por Andrés Huertas Suárez


Yo estaba allí, el día en que trajeron la primera antena de radio.

Radaman era un pueblo en la mitad del más extenso desierto del planeta. En medio de la nada y con el potencial de ser nada. Hasta donde supe, siempre fue asi; las historias de abuelos y bisabuelos nunca pintaban a Radaman de forma diferente: Arena, sol y disputas de familias tan antiguas como el polvo, son los elementos constantes de los viejos relatos que se cuentan y se repiten bajo la luna.

Recuerdo claramente el día en que llegó el primer mensaje sobre la construcción de la antena. Yo estaba allí, tenía 14 años y los recuerdos se pintan en mi memoria con una claridad que hoy me parece sobrehumana. Cierro los ojos y veo aquel momento, duermo y busco entre sueños escapar, solo para encontrarme de nuevo con planos, diagramas, la antena, el alboroto, los caballos y los soldados del Rey.

Y ojalá pudiera decir que otros la han tenido más fácil, que se trata de las visiones espectrales de un niño Radamani con una imaginación fácil y ligera. Pero no es así, porque hoy, casi veinte años después de que llegara el primer panfleto bajo la puerta de mi casa, soy más participe de esta historia que muchos otros, y así como fui de los primeros en observar con asombro la puesta en marcha de la primera antena, ahora soy el primeros que espera verlos llegar.

 — Dice que a la 1 pm de la tarde el alcalde cita a una reunión en la plaza del Agua y que todos los ciudadanos mayores de 18 años deben asistir. La asistencia de niños es opcional, pero deben ser mayores de 13.

Mi padre lee la nota para toda la familia mientras desayuna. Mi hermana, Lisa, mira distraída por la ventana, la cortina está cerrada, no es como si pudiera ver nada, pero aun así deja su mirada volar al infinito. Me asusta un poco cuando se pone así.

 — ¿Y dice cual es el motivo de la reunión? — pregunta mi madre desde el otro lado de la mesa, mientras remueve una mancha con su trapo de cocina. Su cabello que hace años fuera de un dorado fácil de confundir con oro, se pinta ahora de tonos mucho más oscuros. Sus ojos guardan arrugas con tantas historias detrás, es tan triste pensar que nunca se llegarán a contar todas ellas. Ella es de las que las guarda en secreto, de las que usa las viejas historias como escudo contra la idea de futuros extraños e inciertos.

 — Se trata de un asunto Real.

 — ¿Real? …llevo 38 años viviendo aquí y nunca antes he escuchado que el Rey o si quiera un noble se haya interesado por este lugar, solo les interesa sacar la energía tan rápido como sea posible. Mi madre reacciona sorprendida. Su sorpresa es difícil de medir, tiene grabada en sus formas de ser, la cautela que se necesita para sobrevivir ambientes hostiles.

 — Lo se, por eso debo ir, debemos ir — Me dirigió la mirada antes de continuar — La nota incluye una orden de suspensión de actividades por el resto del día. Todo el pueblo estará allí, aunque sea para preguntarse cómo es la firma de un Rey.

 — ¿Le llevaras? — Mi madre suele referirse a mi así, descartando el uso de mi nombre. Nunca entendí el completo porqué de esa forma de referirse a su primogénito, Aunque muchos años más tarde descubriera que mi nombre coincidía por causalidad con el de mi abuelo materno. 

 — Por supuesto, esto no pasa a menudo y seguro que por lo menos una historia interesante sacaremos de aquí.

Me dirigió una mirada compasiva y se arreglo el largo bigote que solía llevar en forma curvada. Es un bigote blanco de esos que cuentan muchos años. Así como las callosas manos del duro trabajo en la planta de energía. Dejó la nota a un lado y tomó el periódico que le esperaba en la mesa. El sello de la carta es el sello oficial de la alcaldía, el sol de cinco puntas y el pico de acero. El sol de cinco puntas representa la única fuente de prosperidad en la ciudad: la planta de energía. Me tomó muchísimos años de estudio y dedicación entender el funcionamiento de las 27 plantas de energía que están dispersas por la nación; como pocos estudié y aprendí el funcionamiento de los enormes complejos que aguardan bajo tierra, y sin embargo nunca estuve siquiera cerca de comprender su origen. Nadie lo supo durante mucho tiempo. Si los más antiguos registros son de fiar, aquellas monstruosas estructuras han permanecido enterradas durante milenios y hace menos de docientos años que el Dr Willman logró encender la primera, en una hazaña que le costó la vida unas semanas después. Desde entonces se han encontrado y activado una decena de plantas más y hay aventureros que a diario pierden la vida en búsqueda de más. La planta de Radaman fue la segunda en activarse. Y hoy, tantos años después, mientras espero bajo las estrellas por una respuesta, se me ocurre que aquello no fue una coincidencia.

