por Mariana Rosas Giacoman


Hay algo en el sótano, murmuró Pierre. Sus ojos grises me miraban como si quisieran hacerme cómplice de un secreto que yo no era capaz de escuchar, era más fuerte el sonido de Como la Flor de Selena retumbando en las bocinas de la cocina y de un grupo de amigos que discutía a gritos el último capítulo de la serie sobre la vida de Luis Miguel. Era más fuerte el estruendo de las olas, de los relámpagos y de la lluvia que había desbaratado nuestra carpa y había hecho que nos refugiáramos en la sala recién decorada de Andrés. Pierre temblaba, quizás por la brisa que se colaba por las ventilas de la pared, pero temblaba con tanta fuerza que parecía que iba a desbaratarse sobre la pista de baile improvisada. Hay algo en el sótano, articuló de nuevo mientras me tomaba del brazo y acercaba a mi cara su rostro asustado. Lucía menos borracho que los demás a nuestro alrededor pero su aliento a tequila y a cajetilla era tan fuerte me obligaba a dar pasos hacia atrás. Debe ser el gato que Andrés adoptó, contesté, y antes de que la conversación se alargara más, le prometí que pediría que le bajaran tantito a la música y regresaría en un instante. Me fui entre el humo y la multitud y al mirar a Pierre ese último instante, apoyado en el barandal de la escalera con los mismos jeans y el mismo saco remangado que hubiera usado años atrás en una fiesta universitaria, no pude evitar pensar que estaba frente a un espejismo de otra época.

Tuve un mal presentimiento sobre aquella noche incluso antes de encontrarme con los ojos asustados de Pierre. Las nubes oscuras sobre la marea que crecía se mantenían inertes y se ennegrecían mientras las luces de los relámpagos revoloteaban en su interior. En la playa no había nadie, ni un alma, ni un pescador ni un turista perdido o una pareja de exploradores que habían llegado demasiado lejos. Hasta la nueva casa de Andrés parecía inexplorada con sus cuartos vacíos y las cajas selladas arrumbadas en las esquinas del sótano. Fui el primero de sus amigos en ser invitado y el primero en llegar, aunque temía ser el único. Llegué a mediodía después de una mañana completa de manejar por una carretera abandonada, siguiendo cada una de las instrucciones que Andrés le había escrito a sus invitados en un kilométrico mensaje y creyendo cada determinada cantidad de cuartos de hora que no encontraría la casa de Andrés ni regresaría a la mía. Cuando lo hice, cuando vi a mi mejor amigo salir de esa casita blanca en medio de la nada, lo abracé con la emoción de haber encontrado un oasis en el desierto. Pásale, dijo con una sonrisa orgullosa y llevó mi maleta hacia el sótano que por una semana me serviría de habitación. Andrés había logrado comprar la casa de sus sueños -en medio de la arena y en medio de la nada- después de diez años partiéndose la madre en un trabajo que odiaba: un despacho de abogados corruptos defendiendo a otros más corruptos. Esa persona no eres tú, le decíamos sus amigos cuando lo veíamos de escasos veinte años yendo con su único traje a tribunales en la zona más peligrosa de la ciudad. Un tío lo había metido de chalán para que hiciera currículum mientras estudiábamos derecho, y Andrés se había prometido a sí mismo salir de ahí en cuanto hubiera ahorrado lo suficiente para hacer algo mejor con su vida. Pero en los pasillos de la universidad nos hablaba de los otros abogados, los licenciados, y de cantidades de dinero que no podíamos ni siquiera imaginar físicamente. Y hablaba de los defendidos: los políticos desaforados, los dueños de clubes nocturnos pactados con el narcotráfico, los cabilderos. Nos contaba todo a sus mejores amigos, Pierre, Damián y yo, hasta que eventualmente dejó de hacerlo, como si esas anécdotas de lo que pasaba en el estacionamiento del despacho hubieran sido solo sueños que nos narraba al despertar. A veces era difícil saber si seguía ahí, si había escalado de puesto lo suficiente para volverse socio y le avergonzaba decirlo, o si se había olvidado de la profesión que detestaba para dedicarse a algo que lo hiciera más feliz. Al recibir el mensaje de invitación a la fiesta por su nueva casa supe la respuesta.

