por Barbara Donoso Videla


Sentarse frente a una pantalla todo el día no hace bien. Pienso demasiado.

Mientras veo como manejo una vida ajena me pregunto hasta qué extremos se ha llegado actualmente. ¿Qué clase de perversidad y obscenidad nos ha llevado del monitoreo constante a la abierta intervención de la voluntad?

Hace diez años se implementó el artículo JV-24601 (me lo sé de memoria porque es la clave de mi Facebook), sencillo en teoría, bastante violento en la práctica: vigilar e intervenir (sería algo así como la segunda etapa de vigilar y castigar, cuando esta falla). Si un criminal reincide, se le instala un chip en la cabeza que manda en tiempo real su vida diaria a un computador, desde donde alguien, en caso de que el criminal quiera… emmm… re-reincidir, pueda desviar sus acciones.

Claro que tiene que haber alguien que lo haga, ¿no?

¿Y quién es?

Bolas tristes, cómo si no.

Quinientos mil pesos mensuales por jugar el videojuego más aburrido del mundo, una mala copia del GTA, donde deben seguirse todas las reglas e impedir que el monigote se salga del camino. Respetar todos los semáforos, en esencia. No es que sea un sociópata que busca ese tipo de control sobre un desconocido, sino un simple analista de sistemas frente al enorme mar del desempleo en este potrero lleno de cables de cobre no vendidos. Este trabajo sonaba bien en primera instancia: habitación a solas, aire acondicionado, mirar la pantalla y decir “no lo hagas” cuando haya cosas que no hay que hacer, no sacarse los audífonos (inalámbricos para permitir una movilidad mayor) y estar cerca del micrófono (para restringir el radio de alejamiento). Se puede comer o beber café mientras tanto.

Pero después de un tiempo vives una vida que es casi igual a la tuya excepto que más desgraciada. Te preguntas cómo pueden seguir y…

Y está el botón rojo, claro, pero son casos específicos…

Es un mal cuento, mezcla de Ray Bradbury y Masamune Shirow….

¿Bradbury trató estos temas realmente?

Es más bien como ese animé… Psycho Pass, sólo que no existe aún la tecnología (en este país al menos) para monitorear a toda la comunidad sin meterles cosas en la cabeza. Qué clase de ser humano cuerdo se sometería a eso por decisión propia, después de todo.

Así que van las personas más odiadas y con menos derechos primero: criminales.

O hasta simples infractores.

Este país entero es un pastiche mal hecho.

La verdad es que al momento de postular a esta pega me guardé estas opiniones y contesté lo más… descerebradamente posible: criminal no es persona, es animal. Aunque debo reconocer que pensar de la forma en que lo hago comúnmente no me ha hecho bien en esta clase de ambiente, sumando también lo miserable que se me hace la vida de este tipo a quien ni siquiera le sé el nombre.

Porque no nos dejan saber el nombre, ya saben: criminal es animal. Si por algún motivo el pitido que tapa el nombre del sujeto en los labios de quienes lo rodean falla y tal información llega a oídos de nosotros, los Observadores, nos hacen cambiar de desgraciado.

Lo peor de todo esto es que el índice de criminalidad y reincidencia no han bajado nada. La promesa del estúpido chip no se ha cumplido. La gente lo sabe, sale en las noticias todas las noches, en las notas rojas de los periódicos sensacionalistas. El bajo mundo aún existe. Aún se roba, viola y mata en cantidades industriales.

Y aun así, con estos hechos, no se ha hablado ni por si acaso de desestimar un chip que, para ser francos, está a un mundo y medio de atacar la raíz del problema.

Pero, ¿cuál es esa raíz?

¿Drogas? ¿Pobreza? ¿Violencia?

¿Acaso simplemente los humanos somos así?

Llevo cinco años en esto, vigilando con otras dos personas más a un dealer de la peor calaña: la de los tontos. Incapaz de haber sabido esconderse como la gente al vender marihuana cáustica (MARIHUANA CÁUSTICA, WEÓN), ahora yo debía ver los lunes, los miércoles y los viernes cómo este tipo intentaba mal componer su vida con el pedazo de plástico metido en su cráneo, ya completamente solo en el mundo.

