por Franco Selke


Bajo el ruido de ambulancias, gritos, sirenas policiales y cantos estridentes, alcanzo a escuchar el graznido de unos tiuques entre los árboles de la Alameda. En el transcurso de pocos años estas rapaces menores se han adaptado a vivir plenamente en la urbe. Creo ver pasar sus sombras sobre mi cabeza, pero yerro. Son bombas lacrimógenas que cruzan el cielo en dirección a la turba de manifestantes. Los encapuchados se dispersan y aguardan hasta que los proyectiles impactan el asfalto. Luego, vuelven a reagruparse. El humo gris brota como ojo de volcán, impregnando el espacio de un olor agrio, picante; bloquea las vías respiratorias e irrita la piel. Antes que el viento expanda el veneno dos encapuchadas toman el plomo humeante y lo sumergen en un bidón con agua negra. Sus torsos desnudos brillan de sudor, agua tóxica y mutilaciones.

Tengo miedo. Si no lo tuviera sería estúpido. Está bien tener miedo; nos mantiene alerta, dispuestos a pelear o huir ¿Cómo no voy a tener miedo? Si en esta ciudad desaparece la gente y nadie hace nada. Si hay que gritar el Rut cuando te detienen para que no aparezcas muerto. Si te matan por pretender detener la mano que te revienta la espalda a latigazos. Y soy enfático e impasible; nunca me creí el cuento partidista de los sectores políticos. Siempre miré con recelo y hasta un poco de asco a los rojos y los fachos. No se trata de colores ni sectores, esta situación ameritaba hacer algo. La ejecución del poder. Y no lo digo por lo que hice, sino por el movimiento en general. Remecer los cimientos de esta sociedad. Sacarse el descontento. Levantar la mirada y sacudirse el polvo.

Casi cinco meses de conflictos. Todos los días. Peleas. Batallas en la calle. Fuego. Piedra contra bala. La incertidumbre de no saber lo que viene. El olvido y la negligencia del gobierno. El dolor de no saber si esto llevará a buen puerto. O un puerto siquiera. Si la sangre derramada, todo el humo inhalado, los cánceres desarrollados y los ojos arrancados valdrán la pena ¿Surgirá un nuevo sistema político y social cuando se haya quemado todo lo que falta por quemar?

Cuando pensé que ya habíamos llegado al límite, que se había tocado fondo, que no se podía despreciar y odiar más, fuimos más allá. Odié más. Dolí más.

Algunos hablan de entendimiento, de diálogo, de tolerancia. Pero no se puede, aunque se quiera, pues, lo que para algunos es un oasis dentro de fuegos imperecederos, para otros ha sido siempre una fuente inagotable e incombatible de abusos. Y es que es tanta la injusticia, tanto el dolor. Tanta impunidad…

Quedará en la Historia la Primavera de Chile, la Revuelta de los Treinta pesos o cualquier siutiquería para referir al estallido de octubre.  Quedará para la posteridad la imagen del ciudadano combatiente; una figura colectiva sin identidad. Anónima, como los detenidos desaparecidos en dictadura. Pero ciertamente se olvidarán a todas las personas que han sido golpeadas, agredidas y violadas.  No habrá justicia para quienes han sido violentados por el poder; serán mártires. Los asesinos saldrán a la calle tras una breve estadía en la sombra. Impunes. La cúspide social ha ido callando progresivamente los gritos que lloran la pérdida de vidas. Los policías salen libres después de confesar violaciones y asesinatos a sangre fría. Se filtran audios de poderosos avalando e incentivando la violencia ¿Cómo no va a quemarme el ácido del estómago? ¿Cómo evitar que crezca este odio atávico dentro de mi pecho? No son preguntas retóricas. No busco justificación. Todo este tiempo había pretendido una salida que no llegó hasta que sacié, por mi voluntad y propia mano, esta hambre.

Hacer revisión, nuevamente, de las causas de todo esto no tiene sentido. No ahora. Estoy acá, sentado y esperando; no hay salida. No por el momento. No para mí por lo menos. Sólo me queda esperar que lleguen por mí.