No va a llegar nadie más, pensé, pero lo hicieron en el instante en el que anocheció. Llegaron todos como si los hubiera traído un avión, un ejército de helicópteros con la fiesta como destino único. Estaba el equipo de fútbol casi completo, las ex novias, los promedios más altos de la generación de la preparatoria e incluso el profesor con quien nos emborrachamos por primera vez tras regalarle una botella para que cambiara nuestras notas reprobatorias de Estadística por unos cínicos dieces. No sé cómo le haces, le dije a mi amigo y le di un abrazo antes de que se desvaneciera en la oscuridad de la fiesta. Pierre solía decir que Andrés era como Jay Gatsby porque, además de que sus fiestas de principio y final de semestre durante la preparatoria y los primeros años de la universidad eran famosas por albergar a una cantidad de invitados que bajo otras circunstancias no nos hubiéramos imaginado que cabían dentro de un departamento mediano de Mixcoac, también eran famosas por las desapariciones de su anfitrión. A Andrés se le veía bailando al inicio de la noche y yendo a la mitad de la fiesta a la tienda a comprar las botellas que alcanzaran con el dinero recolectado, pero antes de la medianoche desaparecía hasta la mañana siguiente. Nadie sabía si se iba a dormir, si se escapaba a un hotel con su novia en turno o si se escabullía a un rincón secreto desde el cual nos miraba a todos sus amigos hacer el ridículo. Pierre se lo imaginaba en la ventana de su habitación mirando una luz en la lejanía, esperando a que alguien que no conocíamos se enterara de la fiesta y apareciera en su última canción. Por eso Gatsby. Esta noche no era la excepción, porque aún con la presencia de todos los amigos de todas sus vidas, Andrés se dio la vuelta y desapareció en el interior de una habitación mientras las bocinas vibraban al ritmo de es-cán-da-lo, es un escándalo, es-cán-da-lo.

Al igual que en ese entonces, hubiera deseado que Andrés permaneciera a mi lado. Un nudo en mi estómago me apretaba cada vez que -en la pausa en la que terminaba la cumbia y empezaba alguna canción noventava cuya existencia ya había olvidado- alguien se acercaba a preguntarme qué había sido de mí. Que qué había estudiado después de salirme de la facultad en el último semestre, que si era cierto que me había comprometido y roto el compromiso a los pocos días, que si de verdad había dejado las leyes para convertirme en fotógrafo de un periódico de alarma con portadas de muertos con los sesos de fuera. Lo era, pero a medida que avanzaba la noche comprendía que los demás no estaban mejor que yo. Era una fiesta igual a las de diez años atrás, con las mismas canciones y las mismas carcajadas, el mismo anfitrión y la misma presencia de Damián en la cocina preparando cocteles mal hechos. Pero los antes niños bien se habían convertido en adultos en éxtasis, en M, en cristal. Se habían convertido en treintañeros que se llenaban la nariz de polvo de ángel en el baño de una casa ajena mientras sus hijos pequeños dormían abandonados en el hotel del pueblo más cercano junto a una niñera batallando por no jetearse sobre la cama matrimonial.

La música, el atrévete-te-te salte del clóset destápate quítate el esmalte me picaba los oídos y me punzaba en las sienes. Tal vez es la edad, pensé avergonzado, también porque el sabor agrio de la cerveza en la lengua había producido un disgusto nuevo para mí. Afuera la tormenta se volvía cada vez más pesada y se escuchaba un golpeteo en el techo como si en lugar de gotas cayeran piedras de distintos tamaños y ramas de los árboles que rodeaban la casa. Atravesé la sala para pedirle a Damián que bajara el volumen y contarle de la visión que me había inquietado: la de Pierre, aún luciendo como primersemestrino, mirándome aterrado tratando de decir algo que yo no podía –o no quería– escuchar.

En el espacio aún sin amueblar bailaban mis viejos amigos de la universidad. Cerraban los ojos mientras cantaban, pegaban sus cuerpos húmedos los unos con los otros, bailaban con sus mismas parejas de adolescencia e intercambiaban besos como si la década entre esta noche y la de la graduación hubieran transcurrido en un fin de semana. En medio de todos ellos bailaba Nora. Al igual que Pierre, Nora parecía haberse quedado congelada aquellos años en los que era la genio del salón y la protagonista de todas las fiestas. Incluso ahora había una pequeña multitud a su alrededor celebrándola como si el motivo de la fiesta fuera ella. Lucía tan hermosa como siempre pero al acercarme a ella vi, bajo sus grandes ojos castaños y sus pómulos pronunciados, un hilo de sangre en su mejilla. ¿Cómo te hiciste esto, estás bien? le pregunté intentando que mi voz se escuchara por encima de la música (you used to call me on my cellphone, late night when you need my love, call me on my cellphone).

