por Alonso Burgos

“[…] en el suelo de México no arraigan imperios.
Lo que arraiga es la tragedia terrible en que vivimos,
en que nos movemos y somos.»
–Julio Guerrero (Pasiones mexicanas)


Bueno, pues imagínate que te encuentras en uno de esos pueblos perdidos en medio de este inmenso país. Ya sabes, una de las tantas comunidades insospechadas por donde no pasa nadie a menos de que esté muy, pero muy perdido; uno de esos lugares donde las tortillas sólo se hacen en el anafre de la señora que está todo el día sentada en la banqueta volteándolas con sus manos que ya no sienten el fuego; donde el ferretero, el de los quesos y la mesera de la fonda mandan a sus hijos a la misma escuelita casi sin maestros; donde por poco se quedan sin santo, y la miseria y la frustración se pegan en la piel, así como una capa de polvo muy finita.

Estás, pues en uno de estos lugares repartidos entre la selva densa, o escondidos en medio de los cientos de otros barrios bravíos de una ciudad demasiado grande. Ya sabes, terminaste ahí por los motivos que tú hayas tenido para hacerlo. Tal vez la vida te trae medio de bajada últimamente y anduviste perdidote hasta acabar aquí, imagínatelo: estás caminando por la calle que se llama Matanzas, y se te hace rarísimo esto de los pueblos y ciudades de México que tienen calles con nombres tan salvajes, como Matanzas, aquí por donde andas caminando, o Degollado, o Lago de la Muerte, o Diablotitla. Ni se diga la Barranca del Muerto, eso sí suena tan terrible que hasta prefieres andar aquí, ¿no?

Y pues, digamos que está haciendo calor, por supuesto. En estas épocas del año, el sol se pone a darle con todo antes de que lo tapen las nubes grises a eso de las cinco, antes de que se caiga el cielo por unas dos o tres horas con rara excepción. Ni tienes que ser muy fantasioso para imaginarte que esta pobre coladera por donde pasas ahora no da para tanta agua de un jalón, y seguro que en las tardes donde llueve más de lo normal, esto se vuelve el arroyo Matanzas.

Claro que se te debería de hacer curioso ver la patrulla medio destartalada con los dos policías sentadotes adentro, muriéndose de calor como tú. Puedes hacerte la pregunta si en un lugar como éste, los policías tendrán razón para tener una estación y una patrulla. ¿Será que aquí sí hacen su trabajo? ¿Acaso los lugares insospechados son la excepción a la regla? Quién sabe, la verdad ni siquiera tienes que preocuparte por esas cosas, ni fijarte en el edificio de tres pisos que la hace al mismo tiempo de estación, oficina municipal y registro civil. No tienes que hacer eso, en serio. Tú tendrás tus razones para estar aquí, aunque seamos sinceros: si acabaste en este lugar por afán turístico, es que estás medio güey como turista.

Y claro que justo enfrente del edificio del gobierno y de la policía, está la que te imaginarás como la verdadera autoridad del pueblo, o la que por lo pronto es menos probable que quemen o derrumben en un ataque de ira colectiva: la iglesita con un pequeño campanario del lado izquierdo de la fachada, pintada de un rosa espantoso y mugriento. Bueno, quizá a ti no te parezca tan feo.

No debe sorprenderte mucho que la gente se te quede viendo con tanta desconfianza, o tal vez hasta hostilidad. A ti nadie te conoce aquí, y nadie sabe por qué viniste, eso sólo tú. Imagínate todos los problemas y dolores que les han de haber traído personas de afuera a esta gente en el pasado. Sólo mira cómo te están vigilando. No puede ser algo que hayas hecho en los pocos metros que has recorrido. Tal vez no estés como para concurso de belleza, pero no es para que te echen esas miradas tan terribles.

También sería natural que te hicieras preguntas acerca de la vida en un lugar como éste. Bueno, cualquier persona con un poco de curiosidad probablemente lo haría. ¿Cuánto ganará esta señora que vende palanquetas y cocadas afuera de la iglesia en un día? ¿Para qué le alcanzará esa ganancia miserable? ¿Tendrá hijos? Ya se le ve bastante mayor. Tiene la piel como agrietada y oscura de tanto sol. Seguro que pasa todas las horas del día parada aquí, intentando sacar lo suficiente para vivir, o que por lo menos le alcance para conseguir un lugar donde caerse muerta de tanto cansancio. Todo eso de cinco en cinco pesos, que es lo que cobra por una palanqueta; todo tan miserable que hasta dan ganas de llorar, ¿no?

Pues sí. ¿Cómo no vas a fijarte en todos si todos se fijan en ti? La señora de las cocadas y las palanquetas, o ese grupo de hombres a tu derecha, por ejemplo. Quizá ellos, a diferencia de la señora, se pasen la mayor parte de los días sin nada que hacer más que observar a la ralea de la gente que aparece en la calle Matanzas. Tal vez tú les inspiras tan poca confianza como la que te inspiran ellos a ti. Es terrible eso de tenerle miedo a la gente ordinaria. No obstante, seguro ya estás entendiendo que ese miedo está tan instalado aquí como si las cosas se encontraran en un estado natural que más que de pueblo, parece de infierno.