Esa soledad es comprensible después de todo. Si su entorno es delictual, a un enchipado no lo van a querer cerca porque implica que un Observador está, valga la redundancia, observando. El tipo me da pena y rabia por partes iguales. He aprendido a odiarlo y a querer ayudarlo a la vez. Es muy fácil odiarlos puramente desde afuera, viendo las noticias del matinal, pero cuando te das cuenta que es una persona…

Bueno…

Quizás he dicho algunos comandos que no estaban totalmente dirigidos a prevenir su reinserción delictual. Le conseguí una pega como reponedor en un supermercado.

Lo ayudé.

Solo un poco.

Evito que beba mucho porque podría cometer alguna idiotez irremediable. No es que me preocupe perder mi pega, además nuestra identidad de Observadores se mantiene en secreto para evitar represalias o liberar a un enchipado; solo no quiero que el pobre tipo llore borracho hasta dormirse porque su familia (un montón de tujas, sólo que lo suficientemente inteligentes para no ser enchipados) lo ha echado de su casa.

¿Dije ya que es todo el día, desde que despierta hasta que se duerme?

No es una jornada de ocho horas, es de doce cuanto menos.

Vi como lo echaban y cada una de sus caídas.

Quizás pensaban que este trabajo no era físicamente desgastante, ¿tengo una silla, no? Si sólo veo una pantalla mientras bebo un poco de café. ¿A quién le importa la actualización de las leyes laborales, verdad? ¡Si tenemos tamaña tecnología! ¡Autos que vuelan, robots que nos preparan la comida y marionetas humanas controladas por computadora! ¿Quién podría quejarse?

Es como si nos sacudieran un manojo de llaves ante la cara…

Ahora el tipo va hacia un paseo comercial. Mira mucho las cosas que se encuentran a la venta y sé que tiene dinero para comprarlas. Pero también tiene cleptomanía latente, lo decía el informe. No sé si la cleptomanía puede ser realmente “latente”, pero es mejor no arriesgarse a que meta la mano en un puesto o en un bolsillo ajeno. Alejarlo un poco del afluente de gente sería una buena medida, pero los monitores dicen que su nivel de endorfinas ha subido un poco. El pobre diablo se siente bien en la multitud. No quiero verlo mal. Estar en medio de la gente hace que sus problemas parezcan menores, la sensación de aislamiento se suaviza un poco al tener tanto calor humano cerca.

Pobre weón. Pobre y triste weón…

Me sobresalto cuando mis manos tocan mi cara para despejarme los ojos. A veces siento como si lo que veo en la pantalla reemplazara mis propias sensaciones, suprimiera el hecho de tener un cuerpo, por lo que mis propias manos se vuelven extrañas en ocasiones.

Quiero moverme un poco, correr por ahí, salir como…

¡Como ese tipo!

¡Increíble! ¿Él es el criminal y es más libre que yo?

Pero también está preso con el chip. Es MI prisionero. Él tampoco se mueve libremente, está tan encerrado a causa mía como yo a causa de él. Quiero que algo se mueva, que algo varíe.

¿Acaso tengo que hacerlo todo yo?

Pero no lo odio tanto. A veces creo que sería bueno que hiciera algo malo, que se descargara…

—Tirar al suelo ese florero del puesto de arcilla que sea…

¿Qué hace?

Mierda, lo dije en voz alta…

La cámara se mueve errática de un lado para otro, una mano que se acerca me indica que el tipo se la ha llevado la cabeza, que se pregunta qué le pasó. El chip funciona bastante invasivamente, le hace creer al «usuario» que hacer eso era la mejor opción. Juguetea con sus hormonas. En algún momento el sujeto puede llegar a cuestionarse lo que pasa, presentir las intervenciones de su Observador, pero las hormonas borran fácilmente esa sensación.

La pantalla se fija en quién debe ser la dueña de ese arcaico local.

No se ha dado ni cuenta… Jajá…

—Bota el de al lado.

Dicho y hecho. Ahora la señora sí se da cuenta, le pregunta qué pasa con aquella mirada que espera sinceramente la admisión de un error y la disculpa subsecuente.

