por Felipe Martínez


Amo la forma en que luces, en que luces para mí, para mí misma. Por primera vez desde hace ya varios años he vuelto a sentir un calambre, un tirón desde las pantorrillas hasta las muñecas, subiendo por el pubis que me obliga a retorcer todo mi cuerpo, me encantaría estar tendida en el pavimento, rascándome entre el asfalto, pero no voy a detenerme, porque estoy segura que están detrás de mí, y si me atrapan ahora que me muevo como un pedazo de periódico atrasado en el viento, se desgarrara cada parte de mi ser convirtiéndome en miles de palabras en el suelo.

—Vente, vente mijo, que viene corriendo y te va a tirar— dice una señora. —¡Quítate! Que me vas a manchar —dice un Lic. —¡Órale órale! ¿A dónde vas? Yo si te llevo gratis —dice un taxista. —Vean bien, creo que viene vomitando puro amor —dice un hippie (¿o imaginé?). —¡Ni me toques! Que vienes bañada en mugre y sudor —dice una fresa.

—¡Quítense todos! Que si se me atraviesan me los descuento y si chillan con los polis les va peor —todos se apartan asustados cuando me ven pasar ¿es acaso que les asusta la velocidad? En la velocidad puedo pensar a gusto, las palabras no me alcanzan con facilidad, las miradas me siguen pero solo unos segundos, alargo el tiempo con mi paso tras paso y sigo corriendo, sigo corriendo, pero no como corren las niñas, sino como corren las horas, cuando las amas y no haces nada.

Apenas me di cuenta que mis brazos venían dejando hilos de sangre, bueno, en realidad fue gracias a la señora que grito. Tengo que buscar algo para tapar las heridas, seguramente el camino que fui trazando desde quien sabe dónde está guiando a los guardias. Un viejo con una bufanda se prepara para cruzar la calle, un viejo con una bufanda azotado por el calor, una bufanda es lo que necesito para detener el sangrado y sedar el miedo a lucir más blanca que mis cuantos huesos. El semáforo esta en rojo, la gente espera para cruzar y seguir avanzando por la avenida Constitución, los coches bajan por la avenida Corregidora porque tienen el verde. Ahora les cambia a amarillo. Tengo que ir más rápido, mi vejiga me punza, como si desde hace un año no hiciera del baño pero no tengo nada adentro, a menos que pudiera orinar mi sangre. Mis rodillas siguen crujiendo, gritan para que me detenga y las deje de usar. Sigo muy atrás del viejo. Es primavera (creo) y nadie usa algo que le pueda robar para curar estas heridas que van dejando huellas de sangre. El semáforo pasa al verde, la gente camina y obstruye el paso de cada una, nadie se mueve con libertad, todos chocan y no se dejan avanzar, estoy corriendo más (muriendo más), la gente acelera el paso, porque ven que los estoy alcanzando, el viejo no se da cuenta debido a que no ha de poder voltear. Siento un alivio al sentir el algodón en mis dedos, lo aprieto y jalo para robarlo al anciano, me gustaría que mientras la bufanda se desenreda de su cuello viejo decrepito comenzara a bailar como bailarina sobre cajita musical que toca canción para Elisa, pero nada de eso, solo cruje su cuello por la falta de líquido en sus articulaciones y logro despojo victorioso, o al menos celebro hasta que alarga su bastón y tropiezo, me arrastro como 6 líneas peatonales, el asfalto me aturde y me cobija al instante. —¡Policía, policía! ¡Un ladrón! ¡Ayuda! —grita el viejo decrepito, pero ni le hago caso porque estoy tan cómoda en el suelo que esto debe ser un sueño. El semáforo cambia a rojo en la avenida Constitución, la estampida de coches se desata en la avenida Corregidora, al viejo ya lo vienen a ayudar más yo aquí podría quedarme todo el día, solo quiero pintarme de gris para que no me vea la policía. Piiiiiiiiiit Piiiiiiiiiiiiiiiiit, Piiiiiiiiiiit Piiiiiiiiiiiiiiit, concierto de claxons sonando a plena luz del día, me despiertan y me levantan de un salto que dolió más de lo que duró, media vuelta a la derecha para ver la estampida y los esquivo toreando, convirtiéndome en una de las grandes del oficio. Vuelta completa para buscar al viejo y ahí está, maldiciendo, esperando a cruzar otra vez la avenida Corregidora, mientras yo ya estoy del otro lado, corriendo, el semáforo sigue en rojo, acechada por las miradas de los policías que acaban de llegar a lado del anciano, oyendo a los perros.

