por Sabeth Martínez


Silvestre Maldonado nació en Loxicha, Oaxaca, una tarde nublada de enero de 1900. El cambio de siglo se arrastró con su grito natal que se dejó escuchar en el pequeño poblado. ¡Es niño! Gritó la comadrona y mientras las mujeres celebraban y concluían los rosarios, los hombres se estrechaban la mano y brindaban con mezcal y aguardiente reservado para la ocasión. Su padre no probó gota alguna, al contrario, se mantuvo cabizbajo escuchando el aullido lejano de un coyote que nada bueno presagiaba. Esa noche, mientras su mujer y cría descansaban de la gran tarea de nacer y dar a luz, y él fumaba en la puerta de la casa de adobe, un leve temblor sacudió el terreno sin que eso fuera motivo para perder por completo el sueño.

Con los años, se entendió el aullido y el mal presentimiento del padre: Silvestre era sordo. Ningún médico o chamán logró ayudarlo y los ancianos decían que el culpable era el cambio de siglo, que el efecto producido por este evento hizo que una bola de aire se colara a la cabeza del infante y que ahí permanecería hasta el siguiente siglo, lo cual era una completa lástima considerando que Silvestre no era ni remotamente familiar cercano de Matusalén.

Silvestre, sin embargo, pasó su infancia de lo más despreocupado, inerte ante los regaños maternos que se desgastaba hablando y tranquilo ante la indiferencia del padre que sólo lo observaba. Hijo único, pasaba su tiempo entre los gallineros escarbando la tierra, buscando cochinillas que rodaba frente a los pollitos para que estos las devoraran. El padre no soportó más la situación y decidió llevarlo a la capital para que un especialista lo revisara.

Prepararon el caballo, comida para el camino, ropas, cobijas y padre e hijo partieron mientras la madre se quedaba observándolos desaparecer por el horizonte, sin lágrimas en los ojos pero con un inexplicable vacío en las entrañas. Siguieron días de subidas y bajadas por los cerros, de cansancio y angustia por no perderse. Era un camino que el padre había ya hecho con anterioridad, él era de la capital oaxaqueña y decidió moverse cuando se enamoró de su esposa. Sus padres aún vivían y esperaban ansiosos el regreso del hijo pródigo que ahora iba acompañado por un crío de ocho años. Fueron recibidos entre festejos, algarabía y abundante comida que ambos devoraron para después, con el estómago satisfecho, hacer las presentaciones y disfrutar el reencuentro.

Esa noche, Silvestre se escapó de la habitación que les fue designada y, a media luz, caminó por la casa de dos pisos que tenían sus abuelos; guiado únicamente por el instinto llegó al cuarto de su abuelo donde éste se encontraba afinando un violín gastado. El viejo hizo un ademán para que Silvestre se acercara.

—Pobre muchito, ya me dijeron que eres medio tonto —el viejo hablaba haciendo muecas y ademanes con la intención de que Silvestre entendiera lo que decía—. Ven, si no sirves para escuchar tal vez sí para tocar.

Así fue como Silvestre tuvo en las manos por primera vez un violín. El abuelo se lo acomodó al hombro, tomó el arco y al pasarlo sobre las cuerdas pareciese que había rozado la columna del niño; éste no escuchó nada, pero había sentido la nota musical colarse en el espinazo y llegarle al corazón. Sin ayuda del abuelo volvió a pasar la cuerda y así estuvo hartas horas, hasta que el viejo se quedó dormido en la silla disfrutando del rostro de sorpresa y emoción de su nieto.

—¡Déjamelo! —dijo el abuelo—. ¿Para qué te lo llevas al pueblo? Aquí puede trabajar conmigo.

El padre de Silvestre no podía visualizar idea más descabellada pero entendía que ese hombre canoso tenía razón. ¿Qué iba a hacer un sordo sino estar pegado a las faldas de su mamá? Ahí al menos podría trabajar de peón o aprendiendo un oficio. Ya ni siquiera lo llevó al doctor y con ese dinero le compró un vestido y un rebozo a su mujer. Sin emoción alguna se despidió de Silvestre quien lo despidió con la misma indiferencia.

