por Ester Blanco


Era la cena donde venía mi tío. O quien decía serlo, pero el fin allí estábamos sentados, y qué le importaba mi miope mirada al progreso humano. Allí estaba y yo lo debía de querer, porque nadie atraviesa la muerte para ser rechazado con asco; cuando hace de su cuerpo un milagro y lo endiosan para enorgullecerse.

Era mi tío, sí. Allí estaba. Detrás de los cables (o en los cables). Había sufrido mucho, pero ahora era tan libre como cualquier ser humano, méndiga condición que lo convencieron de que era un paraíso. Pero lo que lamentaba sola (porque nadie podía alzarse contra un milagro) era la cabeza. ¡Por qué no dejaron la cabeza! Ah, esa fue mi tía, encariñada con un cuerpo blando y tibio, con la carne amada.

Era la cena habitual. Llegaron todos. Mi madre sostenía el simulacro. Y llegó él, con sus ojos vidriados, sus mejillas revestidas de silicona. Le di un beso y me respondió con una triste mímica del gesto humano ¿Lo estaría sintiendo? ¿Me reconocería? No podía ni juzgarlo. Mis ideas eran inmundas dudas de quien se apega a una imagen moribunda. Mis caprichos sobre qué era la humanidad no le competían a la humanidad. Recuerdo su día más triste: cuando su perro, en lugar de acercarse a él, de mirarlo o de gruñirle, lo ignoró inocente y cruel. No podía decirlo, porque me echarían apedreada, no sólo mi familia, sino  también esos carniceros filántropos, pero preferiría la estabilidad de una carne muerta y finalizada a esa criatura que no sabía si era algo de él. Estaba enfrascado de una manera fascinante, pero la fascinación me sacudía como si cayera bajo un encanto horrible.

Era él. Los cables y los reemplazos eran él. Eran de él. Rechazados por él y asimilados por él. Quería tomar el nudo de cables en las manos y sentirlo como una masa de neuronas. Quería abrirle esa cabeza fría que guardaba un alma, o una idea o una luz que mostraba el encefalograma. Pero lo más repugnante era la inmortalidad de ese cuerpo mancillado.

Retiré la mejilla de su rostro y vi a los ojos con su sonido mecánico girando hasta verme. Qué me miraba en ese momento. Mi tío, obviamente. ¿No ves el gesto? ¿El gesto de cuando eras niña? Porque cuando era una niña yo me acercaba a él y le pedía golosinas y él me hablaba con esa voz grave y confusa, pero llena de amor. Y me sonreía torcidamente, con un rostro humanamente hermoso. Mi infancia estaba rodeada de las ruedas brillantes, las pinzas mecánicas para recoger cosas que usaba como un cangrejo, las charlas lentas y pacientes. El perfume de los analgésicos y la saliva que caía a un costado, la sonrisa de un pómulo exageradamente elevado. Pero esas cosas eran mi tío, no eran de él. ¡Eran él!

Nadie le había preguntado que quería. Estaba inconsciente. Al momento de decidir nos volvimos niños que no podían aceptar el final de la vida. La vida podía ser cualquier cosa que quisiéramos, y en ella no había lugar para la miseria. No nos habían criado para tocar la miseria. Siempre era mejor llorar las desgracias ajenas que pasar las propias. Ahora nos encontrábamos con nuestro propio dolor en la piel y no lo queríamos. Yo no pude decir nada, pero admito que estaba contenta de la posibilidad de tener a mi tío normal. Pero su normalidad era una salvajada: no era él, era una copia de él. Había algo en su transición que se había perdido. No era sólo perder la cabeza: era perder las marcas y arrugas que formaron esa cabeza. Y como estaba cansada de pensar así y lamentar, tuve que llorar sola.

Me habló. Una voz inexpresiva, que no era la suya, salía de esa cavidad seca. Y sonreía perfectamente. Era bonito. La sublimidad le quedaba mediocre. Avanzó con la silla por el pasillo. Sonreía muy lindo: ya no había saliva ni silbidos ni una mueca grotesca que pretendía ser una sonrisa normal. Ahora era mejor que la expresión humana.

Esa cena era el aniversario del milagro: la posibilidad de prolongar su vida, dejar una cabeza perecedera y mudar una mente. O una serie de cuentas, de dígitos, de palabras, de sonidos, de formas que quizás formaban a mi tío, haciéndolo único. Pero era único por algo mejor: ahora era un milagro. El costo me parecía ridículo. Miraba con ojos infantiles, ojos melancólicos que idealizan y creen que la muerte es un fin al que, como consuelo, le colocamos un comienzo. Ahora el consuelo era mejor.

