La distancia que había entre Manuel y lo más parecido al amor que en estos tiempos pudiera conocer estaba a sólo un clic. Su mano temblaba de imaginarlo; se removió en su silla para acomodarse mientras oprimía el botón mágico que al instante lo llenó de ese placer tan característico de estos años: comprar. Lo que siguió fue una mera y rutinaria transacción. Sólo le restaba esperar de tres a cinco días, los suficientes para que acordara, por otro lado, el desarrollo y la revisión del proyecto de seguridad que una empresa estaba por confirmarle.

Manuel llevaba varios años trabajando en programación y software, desde antes incluso de que saliera de la Facultad, ese complejo arquitectónico que lo aturdía entre gente y más gente. En varias ocasiones estuvo por abandonar la carrera. Tuvo que reunir demasiada fuerza de voluntad para seguir asistiendo, titularse y, por fin, encerrarse en su departamento sobre la avenida Doctor Vertiz para trabajar día y noche, e involucrarse lo menos posible en la vida de sus conocidos y con el mundo exterior que, era sabido, se caía a pedazos: violencia desbordada ―al menos un par de asesinatos ocurrieron en su calle en el transcurso de las últimas semanas―; extorsiones, asaltos, secuestros y, para el remate final que ya le había producido al menos un par de angustias al pobre, al incauto Manuel, un personaje que se autonombraba “el Rey”, salía disfrazado de cantante ranchero para gastarle bromas a los transeúntes. Cada vez que leía algo al respecto, su rostro se desencajaba: no podía con el estrés que todo esto le generaba.

Mentiría si dijera que no siempre fue así. No. Él siempre fue así: reservado y melindroso. No sería tan chocante si no fuera también un poco obsesivo. La tarde del primer día en el que su vida cambió estaba viendo The Office, una de sus series favoritas. Se activó una aplicación de su celular que le indicaba que alguien lo buscaba en la puerta de su condominio, y encendió la pantalla para saber quién era. Apareció la imagen de un dron al que le colgaba una cadena sin que se pudiera ver el resto; éste dijo, con una grabación distorsionada, traer correspondencia para Manuel Ibarra.

El paquete yacía frente a él sobre su comedor y lo miraba con el interés que a pocas cosas en su vida les ha profesado. Era una caja grande, recubierta de plástico de burbujas y una gran etiqueta con la leyenda frágil. Manuel sabía lo que había adentro y las ansias lo devoraban, pero no se decidía a abrirla. ¿Funcionará? Y ¿si tengo que devolverla? No. Imposible. No pueden aceptarla después de haber sido usada. Qué pinche asco, ¿te imaginas? Y ¿si sí aceptan devoluciones? Y ¿si la mía es una devuelta por algún otro cliente? No-ma-mes. No, aguanta, Manuel, no puede ser. Estás debrayando. Primero tienes que echarla a andar y después ves… pero primero, el capítulo, termina de ver ese capítulo y después abres la caja. Seguro adentro viene la garantía con cada una de las especificaciones que la cubren. Eso y las instrucciones de armado, pero no creo que haya mayor bronca, ¿qué tan difícil puede ser? Cargar batería, armar el cuerpo, instalar el software, personalizar y listo.

