por Esteban Vargas


1

Santiago sigue a su esposa Marta por un sendero inhóspito que desemboca en las fauces del mar. La costa se extiende por kilómetros a la redonda, una franja blanca sin fin con decenas de conchas rosadas.     

El vestido amarillo de Marta se desliza por su tersa piel y Santiago observa cómo aterriza en la arena. El bikini negro le indica que es tiempo de cazar, de contener la respiración. Es la temporada de ostras. Ambos corren hacia el batallón de olas y se consumen en las cristalinas aguas de Bocas del Toro, donde ambos aprendieron a guardar sus memorias en las perlas.


2

Un hombre espera en la esquina de Rodríguez y Villalobos, tarareando una melodía que conoce, pero todavía no ha tenido el placer de oír. Enfoca su mirada fijamente en la carátula de su reloj de bolsillo de oro y nota que tan sólo mil milisegundos han pasado desde que revisó la última vez. 

El hombre está vestido con su uniforme usual de negocios, un traje negro a la medida y una camisa blanca de algodón tejida a mano. Los rayos del sol en esa áspera tarde de diciembre rebotan en sus zapatos de cuero, como si usara espejismos de calzado. En su mano izquierda carga un estuche negro que contiene una viola.

Un Nissan Versa color gris rueda por la calle y se detiene a pocos metros de la esquina. La mujer en el interior del carro le grita a su teléfono celular. El hombre es incapaz de escuchar sus gritos de furia, pero su pose congelada es demasiado reveladora. Él sabe que el nombre de la mujer es Laura Vélez. Los nombres a veces se materializan de esa manera en su mente, especialmente los de futuros clientes.

Parece que es hora de trabajar. Su empresa ha accionado el interruptor.

Cerca de un pozo de agua estancada al otro lado de la calle, dos palomas permanecen estáticas. Una está a punto de tomar un sorbo de agua y la otra, asustada, flota a unos cuantos centímetros por encima del suelo con sus alas tendidas, sus garras retraídas en pleno vuelo.

Las hojas de los árboles ya no silban porque el viento ha parado su galope desde el norte. Incluso los mismos árboles no se alimentan del suelo; la fotosíntesis está en pausa.

Las células de Laura Vélez, las palomas y el árbol cesan su división.

Las manecillas del reloj de bolsillo se han detenido, excepto por una delgada aguja roja que gira frenéticamente, acumulando milisegundos. Es crucial registrar el tiempo porque al hombre le pagan por cada mil milisegundos registrados.

Una ola de entusiasmo le provoca una sonrisa. El silencio que acompaña a la inercia es tan cautivador. Piensa que el mundo se mueve demasiado rápido. Cruza la calle caminando, disfrutando cómo sus pasos no producen eco. Pasa en frente del inanimado carro de Laura Vélez y luego sigue un sinuoso camino de piedra hacia un edificio. Las letras en la puerta deletrean: casa san marcos.


3

Una insufrible angustia desciende sobre Santiago Valverde. Es como si supiera que pronto morirá y que entrará al negocio de los fertilizantes como el nuevo inspector de raíces.

Un hombre alto de mediana edad en un impecable traje negro entra a la habitación de Santiago, sosteniendo un estuche negro con contorno peculiar, como el de un instrumento de cuerdas. Santiago piensa en su época como violista principal en la Filarmónica de San Sebastián. Le tocaron Bach al presidente en una ocasión, en el año 1969.

—En realidad fue en el sesenta y siete, Santiago —dijo el hombre del traje, su tono no muy dulce, no muy agrio—, el mismo año que le pidió a Marta ser su esposa.

—¿Cómo diablos sabe usted eso?

—No es pertinente en este preciso momento. Tenemos importantes cuestiones que discutir. Justo en este instante, un émbolo ha bloqueado su arteria aorta.

—¿Quién es usted y qué quiere? —Santiago, indignado, alza la voz—. Más le vale que esto no sea una broma.

—Particularmente no me gustan las bromas de mal gusto, Santiago, me enseñaron bien desde niño a respetar. Mi nombre es Pedro Volmari y he sido encomendado con la tarea de acompañarlo en sus últimos minutos de vida.