 Ya las brasas que iniciaron la ignición de este país suenan como un epitafio bajo las nucas de quienes continuamos en la calle. Las repetimos constantemente, casi sin procesar siquiera el significado de las palabras, como un himno. Réquiem. Porque, si bien las chispas generan el fuego del contexto, no son las causas que me motivaron a hacer lo que hice. No busco una justificación, insisto, no la necesito. Pues este sentir es un incendio constante. La inquietud que te quema la piel, poco a poco, haciendo ampollas, estallando el agua hirviente bajo la dermis.  La comezón que derriten los ojos y dejan las cuencas vacías. Es la rabia, la impotencia, el asco, la pena. Sí, tengo pena. Tengo muchísima pena. Me embarga la tristeza. Quisiera echarme a llorar por todo lo que pasa, por lo que hice también. Pero no porque me arrepienta. Sino para perderme y deshacerme en las lágrimas derramadas. Para huir. Para no sentirme como me siento. Pero nunca me enseñaron a llorar, así que aquí estoy, con las manos empapadas de sangre en coagulación.

 “Mi alma que desborda humanidad ya no soporta tanta injusticia” dijo Eduardo Miño hace más de dieciocho años cuando se inmoló frente a La Moneda, a modo de protesta por las más de trescientas personas muertas por mesotelioma pleural al inhalar asbesto de construcciones negligentes. No sé por qué llega su imagen a mi cabeza ahora, lo que hice no fue ni de cerca a modo de protesta. Y no es que falten motivos. El servicio nacional de menores, organismo que debería garantizar el rescate de niños en situación de vulneración de derechos ha sido acusado de traficar con los órganos de los pequeños. Los hijos de nadie; cuerpos fallecidos en situaciones desconocidas que no se pueden exhumar porque no se sabe siquiera donde están enterrados. Los ricos piden. Los pobres mueren. La imagen de niños violados, mutilados y asesinados como ganado para extraer sus órganos debería bastar para quemar todo esto, pero no es suficiente. 

Más de cuarenta muertos reconocidos. Casi quinientos ojos dañados. Doscientas cincuenta denuncias por abuso sexual. Setecientos torturados. Más de dos mil acusaciones de uso de fuerza excesiva. Son solo algunas de las acusaciones aceptadas por parte de la policía.

Se pensará que es una persona, que no tiene la culpa, que solo hace su pega y todas esas cosas. No es algo que no haya pensado. Pero su eventual inocencia no equilibra la balanza, pues este acto no es de justicia. No pretendo vengar a los muertos, ni erigir banderas de contragolpe. Lo que está bien o está mal no tiene cabida en esta ciudad humeante. Tampoco pretendo que ésta sea una metáfora o representación del crimen de la institución. No es un acto político su propósito, aunque así termine siendo leído. No lo hago para ser un mártir, para protestar contra el poder y el abuso policial. Es solo que ya no aguanto tanta rabia, este sentir inexplicable que retuerce las entrañas. No traigo consignas políticas ni defiendo colores. Actúo por instinto y dolor. Hambre y sueño. Eros y Tánatos.  La bestia mata cuando tiene hambre. El hombre no es muy distinto de las criaturas de las que dice diferenciarse. Tiemblo, sí. Tengo miedo, sí. Porque soy consciente de las repercusiones en la sociedad de la consciencia. Me debato entre Escila y Caribdis. El impulso y el pensamiento.

Hace como veinte días un indigente grita citas bíblicas en la misma esquina. Los pacos lo derriban con el carro lanza agua una vez al día, todos los días. El agua, que contiene ácidos y tóxicos ilegales, le ha quemado la piel, pero sigue gritando: “La humanidad está sumida en la angustia, lo dice Lucas capitulo veintiuno, versículo veinticinco. Entonces habrá… en la tierra angustia de las gentes… desfalleciendo los hombres por el temor y la expectación de las cosas que sobrevendrán en la tierra; porque las potencias de los cielos serán conmovidas». He soñado incluso con sus gritos, aparece cantando las palabras al son de tambores y bombas a su espalda.“No matarás”.

No pensé que yo fuera el primero en hacerlo. Claro está; deben ser centenares las persona que lo han pensado, pero la ejecución es algo diferente. Aunque me escude en la impulsividad del acto, el shock y la adrenalina en la sangre. Sangre. Sangre por todas partes. Por algo cargaba con el cuchillo.

Lo llevé en la mochila por poco más de un mes, envuelto en el mismo paño de cocina floreado con el que lo saqué a escondidas. Me convencí de que lo llevaba “por si acaso.” Me conformé con esa respuesta ambigua, inexacta, incompleta. Por si lo necesitaba en algún momento, en caso de que mi vida estuviera en riesgo. Reducir la existencia al matar o morir.

No creo que éste haya sido el caso, que mi vida haya estado peligro sumo. Creo que quise pensarlo para no sentirme culpable. Pero la culpa es un constructo impuesto por la misma urbe. Invalidada la ciudad se anulan también sus designios.