Nos sentamos en la mesa. Mi madre pasaba la ensalada. Yo estaba al lado del androide. Había una conversación usual de mesa. Pasábamos la sal y comíamos despacio. Nos reíamos de los chistes. Mi madre seguía la pantomima de articular la cena para que fuera pacífica. “Y cómo estas”, preguntaban, y nos reíamos y mi tío reía a destiempo y le sonreíamos con una expresión compasiva que estaba bastardeada por la lástima. Mi tía le vació la bolsa de recolección de orina a mi tío allí mismo. No se ocultó, sino que lo hizo discretamente, por debajo de la misma, sin que nadie quisiera darse cuenta.  Me gustó eso: era uno de los últimos vestigios de que era humano. Me serenaba saber que había mierda en él, que no era puramente metal recubierto de silicona. Me resistía a la idea de que el metal fuera malo y que no pudiera hacerse carne. Miraba solo el cuerpo, parte inútil, y no veía que quizás más allá él podría estar y permanecer. Había roto el cuerpo, y ahora era un hijo de su tiempo, una especie  de bastardo parido por la ciencia.

Me pidió la sal. Se la arrastré hasta él con el dorso de la mano. Mi tía me miro con esa mirada llena de odio. Esparció la sal. La maquina giro la mirada hacia mí. Sentí que se  me abría un vacío al costado. Esos ojos vigilaban mi gesto de rechazo. El vértigo me subió hasta el estómago, y antes de golpear la mesa con la frente, él me tomó la mano. Tibia y blanda. Cuando bajé la mirada noté que se había caído del brasero de la silla y ahora pendía, sujetándome los dedos fríos. La mano blanda de mi infancia, la que me servía jugo y que vi inyectada de tubos y cables. Pero la cabeza, ¡por qué quitar la cabeza! ¿Qué es un hombre si no una cabeza? Si me sacaran los intestinos o la cabeza, sentiría el espacio vacío, pero ésta era suya, ahora era suya a la fuerza. Como si la anterior hubiese sido escogida. El cambio no fue escogido: fue un capricho que tomó dimensiones monstruosas. Y ahora era la cabeza metálica, y el cuerpo blando y humano. Ya no será. Ya no. Ya no lo tendré contándome historias y ya no pasaremos sin ser más que nosotros dos. Empecé a llorar. Apretaba la mano y los dedos se apilaban estirados en mi puño.

 La cabeza giró y me dijo:

—¿Te duele la muela? ¿Querés un té de menta?

Lo miré. Allí estaba: detrás de esa voz metálica, estaba esa frase que solo él podía decirla. Era el remedio inútil que me daba cuando era una niña con dientes creciendo. Me enterneció ver los ojos como dos espacios que negaban el vacío tras ellos. No podía ser tan injusta con su cuerpo si era menos severa con el mío. Él se acordaba de mí. Un tibio consuelo que me llevaba a ese momento exacto de mi vida.

 Pero entonces me dijo algo horrible que al día de hoy me duele como si hubiera sido su muerte:

—Leí el otro día que eso calma el dolor.

No podía durar un momento en que fuera mi tío. Mi tío ya no hacia su espacio, era una ocupación de esa silla, de esa mesa, de ese reloj. Era espacio que fingía ocupar. Tenía un abalorio para recordarlo dirigiéndome la palabra. Era monstruoso el espacio que ocupaba: allí donde debía estar. El recuerdo era más sólido que esa carne muerta. Mejor dicho: esa carne que deseaba mejor muerta.

Me levanté trastabillando, girando los ojos y temblando la mandíbula. Mi madre pasaba comida. La española sobre la televisión miraba todo, el reloj marcaba sus segundos y yo tenía el estómago a reventar. Mi melancolía era una debilidad: la vida es una sola, hay que vivirla. O mejor dicho, hacerla un vertiginoso frenesí que terminará conmigo. Y quizás así sea feliz. Mi tío era feliz. ¿Era estúpida o no veía la mirada y la sonrisa de la cosa? Creía poder soportar que cambiara, pero lo que me devolvieron era una miserable imitación de humanidad y existencia. Estaba allí, ocupando su lugar en la mesa y era igual que todas las cosas que lo rodeaban: inmóvil y perdurable al tiempo como los adornos ridículos de mi madre. Lo habían hecho un motivo de orgullo para la ciencia. Una manera de demostrar que se podía perfeccionar la raza.  Lo llamé llorando. Mi tía lo dejó conmigo y le pedí que se fuera. Me aproxime a la cabeza y sin dejar de llorar, comencé a murmurar:

