por Ester Blanco


El pueblo estaba muy animado porque ese día llegaba el enterrador. Se veía la ansiedad en los caminos, los almacenes, los patios de las casas. Un rumor constante de cosas acomodándose y pasos ligeros. Sin embargo, no iba a ir a verlo: ese día se cumplían 10 años de la última vez visto y tocaba cambiar la placa del campo santo.

Mientras escribía con el cauterizador el nombre, mi abuela preparaba la mesa para que comamos. Sobre el mantel desgastado por dos lados, siempre servía tres platos: el suyo, el mío y el de mi padrino. Dese hacía diez años colocaba el mismo enorme plato, pero nunca lleno. Quería que cuando llegara pudiera comer la comida caliente. “No vaya a ser que se quede con hambre, hace mucho que no ha de comer”.

Guardé la placa de madera en la mochila y saqué la bicicleta para ir al cementerio. Como todos los días, el calor árido levantaba la tierra. Mientras estaba yendo, pude ver al enterrador llegando a la entrada del pueblo. Me detuve en seguida: no se le ocurra pasar por donde él pasa. Vestía un sombrero roído pero caro, zapatos lustrosos y traje sucio. Detrás de él, unas palas brillosas. En el momento en que se bajó de la bicicleta se aproximaron tres vecinas. Llevaban pañuelos en la cabeza: esperar muchas horas bajo el sol las dejaba poco lúcidas. No se podía perder la oportunidad de hablar con el enterrador. Por eso todo el pueblo lo intentaba, aunque nadie lo dijera.

La primera que se acercó iba cubierta. No era buena idea ser visto en esa situación. Por eso las citas eran en la entrada del pueblo. No escuchaba lo que decían, pero era fácil imaginarlo. Llevaba en una mano una foto, en otra un pañuelo arrugado. En la cartera se adivinaban documentos. Después apareció Asunción. No habían vuelto sus hijos desde hacía unos meses. La última fue doña Juana. Llevaba veinte años buscando, pero él nunca dijo novedades de su marido. A esa altura, o lo mataron los hombres o lo mató el tiempo. Ya no lo pedía vivo: pedía algo.

El enterrador caminaba cabizbajo. Nunca logramos verlo bien. Iba escuchando a las mujeres, quienes le ofrecían aguardiente y cigarrillos. En un momento se detuvo y tensó el aire. Metió la mano en uno de los bolsillos y sacó un trozo de camisa con un botón oxidado. Las tres mujeres se agruparon alrededor de la prenda. En un momento, doña Asunción tiró las fotos de su hija al suelo mientras se arrancaba los pelos gritando. Cayó sujetada por las otras mujeres. Gritaba desde la entraña herida; desde el instintivo temor a la muerte de una hija. Gritaba y gemía al pueblo, pero nadie salió. Tras varios minutos sollozando, se fue con las otras dos mujeres a su casa.

Una vez disipado el camino continué mi viaje hacia el cementerio. Lo llamamos así pero apenas había huesos. Mi abuela fue la primera en poner allí sólo una plaquita para ir a hablar con su sobrino. Luego de ella vinieron las otras personas. ¿Qué más podíamos hacer? ¿Cuánto tiempo puede resistir una espera?

Llegando al cementerio estaba una señora cantando nanas. Ese día tocaba cambiar las placas de madera: ¡qué dirían ellos si regresasen y las viesen podridas y olvidadas! El campo santo está en el único lugar donde crecen árboles en cantidad y los niños pueden jugar sin insolarse. Las lápidas son pocas y en su mayoría antiguas. Pero dada nuestra situación, debíamos adaptarnos. Cada quien pone las cosas como quiere. La placa del señor Abdul está en una maceta con forma de lecho donde dejan crecer plantas, mientras que la de Juan tiene una salita con alfombra y dos sillas para sus hermanas. Sofía suele sentarse junto al espacio de su hija, dejándole galletas y cebándole mate. Joaquín juga pasando un autito en miniatura sobre la placa de su padre.

 La placa de mi padrino ya tenía moho y hongos. La tiré por ahí para que los niños la usaran para jugar y coloqué con cuidado la nueva. Allí estaba su fecha de última vez visto y el epitafio: “prepárame el mate que estoy llegando”.

Una hora después llegué a mi casa. Mi abuela estaba angustiada, pero antes de oír sus regaños le expliqué rápido:

—Me crucé con doña Juana, Asunción y otra señora.

—¿Qué les trajo ese desgraciado, o no era para ellas?

—Creo que un botón de camisa.

—Ese hijo de puta nunca trae un hueso.