¿Estás bien? repetí. Nora se acariciaba la herida como si descubriera su propio rostro por primera vez, dibujaba círculos de sangre sobre su piel blanca.

¿Tú estás bien? me preguntó y soltó una carcajada. Nadie a nuestro alrededor parecía poder ver la sangre que brillaba sobre su piel.

La música crecía y la lluvia también, tomé a Nora, la princesa Nora, del brazo, ¿quién te hizo esto? Pero al ver sus ojos que no veían nada la solté y corrí en busca de Damián. La casa se había vuelto intransitable. Las habitaciones estaban invadidas por parejas jaloneándose la ropa, invitados que bailaban perdidos y una nueva multitud, la de los licenciados. Los gordos mafiosos que Andrés alucinaba, con sus guayaberas de gobernadores, fumando puros que espesaban el aire húmedo y cuyo olor se pegaba al pelo de las chicas que bailaban. ¿Ya viste quienes llegaron? me preguntó Damián en cuanto entré a la cocina, seguro ellos sí se vinieron en helicóptero. Alrededor de mi amigo se había formado una fila que esperaba a que les sirvieran una cuba, una margarita, o alguno de los cocteles inventados de Damián que sabían a jarabe para la tos. Damián, le dije intentando llamar su atención, ¿le puedes bajar a la música? Me está taladrando los oídos. Pero no era él quien tenía el control de las bocinas que ahora escupían una canción de los Tucanes de Tijuana (y arriba yo, y mi apá y la chona). 

Nora tiene sangre en la cara, le dije a mi amigo pero él ya se había volteado para seguir abriendo chelas con encendedores y repartiéndoselas a las manos que se estiraban hacia él.

¿Qué pedo con Nora? preguntó sin mirarme, ¿por qué vino? ¿crees que Andrés la haya invitado? Te juro la acabo de ver abrazada de uno de los gángsters tropicales esos.

El dolor de cabeza se expandió a mis ojos y a mis muelas. El volumen de la música solo parecía crecer y crecer para reventar los vidrios de la ventana y tumbar las paredes que ahora me parecían de papel. La vi, continué, con una cortada en la cara, tenía muchísima sangre.

Damián abrió una botella de Bacardí y lanzó la tapa a un vaso rojo vacío. Ahí sí te encargas tú, yo ya limpié tres guascas y un lavabo al que alguien le estornudó perico.

Y era posible que en una fiesta de hace diez años también habríamos terminado hablando de Nora, pensé. La más guapa, la más inteligente, la novia de Andrés. Ya no recordaba la imagen de Nora subiéndose al coche nuevo de nuestro amigo, de ella llenándole la cara de besos mientras nosotros los veíamos a lo lejos desde la cancha de fútbol, con nuestras casacas sudadas, y nos sentíamos unos niños. Tampoco me acordaba de Pierre llorando desconsolado, escondiéndose tras su libro de Fitzgerald para no tener que saludar a Jay Gatsby, a su Gatsby. Pinche Pierre, repetíamos en ese entonces, que se enamorara de Andrés había sido el comienzo del fin.

Unos hilos de agua se colaron por el techo y comenzaron a bajar por las paredes hasta convertirse en charcos circulares alrededor de mis pies. Damián no le prestaba atención a la posible inundación, solo pensaba en voz alta mientras le repartía tragos a nuestros viejos amigos.  ¿Apoco también vino el francés? preguntó Damián, ¿está aquí? Quién iba a decir que después de tantos años aún se le iba a juntar el changarro al Andrés.

Deseaba robarme de la cocina una pastilla para dormir y cerrar los ojos, soñar con los días en los que éramos cuatro amigos tan unidos que nos habíamos convertido en versiones ligeramente distintas de la misma persona, los días en los que ya no sabíamos qué parte de nuestra personalidad era de quién. Estábamos juntos en el equipo de fútbol, en la última fila de cada salón, en las fiestas a las que nos invitaban y en las que no nos invitaban también. Antes de que me dedicara a tomar fotos de muertos sin tripas y Andrés a defender a los jefes de sus gatilleros.¿Cuándo habría sido la última vez que el francés y Andrés se vieron? ¿Alguna vez llegaron a reconciliarse? ¿Y con Nora, por qué estaba ella ahí? Si me lo hubieran dicho, no hubiera creído que los chismes de mis veintes volverían a ser relevantes en algún momento. Pero era como si el tiempo no hubiera pasado, porque Pierre en el brandal era el mismo niño que lloraba diciendo nunca voy a dejar de quererlo mientras nos obligaba a Damian y a mí a escuchar La Gata Bajo la Lluvia por vigésima vez consecutiva. Entonces podía llorar porque Andrés ya no iba a nuestras reuniones y había dejado de hacer las suyas. Poco a poco también había dejado de sentarse junto a nosotros en la última fila del salón y de jugar en el equipo de fútbol. Porque a diferencia de nosotros, que nunca supimos quienes éramos y qué hacíamos, Andrés había crecido y nosotros jamás se lo perdonamos.

