por Jesús Bravo


Genly Ai, explorador de la federación intergaláctica Ekumen, está en el planeta Gueden con la intención de incorporarlo a la gran alianza que representa. Ahí topa con una verdadera barrera cultural y antropológica: todos los habitantes son intersexuales por naturaleza. Tal vez no hermafroditas, pero sí seres andróginos que cada 26 días entran en kémmer, periodo donde cambian sus atributos físicos dependiendo de su pareja sexual: más “femeninos” o “masculinos”.

En su novela La mano izquierda de la oscuridad, Úrsula K. LeGuin narra un viaje de exploración geográfica pero también existencial, donde Genly Ai intenta comprender la dinámica del poder político derivado de los procesos culturales guedenianos. ¿Qué tan cierto es que la guerra sólo la desatan los hombres? ¿Cómo reflexionar sobre la normalización de los modelos de comportamiento violento leyendo una obra de ciencia ficción?


I. En Karhide

El terrestre Genly Ai trabaja por algunos meses en una región del planeta llamada Karhide. Desde ahí describe su relación con Estraven, el primer ministro, la figura más importante del planeta después del rey Argaven. Genly Ai es el típico extranjero, con reflexiones al estilo de Meursault en una tierra con dinámicas muy similares a las que vio en la Tierra, pero con diferencias sustanciales.

Los seres de Gueden son hombres con características andróginas. Esto quiere decir que ellos mismos se consideran hombres durante casi todo el mes excepto en el kémmer, los días donde adoptan características de un sexo binario. Aunque nunca saben qué género adoptarán, pueden usar drogas para adoptar un género en especial o para prolongar el kémmer.

Los observadores del Ekumen han observado que los habitantes de Invierno, nombre con el que conocen el planeta helado Gueden, no son tan violentos como para matarse en guerras. Siempre se matan uno a uno o dos contra uno, en lapsos cortos. Las guerras no existen. Una nota en el libro hace pensar que estos seres, los guedenianos, pueden ser una experimento raro de los hainis, raza milenaria que fundó la humanidad del Ekumen.

Lo anterior no sólo impacta en la cuestión militar, sino que Úrsula K. LeGuin profundiza en el desarrollo de todas las tecnologías. Si bien el desarrollo de herramientas, en un planeta completamente helado como Gueden, está orientado hacia aquello que dé más calor y limpie las calles de nieve, no es ocioso pensar que su producción está determinada por la nula necesidad de combatir contra el otro.

Veamos: el desarrollo tecnológico se dió durante decenas de miles de años. No se tiene registro de una guerra, y cuando un ciudadano rompe la ley, se le exilia e ignora para orillarlo a morir sólo en el frío o ser encerrado en una “cárcel voluntaria”, dependiendo de si se está en Karhide o en el territorio vecino, Orgoreyn.

Todas estas características te las avienta LeGuin a la cara y te dice en un par de ocasiones: te lo estoy dejando claro, si no hay hombres no hay guerra.

No tenemos que revisar demasiado el proceso histórico que revisó la autora para reconocer que lo bélico, la fuerza bruta y el uso legítimo de la fuerza ha estado en manos de los hombres durante milenios de civilización. La mano izquierda de la oscuridad se publicó por primera vez en 1969, en medio de la guerra fría. Hay que prestar especial detalle a que la carrera espacial encontró al texto en un momento fundamental.

Estados Unidos de América, para la fecha, ya había lanzado sondas importantes, como la Mariner con destino a Marte, así como su versión 8 del proyecto Apolo. Un dato que ciertamente es desconocido por los que aborrecen todo intento de prueba nuclear por parte de países identificados con el socialismo: la nación más poderosa de nuestra planeta lanzó 1132 pruebas de bombas atómicas entre 1945 y 1992, lapso en el cual todos los presidentes, obviamente, fueron hombres.

Richard Nixon tomó posesión de la presidencia a inicios de 1969, lo cual agudizó la ya constante fricción espacial con la URSS, además de que se dieron acontecimientos como la constante represión hacia manifestantes que estaban en contra de la guerra en Vietnam (como aquella que se dio en la Universidad de Harvard).

La visión de LeGuin se configura a través de procesos históricos cercanos, argumentos sólidos. Se puede observar que, por ejemplo, inventa a Orgoreyn como un estado comunitarista-paternalista (ningún ciudadano orgorita se puede quedar sin trabajo), y aún así prescindir del ejercicio de poder decididamente masculino.

