por Alejandro L. Govea


Nuestra nave se estrelló en medio del mar rojizo y profundo del planeta R-451, hace treinta y siete días. Llegamos aquí porque estaba listado en la Guía Intergaláctica como “orbe habitable”, lo que quiere decir que a pesar de no estar habitado tiene algunos puestos científicos en la superficie y torres de señal cada ciertos miles de kilómetros. Así que, en cuanto el motor comenzó a hacer ruidos extraños, Mar sacó la Guía de la guantera seleccionó un planeta y yo me dediqué a poner las coordenadas en el panel de control. Cuando la nave se alineó con el planeta, Mar encendió el hiperpropulsor y salimos disparados hacia R-451, con el motor explotando dentro de su cámara ante ese esfuerzo final y agonizante. No sé si es algo que ocurre regularmente, pero así fue como ocurrió.

Mar está acostada en la borda de la nave, que flota en el océano desde entonces, a la sombra de la sábana que atamos a la antena para simular una vela. A juzgar por las luces celestes, no hemos avanzado nada. Un par de kilómetros, quizá. Pero el rojo del agua se extiende hasta donde llega la vista y más allá; como si en R-451 no existiera el viento, como si no hubiera corriente. Mar luce tan tranquila como si hubiera venido de vacaciones. Tiene los ojos cerrados, pero cuando le pregunto si está dormida me voltea a ver y me manda un beso. Su mano quemada por el accidente apenas comienza a sanar.

***

Lo primero que hicimos al estrellarnos fue enviar una señal de radio. “Ese o ese. Ese o ese. Nave personal AYR2223 solicita extracción de emergencia. Repito. Ese o ese. Ese o ese. Nave personal AYR2223 solicita extracción de emergencia. Dos pasajeros. Accidente espacial. Planeta R-451. Ese o ese. Ese o ese. Nave personal AYR2223 solicita extracción de emergencia. Por favor, responda”. Dejé el radio y abandoné la cabina. Afuera, Mar metía la mano quemada al agua.

─¿Estás bien? ─le pregunté.

─Sí ─me dijo─, pero la entrada a la atmósfera derritió los controles.

Salía vapor de la coraza de la nave. Quizá era el motor, quizá era la entrada a la atmósfera, quizá era la estrella solar evaporando las partículas de agua adheridas a la superficie metálica.

─¿Segura que meter la mano al agua es el protocolo adecuado? ─le pregunté desde la escotilla.

Mar me ignoró concienzudamente, como hace siempre que considera que estoy cuestionando su sentido común.

─¿No responden? ─me dijo, sin voltear a verme.

─No. Lo intentaré de nuevo en una hora.

Mar sacó el brazo del agua y se miró los dedos rojizos. Las gotas que se resbalaron de su piel cayeron sobre la borda y se evaporaron con un sssssh fugaz y pasajero.

***

─Creí que, si descuidaba el hiperpropulsor un solo segundo, no lo lograríamos. Esperé hasta el último momento para soltarlo, cuando ya había comenzado a derretirse ─me dijo Mar, abriendo y cerrando la mano quemada. Afuera había oscurecido y nos metimos en la cabina. El radio daba la misma respuesta que el océano.

─Hiciste bien ─le digo─. Si no fuera por ti quizá seguiríamos flotando en el espacio.

Mar voltea hacia la ventana, donde una oscuridad inmensa adorna el horizonte.

─Mas o menos como aquí ─me dice.

─Mas o menos como aquí. Pero sin naves mercantes. Ni meteoritos.

Nos dormimos abrazados por muchas horas.

***

Días después decidimos que no recibiríamos respuesta pronto y me adentré en la sala de reservas para ver cuánto tiempo más podríamos durar varados en el mar.

Mar estaba recargada contra el marco de la puerta, los brazos cruzados sobre el pecho.

─No lo sé ─le dije─. Quizá uno de nosotros debería dormir y el otro seguir intentando.

─No te voy a dejar aquí ─me dijo, y luego agregó─: No confío en ti lo suficiente.

Le sonreí de vuelta.

─Tenemos alimento para veinte días.

─Son suficientes ─me respondió─. Los disfrutaremos.

***

Afuera, sentados sobre la borda, Mar y yo nos miramos a los ojos muy de cerca, jugando al cíclope.

─Tus ojos son distintos ─me dijo─. Mucho más claros.

─Es la luz, es distinta. Tus ojos también son más claros.

Mar tenía el cabello húmedo y en su piel blanca podían mirarse restos de agua a medio secar. Había entrado a nadar al océano, donde se había sumergido hasta que sus oídos parecían querer reventarse. Yo la miré desde arriba, metiendo los pies en el agua. Debajo de nosotros no pasaba nada. No había sombras desconocidas. El rojo del agua se extendía hacia abajo haciéndose cada vez más oscuro. Mar burbujeaba cien metros más abajo.

─Tu cabello se está decolorando ─me dijo, tocándome la cabeza.