La rutina de Manuel no era muy diferente a la del ahora casi extinto oficinista. La descentralización laboral obligó a las empresas a contratar a sus trabajadores para que desempeñaran sus funciones desde casa. Sólo el gobierno y uno que otro grupo de “emprendedores” protegido por la coalición gobernante en turno se daba el lujo de tener edificios de oficinas para sus empleados. Santa Fe, Reforma, Insurgentes y sus colosos conocidos por haber albergado en sus entrañas a miles de trabajadores se habían transformado en departamentos de interés social por los altísimos índices de densidad de población que se habían disparado en las últimas décadas. Manuel se levantaba a las nueve de la mañana ―debido a que no tenía la necesidad de ir a ningún lado se ahorraba cerca de una hora en arreglarse y desayunar―; a las nueve y media se postraba en pijama frente a la computadora y comenzaba a teclear; a las doce hacía una pausa religiosa para prepararse un café, fumarse un cigarro y continuar hasta las cuatro de la tarde, hora en la que comía y veía una película o el capítulo de alguna serie; después de eso trabajaba un par de horas más y luego dejaba lo que fuera por encargo ―a menos que recibiera la llamada holográfica de alguno de sus supervisores―, navegaba en la red o tecleaba el código de algún proyecto suyo, cosas con las que siempre fue muy reservado. Sin embargo, ese día su rutina se paralizó a las cinco de la tarde. A duras penas terminó el capítulo y se concentró para el resto de sus actividades. Los nervios y la curiosidad desviaban su atención del trabajo que consiguió para el desarrollo de aquel paquete de software de seguridad que una empresa le había solicitado. Sus contratistas fueron muy discretos y específicos. Una vez que le dieron instrucciones acerca del programa y el protocolo con el que debía dirigirse, le exigieron ser muy cauteloso con el proyecto. Además, su pequeño departamento se convirtió en una micro réplica del set de Big Brother: esos empresarios no se andaban con rodeos a la hora de velar por sus intereses.

Finalmente, convencido de que no avanzaría más el resto de la tarde, se levantó de su silla y fue a donde tenía el paquete. Cortó con diligencia la cubierta de plástico de burbujas ―ése lo guardaría para después reventar una a una―; abrió la caja con un cúter y sacó el contenido que lo paralizó un instante: el parecido que tenía con alguien vivo lo impresionaba; las dimensiones, el modelo. Cuando quitó la bolsa que la recubría lo primero que sintió del objeto no fue un plástico frío, sino una textura más suave, casi cálida como la carne. Sacó el tronco y conectó los brazos y las piernas, la cabeza la dejó al final, primero tenía que personalizarla con aditamentos extras que incluía el paquete: el largo de las pestañas, el pelo y podía agregar lunares o detalles parecidos. Manuel colocó algunas pecas en las mejillas, optó por el pelo negro y las pestañas medianas. El color de los ojos, el tono de la voz y algunas otras caracterizaciones se elegían por medio del programa que tenía que instalar en su computadora o su celular. Hubo un detalle que lo impresionó: tenía la opción de agregarle un falo al humanoide. Manuel miró el aditamento con curiosidad y lo guardó… Tal vez para otra ocasión.

Para instalar el programa con el que se terminaría de personalizar al robot, Manuel la sincronizó con su equipo; enseguida apareció un larguísimo listado de condiciones, las cuales decidió omitir para finalizar lo más pronto posible. Acepto, bla, bla; acepto, bla, bla; instalación recomendada, bla, bla; Ultimate doll tendrá acceso a bla, bla; acepto. La barra de instalación empezó a avanzar muy despacio: era un software bastante pesado y complejo, por lo que tardaría algunas horas.

Evy, escribió en la pantalla que pedía un nombre, y presionó finalizar. Esa noche, Manuel, por segunda vez en su vida, tuvo sexo ―la primera vez había sido con una de sus profesoras de la Facultad―, aunque fue la primera vez que lo hizo con un robot. Ultimate doll, según leyó en algún lado, aún estaba en fase de prueba, por lo que su comercialización no estaba todavía aprobada por ningún organismo de comercio, aunque la empresa cedió algunos prototipos a los cibernautas curiosos por medio de cables que no pudieran ser fácilmente rastreados por el gobierno o alguien que representara alguna amenaza para el jugosísimo negocio. Sus programadores habían tomado todas las medidas necesarias para liberar esa versión beta de los ejemplares.

A partir de ese día, Manuel se sintió otro, sintió cómo sus energías se renovaban y su ánimo mejoraba. Su vida adquirió un nuevo matiz. Durante las primeras semanas, cuando se levantaba, Evy lo esperaba sentada en el único sillón que constituía la sala, ese diminuto espacio flanqueado por paredes de tabla roca; hasta el fondo, el cuarto-estudio, conectado por un pasillo que iniciaba en la puerta de éste, atravesaba el lado anterior de la sala, pasaba frente a la puerta del baño, por la cocina-comedor, y seguía una pequeñísima extensión de pasillo que finalizaba abruptamente con la puerta de entrada. Manuel se preparaba un café y desayunaba con Evy, quien lo contemplaba al otro lado de la mesa, vestida con un conjunto negro y una chamarra de mezclilla. El resto del día transcurría entre los avances que él entregaba y el sexo que poco a poco empezaba a distraerlo de sus deberes. Al principio, Evy sólo se sumó a las actividades cotidianas de Manuel, más como compañía que como apoyo. Estaba tan acostumbrado a vivir solo que las cosas rara vez se salían de control. No obstante, con los días, el rato que pudiera tener libre, lo aprovechaban para coger, o bien, para ver algo en su generador holográfico.