No es que no hubiera pensado anteriormente en las consecuencias. Es sumamente obvio lo que pasa si matas a alguien. Sobre todo, si matas a un policía.  Pero creo también que, en el fondo, hace rato acepté las posibles secuelas. Vivir privado de libertad no parece ser más terrible que vivir subyugado en el exterior, creyendo en falsas libertades. Moverte en los márgenes de autonomías impuestas. No basta con llamar pulseras a tus cadenas. La ilusión del libre albedrio, las falsas alegrías, las banalidades que pretendes desear a punta de obcecación y reiteración mediática. Ganado al matadero.

Quizás lo pienso solo porque jamás he estado en la cárcel o circunstancias similares, pero sí he vivido los dolores de la calle. Las imágenes vienen todos los días, cuando menos lo pretendo. Son como eternos hematomas; aprendes a vivir con ellos, por momentos olvidas que los tienes y avanzas en tu vida con normalidad. Pero basta un roce para que vuelvan a doler. Una imagen, un olor. Hay un punto donde se suprimen los recuerdos para no atormentar el espíritu. Todos estos años he pretendido ese punto sin lograr, hasta ahora, alcanzarlo.  Pero ahora no es el momento de trabajar en ello, no tengo el tiempo ni la energía. Pretendo aprovechar lo que me queda sobre este césped quemado. No debo dejar entrar los recuerdos. No ahora. Necesito estoicismo, tranquilidad. Ya vienen por mí. Ha de ser esa cuadrilla que avanza desde el oriente.

Me da algo de tranquilidad saber que hay más gente en la calle. Que habrá más gente cuando lleguen a buscarme. Así no podrán pegarme tan fuerte.

¿Qué nos separa para ir del pensamiento a la acción? ¿Tan profundo cala la norma en nuestros espíritus? ¿Seré poseedor de algún rasgo psicopático o será la violencia del entorno? Creo que, por mucho que alguien desee matar a otro, cargar con un arma para hacerlo cambia el panorama. Además, es distinto matar a alguien en específico que a otro sin rostro. La gente se queda en el deseo. Porque se nos enseña desde pequeños que es pecado contra el Padre la acción, en conjunto del pensamiento y la omisión. Pero mentiría si digo que hay rastro de culpa en mi pecho. Mentiría también si dijera que no hay algo de satisfacción. El regocijo, no por la sangre de la persona en mi mano, sino por la norma de la ciudad doblegada, rota, ardiendo en el fuego de mis manos.

Pareciera no ser tan sencillo con toda esa indumentaria y aparataje. Pero el contacto reiterativo revela los puntos débiles del uniforme. Articulaciones en extremidades inferiores y superiores, cuello, ingle, axilas. La necesidad de movilidad para el ataque es también la debilidad para el contraataque. No es tan difícil verlo. Por lo mismo me inquieta que no haya ocurrido antes. Es, quizás, ese miedo de romper con algo, quebrar el primer vidrio, saltar el primer torniquete. Ser el primero. Transgredir. Diluir el ello, la norma desde que se nace. Sin embargo, algo me dice que, después de hoy, más personas cruzarán esta línea. Se tomarán medidas, se sancionará con más rigor. Pero las personas tendrán menos miedo de hacerlo, porque alguien ya lo hizo. Porque el tapiz ya se ha mancillado.

Parecen ser fotogramas los que corren por mi cabeza, imágenes teñidas de humo. Cuadros ácidos, machucados por los piedrazos y embistes. Cuando uno se ve enfrentado a situaciones de extremo estrés pareciera abstraerse, desdoblarse, ver todo desde afuera.

Los pasos presurosos; gente corriendo en todas direcciones. El fuego pareciera erigirse como un caos abrupto entre los edificios, pero una organización subyace.  Ninguno de los que corren son verdes. No hay carabineros a la vista. ACAB por todas partes. En algún momento he sacado el cuchillo de la mochila. No soy completamente consciente del proceso. Me esfuerzo por respirar este aire que te quema las entrañas. Palpita la cabeza a punto de explotar. Mientras corro arrastro el lastre que he cargado por mucho tiempo. Pero en vez de ralentizarme parece darme fuerzas para ir más aprisa.  Ni autómata ni reflexivo. El reflejo es lo único que funciona. Parezco moverme por instinto.

En el caos del enfrentamiento no es tan difícil esconderse. Hay tanta gente que pareciera no haber nadie. Tumultos en carrera, gritos, humo. El olor a lacrimógena que se impregna en el concreto.

A casi dos cuadras los veo. Son tan llamativas sus vestimentas.