Perros, solo recuerdo a los Pastor Alemán, porque son los que entrenaban para que te dieran de mordidas cuando por las noches intentabas escapar. Ahora quisiera regresar solo para morderlos igual de fuerte para que sientan lo que duele, ¿Pero con qué dientes? Si nada más me alcanzo a sentir cuatro de enfrente, dos arriba y dos abajo, todos en diferente posición. —jajajaja —una risa explota en mis oídos— jajajajaja —viene de mí, pero de muy adentro, viene de todos lados de mi cuerpo, mis tímpanos solo escuchan los ecos en todas direcciones y no la puedo encontrar para callarla, me está doblando a carcajadas, me dibuja chimuela frente a todos, en “chimuela en maratón” me convierto, corro doblada con la boca en la mano, para que no escupa todos los sonidos que estoy sintiendo, la gente me ve con cara de asco, como si mi risa apestara, como si les doliera que no les conté el chiste por el cual me estoy divirtiendo, soy una onomatopeya sonriendo, ni siquiera puedo vendar mis brazos para que no continúen siguiendo el rastro.

Me deslizo en mi propio charco de sangre que voy vertiendo en la boca del pavimento. La bufanda no funciono así que me sigo escurriendo. A ratos soy mi sombra y a veces soy mi cuerpo, quisiera ser mi mente, pero ella va como 4 cuadras adelante, ahora si Gina, ni como alcanzarte.  

No creas que traigo mi trajecito a rayas blanqui-negras o el otro muy clásico mameluco naranja con todo y número de serie. No. Cuando me brinque el alto alambrado (ah, fue ahí donde me rasgue) me robe una blusa azul de un tendedero (que ya se ve morada por la sangre) y un mallón negro bien mono (que por cierto me queda re-bien). De cualquier manera toda esta ropa no logra disimular que llevo dos días sin probar bocado, y como hora y media sin perder el paso. Siento pinchadas las llagas de los pies, mi estómago esta tan seco de agua que casi puedo escuchar los cascabeles de las serpientes en el desierto, y el trotar de los camellos. Desearía ser un camello. ¡Desearía comerme un camello! Me duele el páncreas, o creo que de este lado tengo el hígado, y si no es el hígado entonces es el apéndice, mi cerebro envía a un batallón entero a mis piernas para que disparen a fuego abierto, mi pubis es una cerca eléctrica que intensifica a cada momento. De tantas vueltas que le he dado al pueblo, el pueblo me comienza a dar vueltas para que vomite todo mi cansancio.

Escucho la patrulla, lejos, seguro aquí en la capilla Esmeralda (por el título en la entrada) no me van a encontrar, y es que ahora le tengo más miedo a mi cuerpo que me amenaza con explotar si no me pongo a descansar, que a las patrullas. Me acomodo en una silla de palma fría al principio pero debe ser porque estoy en la parte del atrio donde cae la sombra. No creo que me encuentren, ya que detrás de mí, las huellas de sangre siguen inertes, pero si me preguntan les diré que esa sangre no es mía, que es de un duende, porque ya no es roja, es verde (para mi suerte).

Una peligrosa criminal acaba de escapar anoche de la prisión SIGLO XXI se le pide a toda la comunidad que se aleje lo más posible de dicho criminal ya que se le acusa de varios crímenes de asesinato, consp…

El auto parlante se aleja entre los camiones de cerveza, la gente del parque reza para que la atrapen y que me atrapen. Algunos tan preocupados llaman por teléfono para correr la noticia, otros más se meten a las tiendas de electrónicos para ver la nota completa. Yo sigo pegada a la banca, la iglesia se va agrandando ¿o es que todos se están largando? Las sirenas dejan de buscarme y seguro vuelven al mar, mi respiración se convierte en inhale, inhale, inhale con ningún exhale. Mis parpados se acuerdan de como cerrarse sin sentir los picoteos que provoca el temor a ser violada por tus compañeras de celda, se cierran, sin que la pestilencia los haga temblar.