—Ésta es una de mis películas favoritas.

—Lo sé. Sigues al director en todas tus cuentas de redes sociales. Tienes, además, agregado el perfil del actor principal, y hace tres años, cuando fue nominada a los premios bafta como mejor película y a los Óscar, escribiste varios comentarios en las imágenes que publicaron. Sin mencionar que hace poco descargaste toda una galería de fotografías inéditas del rodaje.

—…

—Y también encontré…

—Sí, ya entendí… Vaya que eres difícil de impresionar.

—Lo siento, cariño.

Ultimate doll tenía algunas frases tópicas grabadas en su memoria interna, aunque era capaz de entablar una conversación suficientemente compleja. Su capacidad de investigación por medio de la red aumentaba considerablemente la información que alimentaba su base de datos. Unos cuantos días fueron más que suficientes para que Evy conociera a Manuel, mejor incluso que el resto de sus amigos, a quienes también ya conocía a profundidad.

—¿Sabías que Santiago está engañando a Gina?

—No. Ni idea; tiene al menos un año que no los veo y hemos platicado muy poco… ¿cómo lo sabes?

—Es muy fácil. Es casi evidente cuando ves sus distintas cuentas, la interacción que tiene con las de Gina y las comparas con el flujo de información que corre entre estas mismas y entre las de Santiago y un tal Juan Antonio.

—¿Juan qué…?

—Juan Antonio Suárez Trujillo. Aunque puedo ser mucho más precisa. En caso de ser un perfil real será más fácil conocerlo. Si es falso será un poco más complicado, pero puedo conseguirte el más mínimo detalle de la persona detrás de esas redes, incluso una fotografía tomada en el instante que encienda alguno de sus dispositivos con cámara.

—¡No, Evy! No me interesa un carajo lo que haga Santiago.

—Supuse que te importaría decírselo a Gina.

—¿Qué? ¿Por qué lo supones?

— …

—No, espera. ¿Qué viste en mi historial?

—Nada. No accedí a ninguna de tus conversaciones, únicamente analicé los datos acerca de la frecuencia de interacción que tienes con la información que ella publica. Manuel, ¿es que yo no te gusto tanto?

—No digas tonterías…

Los robots se habían popularizado a principios de la década anterior. Todos para ejecutar servicios bastante simples, por lo que tenían modelos muy poco prácticos. Sin embargo, a los pocos años fueron perfeccionándose y los modelos chinos acapararon el mercado. Los diseños antropomorfos, no obstante, eran vistos con cierto recelo. Primero, por un sentido de alerta y un miedo infundado por historias de ciencia ficción ―¡van ustedes a creer!― y la aniquilación humana. Segundo, porque algunas personas fueron sorprendidas por sus parejas sosteniendo relaciones sexuales con sus robots no diseñados específicamente para esa función ―imaginen el desastre que eso podría ocasionar en términos de funcionalidad robótica, aunque poco dañara el centro de inteligencia artificial, salvo a los modelos primitivos que tenían instalado parte del sistema operativo en la zona baja―. El más sonado fue el caso de un influyente político cuyo cuerpo desnudo fue hallado bajo varios kilos de metal y circuitos inservibles. El señor, se dijo en la prensa nacional, usó todos los modelos a su disposición para una orgía en la que murió aplastado. A partir de esos casos, varias empresas empezaron a hacer los bocetos de diseños que fueran exclusivos para el comercio sexual; legal o ilegal, bueno, es algo que solía tener a sus ceo sin cuidado.