─Es la radiación electromagnética ─le contesté─. Es más fuerte que la de SOL, creo.

─No debí meterme al mar ─replicó minutos después─, Está penado por la federación entrar a los mares de las “orbes habitables” sin un permiso.

─No debiste. Pero no creo que alteremos el ecosistema. Si traíamos alguna bacteria desconocida lo más probable es que muriera cuando entramos a la atmósfera. La cabina se convirtió en un horno durante varios minutos.

Mar abrió y cerró su mano, quizá sin darse cuenta.

***

Hace quince días intentamos la última transmisión. “Ese o ese. Ese o ese. Nave personal AYR2223 solicita extracción de emergencia. Repito. Ese o ese. Ese o ese. Nave personal AYR2223 solicita extracción de emergencia. Dos pasajeros. Accidente espacial. Planeta R-451. Veintidós días en altamar. Ese o ese. Ese o ese. Nave personal AYR2223 solicita extracción de emergencia. Por favor, responda”. Mar estaba sentada junto a mí. Escuchamos la estática usual con la costumbre de quien se pasa la vida hablando solo.

Habiendo cumplido nuestro deber como sobrevivientes y náufragos nos disponíamos a volver a la borda cuando en el radio se interrumpió la estática y sonó una voz que parecía ser humana:

─Aquí Estación USA-24 de R-451. Repito. Aquí Estación USA-24 de R-451. ¿Me escuchan AYR2223? Cambio.

Mar no podía creerlo. Ni yo, pero el único rostro que pude ver en ese entonces fue el de Mar, que abrió mucho los ojos y se abalanzó hacia el receptor.

─Aquí AYR2223. Los escuchamos fuerte y claro. Cambio.

─AYR2223. Tripulado por Cleo Andros y Mar Robinson. Confirmen. Cambio.

─Confirmo ─respondió Mar, y me volteó a ver con sus ojos grises─. Solicitamos extracción de emergencia. Llevamos veintidós días en altamar. No tenemos suficientes recursos. Cambio.

Hubo un silencio estático en el radio que pareció durar mucho tiempo.

─Sus coordenadas son 17°33′ y 18°05′ latitud norte slash 101°15′ y 101°44′ longitud oeste. Confirmen. Cambio.

Mar señaló la Guía Intergaláctica con sus dedos quemados y yo me apresuré a buscar R-451. Abrí el mapa del planeta, pero era imposible saber dónde, en medio del rojo océano, vagábamos desde hace días. Miré a Mar, confundido.

─Confirmo ─dijo Mar, sin dejar de mirarme─. Cambio.

Estática.

─AYR2223, ¿cuántos días les quedan con provisiones? Cambio.

─Tres, aproximadamente ─mintió Mar─ Cambio.

─Enviaremos a alguien lo más pronto posible. Cambio y fuera.

El silencio estático que vino después desde la radio ha durado quince días y es probable que se extienda hasta el fin del mundo, si la batería de emergencia de la cabina no muere antes.

***

Tenemos alimento para un día más. Mar desconecta la intravenosa de su brazo y abre y cierra la mano. Se acerca a mí con el cable y me toma el antebrazo.

─Esperamos demasiado ─me dice mientras inserta los picos metálicos en mi carne─. Nunca iban a dignarse a rescatar a un par de androides.

Sentí la energía correr por mi cuerpo.

─Pero disfrutamos estos días, creo ─le digo─. No sabemos si despertaremos alguna vez.

─Nos programé para despertar en caso de que la nave llegue a tierra o que alguna voz humana hable suficientemente cerca.

─Eso puede tardar años, o nunca ocurrir ─le recordé.

─Cuando entremos en modo de reposo nuestros circuitos vitales se mantendrán intactos. Así podremos durar años, incluso décadas, esperando el rescate. Por eso es necesario que nos carguemos por última vez.

Miramos el horizonte en silencio durante un largo rato.

─Deberíamos entrar a nadar ─le propuse.

─Necesitamos la energía ─me respondió.

─Pero necesitamos más el recuerdo, por si algún día despertamos.

Mar me miró a los ojos. Se puso de pie y se aventó al agua roja.

Yo me desconecté el cable del brazo y me lancé detrás de ella. El agua movió levemente la nave, que comenzó a subir y bajar con las olas de nuestros cuerpos.

Flotamos frente a frente en medio del mar. Las únicas vidas en miles de kilómetros a la redonda. El único sonido en el mundo era nuestra respiración. Nos miramos a los ojos por mucho tiempo.

El cabello descolorido de Mar se movió con el viento, casi imperceptiblemente, mientras reía.



Alejandro L. Govea es licenciado en Letras Inglesas por la UNAM. Es co-coordinador del sitio web inexistente.org, especializado en análisis de literatura, cine y videojuegos. Además, es profesor adjunto del Seminario de Literatura y Cine, en la Facultad de Filosofía y Letras. Se pasa las tardes entre butacas de cine, cables de joysticks y polvo de libros.

Arte: Mary Jo Zorad

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