Mis sienes aún palpitaban al ritmo de la música. No culpes a la noche, no culpes a la playa, no culpes a la lluvia, será que no me amas. No culpes a la noche, no culpes a la playa, no culpes a la lluvia, será que no me amas. Ya no sé, ya no sé, ya no sé que va a pasar, ya no sé… Damián se llevó las manos a la cabeza y cerró los ojos. Es por la pinche serie, dijo solo por decir algo. Ya nadie escuchaba a ese wey y ahora nos lo tenemos que chutar otra vez como si fuera 1988. Debería ser un crimen.

Damián, recuerdo haber dicho, si no quitamos esta música en este momento me va a dar un derrame cerebral. Él me miró con una sonrisa burlona y dejó a un lado las botellas para acompañarme a deambular por la casa en búsqueda de la bocina. Pierre ya no estaba en ningún lado y Nora, ahora sin rastros de sangre en la piel, bailaba en brazos del que parecía ser uno de los licenciados de alto rango.

La música crecía al igual que el sonido de la lluvia, como si ambas hicieran una competencia de quién podía ensordecer a la multitud que bailaba. Por primera vez Damián mostró señales de que su inagotable energía comenzaba a decaer y pude identificar en su rostro una sensación similar a la mía. Cansancio, adultez incómoda. Ya me voy a dormir, dije rindiéndome y ambos entramos al sótano para descansar de las voces que gritaban. Al abrir la puerta el agua nos llegó a los tobillos como si el mar se hubiera metido a la habitación. Andrés yacía sobre el sofá en el que yo habría de pasar la noche. No estaba en el balcón de su habitación mirando a sus invitados llegar con el pelo rizado de la humedad y cubriéndose con lo que fuera del viento y de la lluvia, ni estaba sonriendo, pensando que por fin había logrado lo que siempre soñó de dejar las grietas y los charcos de la Ciudad de México para habitar una casa en medio de la arena y en medio de la nada. Al contrario, estaba acostado bocabajo, sobre las sábanas oscurecidas por los chorros de lluvia que se habían colado por el techo y la ventana. Descansaba con la cabeza sobre un brazo y el otro sobre la espalda. Y su gato blanco sin nombre se acurrucaba sobre él, lamía su oreja, le acariciaba el pelo negro con sus patitas.

Aquí estabas, Gatsby.

Damián y yo nos miramos al mismo tiempo y vi en sus ojos el mismo terror que minutos atrás había encontrado en los de Pierre. Y en el reflejo de sus ojos estaban los míos con una idéntica expresión. Andrés no dormía, su cuerpo reposaba ahí como si alguien más lo hubiera puesto en aquella rígida posición. Parecía una fotografía, una de las mías. Un ojo entreabierto dirigía su pupila hacia el horizonte.

El mal augurio sobre la noche cobró sentido incluso antes de las notas en el periódico los días siguientes, antes del reportaje en el noticiero de Loret y los rumores sobre ajustes de cuentas y advertencias de un cartel de narcotráfico. Lo entendimos todo: el ridículo murmullo, hay algo en el sótano, el ojo muerto de Andrés y el recuerdo de los ojos vacíos de Pierre, hay algo en el sótano, Nora afuera de la habitación abrazada de un gordo exhalando aros de humo.

Por primera vez en toda la noche reinó el silencio y la negrura. La intensidad de la lluvia había destruido el transformador de luz y el agua que se colaba por la ventana logró apagar la música. Solo quedábamos nosotros, dos de cuatro, y el sonido de nuestras respiraciones. En otra época, o tal vez solo un par de años antes, Pierre se hubiera fijado en la luz que brillaba al final de la oscuridad del mar. En ese punto verde luminoso que anunciaba un faro, quizás un barco o una casa en medio del mar desde la cual los invitados de otra fiesta nos devolvían la mirada. Pero ahora nada de eso importaba.

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