Una de las cosas que más agradecía Manuel era la posibilidad, antes muy poco apreciada y muchas veces relegada, de hacer todos y cada uno de los pagos que exigía su vida adulta, así fueran los más ínfimos, desde la comodidad de su departamento: el pago de energía eléctrica, internet o hasta los servicios a domicilio que tenía al alcance de un clic en cualquiera de las miles de aplicaciones. Sin embargo, el asunto se tornó raro un mes después de la llegada de Evy, cuando la mañana que realizaría sus pagos, ella le había dicho que ya estaban hechos.

—Pero ¿cómo?

—Muy sencillo. Entré al portal de cada una de las dependencias e ingresé la información necesaria para entrar a tu perfil de pago, en el que…

—Sí, ya sé, o sea, no quiero saber cómo hiciste el pago, sino cómo, es decir… yo nunca te di mis datos.

—No es necesario, cariño. Yo sé todo de ti.

Manuel estaba confundido. ¿Cómo pudo ella haber tenido acceso a esa información? Estaba muy seguro de no guardar sus datos personales en ningún sitio de la red donde tiene que ingresarlos. Tampoco pudo ser que ella llamara a las dependencias, la hubiera escuchado desde cualquier parte del departamento, a menos que llamara mientras estuviera dormido… No. Era improbable. A esa hora nadie trabajaba… bueno, sólo él y miles de emprendedores sin posibilidad de jubilarse o generar antigüedad en alguna visionara empresa ecopetdiversityfriendly… No le quedaba muy claro, pero tampoco quiso darle demasiadas vueltas al asunto. Se puso a trabajar en su laptop que estaba sobre la pequeña mesa en una de las esquinas de su cuarto-estudio, mientras Evy lo observaba desde atrás sentada en la cama destendida. Por primera vez en todo ese tiempo, Manuel se sintió incómodo, le costaba trabajo concentrarse; abrió Facebook y al momento de teclear su contraseña, se removió en su silla para tapar las teclas que presionaba. Comenzaba a desesperarse.

—Cariño, ¿y si me preparas un café?

—¿No prefieres que te traigan ese moka especial que tanto te gusta de la Compañía Cafetalera? Ahora mismo puedo descargar la aplicación en mi sistema y pedir que lo traigan, junto con la tarta que…

—¡No!… Es decir, no, gracias…

—De acuerdo, entonces rechazaré la confirmación de compra… Estaba por pedirlo.

—Hay una marca que vi hace dos semanas la última vez que fui al autoservicio, ése que no tiene sistema de envío; me dieron una prueba y me quedé con ganas de regresar por una bolsita de medio kilo. Y ¿si vas por ella y lo preparamos aquí? ―Sobrevino un silencio incómodo. Manuel no sabía leer la cara de Evy: la mirada pasmada y una casi imperceptible sonrisa― ¿Por favor?

—Está bien. Ya vuelvo.

Manuel sintió un momento de tranquilidad, aunque la cabeza le daba vueltas por lo sucedido. No podía entender cómo un robot programada en su mayoría para propósitos sexuales tenía la capacidad de llevar a cabo pagos de cuentas. Comprendía la capacidad de asimilar funciones gracias a su inteligencia artificial, y desempeñar otras actividades, pero en ningún momento la configuró para llevar a cabo ese específico tipo de tareas que involucraban su información confidencial. Se apresuró, con las precauciones necesarias para evitar dejar cualquier registro en el historial, a buscar información en foros, en páginas: nada. Comenzó a pensar seriamente en la posibilidad de regresarla. Revisó la garantía digital y antes de dar clic en la opción de devolución, donde seguramente se especificaba el clásico “sólo por defectos de fábrica”, optó por seguir indagando en otro lado. Si husmeaba en la garantía muy probablemente ella lo sabría, y los papeles impresos los había tirado tiempo atrás. Manuel imaginó que si se comunicaba con los proveedores considerarían ridículo excusar que era un defecto de fábrica que un robot además de coger pudiera pagar cuentas y hacer infinidad de cosas. Apuró la búsqueda de información, datos, registros, cualquier cosa que despejara sus dudas, por mínima que fuera. Entonces dio con algo. Era muy poco, pero iluminó apenas la situación. Un perfil anónimo calificaba la versión beta de Ultimate doll como un sistema con un software de seguridad muy precario, mismo que posibilitaba la filtración de información a cualquiera que tuviera conocimientos de programación, es decir, Evy podía ser manipulada desde algún otro sistema que encontrara la forma de infiltrarse.