Lo que no encuentras en Gueden, en Karhide o en Orgoreyn es patriarcado como tal. Hay intrigas políticas y represión en algunos sentidos, pero estas dinámicas no están tratando de suprimir y asfixiar a un género, pues allá sólo existe uno. Incluso, en un par de pasajes, la autora nos muestra qué alejados estamos de una sociedad justa, con el simple hecho de ilustrar que en el planeta imaginario el acoso o el asesinato por razón de género es desconocido.


II. En Orgoreyn

El país vecino es Orgoreyn, una clara referencia a la URSS: territorio administrado por una mesa de gobierno que, en caso de fallar, es sustituida por otra mesa de gobierno. Como ya dije, nadie se queda sin trabajo y el protagonista la narra como mejor organizada y más desarrollada que Karhide, lo cual es curioso porque eso supondría un halago de parte de LeGuin a los soviéticos.

Éste es el escenario para la primera escena de un kémmer en desarrollo. En un bar, Estraven se encuentra con un miembro del SARF (algo así como la policía secreta de Orgoreyn), el cual trata de seducirlo. En cuestión de instantes su rostro se vuelve “femenino”, es decir: el pelo se vuelve fino y la cara delicada.

La actitud excitada y resuelta a entregarse que tiene aquél orgota responde, por supuesto, a que el momento del kémmer es muy intenso y no a que la autora sugiera que ésta es una característica de la mujer en sí misma.

Pero hablar de mujer en Gueden es imposible, pues no existen. Ni siquiera el concepto.

En un pasaje posterior, Estraven le preguntará a Genly Ai si hay muchas diferencias entre ellos, los hombres que lo son todo el año, y las mujeres terrestres. Incluso le cuestiona si son especies diferentes. De inicio, Genly no sabe qué responderle, en gran medida porque ha viajado solo al helado planeta y no ha visto una mujer en años, pero después le dice: “Supongo que lo más importante, el factor de mayores consecuencias para la vida de cada uno, es nacer hombre o mujer. En la mayoría de las sociedades eso determina las expectativas, actividades, actitudes, normas, costumbres… casi todo”.

LeGuin manifiesta a través del protagonista la profunda desigualdad en la que se encuentra la mujer respecto al hombre. No solamente son las actitudes, habla de expectativas. La novela está ambientada en el cuarto milenio de nuestra era aproximadamente, pero el proceso histórico es del siglo pasado.

Aunque parece una obviedad destartalada, tiene gran relevancia cuando vemos nuestro proceso de intercambio cultural a través de internet. La misoginia y el deseo de mantener los privilegios y desigualdades que desarrolla el patriarcado se manifiestan en memes, videos y canciones que cada vez pueden llegar a más personas. Hablamos de que un mensaje sencillo, con alta referencialidad machista, puede llegar a varios millones de dispositivos en un solo día.

La brecha salarial, la vulnerabilidad de los derechos reproductivos y de decisión sobre sus propios cuerpos, son menores después de 50 años de la publicación de la novela, pero debemos entender que ese acortamiento se da gracias a decisiones políticas, no siempre a un apropiamiento cultural.

Los derechos humanos son una decisión de Estado que se ha tomado por la presión de organizaciones sociales locales o internacionales, y a su vez son una decisión de Estado que encuentra voces de apoyo o inconformidad en la sociedad. Acuerdos y más acuerdos, pero el apropiamiento del respeto a los derechos de las y los demás no siempre está a la par de las políticas. Ese es el caso de México, por ejemplo.

Hay procesos que quedan fuera de la idea y publicación de esta obra. Retomo aquello de que “sólo los hombres hacen la guerra”: si se toma como un mensaje literal de Úrsula, y no una postura del protagonista como su confusión al tratar de describirle una mujer a Estraven, los acontecimientos de esos años pondrían los matices necesarios.

Podría hablar de mujeres muy poderosas, cuyas ideas incidieron de manera importante en sus sociedades, pero no es el caso abarrotar este escrito, me quedo con el ejemplo de Golda Meir, la primera primer ministro de Israel.