Los primeros años de Silvestre en la capital se fueron tratando de aprender música sin éxito. Estaba claro que el joven únicamente conseguía sentir las vibraciones, pero poco identificaba las notas y mucho menos leía ya que nadie se había preocupado por ello. La madre analfabeta se conformó con mantenerlo vivo y a salvo de las bestias del campo, así que el abuelo se dedicó a subirlo y bajarlo como ayudante particular. El abuelo era un hombre rústico pero de buen corazón, quería al muchacho y hablaba con él como si éste le entendiera; la abuela, por otro lado, se desbordaba en cariños, tratando de no abusar para no volverlo “rarito” con tanto sentimentalismo.

Un día que Silvestre se encontraba nostálgico, se dirigió a los gallineros y con cochinillas en mano, se dedicó a aventarlas a los pollitos que corrían tras de ellas. Disfrutando la escena se recostó en el piso y fue entonces cuando pasó; Silvestre escuchó a la tierra vibrar, primero muy leve y después el sonido se intensificó hasta convertirse en un temblor que agitó a los animales e hizo que sus abuelos salieran de la casa despavoridos gritando su nombre en vano; cuando el temblor pasó, Silvestre corrió a la casa ignorando la mirada de terror de todos los habitantes y comenzó a tocar lo que la tierra le había dictado. La melodía de Silvestre fue un éxito entre la familia y conocidos que no entendían —y tampoco se cuestionaban mucho— cómo un joven sordo había aprendido a tocar el violín de esa manera y de tal forma que parecía crear un diálogo con la naturaleza.

Poco a poco las melodías fueron aumentando, melodías que únicamente eran del conocimiento de Silvestre y que por más que otros músicos quisieran imitarlo les resultaba imposible. Algo le conocía Silvestre a la vibración exacta, al tiempo perfecto que hacía su manera de tocar única. Mientras el pueblo hablaba de esta maravilla y algunos se lo acuñaban a obra de Satán, Silvestre se pasaba su tiempo libre con oreja en tierra esperando que la tierra revelara la partitura perfecta.

Los años pasaron, los abuelos intentaron en vano que Silvestre escogiera una mujer y lo cierto es que no había muchas disponibles, ¿quién querría un sordo con obsesión por el piso? Muy talentoso sí, trabajador también, pero muy excéntrico y eso no era nada atractivo. Además, Silvestre sólo tenía un gusto; el violín. Pasaba sus días ayudando a sus abuelos —víctimas de la inevitable vejez— y pegado al piso para después exprimirle al violín notas que jamás pudieron ser igualadas.

Además, Silvestre tenía una nueva obsesión. Se había percatado que todas sus melodías parecían nunca concluir y que siempre había una especie de puntos suspensivos que las hacían interminables. Quería cerrar las melodías y esta inquietud lo llevó a desatender las labores con su familia, le arrebató el sueño y comenzó a adelgazar a pesar de que la abuela preparaba lo que más le gustaba. Y mientras la comida se enfriaba en la mesa, Silvestre pasaba mañana, tarde y noche pegado al piso hasta quedarse dormido. Fue así como lo encontró la mañana del 14 de enero de 1931, escuchó el susurro de la tierra que se fue transformando en un estruendo y que a pesar de lo violento de su movimiento no lo hizo despegar a voluntad la oreja del piso. Mientras la población huía despavorida, gritaba avemarías y padrenuestros, mientras la tierra se abría y las casas caían sepultando vivos a los habitantes —entre ellos sus abuelos— Silvestre permaneció los tres minutos y diez segundos que duró el sismo memorizando las notas de la madre naturaleza.

Cuando todo acabó, cuando la gente se levantaba y llamaba a gritos a sus familiares, cuando las lamentaciones de los heridos comenzaron a subir de nivel y los que podían corrían a auxiliar o ayudar en lo que se pudiera, nadie puso atención en el hombre que se encontraba partido por la mitad víctima de una barda que le cayó encima, Silvestre murió con un rostro apacible y una gran sonrisa, ya que por lo menos había escuchado cómo concluía la melodía que nunca pudo legar a las generaciones de hoy.



Sabeth Martínez: tesista eterna de la UCSJ, estudiante de Letras Hispánicas en la UNAM, trabaja como investigadora de proyectos independientes, como profesora de danza y coreógrafa de un grupo de pollitos inquietos. Primer lugar en el III Torneo de Historia Mínimas “José Mayoral” 2018 y Mención Honorífica en el 2019; sabe que no va a salvar al mundo pero sigue separando la basura en orgánica e inorgánica.

Arte: Rufino Tamayo, «El hombre del violín»

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