Ambos hombres se miran el uno al otro. Esa sutileza orgánica, la fachada que hechiza a las conversaciones iniciales, se ha desvanecido. Santiago sonríe primero. El hombre en el traje corresponde el gesto. Es inevitable, la semilla ha sido plantada. Ambos ríen a carcajadas.

—Está bravo el chiste, Volmari, se ha ganado mi atención. ¿A qué se dedica?

Volmari saca una pequeña tarjeta con sus credenciales, marcado por detrás con la siguiente insignia:

—Entonces usted trabaja para esta compañía, Kronos —repite Santiago, examinando la tarjeta detenidamente—, ¿qué lo trae por aquí, Volmari?

—Justamente lo que le dije hace rato. Usted está entrando en la primera fase de un ataque cardiaco letal que lo despojará de su vida. Faltan como unos siete minutos.

—Eso simplemente no es posible —Santiago está convencido que todo es una sucia mentira. Pero una picazón en su pecho se ha intensificado. La duda le causa una jaqueca.

—Lo es cuando se detiene el tiempo. De eso se encargan mis jefes. No decimos sus nombres, porque son infinitos. Hay un interruptor en el departamento principal de Kronos. No me pida que explique cómo funciona, yo no soy físico. Tiene que ver algo con el espacio-tiempo. Un colega me lo explicó el otro día. Es como extender el pliego del universo sobre una mesa y clavarlo en las esquinas para que no se mueva.

Volmari abre el estuche y saca una maravillosa viola negra. Santiago nota su reflejo en el instrumento y recuerda, por primera vez en meses, la cara de su esposa. En su mente aparece una memoria sumergida en las aguas de Bocas del Toro, durante la temporada de pesca de ostras.

—Sé que no me va a creer, Santo Tomás —articula Volmari y chasquea sus dedos—, todo lo que le estoy diciendo es ridículo. Es por eso que se lo probaré.

El auge de una ráfaga inverosímil rebota a través de todo el universo. Luego se escuchan sonidos: las enfermeras charlando en el lobby del hogar de ancianos sobre la nueva novela; un hijo gritando obscenidades a su padre de ochenta años afuera en el patio; el aleteo de las alas de una mosca bailando cerca del buró en la habitación, rodeando un jarrón de cerámica con cuatro crisantemos podridos y un retrato de Marta Valverde vistiendo un collar de perlas negras.

Después de que los sonidos vuelven al mundo, el pecho de Santiago explota con dolor, como si lo hubieran apuñalado tres veces. Los tambores de la muerte retumban dentro de su tórax. Empieza a quedarse sin aire. Sus entrañas lo patean desde adentro… 

—Por favor —Santiago suplica.

Volmari chasquea sus dedos de nuevo y todo se restaura en el estado inerte. El ardor en el pecho de Santiago disminuye a un soportable cosquilleo.

—No haga eso de nuevo —dice Santiago, recobrando su aliento—. Es una locura, pero está en lo cierto, Volmari. Si no es un ataque al corazón entonces que me coronen rey.

—Nosotros en Kronos lo sabemos casi todo y nuestro trabajo es hacer su traslado lo más indoloro posible.

Volmari sonríe fríamente y sus mejillas forman un colgajo carnoso con reminiscencias a las velas de un galeón. Perlas cristalizadas de sudor parecen estar atrapadas dentro de sus tupidas cejas de plata, que combinan con su cabello peinado hacia atrás.

—¿Y ahora qué? —Santiago sonríe, apuntando a la viola negra con un dedo esquelético—. ¿Me va a tocar una melodía antes de que me vaya? ¿Acepta complacencias?

—¿Este vejestorio? Usted me confunde por un músico, Santiago. Yo soy más un espectador. Me gusta la buena música. Y no todos tenemos el don, como usted.

—¿Usted quiere que yo toque? Esto es ridículo, camarada. Ni siquiera recuerdo haberlos contratado en primer lugar.

—Nosotros elegimos a nuestros clientes. Pero entendemos si uno de ellos se niega a aceptar nuestros servicios. Sólo diga y me iré lejos, permitiéndole disfrutar de sus últimos minutos de vida en paz.