Meir, judía nacida en Kiev, asumió la presidencia el 17 de marzo de 1969 (el mismo mes y el mismo año que cuando salió La mano izquierda de la oscuridad), justo después de la repentina muerte de su antecesor Levi Eshkol. Es importante recuperar su historia porque no hay mujer contemporánea más poderosa y con más influencia sobre su pueblo, exceptuando por supuesto a la reina Isabel II del Reino Unido.

El mandato de Meir quedó manchado por un grave error. Rechazó una negociación en la cual se pensaba restituir todo el territorio del Sinaí a Egipto, esto con el objetivo de pacificar el área. Fue una tragedia: 2,693 soldados israelíes murieron, 7,251 heridos y 314 fueron hechos prisioneros (así como miles de egipcios y sirios asesinados).

Su decisión, más allá de ser una omisión o resistencia, denota una actitud violenta y conflictiva, la cual ya había caracterizado su estilo (hasta la llamaron “La dama de hierro”). Años antes, en 1948, viajó a Estados Unidos para comprar en secreto 50 millones de dólares en armamento para grupos sionistas. Estas armas habrían de ayudar en la victoria de la conocida como Guerra de independencia de Israel. Con la posterior ayuda de la ONU crearían su Estado judío de Israel. Otro caso, en breve: se reveló un documento de 1958 donde Meir le dice al entonces embajador israelí en Varsovia, Katriel Katz, que en Israel estaban pidiendo ser más selectivos en el proceso de inmigración, pues ya no podían aceptar a más enfermos y minusválidos. Muchos de los judíos de los que hablaba eran sobrevivientes del holocausto.


III. Rumbo al Hielo

El libro tiene una etapa donde se convierte en una suerte de novela de expedición. Este cambio en la estructura narrativa se da de una manera espléndida. Genly Ai, en algún punto del cansado y angustiante viaje entre montañas y glaciares, opina: “los guedenianos son criaturas solitarias, y a la vez, nada las divide. Quizá tienen la obsesión de la totalidad, como nosotros [los humanos] la obsesión al dualismo”.

El intersexualismo que propone la autora está vinculado directamente a una idea del amor equilibrado. Para establecer relaciones erótico-afectivas echamos mano siempre de un singular deseo de totalidad para y con el otro. El deseo de ser uno mismo puede definirse mejor en obras como Masa y poder de Elias Canetti, donde se propone que el miedo de ser tocado desaparece en la masa, cuando uno mismo siente el contacto de muchos otros alrededor.

Canetti también explica la contraposición con el tópico y concepto de la doble masa, exponiendo algunos rituales como el del baile donde hombres y mujeres se dividen en tiendas y bailan unos y otros para dejar en claro el papel de cada uno, o en las masas de lamentación, donde la mujeres son, principalmente, las que lloran el cuerpo de un difunto.

Así, el deseo de homogeneidad con el otro también se exige un deseo de heterogeneidad con el otro. El mismo Canetti explica que una de las características del detentador del poder es establecer una distancia entre él (gobernador o amo) y los otros (gobernados, súbditos), a través de castillos o de microfortalezas como las armaduras.

En el caso del dualismo hombre/mujer, LeGuin supone que el rechazo por el otro se puede dar por una ejecución del dualismo entre varón/hembra. El nacionalismo es mencionado un par de veces e ilustra esta idea. La autora cuestiona que el amor por lo propio (mi nación) es irremediablemente un desprecio u odio por lo otro (tu nación). Sin embargo tiene matices, como la respuesta de Estraven a la cita anterior, explicando a Genly Ai de que siempre habrá un dualismo, “mientras haya un mí mismo, y un otro”.

El derecho que las mujeres tienen de usar la fuerza para defenderse no debe confundirse con un derecho a la violencia otorgado mágicamente por el alto tribunal de la equidad de género, sino como una ruptura con un modelo que impone a las mujeres callarse, tolerar todo y comportarse como el patriarcado ordena.

Hoy, las expresiones machistas se manifiestan molestas ante un deseo de vivir en la realidad, no en el ideal que presentan productos audiovisuales, como las absurdas venganzas de Mujeres asesinas y productos culturales similares. La sociedad que nos presenta Úrsula K. LeGuin resulta inspiradora para caminar hacia una sociedad que reflexione sobre el respeto y la equidad.

Jesús Bravo. Estudiante de Ciencias de la Comunicación en la FCPyS de la UNAM. Especial interés en las expresiones culturales. Ha colaborado en la revista Rayarte y en el medio digital Axolote Cultura.

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