La verdad es que esa impresión probablemente también se deba a que el sol se está poniendo un poco rudo. Pudiste haberte traído una cachucha, aunque orillarte para que te toque sombra de la pared de la escuela tampoco es mala idea. Ahora, eso de prender un cigarro y seguir echando la competencia de fruncir el ceño con el grupo de señores, quién sabe qué tan sensato sea; tú dirás.

Tal vez haya pasado ya demasiado tiempo desde la última vez que estuviste en una escuela, pero aun así te podrás imaginar por la hora y el repentino escándalo del otro lado de la pared donde te recargas, que ya han de haber terminado las clases del día de hoy. Tal vez escuchar las voces agudas y alegres hasta te haga recordar la época en que te salvaba la existencia escuchar el timbre de la campana a las dos. Aun así, la verdad sería medio ingenuo de tu parte pensar que tus tiempos en la escuela se parecieron en algo a la vida de estos niños de Quiénsabedónde. Mira dónde estás. ¿Qué crees que sea lo máximo a lo que puedan aspirar los locos bajitos de este lugar? Ya nadie se ha de creer el cuento de que la carota de alguno de estos niños vaya a terminar en un billete de veinte pesos, mucho menos si a veces no hay maestros, o si luego en la noche se roban el pizarrón y las sillas y ya no hay dónde escribir ni dónde sentarse, ni cómo pensar con tanto pinche calor.

Ahora, con la apertura de las puertas de la escuela, al calorón y a la tensión de las miradas en la calle Matanzas, se agrega un caos de escuincles por todas partes gritando y correteándose en sus uniformes sucios y descosidos. Entre tanto alboroto de ruido y gente, hasta se vuelve difícil imaginarte ahí, recargándote contra la pared en la escasa sombra que ahora recorren pequeñas cabecitas de aquí para allá. Seguro hasta podrías hacer algo con la posibilidad de que nadie se dé cuenta, como acercarte a esa niña que, a diferencia de sus compañeros y compañeras, no se mueve, y está plantada con los ojos en el cielo como si buscara la forma de algo en las nubes. A pesar de que es la menos escandalosa y agitada de todos los chamacos uniformados, a cualquier persona le podría llamar la atención su quietud en medio de la locura, incluso a ti. Eso sí, tal vez no deberías acercarte tanto a ella. Quién sabe si la vayas a espantar, si en la escuela ya le enseñaron acerca del peligro de los extraños y de lo horrible que puede ser la vida si uno se termina cruzando con la gente perversa que hay en el mundo. Es en serio. Está bien que la calle esté tan hecha un desmadre por todos los chamacos, y quizá ya ni alcances a ver a los hombres que te miraban feo hace rato, pero tal vez de todas formas no convenga que te le acerques tanto a la pobre niña. ¿Qué le piensas preguntar? ¿Qué respuesta puede tener ella; qué puedes ofrecerle? Seguro lo mejor sería que la dejaras en paz, mira, ya está intentando alejarse de ti. No la tomes del brazo por ningún motivo, que si lo haces, seguro no tardará alguien en darse cuenta, como la señora de allá, mira, ya hasta te está señalando, pero entre todo el pinche escándalo ni se escucha lo que está diciendo. ¿Qué es tan importante que le quieres decir a la niña? Ya mejor déjala en paz, que las demás personas ya están empezando a darse cuenta, seguro ya todos te están viendo. Cuesta trabajo creerlo, pero de un momento a otro parece que desaparecieron todas las cabecitas que te llegaban a la cintura y ahora sólo te rodean caras enfurecidas que están a tu altura. Ya hasta la niña se fue quién sabe a dónde. Tendrás que imaginarte su respuesta a lo que sea que hayas querido preguntarle, ya sabrás tú qué haya sido. Tú habrás tenido razones para acercarte tanto a ella, así como las tuviste para acabar en este lugar perdido. Sea como sea, ahora la masa de gente se cierne sobre ti, y a tus espaldas sólo está la pared cascada de la escuela. Imagínate ahora que escuchas una voz, seguro que viene de la anciana que te señaló cuando seguías cerca de la niña en medio del caos, y que ahora te acusa de haber querido secuestrar a la niña, que grita varias veces, cada vez con más voces de otras personas al unísono: robachicos.