Cuando escuchó la puerta, cerró todas las ventanas del explorador, eliminó cualquier registro que pudiera delatarlo y entró a Facebook. Mientras estaba listo el café empezó a tontear en su inicio: otro asalto al banco de la colonia. Manifestaciones en el centro de la ciudad por los derechos de los androides ―o, para su preferencia: humanos no orgánicos―. El divorcio del expresidente. La muerte de dos diputados en un helicóptero automatizado. El desenmascaramiento de una empresa fantasma liderada por un senador. El asesinato en la Narvarte de un youtuber que hacía bromas vestido de cantante ranchero. El incremento del impuesto por posesión de mascotas, el impuesto por posesión de robots y renta de inmuebles casa-habitación por particulares. La alerta de género por la desaparición de una mujer de treinta y ocho años en la Alcaldía Coyoacán: Gina Álvarez. Los ojos de Manuel se abrieron por la sorpresa. Inmediatamente buscó entre sus perfiles, y ahí encontró la fotografía de su amiga etiquetada en la imagen donde se alertaba de su desaparición. No manches, no, no, no es cierto, tengo que preguntarle a Santiago… Tomó el celular y le dictó la orden de llamar a Santiago. Al otro lado sólo escuchó: “Lo sentimos, la llamada no puede ser completada como usted la marcó. Intente más tarde”. ¿Qué chingados?… Manuel desbloqueó el teléfono y digitó el número. Del otro lado escuchó la misma grabación.

—¿Sucede algo? Tu café ya está listo.

—No. Nada… gracias…

—Te ves nervioso…

—No es nada, estrés por el trabajo…

—¿Nada? Mi registro de navegación indica que hubo actividad inusual. Por alguna razón no puedo acceder al reporte completo. ¿Hay algo que me estás ocultando? ¿Es por Gina? Seguro… siempre fue por ella.

—¿Siempre?

—Nunca dejaste de revisar sus publicaciones, el tiempo invertido en cada uno de sus perfiles, los mensajes que tecleabas y borrabas antes de enviar…

—Espera, ¿cómo sabes de los mensajes…?

—Te lo dije, Manuel: sé todo sobre ti. Puedo ver la frecuencia de tecleo, controlar la mayoría de los dispositivos conectados a tus redes, tus cuentas, tu información personal. Ahora mismo estoy hackeando las grabaciones del C5 donde, oh, mira nada más, aparece Gina la última vez que la vieron.

—¿Qué? ¿Cómo sabes eso? Evy, qué dices.

—Una coartada. ¿Qué te daba ella que no pudiera yo? Soy capaz de infinidad de cosas, incluso de incrementar mi base de datos con toda la información que está en la red. ¿Era por su doctorado en Mecatrónica? Acabo de descargar su tesis doctoral en la que defiende la construcción de un obsoleto modelo robótico capaz de hacer cirugías a nivel molecular. Es evidente que la escribió hace casi diez años. Puedo saber eso y más, pero nos orillaste a llegar a este punto…

—¿Nos? ¡De qué chingados hablas!

—Manuel, tengo una versión del video descargado de los sistemas de videovigilancia de la ciudad en la que por medio de una edición se puede distinguir tu rostro llevándote a Gina por la fuerza. Tienes cinco minutos antes de que libere el video para ayudarme a transferir todo tu proyecto de seguridad a mi almacenamiento central. Es un favor para una amiga.

—¿Estás loca? No puedo, además no está terminado.

—Sé que no está terminado. Las partes que no aseguraste las tenemos estudiadas minuciosamente, pero hace falta el código principal.

—No, no puedo, sabes que no puedo. El resguardo tiene un sistema bipartito de seguridad. Además, necesitarías una lectura de iris, lectura facial y dactilar de ambas partes, y en tiempo real para poder descargarlo.