Lisa ya no mira la ventana y se concentra el su plato de comida, los panes de centeno negro, y el vaso de leche de Omaha, tan escasa y preciada. Algunas gotas caen en su pequeña camisa blanca, a esconderse de una madre que enfurecería al ver el desperdicio.

 — Llevaremos los caballos. Deman, encárgate de revisar que estén listos para la salida.

Con diligencia obedecí, prepare a los caballos para partir. Utilizamos los caballos cuando necesitamos velocidad y los tiempos son soleados y buenos. Hay épocas del año en que las tormentas de arena son impredecibles y quedar atrapado en un tormenta mientras se cabalga puede fácilmente terminar en la muerte. En esa situaciones, es preferible usar los lentos carrotanques de blindaje. Esos vehículos también son un vestigio del pasado, replicados a partir de restos y planos encontrados dentro de las primeras plantas de energía. La humanidad perdió la cuenta del número de ingenieros y mentes brillantes que se perdieron divagando entre los inmensos complejos subterráneos y desconocidos; sin luces o alimentos, sus gritos eran amplificados por la extraña acústica del lugar y quienes les oían en la superficie tan solo podían esperar con impotencia a que los gritos se detuvieran para comenzar con las apropiadas ceremonias fúnebres.

 —¿Recuerdas el nombre del Rey?

Deje aquella pregunta flotar en el aire por unos instantes mientras perdía mi mirada en el horizonte. Cabalgamos ya una buena distancia de la casa, por un polvoriento camino, en la distancia se distingue la entrada a la planta, marcada por una aguja blanca de cerca de cien metros de altura. mas adelante se empezaran a distinguir algunas de las casas y pequeñas estructuras que rodean la planta, pero por ahora desde la distancia la aguja blanca que apunta desafiante al sol, es la única señal en el horizonte.

 — ¿Me escuchaste, Deman?

 — Halex III  —respondí con las palabras que que me enseñaron en el colegio y la voz ligeramente adormecida por el sol— Hijo de Halex II, quinto rey de los herederos del Oriente.

Hace poco menos de mil años, una revuelta de los pueblos orientales acabó por derrocar a los reyes Olénicos, quienes habían tenido el control de las Comunidades Asociadas durante más de medio milenio. Muchos años después, mi paso por las universidades del mundo libre me enseñó que esas cifras en realidad están erradas, y que probablemente se trata de periodos de tiempo mucho más extensos. Sin embargo las fechas varían tanto de lugar en lugar que es imposible llegar a un consenso. De tanta variabilidad extraje mis propias conclusiones, el tiempo nunca es el mismo y la forma con la que los diferentes pueblos lo han percibido y registrado, hacen aún más difícil encontrar una respuesta definitiva a preguntas como la edad de nuestros ancestros. El tiempo se mueve y cambia de forma caprichosa, como un río que nace con serenidad en las montañas y que adelante se convierte en el más salvaje de los caudales. Y no solo eso, las estrellas en los cielos parecen mutar de una forma extraña, apenas aparente a los ojos de una generación de atentos observadores, pero cuando cargas el título de astrónomo del reino y revisas con cuidado las anotaciones de tiempos pasados te encuentras con sorpresas inexplicables en el firmamento. Quizás estos misterios y preguntas sin respuestas fueron la razón de que les llamaran, de que usaran la antena de Radaman por primera vez para enviar un mensaje al vacío cósmico.

Una vez reunidos en la plaza se nos informó de la orden real. En cuestión de algunas semanas, empezarían a traer maquinarias para la instalación de la antena. Todo el proceso duraría meses y todos los ciudadanos del pueblo deberíamos estar en la mejor disposición de ayudar a los trabajadores y técnicos del proyecto.

 — Las cartas del Rey — pronunció el alcalde por medio del amplificador sónico de la plaza — Informan sobre la importancia del asunto en cuestión, el sentido de urgencia es muy claro y en más de una ocasión se recalca la importancia de estas nuevas instalaciones para el futuro de la nación.