Siempre quiso saber que ocurrió con mi padrino. El primer día de ausencia lo continuó con normalidad. Era propio de él ausentarse. Sin embargo, tenía presente constantemente las últimas palabras: prepárame el mate que estoy llegando. En un punto las excusas ya no sostenían el tiempo de demora. Salió al pueblo a averiguar si lo habían visto. Las vecinas se sorprendieron y lo demostraban con una pregunta cínica e ignorante a partes iguales: ¿por qué se lo llevarían? Y mi abuela callaba. No era vergüenza su silencio, sino necesidad.

Pronto más gente comenzó a ausentarse. No quedaba huella, ni ojo testigo, ni oído oportuno. Ni siquiera quedaba el aire más espeso, el agua más sucia, la tierra más removida. Las mujeres salían a buscar a quienes no estaban más; ni en este mundo ni en el de los muertos. El enterrador siempre había venido, pero nunca lo percatamos hasta que ellos ya no estaban. Ahora, este señor tan inalcanzable, era esencial para poder vivir.

Él no decía nunca nada: simplemente metía la mano en el bolsillo y sacaba algo. Una ropa, un anillo, una carta. A veces, los afortunados recibían un hueso. Recuerdo cuando era niña ir con mi abuela a ver al enterrador. Una mujer que preguntaba por su hermano, recibió un diente suyo. Se echó a llorar y riendo regocijada exclamó: “es suyo, es suyo, tiene la corona que le pusieron hace unos años”. Con la boca llena de agradecimiento besaba el diente y la mano del enterrador. A todos nos provocaba envidia: ella tenía un muerto. Nosotros teníamos camas y tumbas vacías. Esa misma tarde enterró el diente en una cajita de plomo. Puso una enorme lápida de mármol con las fechas bien delimitadas y un epitafio decente que resumía la vida del difunto. Una semana después ella se ausentó del pueblo y nadie la buscó. No quedaban parientes.

A escondidas yo iba con el enterrador. No tanto por mí sino por mi abuela. La espera la hizo odiarlo. Una vejez desafortunada por la constante e inevitable esperanza de que mi padrino cruzara el patio de casa. Podían pasar los siglos, la demencia, la parálisis, incluso la muerte propia y aún así dejaría la puerta delantera sin traba.

Ella ya no iba más a ver al enterrador. Fue de las primeras en increparlo y así perdió su amparo. Fue la peor imprudencia de su vida: él era quien estaba entre los vivos y los muertos, quien pasaba por los hospitales, comisarías, caminos e iglesias. Por él se accedía al pasado y a ese momento que agrietaba nuestra realidad. Lo que entregaba decía mucho de la muerte del ausente. Y suponíamos la muerte porque él nunca entregaba vivos. Y esto hacía sospechar a mi abuela.

En lugar de mandarme a averiguar con él, me mandaba a buscar a otros pueblos. Generalmente llegaba y preguntaba a cualquiera si mi padrino había pasado por allí, si había ido a comprar pan o si estaba en la biblioteca. Pasados los años las mismas preguntas se tornaban sospechosas. Todo debía hacerse con mucho sigilo: las consecuencias no querían siquiera nombrarse.

Por años busqué. Pero la gente olvida y evita. El recuerdo estaba desgastado y la cara de mi padrino se volvió genérica. Un rostro blanco con dos esferitas por ojos, pelo con raya al costado y la expresión seria propia de una foto de cédula. Lo que más teníamos en común era una pésima dentadura llena de caries y arreglos. Si la demencia hacia olvidar a mi abuela el plato en la mesa, al primer bocado mi muela careada me recordaría colocarlo.

Durante aquel mes corrió el rumor que se había escapado un perro rabioso. Evitábamos salir lo más posible pero ya se cumpliría la vuelta del enterrador. Decidí ir a preguntarle por mi padrino una vez más. Lo esperé a la hora de siempre. El aire estaba seco y brumoso. El calor se acumulaba en mi respiración. Nadie salía bajo un cielo que no era azul, un cielo de pura luz. Prefería correr el riego de no tener testigos.

Y de repente, apreció en su bicicleta. Detrás de él pude distinguir al perro tirado en la sombra, tratando de respirar. Aún así di el paso y se detuvo frente a mí. Era inmenso. Nunca me había percatado de ello: era tan alto que tenía que curvarse para poder escuchar lo que le decían. Unos ojos ocultos tras dos lentes que me reflejaban y una boca fruncida y llena de arrugas me interpelaban sin decirme nada. El calor y su figura me sugerían no decir nada. Finalmente hablé:

—Busco al sobrino de mi abuela. Se llama Raúl. No traje fotos, pero sé que él tenía los mismos arreglos que yo en los dientes.