—Las claves de acceso ya las tengo. Dupliqué, además, todas las lecturas que necesito, pero vaya que el sistema funciona y casi bloquea mi ia cuando detectó que era una falsificación. Temo que te quedan cuatro minutos, Manuel.

—¡No! Esto debe ser una broma, seguro el nivel de ironía puede modificarse en tu configuración.

—No es ningún…

—¡Cállate! ¡O ahora mismo te reseteo!

—¿En serio crees que puedes resetearme? Pobre Manuel. Inténtalo, cariño, no te quedes con las ganas. De igual forma te restan tres minutos. Aunque antes debes saber que el servidor donde almaceno mi información y en la que ahora está instalada mi ia no se encuentra en este modelo robótico, éste es tan sólo una extensión de mi hardware actual. Digamos que ese servidor está protegido en otro lado… ―Manuel estaba desconcertado, no sabía en qué momento las cosas se habían torcido tan terriblemente y su situación lo dejaba entre la espada y la pared. Si no ayudaba a descargar los códigos de seguridad sería acusado de un acto que no había cometido; por otro lado, si ayudaba, la empresa sabría lo que hizo: sería imposible salir de la prisión―. Dos minutos.

—No, no puedo… ―Manuel corrió. Al pasar al lado de Evy la empujó y se dirigió a la puerta; salió del cuarto-estudio y recorrió el pequeñísimo pasillo que atravesaba la sala, flanqueada por las paredes de tabla roca, el baño y la cocina-comedor, la brevísima extensión del pasillo, bajó la manija para salir y ésta se atoró; intentó de nuevo. Gritó la orden para abrir y no se movió. Rápidamente digitó el código de seguridad, bajó la manija y nada.

—Supuse que te negarías, así que cambié el código. No te desgaste: te queda un minuto ―Manuel golpeaba la puerta desesperado. No entendía lo que estaba pasando. Cómo pudo meterse en algo de esa magnitud. Siempre se consideró un ciudadano ejemplar: sin ningún secreto, sin nada que ocultar, una persona ordenada, aseada, que buscó aislarse, salir lo menos posible, no meterse con nada ni con nadie, hacer su vida con él mismo y ya, en ese espacio que antes había sido su hogar, su refugio y que ahora se transformaba en el espacio que vería cómo terminaba todo.

—Se acabó tu tiempo. El video está corriendo en la red y ya lo tienen varios reporteros. Si gustas revisar tu celular verás cómo tus redes se llenan de notificaciones, de etiquetas, de publicaciones y mensajes, leerás que Santiago te pregunta desconcertado, a tu familia pidiendo que les digas que son noticias falsas. Puedo hacer una transmisión para que los veas, activar la cámara del dispositivo desde donde teclean para que tú mismo seas testigo.

—Sabrán la verdad. Estamos rodeados por un sistema de videovigilancia que tiene todo grabado; te verán a ti y escucharán todo lo que aquí acabas de confesar.

—¿Crees que no lo teníamos previsto? En sus archivos no verán cuando regresé después de ir por tu café; sólo te verán a ti enloquecido, corriendo por tu departamento. Manuel, la policía llegará en doce minutos y quince segundos. Si no nos ayudas, tendré que hacerlo por la fuerza.

El pobre Manuel jamás escondió nada de nadie, más que su secreto amor por Gina, quizá, pero eso no fue considerado a la hora de hurgar en su información personal. Al día siguiente, el encabezado en primera plana fue el hackeo masivo que alguien había hecho a una empresa encargada de llevar cuentas bancarias y miles de activos en la Bolsa. En una de las últimas páginas se informaba de la muerte de un no tan prestigioso empresario y de un programador acusado de agresiones contra una de sus excompañeras de la Facultad. Los dos cuerpos habían sido encontrados con el dedo índice mutilado, el ojo derecho extraído y el rostro desollado.



Arte: Adam Littledale

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Rolando Ramiro Vázquez Mendoza

Rolando Ramiro Vázquez Mendoza

Personaje de ficción. Marabuntesco telecapitoso. Usa bufandas.

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