La lucha entre policía y manifestantes se ha pausado momentáneamente. El planteamiento de estrategias de reagrupación y contragolpe. Dos carabineros conversan; se han detenido y alejado del piquete que avanza un par de cuadras más. Coordinan el siguiente movimiento. El depredador que acecha a su presa es tan vulnerable como la presa misma. Se organizan. Se despiden. El más pequeño de la pareja se aleja trotando en dirección al piquete. El más gordo se queda. Lo observo un rato. Se saca un guante y coge su teléfono de uno de los bolsillos. Su postura se distiende, parece estar más relajado. Revisa sus redes sociales. El grupo se aleja levantando sus escudos en la típica formación triangular. El gordo grande debe haberse quedado de sapo, esperando algo. Avisar de algún movimiento opositor. Ésta es la chance. No lo pienso. No lo analizo. Mis piernas parecen moverse solas; hambreadas de algo diferente a la comida. Avanzo.

No hay cavilación. No hay procedimiento ni pasos a seguir. El paco es un punto palpitante que ha de apagarse, extinguirse a la brevedad. Soy la bestia a la caza de mi presa. En la proximidad de su cuerpo abultado lo veo sonso, bobo, inconsciente. Creo que un par de capuchas me observan, intrigados, en el desplazamiento. De lado han dejado, por el momento, piedras y palos. Al desviar la mirada atiendo un rayado en la pared de un banco: “Ya van a ver. Las balas que nos tiraron van a volver”.

A sus espaldas ataco el punto ciego. El primer tajo va por debajo de la oreja, una cisura no muy profunda que corta la huincha del casco. La sangre no brota inmediatamente. La mano enguantada se conduce a la fuente del dolor; ha de arder. La otra hace un amago, pero queda inhabilitada al sostener el teléfono. Se gira buscando a su agresor, acostumbrado al pegar y correr.

Golpeo su rostro de frente, impactando el visor protector. El casco cae dando botes sobre el cemento de la vereda. Aún con el celular en la mano intenta agarrarme. No puede. Retrocedo de un salto. Aun no ve el cuchillo en mi otra mano. Sus ojos rojos están inyectados en sangre. Esquivo otra vez. Sus movimientos son lentos, propios de alguien de su tamaño. Salto frente a él, en ofensiva esta vez, dibujando un arco filoso con el arma sobre su cuello rollizo. Ahora la sangre sí brota inmediatamente. Se ha segado la yugular. Ambas manos, ahora, sujetan su cuello intentando retener la vida, que no se le escape la linfa capital. Finalmente suelta el teléfono que, empapado, cae de rostro al asfalto.

Con su cuerpo intenta abatirme, pero tropieza. El dolor lo marea. Intento saltar hacia un lado para esquivarlo, pero no alcanzo. Su cuerpo voluminoso cae sobre mi costado derecho. Mi mano derecha queda atrapada bajo su vasto pecho envuelto en el chaleco antibalas. El cuchillo ha quedado apretado entre el bulto y mis dedos. El corte duele. Siento que avanza hasta el hueso. La sangre tibia se siente gotear entre mis yemas. Hago fuerzas improductivas. No puedo quitarlo. Él pareciera haber caído en un letargo momentáneo. Miño se apellida, según su parche nominativo. Junto a su cargo hay un remiendo de las Arañas Negras. Despabila. Intenta pararse. Pienso en un excompañero de curso que se llamaba igual.

Con una mano en el cuello sujetando la sangre que cae a borbotones intenta ponerse en pie. Me giro para adelantármele y de una patada lo vuelvo a tirar al suelo. Cae de la vereda hasta la calle, sobre sus espaldas, mirando el cielo. Sobre la misma caigo yo sobre su cuerpo, intentado retener sus brazos con mis rodillas. No hay tiempo para acomodar el arma. Sujetando el cuchillo por el filo, con la mano sangrante, beso su carne con el metal por el lado punzante. Un surco rojo que se hunde sobre sus dedos aun protectores de su garganta. Se hunde el metal y cruza su tráquea desde su oreja izquierda hasta la derecha.

Forcejeando contra mi peso sobre el suyo intenta darme alcance para ahorcarme. Me rasguña, entierra sus dedos gruesos sobre mi ropa, pero no consigue su objetivo. Algo intenta murmurar. Pero su vociferación se ahoga en la sangre. Su escupo escarlata me pinta la cara.