Bien deberías saber que después de esa acusación, ya no te queda mucho por hacer. Aquí, donde sea que estés, ya se fue eso de confiarle la justicia a las pinches autoridades. Por qué habría de ser necesario entregarte a alguien con demasiadas cosas que hacer, alguien a quien no le va a importar un carajo lo que hiciste o no hiciste, y que dejará que las injusticias que se le hacen a estas personas se pierdan en las interminables denuncias sin atender. Así está la cosa, ni digas que te imaginas a los pinches gordos de la patrulla interrogándote y llevando a cabo una investigación de manera justa. Aquí, la justicia legal dejó de ser un cuento que la gente se cree y por lo tanto, seguro ya hasta habías previsto el primer puntapié, seguido de la primera bofetada, procedentes ambos de la masa de gente que ahora ya está completamente sobre ti. Lo único que puedes ver aparte de los cuerpos que te rodean son el cielo azul y las nubes, si volteas la cabeza hacia arriba. Tal vez hasta te preguntes qué habrá estado buscando la niña allá arriba cuando la viste en medio de sus frenéticos compañeros.

Si quieres, pregúntate si nadie piensa ayudarte. Sería lo normal. Puede incluso recorrer tu cabeza la imagen de los policías acalorados que ahora vienen a rescatarte a macanazos de la furia del pueblo. De hecho, entre los golpes que ya te han de haber dejado medio atarantado, sientes que unas manos te ayudan a incorporarte, y tal vez en serio alguien te va a venir a salvar. Como tienes los brazos sujetados, no puedes evitar el recorrido de tu sangre caliente por el costado derecho de tu cara, pero puedes sentirlo. Seguro también distingues los gritos que vienen de la multitud, que piden que maten al cabrón, pinche robachicos hijo de la chingada que lo maten. Probablemente muchas de las personas detrás de esos clamores ni siquiera te han visto y acaban de llegar para determinar tu castigo. Sientes que las manos que te levantaron y que ahora sostienen tus brazos detrás de tu espalda te empujan para caminar sobre la banqueta de la calle Matanzas, rodeado por la turba furiosa, de donde siguen lanzándote insultos y golpes de vez en cuando. Pasan todos junto a la iglesia de la fachada rosa y de pronto se detienen al pie de un poste de luz, enfrente del edificio de junto. Entonces escuchas una voz detrás de ti, que suena como la voz de alguna persona que no es la primera vez que tiene inmovilizado a alguien a quien están matando a golpes.

─Ahora sí vas a ver lo que le hacemos a los que vienen a tratar de chingarnos.

Claro, tú intenta decir algo para convencerlos de que se equivocan, que no querías chingarte a nadie, que acabaste aquí por güey o por alguna otra razón. Ya sabrás tú si eso es mentira o no. Sea como sea, debe quedarte claro que para estas personas enojadas y violentas, ya no es momento de escuchar argumentos para ver si eres culpable; ya nadie está con ganas de perder tiempo en largos juicios sin sentencias. Aquí ya no hay jueces, sólo verdugos.

Bueno, ya en realidad ni siquiera tienes que imaginarte las cosas, porque seguro ahora las ves y las sientes ya como son; notas la tensión del mecate que quién sabe de dónde salió sobre tus brazos, que siguen trabados detrás de tu espalda ahora que te están amarrando al poste de luz. Quizá te sorprenda la velocidad con la que todos alrededor de ti se organizaron para traer pedazos de madera, ramas y sillas viejas que empiezan a apilarse a tus pies mientras la primera fila de gente retrocede un par de pasos. Por primera vez desde que te rodearon, sientes que tienes espacio para respirar bien otra vez, pero el aire limpio dura hasta que te salpican el torso con un líquido denso y apestoso. Tal vez no conozcas el olor a gasolina, pero si sí, entonces seguramente ya sabes lo que viene ahora.

Antes de que te prendan en llamas, alcanzas a ver las caras de todos, hasta reconoces detrás de la gente la fachada rosa de la iglesia y el pequeño campanario. Quizá todo te parezca un chiste muy cruel, aunque la verdad no tiene nada de gracioso.

Ahora que las lenguas del fuego ya empiezan a dorar tu piel, intentas fijarte en las caras de la gente. Quieres entender si sus gestos de atenta satisfacción se deben a que están convencidos de haber hecho justicia con sus propias manos, o si sólo se sienten llenos de un placer primitivo de haber acatado a la oscura violencia que llevan dentro. Ya tan rodeado por las llamas de tu hoguera, será difícil que puedas determinarlo. Seguro ya no distinguirás a los niños, a los hombres, a las mujeres, a la vendedora de cocadas, a los policías, al padre de la iglesia rosa en su sotana, a los que graban todos con sus celulares y sonríen, y a los que miran al piso. Ya entre tanto fuego y dolor seguro te será más fácil pensar, antes del fin, que todos aquí son diablos; nada más que diablos.



Alonso Burgos: Nací el 8 de septiembre de 1995 en Ciudad Satélite. Viví hasta 2015 en México. Después de salir de la preparatoria, me fui a estudiar literatura comparada y ciencias políticas en la Universidad Libre de Berlín. En junio de este año publiqué mi primer libro de cuentos, Nada más que diablos. Actualmente estoy estudiando un programa de doctorado en literatura comparada en la Universidad de Princeton. El link para acceder al libro: https://www.amazon.com.mx/Nada-más-que-diablos-Spanish/dp/1071061917

Arte: Muertos de gusto, Nicolás de Jesús

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