por Miguel González Troncoso


Cuando los hombres estacionaron la camioneta en la estación de gasolina y entraron al local para tomar café, Fernando Vivanco supo que ése era el momento. Con esfuerzo logró remover los cuerpos inertes que tenía encima. Silenciosamente metió sus manos por entremedio de la lona que cubría la carrocería y se deslizó hacia el pavimento – aun tibio por los efectos del sol de la tarde. Un rápido vistazo le permitió cerciorarse de que nadie miraba hacia donde él estaba. Como pudo se arrastró hacia la carretera y se dejó caer en la zanja. Solo después de cinco meses, al descender del bus en el terminal de Lima, pudo respirar tranquilo y alegrarse de haber salvado la vida. A las pocas horas iba en un vuelo hacia Madrid, donde había decidido vivir. En Madrid, Fernando trabajaba en el bar El Bailaor, de calle Echegaray, donde había comenzado lavando platos hacía ya una punta de años. Ahora era un reconocido barman que había tenido sus logros introduciendo la “piscola” y el “terremoto” tragos que eran los preferidos de los parroquianos y turistas que frecuentaban el lugar. Aunque le gustaba llevar una vida solitaria, Fernando no se había desconectado del todo de su país. Cuando no estaba trabajando, se  pasaba el día entero en su departamento viendo la televisión a través de la señal del cable, especialmente las noticias de su tierra.

Una tarde, mientras miraba la tele, bebía una cerveza y fumaba un cigarrillo, lo vio. ¡Ahí estaba!, más viejo, pero sin lugar a dudas era él. El hombre que había transformado su vida en un verdadero infierno; aquél que lo había despojado de todo, de su casa, de su trabajo, de su mujer, de su dignidad. El torturador que lo había doblegado al punto de convertirlo en traidor a cambio de la vida, y que sin embargo, después de entregar nombres, ordenó su muerte. Sobrevivió sólo porque la bala había atravesado su cuerpo sin comprometer ningún órgano vital y porque la sangre de sus compañeros, que habían caído al lado suyo, empaparon también su ropa. Creyéndolo sin vida los asesinos habían subido su cuerpo a la camioneta, junto a los otros, con rumbo a una fosa común clandestina. Pero había logrado escapar.

Durante todos estos años Fernando había vivido solo y en la clandestinidad. Nadie sabía que su verdadero nombre era Michael Wilson, pues para todos ese Wilson había sido asesinado junto a otros compañeros por agentes criminales, y su cuerpo nunca había sido encontrado. Una minuciosa búsqueda en internet permitió a Fernando saber el lugar exacto donde estaba viviendo su torturador. No fue ninguna sorpresa constatar que el hombre llevaba una vida aparentemente normal, sin esconderse, amparado por el paso del tiempo, por el olvido y la impunidad. Y, como él, también vivía solo. Después de un tiempo, Fernando decidió que debía regresar.

Desde hace ya seis meses que se encuentra viviendo en calle Los Suspiros, frente al número 55, donde reside aquél hombre. Se trata de un barrio antiguo, donde ya casi nadie se conoce. Los propietarios se han mudado a mejores lugares.

Cuando el hombre regresaba de hacer algunas compras, se decidió. 

“A veces voy donde reina el mal…”, tarareaba Fernando, mientras cruzaba la calle y tocaba el timbre. La puerta apenas se entreabría cuando Fernando le dio un feroz empujón. El hombre cayó al piso, de espaldas, con un profundo tajo en la frente debido al fuerte golpe con el canto de la puerta; instante que Fernando aprovechó para cerrarla de un solo envión tras de sí y abalanzarse encima del torturador. Con un rápido movimiento había cubierto su cabeza con una bolsa de plástico mientras lo inmovilizaba afirmando sus brazos con las piernas. Mientras el hombre forcejeaba desesperadamente sin poder respirar, Fernando acercó su cara a la suya y la mantuvo fija hasta que éste dejó de moverse… ¡Estoy seguro que antes de morir me reconoció!, se dijo satisfecho, y se tumbó al lado del cuerpo sin vida para recuperar el aliento. Al poco rato estaba aterrado. Lo inundaba un terrible sentimiento de culpa. No sabía qué hacer, se desesperaba, su mente se nublaba. Buscó afanosamente las llaves de la casa. Cuando las encontró respiró tranquilo y las guardó en el bolsillo derecho de su pantalón. Después salió sigilosamente. Caminó de un lugar a otro, sin rumbo fijo. Estaba intranquilo, asustado. Con miedo a ser detenido.