—No digas nada.

La señora repite la pregunta. La impaciencia y enojo comienzan a aflorar entre sus arrugas.

—Dile que no le importa.

Los audífonos me indican que el tipo me obedece, que su tono es ácido y altanero. Se oye cierto regocijo en su voz. ¿Lo esperaba, verdad? ¿Cuánta tensión tendría adentro?

Claro, claro. Debe comprender que algo le pasa al chip, pero el control hormonal hace que le importe nada.

La señora se acerca y mira los jarrones destrozados en el suelo con aire de impotencia. Se nota que son fruto de un trabajo complicado, no suele verse alfarería de este tipo con frecuencia desde hace décadas. Me parece hasta casi poético que este pobre weón, víctima de este tipo de intervenciones, acabe con lo poco que queda de un pasado más simple.

—Empújala.

¡Pum! La señora cae sin poder hacer nada más que agarrarse negligentemente de los demás jarrones. De los grandes. Le caen encima y le hacen varios cortes al destrozarse. Veo claramente la sangre y, sin embargo, el medidor de estrés no sube. El tipo siente que lo que hace está bien y bonito. No se cuestiona…

De verdad lo esperabas, ¿no?

Ollas de presión. Son como esas ollas de presión antiguas y yo tengo la mano en el pituto que libera el vapor. Tal vez ésta es la raíz del problema criminal y la solución sea mover un poco la válvula, que salga el vapor caliente. Si quema, no sería tanto el daño a si la olla explotara.

La imagen de la pantalla se tambalea y veo el cielo obstruido por un robusto paco, seguido desde atrás por un par de drones de vigilancia. Sé que esas cosas nunca han funcionado bien, demoran en avisar a la estación de carabineros más cercana o en electrocutar al infractor. Ya son tecnología obsoleta que este país de mierda ni siquiera se ha molestado en actualizar.

Tengo chipe libre para mover un poco la válvula del sujeto.

—¡Empújalo!

Nada, el paco es un chancho de campeonato y el sujeto seguramente un chuzo.

Curioso, tampoco sé cómo es su apariencia. Obviamente no son dos ojos que flotan por la calle, tiene cuerpo.

—Emp… —una luz. Si tiene cuerpo, tiene manos—. Quítale el arma… ¡Ahora!

Esto si le sale, tiene manos ágiles y una cabeza fuerte para resistir los lumazos. No tarda en tener entre sus dedos ese elemento de muerte que poco ha cambiado en los últimos cincuenta años.

—¡Dispara!

¡Bang! Paco al suelo con un hoyo en la frente…

—¡Dispara más! —golpeo la mesa—. ¡QUE NO QUEDEN BALAS!

¡Bang, bang, bang, bang, bang!

El medidor de endorfinas y el ritmo cardíaco se disparan definitivamente cuando el gentío se dispersa en medio de gritos de pánico. A mí también me golpea el corazón dentro de las costillas. Aún siento en los audífonos como resuenan los disparos.

Pero no es sólo eso…

—¿Qué…?

Están golpeando a la puerta de mi estación de trabajo, una y otra vez. Veo el pomo moverse y el panel de seguridad pitar y titilar al ser intervenido. Un par de segundos después hay tres compañeros Observadores frente a mí, boquiabiertos, estupefactos.

Sé que en cualquier momento se me van a tirar encima. Abro la boca para explicarme:

—El pobre tipo lo necesitaba.

Alzo una mano y presiono el botón rojo, el último recurso.

Escucho por los audífonos como el tipo da un grito agónico y comienza a ahogarse…

Los medidores se quedan planos después de una momentánea explosión blanca que alcanza los límites de la pantalla: el chip quemándose junto con el cerebro que parasitaba.

Por el rabillo del ojo veo que la imagen se queda en negro.



Bárbara Donoso Videla (Quillota, 1995). Escritora frustrada como todo estudiante de Antropología. Futura desempleada por partida doble. En sus ratos libres trata de mantener una página de Facebook y una de Instagram en las que publica sus cuentos bajo un endeble pseudónimo. Facebook: https://www.facebook.com/Roy.AlMargen/

Arte: Shining, David Pescador

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