por Johan Sánchez


Aya shamunkami wawa
Kuku shamunkami wawa
Wakakukta uyashpaka
«Haku ñukawan» ninkami

Puñuylla wawa, [Canción de cuna quechua]


Nadie pensó que terminaríamos así. Yo apenas era una chiquilla cuando comenzó todo. Nadie jamás se imaginó que el fin llegaría desde afuera. Ni siquiera J, que era un idealista e investigador nato. Él afirmaba que la revolución industrial fue el inicio de la decadencia. El calentamiento global terminará por extinguirnos, pregonaba. Terroristas verdes, así llamaban a los activistas ambientales. Ellos fueron los nuevos protestantes en una época en que todo era un caos: los veranos se habían convertido en un infierno, los inviernos en un suplicio. Ya no había puntos medios. O eres frío o eres caliente, decías, porque si eres tibio te vomitaré de mi boca. Eras una convencida de que el fin del mundo llegaría cuando venga el Señor, descendiendo de los cielos con los santos mártires, a salvar a los que fueron lavados por su sangre, derrotar al enemigo y enviarlo al lago de fuego. ¡Arrepiéntanse!, exclamabas desde una silla de ruedas mirando al vacío por una ventana enrejada. Así terminaste, repitiendo como una grabadora el mismo discurso, una y otra vez. Si hay algo que añoro de tus últimos días, son esos breves momentos de lucidez en los que me mirabas a los ojos y sonreías. Hijita, has venido a ver a esta vieja, decías y tus ojitos se humedecían al entonar con tu voz finita esa dulce melodía: Puñuylla wawa puñuylla… Kikilla wawa kikilla…

El primer evento que causó gran impacto fue el que sucedió en el altiplano. Científicos y curiosos de diferentes partes del mundo arribaron a los pocos días. Nunca antes un poblado de las alturas había recibido tanta atención. La información era confusa, por la red circulaba todo tipo de imágenes y teorías descabelladas. No se sabía qué era cierto y qué no. J, por supuesto, se fue a perseguir esa historia. Estaba obsesionado con ‘esa cosa’, como la llamaba él. No era una simple roca del espacio exterior, decía, aquel espécimen, de un raro refuljo, espeluznante, no cabía en la clasificación científica. Pero no se trató de un evento extraordinario en los andes, como creímos en un inicio, fue un fenómeno mundial. Supimos de incidentes en la Siberia, Groenlandia, la Patagonia y por montones en la Antártida, todos parajes inhóspitos, además de ser los últimos lugares que albergaban lo poco de agua dulce que nos quedaba. Y verán a las estrellas caer del cielo, y las potencias que están en los cielos serán conmovidas, decías. Hay que estar preparadas, hijita, ya viene el Señor.

Los extraños objetos siguieron cayendo, pero nadie le dio importancia. Cuando casi se había olvidado la lluvia extraterrestre se desencadenó lo inevitable. Antes de desaparecer, J. dejó mucha información que había acumulado en sus viajes. En uno de sus diarios había transcrito el testimonio de un poblador de la sierra central:

«Era una noche de luna llena, papá. Estaba durmiendo en mi estancia, ahí mismito, por las faldas del Apu Mayor. Estaba sanito, no había tomado ni una gota de caña, lo juro por el Niño Dios. Tampoco cabeceaba, estaba bien alerta cuidando a mis ovejitas y paquitos del león. No, no se le puede matar, papá, él también tiene que comer pue’, es parte del kay pacha, vivimos aquí todos juntos… Sí, ahí estaba cuando apareció esa lucesaza, ayayay, que casi me quedo ciego, papá. Se divisó por las faldas del Tayta Apu, yo lo vi clarito con estos ojos. Ahí mismo junté a mis animalitos y me largué al pueblo. Todos estaban de pie, asustados. Es el fin del mundo, decían y así era. Míralo pue’, tú mismo lo estás viendo, míralo al Tayta, pobrecito, sin sus nieves, todo pelado, así como lo ves, así amaneció después de esa maldición del cielo. Todititos nos fuimos a llorarle, a llevarle ofrendas, papá. Qué te han hecho Tayta, le llorábamos y él lloraba con nosotros… ya no había razón para seguir, lo habían matado al Tayta Apu…»

No fue el efecto invernadero el que se llevó nuestro nevados, como nos quisieron hacer creer. Fueron ‘esas cosas’. Nos dejaron sin el recurso más valioso. Nuestros hermanos de los andes lo supieron primero: sin agua no se podía seguir. Tú partiste antes. La última vez que te visité estabas sumida en la demencia. Mejor así. Te habría destrozado el corazón saber que nadie vino a rescatarnos. Ha de venir el espíritu, mi niña; ha de venir el mal, mi niña; decía la canción que me cantabas. Si fue el mal, si fueron nuestros creadores quienes nos reclamaron, no lo sabemos.

No he olvidado la vez que me llevaste a ver las tumbas sin nombre. Cientos de cruces blancas. Ésas, dijiste, pertenecen a los desaparecidos, a los desollados de la guerra. Ése era tu duelo: el no poder llorar sobre los huesos de los que te arrebataron. Tu fe era lo que te mantenía en pie, la que te aseguraba que al final de tus días los alcanzarías y volverías a abrazarlos. El Señor se encargará de juntarnos, solo hay que esperar en Él, decías, que en un abrir y cerrar de ojos seríamos transfigurados. Así fue. Nosotros también fuimos arrebatados y aquí estamos siendo esclavizados por ‘esas cosas’ sin esperanza de volver. He perdido la cuenta de cuánto tiempo ha pasado. Hubiera preferido terminar mis días como tú, sumergida en el olvido, reconociendo a mis nietos en los escasos segundos de tregua, cantándoles la canción que me heredaste. Con toda seguridad sería feliz. Eso sería la gloria. Ahora entiendo la añoranza por tus muertos, ahora que estoy cansada, sabiendo que no podré reunirme contigo en esa otra vida. Cada vez que veo mi reflejo en un cristal veo a otra persona, una mujer que no reconozco, una ser sin ánima que cumple órdenes y vive conectada a unos cables. Sólo en ciertas ocasiones cierro mis ojos y me encuentro con tu mirada y escucho tu dulce voz que me susurra: Kanlla rikpika wawalla… Piwanchari parlakusha… Piwanchari asikusha. Esto no es el fin del mundo, abuela, esto es peor.



Johan Sánchez (Lima, 1988). Un mono que deambula por la vida y escribe. Revistas de Perú y México le han publicado algunas historias y crónicas.

Fotografía: Juan Rulfo

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