No hay tiempo para descansar. Mientras me pongo de pie y guardo el cuchillo el cuerpo moribundo comienza a convulsionar. Se ahoga. Va muriendo. Pero no me quedo a mirarlo. Me alejo corriendo lo más fuerte que me permiten las piernas. No volteo. Me da miedo que ya me persigan. Hay más gente peleando en la calle. Soy consciente de todos los ojos que me han observado. Pero nadie me detiene. A mis espaldas voy escuchando gritos, silbidos y aplausos. Corro hasta que me queman las piernas, hasta que me ahoga el aire, irrespirable, fatigoso, abrasador.

Me encontrarán, siempre pasa así. Por más que me esconda, por más que corra. Siempre hay alguien que ve. Siempre hay alguien que escucha. Siempre hay alguien que habla. Voy pausando mis pasos.

Agitado me siento junto a un árbol a descansar en la gran Alameda que cruza la ciudad. El pasto negro por los fuegos de otras noches está húmedo por el chorro del guanaco. Mis manos tiemblan, rojas. Cierro los ojos. Intento replicar la respiración para relajarme que me enseñaron cuando chico en la terapia escolar incompleta.

Banderas que flamean. Carteles quemados con frases incompletas. Neumáticos ardientes alzando lánguidos brazos de humo sobre la tarde que comienza a caer. Si fuera a asesinar a alguien lo haría a esta hora, cuando el sol comienza a caer, cuando el mundo se tiñe de oro. Ha de ser hermoso ver la sangre escaparse del dorado brillante del sol. El humo condensa los rayos de luz tornando purpurea la escena entre edificios y árboles a medio secar.

Los adoquines apilados forman pequeñas montañas que cortan el paso de las tanquetas y los carros lanza-gases. La dinámica lleva cinco meses igual, pero aún siguen siendo eficaces las maniobras rudimentarias contra el cuerpo de inteligencia policial.

Terrorismo de estado. No soy culpable ni víctima. Soy un cuerpo más colapsando en el choque violento de las vísceras de este estado malparido. Nadie va a extrañarme. Tampoco extrañaré a nadie… Por un segundo pienso que me extrañaría a mí antes de todo esto. Antes del caos, antes del fuego. Pero no, he venido podrido desde el vientre, destinado a errar por las calles de un país que te mira de pies a cabeza antes de saludarte. No soy de aquí ni soy de allá, no tengo edad ni porvenir. Como dice la canción. Tampoco me gustaría que hoy fuera diferente. En esta ciudad destruida he encontrado sonrisas, palabras de aliento y agua con bicarbonato de quienes, en otro tiempo, habrían pasado de largo junto a mí, mirando la hora o hablando falsamente por teléfono. Me gusta más esta ciudad negra de fuego y llanto que la pomposa ignorante llena de colores y discriminación.

Voy a extrañar esta ciudad. La de silbatos y cacerolazos, la del humo y vitrinas quebradas. La urbe verdadera que se escondió por tanto tiempo entre falsos lujos y mentiras.  

Cierro los ojos un rato. Quiero estar tranquilo antes que vengan a buscarme. Juego con las briznas de pasto húmedo, apoyo la espalda en el tronco áspero del árbol. Creo dormir un par de segundos. Pero me resisto. No quiero perder la consciencia. Quiero estar despierto cuando se paren frente a mí.

El característico silbido de alerta me saca del letargo. Somos las criaturas que aúllan cuando hay peligro. Como velas en la verde noche se van extendiendo. Los ojos grandes para ver mejor. Dirijo la cabeza a la fuente del sonido. Un grupo de policías corre en formación hoplita hacia acá. Un suspiro de alivio por no tener que seguir aguardando. Cien metros. Otras personas les gritan y lanzan piedras. Parecen no inmutarse. Vienen empecinados ya con una presa definida. Cincuenta metros. Inhalo con fuerza y observo unos segundos las hojas de los árboles bailar un par de metros sobre mi cabeza. Me hago consciente de mis extremidades; muevo los dedos de los pies dentro de las zapatillas mojadas. Los palos y patadas van a doler. Diez metros. Repaso mi Rut en mi cabeza para cuando me arrastren por la calle.

 A toda velocidad frente a mí. Contraigo el cuerpo para resistir la embestida. Pero para mi sorpresa pasan corriendo a medio metro de mis pies en dirección al sur. Uno de ellos me grita algo bajo su máscara. Los demás ríen. Van persiguiendo a un grupo de escolares.



Francisco Cáceres, (tampoco) conocido como Franco Selke, es un joven autor de narrativa y prosa literaria. Reconocido en concursos literarios como Concurso Pablo de Rokha, Un cuento para Rancagua, Doñihue en una hoja y la excelentísima revista Marabunta. Se desempeña como profesor de Lengua y Literatura a la espera que el universo conspire para hacer más reconocido su trabajo literario.

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