Ya sé que me buscan pero no sé en donde lo están haciendo, no recuerdo de donde soy, mamá es de Nicaragua y papá es del Líbano (extraño romance), pero ya me han llevado a tantas celdas que se me fue el acento, y se me olvidó a donde tengo que regresar. Un auto se estaciona frente a mí, como no prendieron las sirenas ni cuenta me di que era una patrulla, la palma en mi trasero comienza a calentarse, pero el sol no ha subido ni un solo grado. Desde el patio de la iglesia en donde estoy sentada veo a los dos policías bajarse de su patrulla hablar con la gente que recién salió de misa. Todos los dedos me apuntan, dedos de gente vulgar que no saben que señalar es de mala educación. Quiero echarme a correr pero explota una bomba de calambres en mi vientre y se va hacia todas partes, me retuerzo peor que si estuviera hecha de alambre. Los policías se acercan, cruzan la avenida, uno trae unos lentes de sol en los cuales me alcanzo a ver. Me suelto a reír, otra vez la misma risa, pero ahora en vivo, a todo lo que da, ya no es implosión es explosión.

La risa vuelve. La acompaña una imagen que nunca había visto antes, me hace reír más que las caricaturas del periódico que mamá recortaba y pegaba en mi bolsa del desayuno cada mañana. Las carcajadas se bañan de tos y sonidos guturales que cada vez se hacen más rasposos y vomitivos. Un policía me mira fijamente a los ojos pero entre más se esfuerza en el contacto visual más aumenta mi delirio de burla, siento una a una las bofetadas que desaparecen al instante de mi rostro ya que por fuerte que sea el impacto mis mejillas no reflejan el rojo dolor. La furia del oficial que se engaña sintiéndose macho aumenta, rueda, rueda un diente y una vieja amalgama. Policía controlador sujeta a su compadre para que no le siga afectando mi risa que sigue igual de fuerte, ya que aumentaba junto con la fuerza de cada golpe.

Oficial casi boxeador se acerca frente a mí, se apoya sobre las recargaderas de palma de la silla, tiene la posición exacta para besarnos, su boca frente a la mía, sus ojos sobre mis ojos y mi nariz bajo su nariz bañada en los aromas de arándano y vodka que despide su boca. Aun no rompo el record del ataque de risa más largo de la historia, pero lo sigo intentando. El policía desesperado por hacerme recobrar sentido intenta generar un mayor control quitándose las gafas para mirarme con su mirada llena de lodo y lo logra, me hace olvidar el reflejo que todo este tiempo se proyectaba en las micas oscuras, se me olvida que me veo chimuela y con el tabique desviado, empiezo a ignorar que tengo tres mechones de cabello, me olvido de que por primera vez en mi vida he aceptado que soy bella.

Cada vez me hundo más en esta palma, mis dedos se tensan y se hunden en las recargaderas como si fuesen espadas, los dientes sobrantes se cascan unos a otros por los temblores en la mandíbula, los calambres persisten a pesar de que ya no estoy en movimiento y su dolor converge, en un solo punto de mi espalda, ese preciso punto que mantiene unidos todos tus huesos, y si no fuera por los cinturones que han amarrado a mis brazos ya me habría desarmado.

El cura sale de la capilla, se para delante de mí y me da la bendición, se retira, con la cabeza baja, tan apenado y atolondrado que no mira a nadie a su alrededor.

Me ponen un casco en mi cabeza que se siente frio como mi silla, que repentinamente ya no es de palma ni amortigua. No quiero estar aquí, sofocada entre los inmensos casilleros que recubren las cuatro paredes, llenos de historiales de algunos otros miles que se han sentido igual que yo, que han querido despertar en cualquier momento engañándose de estar dormidos. Quiero brincar la cerca otra vez como hace un mes que mis compañeras de celda me afeitaron las cejas para sentirse menos feas. He de encontrar el momento para burlar los perros otra vez como cada ocasión cuando en las regaderas empezaba el juego de destruir el jabón en mis piernas azuladas. Solamente quiero huir a la ciudad como ayer, cuando todas se reunieron para darme mí despedida, tan grotescas y masculinas, untando su amor como cemento, ardiendo en mí sus caricias, quemando tan lento mi piel como la cal de su saliva.

Mi cerebro se electrifica, se empieza a cocer, mis uñas se derriten, el cuarto se llena de humo, que proviene del hervor que ha alcanzado mi suerte, de morir así, entre rayos color azul celeste. Por suerte veo salir a Gina, en el último instante, corriendo como siempre hacia otra parte, porque amo la forma en que luce cuando corre, cuando corre para mí.



Felipe Martínez. Ingeniero Bioquímico de día y de mente sobria, ambulante de sueños, poesía y música psicodélica cuando el pensamiento de desplaza. Lector de ficción, literatura beat y escritores argentinos. Compositor de música que se toca a volúmenes elevados como para enfurecer a sus vecinos.

Arte: Craig Bromley

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