—Esto es ridículo, pero cuando estabas completo, no pensaba en dónde estabas. Estabas entero frente a mis ojos. Y ahora estas aquí, te estoy hablando, el cableado te lo hará saber o eso quiero creer. Esto es un dolor inhumano. Nadie jamás debería sentir este vacío que es una esperanza de que estés. No quiero creer que esto es lo mejor que podías ser. Todos te admiran, pero te estoy llorando, y esos ojos inmundos y de vidrio no hacen nada. Ni siquiera te dignas a girar a verme. O quizás eso quieras. Cómo puedo saber que queda de tu cuerpo que sea tuyo, que queda de tu alma en tu cuerpo. Dudo del alma, ahora me parece un invento para convencerme. Me estoy volviendo loca con todo esto… Quiero que sepas que te amé. Ahora quiero hacer un acto igual de arrogante al que hicieron ellos. Pero voy a hacerlo sinceramente por mí.

Miré la cabeza. Lo besé en la frente largamente. No se movía. No hacía nada. La garganta tenía un tubo que hacia levantar el pecho. No había sombra ni sonido donde esconderme. Me abalancé sobre él y comencé a jalar la cabeza para sacársela. El cuerpo blando flameaba mientras la cabeza no hacia ningún ruido. Los ojos giraron hacia arriba y me contemplaban impiadosos. Pero estaba decidida. La decisión suya de conservar mejor la mente que el cuerpo, de hacerlo inmortal, debía conllevar un rechazo de ese cuerpo. Le harían un nuevo cuerpo con esas marcas de ensamblaje que me demostraban más de mí que de él.

Yo obraba silenciosamente, los quejidos se terminaban en el hondo de mi garganta: nada podía delatarme. Las gotas brillantes  me caían por el cuello y los brazos se me entumecían. La cabeza no se desprendía del cuerpo y ni sangre salía del cuello. Salté hacía atrás por la fuerza que cometí. El brazo se me quedó colgando dislocado sin poder levantarlo y el hombro contrario chocó contra el espejo y lo rompió en pedazos. Miré hacia el espejo. Mi cara estaba dividida por los trozos que quedaron en el marco. Tomé uno de los pedazos más afilados y lo inserté al costado del ojo: dios sabrá que registros de mi crimen guardaba. Comencé a jalar hasta que logré extirpar la esfera y con mucha rapidez, abrí el ojo hasta ver que allí había circuitos y cables. Giré a ver el espejo. Miré mi ojo partido, ahora dos ojos de iris semicirculares: mis nuevos ojos me reclamaban una necesidad. Era capaz de darle lo que fuera a ese hombre para recuperarlo. Aproximé el vidrio a mi ojo para proceder de igual forma. Temblaba. Temía más a encontrarme como él que a quedar ciega. Quizás el dolor me pararía (prueba humana de mí). O sería tan capaz de continuar a pesar del dolor y los gritos. La cabeza detrás de mí estaba colocada sobre un hombro. Me observaba con ojos de muñeca y parecía querer decirme algo, pero quizás sería un circuito dañado, un nervio dañado. Repetía la mueca incesantemente sin llegar a decir una palabra… No podía confiar en él ni en mí.

Pero antes llegó mi padre y me abrió los brazos apartando el trozo de vidrio de mi rostro. Me molió la mano a golpes antes de que lo soltara, suspendida en el aire, pataleando, gritando con una garganta que ya no podía hacer ningún sonido. Mi tía lloraba y trataba de acomodar la cabeza. Le exigía a mi tío mis mismas respuestas, pero más simples y elementales, respuestas que apelaran a la conciencia. Le preguntaba si la escuchaba, si estaba con ella. Mi madre sostenía desde el pasillo una bandeja de carne, inmóvil. Bajó la mirada con vergüenza. Pero miré, miré detrás del llanto y el oprobio que acababa de cometer, que había un pómulo levantado, en una sonrisa torcida y deforme, con un hilo de baba en ese nuevo rostro.

Ester Blanco (1996, Argentina). Estudiante de letras en la UBA pero amante de la antropología. Entre la traducción  de lenguas antiguas y el estudio de lenguas documentadas recientemente; entre Catulo y el descubrimiento de autores nuevos.

Arte: Paula Rego
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