Santiago se enfoca en los ojos magenta de Volmari, quien verifica su reloj de bolsillo de oro y añade:

—Le sugiero que decida con rapidez. El tiempo es dinero. Le quedan cuatro minutos.

—Está bien, usted gana —Santiago suspira—. Tráigalo a ver qué puedo conjurar. No he tocado en décadas.

—Le aseguro que sus dedos todavía recuerdan bien el vibrar de las cuerdas. Aquí tiene, eso es. No olvide el arco. Siempre he pensado que los instrumentos nunca olvidan el calor de dedos hábiles con memorias de arpegios. ¿Con cuál pieza nos deleitará hoy, maestro?

 —Estoy pensando en el concierto de viola de Bartók. Es muy oportuno.

—¿Oportuno? —Volmari se muestra confundido.

—Pensaba que ustedes lo sabían todo, ¿será que sufrió un pedo mental?

Volmari suelta la risa y cuando culmina su última carcajada, dice: —No me había reído tanto en años de trabajar en este negocio. La verdad me elude esta vez, Santiago, ilumíneme.

—Esa fue la última pieza de Bartók antes de morir.

—¡Por supuesto! Hay un nombre para eso, ¿no es así? La última pieza antes de la jubilación de una persona, antes de cerrar el espectáculo. Su última oportunidad.

 —A esto se le llama canto del cisne.

 —Vamos a escuchar su canto, entonces.

 —Una última cosa, Volmari, si me lo permite. Cree que sea posible que…

—Pensé que nunca lo preguntaría. Sería un placer.

Mientras Volmari procede a conceder a Santiago Valverde su último deseo, Santiago se pregunta en su mente, “Volmari, ¿le gusta su trabajo?” Su pregunta es respondida de inmediato por el hombre de los ojos magenta: “Por supuesto, hombre, si me pagan. Sólo usted cree que lo hago de gratis.”

Volmari se acomoda en una silla en la habitación y Santiago pone su cachete sobre la mentonera de la viola. En el cuerpo ennegrecido del instrumento se encuentra cara a cara con esa reflexión familiar de todas las mañanas, pero un poco más cansada y frágil.

Un hombre interpretará un concierto de viola para otro y uno de los hombres sucumbirá por la corriente del extenso río del tiempo. Volmari sabe bien que a todo cisne le llega su hora.

Las notas que Santiago produce con la viola vuelan como bandadas de colibríes y pringan las paredes de la habitación en su totalidad, reemplazando el papel tapiz sucio con un campo esponjoso de crisantemos. Santiago puede oler la brisa salada proveniente de la costa. Su esposa Marta lo toma de la mano y lo guía por un sendero familiar. Está ataviada con un vestido amarillo. Parece que la marea es baja. La temporada de ostras ha empezado.


4

La enfermera Lisa Estrada encuentra el cadáver de Santiago Valverde dos horas más tarde, mientras hace sus rondas. Aunque el forense evalúa como causa de la muerte un ataque al corazón, las condiciones en que se encuentra el cuerpo son bastante peculiares. Valverde sostenía contra su pecho una viola negra y estaba vestido con un elegante traje. Ninguna de ellas sus posesiones. En su mano tenía un trozo de cartón en blanco, como de una tarjeta de negocios. 

Ninguno de los funcionarios ni de los ancianos vio algo extraño mientras Santiago fallecía en su dormitorio. El viejo Céspedes si recordaba haber visto a un hombre con ojos de color magenta caminar fuera del hogar de ancianos, vistiendo los harapos viejos de Santiago.

Pero lo olvidó minutos más tarde. Padecía de Alzheimer severo. 



Esteban Vargas fue secuestrado por extraterrestres un primero de noviembre, en una hermosa tarde mientras comía un helado de guanábana. La paleta fue su salvación, ya que logró convencer a los enanitos grises que la guanábana era la substancia suprema de la Tierra. Después del evento cercano, Esteban escribe regularmente para ejércitos de hormigas y varios insectos grotescos.

Arte: Joaquín Sorolla

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