Salimos de Morelia el sábado 10 de agosto con la intención de fotografiar a la tortuga marina en el campamento de Ixtapilla, Aquila. Nos quedamos de ver frente a la catedral, donde ya se planteaba la probabilidad de no ver a ningún ejemplar, sólo íbamos a probar suerte, existía la posibilidad de regresar con las cámaras vacías. Íbamos a encontrarnos con la naturaleza, pero no sabíamos si ella se encontraría con nosotros.

Después de poco más de un par de horas, llegamos al municipio de Lázaro Cárdenas, donde Pánfila Beltrán nos recibió en su enramada con una rica comida llena de productos del mar. Pánfila tiene 45 años dedicándose a la cocina y es una de las más reconocidas tanto en el estado de Michoacán como en el país. Recordaré su ceviche de camarón con mango.

Llegada la noche, nos fuimos a Playa Azul, donde nos recibieron en el hotel María Isabel. Salimos a caminar por la playa y ya se hacían más tangibles las preocupaciones de los demás fotógrafos de si veríamos o no a las tortugas desovando. Los que se presumían más expertos en el tema, se mostraban más pesimistas. “Bien estamos en la época del año en la que podemos encontrarnos con las tortugas o bien podemos no encontrarnos ninguna”, se le oía decir a alguno.

Salimos al amanecer para recorrer las distintas playas del estado hasta llegar a la comunidad indígena de Ixtapilla, ubicada en el municipio de Aquila. Los ánimos a esas horas, como las seis y media de la tarde, eran de todos los tipos. El cansancio de quien viaja sin prisa se hacía presente. Nos recibieron en el campamento tortuguero de Punta Ixtal, el más grande de Latinoamérica.

Después de dejar el equipaje, bajamos a la playa únicamente con las cámaras, e inmediatamente nos encontramos, a unos cien metros, a una tortuga que se arrastraba por las arenas para desovar. Nos habían dicho que cuando van saliendo del mar no hay que molestarlas ni lo más mínimo, se pueden estresar y regresarse al agua, sin desovar. Era la primera tortuga que veía y, sin duda, estaba frente algo especial.

Las tortugas son seres de otra vida, de otro tiempo. Animales hermanados con los cocodrilos y con los dinosaurios. Capaces de guardar los años en su memoria. Son los vigilantes del tiempo, quienes han presenciado extinciones y han luchado con la misma de su especie. Se les nota el cansancio, algunas salen con el caparazón enlamado, otras, ya lo traen roto quizá por las piedras de la costa. La playa no las trata con cuidado.

Vi a una tortuga volteada al revés agitada por las aguas. Algún turista intentó lanzarse para ayudarla, pero le dije que esperara. Unos segundos después, la misma agua la puso al derecho y ella continúo con su peregrinar hacia la arena que incubaría sus huevos.

Los cuerpos de estos reptiles realmente no están hechos para caminar, tratan de arrastrase con sus aletas mientras las olas las intentan regresar al agua, después las lanzan hacia al frente. Y ellas, persistentes. Ya en la arena, se tiran a descansar entre paso y paso. Algunas veces, nos hacen pensar que murieron, para después continuar con su camino.

El campamento tortuguero de Punta Ixtal cuenta sólo con 50 personas que se dedican de manera voluntaria a la protección de la tortuga. En estos días, cumplieron veinticinco años desde que se fundó el campamento con 102 miembros. César Ramírez, quien administra esta reserva, nos contó que se turnan para mantener abierto todo el año.

La comunidad indígena a cargo de Punta Ixtal tiene tiempo operando sin recursos de ningún nivel de gobierno, indicó César. Que la operatividad de esta organización está en riesgo por falta de apoyo tanto para comprar materiales para el cuidado de la tortuga como para capacitarse en las distintas áreas necesarias para el campamento, tanto turísticas como de preservación de la especie. Además, mencionó que las personas que asisten como turistas se niegan a pagar los 30 pesos que piden como cooperación, quienes alegan que es una playa federal.

Cabe mencionar las partes negativas de convertir en espectáculo turístico una reserva natural, la imprudencia de algunos para tomarse fotos con las tortugas, de cortarles el paso a los animales para que toda la familia alcance a posar para la selfie. Si bien no digo que no se deban visitar estas reservas, es importante no estresar a las tortugas, aunque suene tonto mencionarlo.

Ya el sol empezaba a caer y las tortugas que se encontraban desovando en ese momento en la arena eran demasiadas como para poder contarlas. Yo me encontraba en el otro extremo del campamento, frente a unas piedras que asemejaban a tortugas gigantes, y sabía que era el momento para mi foto, y aunque ya había intentado algunas antes, la frustración continuaba.

Sabía que sólo tendría pocos minutos con la luz adecuada para tomar la foto que quería, sólo tendría que esperar a que una tortuga se parara en el lugar indicado; sin embargo, como dije, yo no sabía si la naturaleza me esperaba a mí. El lugar me sobrepasaba y por momentos llegaba la embriaguez por la belleza para después desesperarme por no poder captar el momento.

Llegó el sol a su punto más bajo y alcancé a disparar con mi cámara unas veces más. Se había ido la luz y ya no tenía sentido seguir tomando fotos. Me reuní con algunos de los compañeros y encontramos un par de tortugas recién salidas del cascarón. Las tomamos y las llevamos al agua. Eran demasiado pequeñas y las soltamos en el mar embravecido. No se sabe si algún día volverán, ya mayores, a continuar con el proceso de la vida.  

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Jesús González Mendoza

Jesús González Mendoza

Michoacán, 1994. Ni picha ni cacha ni deja batear.

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