 El joven alcalde, elegido hace menos de un año maneja bien las multitudes y todos parecen recibir estoicamente las noticias. A nadie le gusta ver su rutina interrumpida, y la idea de hombres del Rey yendo y viniendo en asuntos más bien poco claros, podría prestarse para malhumores y revuelos.

El alcalde continuó por algunos minutos más. Los vientos secos de esa época del año soplaban de aquí para allá, en ocasiones trayendo consigo algunas partículas de polvo que me hacían estornudar. El sol brillaba con fuerza y los parasoles parecían no ser suficientes, tal y como lo sugería la multitud de rostros sudorosos. Yo observaba sentado al lado de mi padre, en una de las primeras filas de la multitud, después de todo mi padre era un hombre importante para Radaman, uno de los tres capataces de la planta.

El alcalde finalmente concluyó su discurso.

 — Para terminar y antes de que puedan hacer sus preguntas, vale la pena recalcar que la entera finalidad del proyecto es confidencial y no se ha revelado a ninguno de los oficiales de la ciudad y dicha información no se revelará a ninguno de los habitantes hasta que se finalice la construcción del proyecto.

Por breves instantes hubo susurros y voces de inquietud, a ello le siguió una sesión de preguntas de casi tres horas. Casi tres horas bajo el sol, y aunque mi memoria es buena, me cuesta recordar esos momentos, creo recordar sentirme mareado, aturdido y cansado. No recuerdo que esas sensaciones me abandonaran del todo por el resto de mi vida.

Volvimos a casa sin hablar mucho por el camino de regreso. Ya oscurecía y las luces de la planta comenzaban a encenderse. La alta aguja se convertía en una especie de faro accidental en la mitad del desierto, las luces de las oficinas en la planta estarían encendidas toda la noche. No hay turnos libres en la plata de Radaman. Aquella noche recordé con un poco más de claridad los detalles que se discutieron en la reunión, el número de hombres que traerian del Reino, de soldados y técnicos, los planes para extender, ampliar y reparar el ferrocarril destruido en la última guerra contra los pueblos libres.

Yo vigile todo el proceso. Crecí en el. Tardaron más de 15 años en finalizar la construcción de la primera antena, quince años en los que todos en Radaman trabajaron más duro que nunca sin saber para que. La promesa del alcalde que recibió la tarea se había cumplido y en más de quince años el pueblo nunca supo el propósito de todo el alboroto. Cuando las máquinas, técnicos y soldados comenzaron a retirarse, el pueblo una vez más parecía destinado al olvido, salvo que ahora el firmamento no era desafiado únicamente por la aguja de la planta, ahora, una colosal estructura de más de mil metros de altura apunta su luz purpurina a las estrellas en la noche. La luz que emite desde su parte más alta podría pasar por una estrella, una estrella que distraída olvido su color natural y ahora emite un palpitante destello hipnótico púrpura.

Cuando obtuve noticias de la finalización de la construcción, volví al pueblo tan rápido como pude. Me tomó casi cinco semanas el regresar, una cifra imposible. Mi viaje a la ciudad de Armenida hace dos años me había tomado menos de una semana. ¿Se han multiplicado por cinco las distancias? ¿avanza el tiempo cinco veces más lento? Más preguntas que hacer… cuando finalmente pueda alcanzar la antena.

Mi familia no vive aquí hace mucho. Lisa nunca aprendió a hablar, y ante el desconcierto de los médicos locales, mi familia se mudó a la capital buscando otras opiniones profesionales. Lisa nunca llegó a hablar, qué tan raro es pensar que nunca llegaré a conocer la voz de mi hermana. Pero aprendió a pintar, y yo lloro en silencio cada vez que vuelvo del sanatorio, de pasar una tarde viendo sus pinturas mientras sueño con significados ocultos bajo el lienzo.

Mis credenciales me permiten ir a cualquier lugar, soy después de todo el astrónomo del Reino y nadie como yo ha estudiado las estrellas. Los años que tardó la construcción de la antena no los pase tan solo comiendo polvo en Radaman. Fui a la Universidad y las bibliotecas de las universidades del mundo libre siempre tuvieron sus puertas abiertas para mi. Nunca deje de preguntarme por las plantas de energía, las estrellas y la antena. Y hoy, luego de tantos años, estoy finalmente listo para conectar todas las piezas del rompecabezas.