Regresó al anochecer. La calle estaba solitaria, iluminada solo por una débil luz del único farol existente. Abrió la puerta tratando de no hacer ruido y entró a la casa. Cuando encendió la lámpara pudo ver que el cuerpo del ex agente de los servicios de seguridad yacía en el mismo lugar. La cabeza seguía cubierta por la bolsa plástica. Se acercó con cierto temor y pudo ver los ojos de aquél hombre, abiertos desmesuradamente, donde se reflejaba el terror experimentado mientras le llegaba la muerte. Esa noche Fernando no fue capaz de cruzar la calle hasta su casa. Se quedó en el lugar y se durmió en el sofá, al lado del cadáver. Al día siguiente se despertó temprano y después de arreglar su vestimenta salió a la calle. Recorrió varios lugares, haciendo tiempo, y para esperar por si algo nuevo pasaba. Cuando regresó, el cuerpo seguía ahí. Esa misma noche desclavó las tablas del piso de la cocina, hizo un hoyo y enterró el cuerpo. Después volvió a poner las tablas y recogió en una bolsa la tierra sobrante. Amanecía cuando echó el cerrojo a la puerta y salió de esa casa. Dio un gran rodeo y se dirigió a su hogar.

Durante los primeros meses nunca había logrado dormir bien, despertaba sobresaltado, a cualquier hora, tenía remordimientos de lo ocurrido. No podía explicarse como él había podido hacer algo así. ¡Tomar la decisión de matar y hacerlo ya!… Asesinar a alguien para hacer justicia por su propia mano. Tratando de convencerse, se dijo a sí mismo que si el hombre había evolucionado para la benevolencia incondicional de la especie humana, también estaba capacitado para la malevolencia. Habían transcurrido algunos años y Fernando seguía viviendo en el mismo lugar. Aunque seguía nervioso y alerta, nunca se detenía a mirar hacia la casa del número 55 de calle Los Suspiros.

Un día se dio cuenta que su mente estaba tranquila, y concluyó que todo no había sido más que una terrible pesadilla, un mal recuerdo. Pese a los años transcurridos Fernando nunca había hecho amistades en el barrio, solo conocidos superficiales. Por las tardes frecuentaba un bar cercano donde se reunía con los parroquianos habituales para beber cerveza y contar anécdotas. Algunas veces, durante la noche, se despertaba sobresaltado, pero se tranquilizaba rápidamente. Se decía a sí mismo, que todo estaba bien. Con el paso de los años Fernando se había hecho viejo. Si bien no había podido acceder a una jubilación, ya que estaba fallecido según los registros, había guardado algo de dinero para los tiempos difíciles.

Hoy, como en otras ocasiones, había decidido ir al bar para charlar y beber un trago. Ahí estuvo hasta que sintió un irresistible deseo de volver a casa. Mientras caminaba de regreso, un ruido ensordecedor y una polvareda proveniente de calle Los Suspiros, lo alertó. Con horror se dio cuenta de que varios camiones cargados de escombros pasaban a su lado. Se detuvo para mirar cómo las máquinas excavadoras derribaban la casa del número 55 y removían la tierra. ¡Estamos demoliendo para construir un edificio!… Le había gritado el capataz de la construcción cuando lo vio acercarse. Pero Fernando no lograba escucharlo. No podía dar crédito a lo que veían sus ojos. Quedó horrorizado cuando la pala mecánica sacaba un montón de tierra, donde se podían observar algunas osamentas y un cráneo envuelto en restos de lo que al parecer había sido una bolsa de plástico.



Miguel Enrique González Troncoso (Santiago, Chile), de profesión Orientador Familiar y Mediador. Sus obras publicadas son: “Relatos y cuentos breves” 2013, “Helga de Berlín y otros relatos” 2014, “Cuentos y Relatos” 2015, “El Viaje” 2017. Sus cuentos y relatos han sido publicados en Suecia, en el Semanario “Liberación”, y en algunas revistas literarias.

Arte: Otto Dix, «Muertos frente a la posición cerca de Tahure»

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