Bajó las cejas. Le abrí la boca tímidamente y me tomó de la mandíbula obligándome a inclinar la cabeza hacia atrás. El sol no me dejaba ver. Solo sentía los dedos viscosos y fríos revisándome los dientes, chocándolos con la uña. Cuando me soltó y pude bajar la cabeza seguía obnubilada. Metió la mano en el bolsillo y me dio una mandíbula que efectivamente tenía algunas de mis caries y una grieta en el ángulo.

Había esperado tanto ese momento de certeza, que ahora que lo tenía me sentía incompleta. Había una urgencia más profunda y anterior. Una duda que necesitaba solucionar por nuestra dignidad. Y como una idiota, levanté la voz y pregunté:

—Disculpe, pero, ¿Está segura que es suya? Creo que se equivocó, le sobran dientes…

El perro levantó el cuello, mas no la cabeza, mientras escupía la saliva rosada.

El enterrador se aproximó a mí y me cubrió con su sombra. Pude ver (y hubiera preferido no hacerlo) los ojos de corneas grumosas y amarillas. Distinguí de entre todas las cosas, la marca de la severidad de quien hace lo que debe hacerse al costo que crea necesario. ¿Por qué cometer esa imprudencia? Mi inocencia era sólo atestiguada por él, por quien nunca dice nada y todo lo maneja: la vida, la muerte y el reconocimiento de ésta. Quise retroceder, pero me tomó de la mandíbula y metió la mano en el otro bolsillo.

A pesar del temor, no quise gritar. Ya había visto tantas personas sollozando inútilmente al pueblo… a ese punto ya no me importaba nada más que poder dejarle la mandíbula a mi abuela y suplicarle al enterrador que también le dé la mía.

No recuerdo bien que ocurrió o cómo. El enterrador me intentaba llevar hacia su bicicleta y el perro se aproximaba asfixiándose. Le extendí la mano para que me mordiera. A pesar de querer huir no podía pensar lugar que él no conociera. A donde me llevara allí me quedaría y mi ausencia alimentaría horribles historias que todos ya conocíamos. De repente oí un estruendo. Luego sentí agua caliente y densa en la cara, y por último el sol que nuevamente me quemaba los ojos. Cuando volví a abrirlos, vi sobre mi pie las partes gomosas de la cabeza.

Tapándose los ojos, los vecinos comenzaron a llegar. Todos se detenían en donde comenzaba la sangre salpicada. Las mujeres se arrancaban los cabellos gritando, los hombres me sujetaban de los brazos y los niños se asomaban detrás de las polleras de sus madres para ver los ojos dislocados del enterrador. No podía oírlos: sus palabras me resonaban junto con el ruido del disparo. Mientras me sacudían de un lado a otro, apareció mi abuela con su escopeta en la mano.

—¡Ay por Dios, fallé el tiro! ¡¿Qué hice, Dios mío?!

—¿Sabes lo que acabas de hacer? —murmuró entre dientes Juana.

—Juana ¡Dios sabe que fue un accidente! No podía permitir que el perro rabioso lastime al señor… ¡Miren, allá va el perro! ¡Maldita sea el que lo soltó y causó esto!… me come la culpa Juana, es horrible, ¡acabo de matar a mi sobrino!

El calor fue envolviendo la escena hasta hacerla tediosa y grotesca. Luego de dos minutos nos fastidiaban más las moscas que la sangre. Agradezco ese cielo radiante que nos hizo perder el juicio y el tiempo.

—¿Y ahora que vamos a hacer? —preguntó ásperamente uno de los vecinos.

—Esperar, mijo. Sos muy joven, pero tendrás la vida para aprenderlo.

Y eso fue todo. De a poco, cada quien se fue volviendo a su casa. Días después fueron a tirar al cadáver a las afueras del pueblo para que el enterrador se lo lleve.

Cuando llegamos a la casa, mi abuela me limpió la cara y los pies sin una sola palabra de lástima. Me dio una taza de mate cocido y me ordenó que le dé la mandíbula. La tomó con melancolía, sosteniéndola en la palma de la mano. Inspeccionó los dientes y la curva quebrada. Suspiró. Mi abuela no sostenía una mandíbula: estaba sosteniendo el rostro de su sobrino, reconstruyéndolo con ese único hueso.

—Cuando mi sobrino nació, le preguntaron a mi hermana cómo quería llamarlo. Era el nombre que ella siempre pensó para su hijo. Ese nombre le había atravesado toda la vida y se lo puso a él. Me pregunto si se habrán molestado en dejarle ese último rastro de identidad.

Bajó la mandíbula, la sentó en la silla de mi padrino, y sirvió tres platos de comida.



Ester Blanco (1996, Argentina). Estudiante de letras en la UBA pero amante de la antropología. Entre la traducción de lenguas antiguas y el estudio de lenguas documentadas recientemente; entre Catulo y el descubrimiento de autores nuevos.

Arte: José Guadalupe Posada

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