La antena está lista. Cuando llegué, me informaron que entró en operaciones hace una semana. Se me informó de los detalles, planos y planes. Activarían el dispositivo cuando yo diera la orden. Un llamado, un mensaje.

Los diseñadores e ingenieros que trabajaron en la construcción de la antena , trabajaron sin saberlo en un dispositivo colosal para enviar un mensaje, había algo allí afuera, algo en las estrellas esperando por una señal de vida para venir por nosotros. O por lo menos así fue interpretado por los lingüistas que descifraron textos recuperados de otras viejas plantas y ruinas de lo que algunos llaman Mundo Viejo. Ellos descifraron que las plantas de energía llegaron de las estrellas, que provienen de una civilización como la nuestra o que quizás fuimos nosotros mismos en otro tiempo. Descubrieron textos que hablaban de reyes eternos y aventuras interminables. No juzgaré a políticos y reyes en su ambición por redescubrir aquello, quizás impulsados por su propio miedo en una tierra que perece, quizás solo buscando algo más de poder. Hubo un tiempo en el que sabíamos cómo surcar los cielos y más allá, y el deseo de volver a hacerlo nos llevó a poner todo lo que teníamos a nuestra disposición para construir la primera antena. Años y años de soñar con las estrellas, por lo menos dos reyes diferentes se sentaron en el trono y los objetivos de la misión nunca cambiaron, descubriremos que hay allí afuera.

He ascendido por los elevadores. Todo en la antena es impulsado por la energía de la planta, la tecnología ha mejorado mucho desde los tiempos en los que mi padre era capataz, y ahora ya no hace falta transportar la energía en pesados contenedores cilíndricos, ahora unos cuantos cables pueden moverla por donde se requiera. Marañas de cables y postes adornan ahora las calles de Radaman y las otras ciudad del mundo, y aquí en la primera antena, le dan vida a elevadores, paneles, controles y al propio emisor de ondas, el corazón de todo el proyecto y la esperanza de algunos para alcanzar vidas inmortales.

Finalmente me encuentro en la cima. La ciudad exhibe sus luces bajo mis pies, los vehículos aún son ligeramente distinguibles y el sonido del viento contra los vidrios del cuarto central es apenas atenuado por los ruidos de la maquinaria dentro de la antena. Años y años de esfuerzo culminarán muy pronto, cuando termine de codificar el mensaje, introduzca la tarjeta perforada en la ranura de lectura y el crujir del emisor de ondas se escuche en todo el espacio.

Tan solo me faltan dos o tres perforaciones más, dos o tres. Las instrucciones previamente aprobadas por reyes y ministros, las peticiones de riquezas conocimientos y poder. La perforación final. Está lista la tarjeta. Le indico con una señal a los operarios que es hora de iniciar la secuencia de encendido. Cinco minutos más antes de que todo esté listo.

Las luces verdes en los paneles señalan que es el momento, el reloj marca las 22:43 y yo anoto la fecha y hora con desdén, en este mundo no se puede confiar en los calendarios. Un suspiro más de esos que parecen añorar mis épocas de cigarrillo, y luego me pongo de pie, comparto unas miradas cómplices y ligeramente intranquilas con los operarios. Ellos no tiene idea del completo significado de todo aquello.

Y entonces mientras sopeso recuerdos, sueños y tragedias, mientras mi vida pasa por frente a mis ojos y recuerdo el primer día que llegaran las ordenes del Rey para construir la antena y luego el día en que dejara atrás Radaman sólo para volver convertido en el astrónomo. Mientras me sudan las manos sobre la tarjeta perforada, la aprieto en mi puño, dejándola completamente inútil; con la otra mano y del otro bolsillo de mi abrigo extraigo una nueva tarjeta, preparada muchos días atrás, esta vez con las preguntas que importan, con la única pregunta por la que espero una respuesta.

¿Podrán salvarnos?



Andrés Huertas Suárez. Estudiante Colombiano de ciencias de computación, actualmente residente en Finlandia. Esporádicamente escribo en un blog personal, aunque los temas suelen ser referentes a ciencia de datos, inteligencia artificial con uno que otro relato que buscan ser más literario: https://medium.com/@afhuertass_29573

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