escuchar
por el dios opacado
que nos ha desplazado
⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀ en la eternidad

henchido de ira
oscureció la belleza
ennegreció su obra
para no dañarla más


Éxodo 11, 1-10

Nota en el diario El Progreso:

Ola de infanticidios sacude la ciudad

18 de febrero de 20XX

El cadáver de una niña de siete años fue encontrado en las inmediaciones del arroyo “el Saucillo”, al sur de la ciudad. Sus características físicas y de sus ropas, corresponden a las de Mariana “N”, menor desaparecida hace tres días. El cuerpo de la niña tenía un gran hueco en el tórax. La necropsia reveló que no había señales de abuso físico o sexual, pero a la niña le faltaba el corazón, el cual le fue extraído con la precisión de un cirujano.

Las autoridades detuvieron a la madre, Graciela “N”, sospechosa en el caso, quien fue puesta a disposición del Ministerio Público para su declaración. La mujer ha manifestado ser inocente. Asegura, como las madres de las otras once niñas asesinadas en las últimas dos semanas, que su hija fue sustraída de su domicilio la noche previa al descubrimiento del cadáver. Misteriosamente, en todas las casas revisadas no se encontraron restos de sangre, ni puertas forzadas o ventanas abiertas que indicaran la presencia de alguien ajeno en su interior.

Mariana “N” se suma a la macabra lista de niñas sin corazón.

Nota del diario El Progreso:

Terrible hallazgo

20 de febrero de 20XX

Esta mañana, doce pequeños corazones fueron encontrados en las afueras del Ministerio Público, donde las madres sospechosas de infanticidio permanecen bajo arraigo. Un conserje, quien respondió al nombre Macedonio “N”, fue quien halló una enorme bolsa roja que chorreaba sangre sobre la escalinata. El conserje la tomó con sus manos y percibió un movimiento en su interior. El hombre, de 72 años de edad, asegura que uno de los corazones aún latía, situación que lo llenó de miedo. Dejó la bolsa donde la había encontrado y dio parte a sus superiores. La bolsa fue trasladada al servicio médico forense, donde su contenido fue analizado. Se confirmó que los corazones pertenecían a cada una de las doce niñas asesinadas. Se corroboró además, que los órganos habían sido extraídos bajo una técnica muy limpia, realizada por alguien experimentado, por lo que se abrió una carpeta de investigación.


Nota del diario El Progreso:

El Ángel Exterminador

22 de febrero de 20XX

La noche de ayer, un vagabundo acudió en forma voluntaria a las instalaciones del Ministerio Público, asegurando ser el asesino de las doce niñas. El sujeto, de aproximadamente 33 años, se identificó como Jesús “N”. En un breve interrogatorio, Jesús “N” afirmó haber perpetuado los crímenes por las órdenes de un ser divino. Exigió al juez no ser llamado por su nombre, sino bajo el seudónimo de “El Angel Exterminador”.

Hasta el cierre de esta edición, no se conoce más información al respecto.



José Luis Aguirre Garay. Originario de Saltillo, Coahuila,  médico especialista en Medicina del Trabajo por la Universidad Autónoma de Coahuila. Escritor del género de fantasía y terror. Ha publicado el libro 13 Cuentos y Lulú bajo el sello independiente de Cravioto Editores, además de la participación en la antología Narrar Abajos, de la misma editorial. Colaborador ocasional en los periódicos Vanguardia y El Siglo de Torreón.

Arte: Robert Rauschenberg, Red Import

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