por Omar Cancino Robles


Compongo por muchas razones: por pasión, convicción, necesidad, pero también, y lo más importante a razones de este escrito, por miedo. También toco percusiones, no nací un prodigio como Mozart o Beethoven, y probablemente no seré tan virtuoso en la marimba como Zeferino Nandayapa; sin irnos tan lejos, hoy, a mis veinte años, hay chicos de doce o trece que tocan mejor que yo en mi misma ciudad, y no es que me considere malo, sino que más bien tengo poco tiempo en mi instrumento, y aún así, me siento indudablemente presionado.

Estoy lejos de ser el único, muchos de mis conocidos lidian con esta misma presión haciendo gimnasia mental, ignorando deliberadamente esta competitividad contradictoria siempre presente entre los instrumentistas, especialmente entre los académicos1, luchando por espacios, becas y conciertos con los mismos compañeros de carrera con quienes irán a compartir hasta cuatro o cinco años de su vida, y uno que otro foráneo que llega a “robarse” los asientos en la orquesta local, pero la presión siempre está ahí, inquietante y conflictiva. Y aunque esta competitividad es común, incluso entre las carreras que no le incumben directamente a las artes, aquí no es sólo ésa la causa del conflicto, existe una más, que es de donde mi miedo proviene, y es que la figura del instrumentista como intérprete en la música se ha ido muriendo, y nosotros estamos agonizando con ella.

El valor social del instrumentista local se ha derrumbado completamente, en una época que no fue mía, escuchar un concierto de violín implicaba buscar en los teatros cercanos a un violinista en persona, implicaba salir de casa y pagar un boleto, y una grabación de tu intérprete favorito podía tardar meses en llegar a tus manos. Hoy, que la vida es más cómoda, uno puede simplemente dar play y dejar que la música llegue directo a sus oídos. Nada de esto es conocimiento nuevo, pero es importante tenerlo en mente, porque todas esas condiciones de dificultad aseguraron durante un buen tiempo que estos músicos locales se dedicaran a tocar, y no se vieran en la absoluta necesidad de ser hoy mis maestros, que uno que otro no ha podido evitar quejarse de que no esperaban depender de estos ínfimos salarios tan pronto, o del “hueso”2 tocando una música que no es la que ellos quisieran, a pesar de ser tan buenos instrumentistas.

Si a esto le sumamos que el público general se interesa cada vez menos en esta música que le parece ya lejana a comparación del pop y el reggaetón, nos encontramos ante un panorama de desesperanza para quienes estamos aún previos a salir al mundo laboral de la música académica, nos vemos ante una verdad que preferimos ignorar durante las infinitas horas de técnica en donde buscamos la perfección que sólo un puñado de nosotros va a alcanzar. Cada vez hay menos lugares en las orquestas (y menos orquestas), menos espacios y menos apoyos gubernamentales que serán sólo para aquéllos que se acerquen más a la perfección, porque son estos los únicos instrumentistas que siguen, en este sentido, vivos, los grandes y virtuosos, por quienes el público aún hace largas filas, a quienes los jóvenes músicos idolatran y viajan para verlos.

Esto ha pasado también con la música popular, con los llamados loops o secuencias, donde el músico vivo, respirando, interpretando sobre el escenario es cada vez menos necesario: sufrió el paso de la industrialización. Y esto es algo que yo creo que hace unos años, la mayoría de los músicos jamás imaginó que pasaría, que una máquina llegaría a reemplazarlos, y es que una máquina puede tocar mi pieza de una forma más perfecta que yo, y lo que es más, puede asegurar que cada vez que se toque sea igual, ya sea por medio de grabaciones de estos grandes intérpretes, o por medio de programas de edición y samples de instrumentos reales. En este último caso en que la música ha sido creada enteramente de forma digital, podemos ver que el instrumentista ha sido eliminado de la ecuación completamente, para dejarnos solo con la interpretación directa del compositor, que ya no necesita tampoco el dominio del instrumento para expresarse, y su interpretación es la única que ha venido a sobrevivir la industrialización.

Hasta aquí podemos darnos cuenta entonces de dos cosas importantes: 1) Que el compositor se encuentra todavía en una posición privilegiada, pues nada ha llegado a quitarle su interpretación y su trabajo (aún…), y 2) La perfección tiene hoy mucho más valor en el instrumentista, ya sea la exactitud a la partitura (la imaginación del compositor), o la investigación de la forma correcta en que debería tocarse con respecto a la época y el lugar (una vez más, el contexto del compositor).3

Tanto estas amplias investigaciones, como la creencia de que uno interpretará mejor tal pieza por estudiar con su compositor, o la preferencia por describir tan a detalle las indicaciones, demuestran la existencia de una idea de superioridad del compositor sobre la obra, y me parece que éste ha sido uno de los principales problemas del pensamiento musical actual, pues todas las interpretaciones apuntan a un mismo ideal de cómo la pieza debería de sonar, lo que nos deja con un sinfín de interpretaciones “fallidas”, y sólo algunas pocas bien logradas que son muy similares entre sí, cuyas diferencias radican en las cuestiones más personales de técnica y fisiología, y en una transmisión subjetiva y parcial (pues generalmente se intenta replicar la que el compositor implica de cualquier modo, y la propia se da sin siquiera considerarla, pareciera que al decirnos “siente la pieza” sólo tomáramos agua de un pozo infinito y homogéneo de interpretación que entendemos como remarcar la intensidad o sutileza de la nota, y no nos liberamos tampoco de las preocupaciones técnicas ni del fantasma del compositor).

Y otros han abordado esta cuestión antes al dar breves licencias al intérprete, como dejar espacios delimitados de improvisación, cadencias con tempo indefinido y sin compás, repeticiones ad libitum, pero no deja de existir esa influencia, esa sensación del “aquí te permito hacer, aquí ya no”, por parte del creador; pareciera incluso en ciertas conversaciones que el instrumentista promedio se ha ido separando a sí mismo de la idea del “artista de verdad” por no considerarse que realmente está creando. Una idea más acercada a la libertad del intérprete es la música aleatoria de Cage o Stockhausen, uno de los tantos experimentos del siglo xx, en donde existen una serie de caminos que el músico puede seguir dependiendo de ciertos parámetros aleatorios o elegidos, aunque a la fecha no ha dejado de concebirse como tal, un experimento.

Pero, ¿qué hacer al respecto? ¿Valorar y financiar obligados las interpretaciones “fallidas” a estos efectos? Esto no sería una solución viable, tan sólo sería perpetuar la creencia de que existe una forma ideal de la pieza, como una construcción arquitectónica con sus perfectos y detallados planos. Acepto que para que alguna u otra pieza reluzca en todo su esplendor, como reluce la Sagrada Familia en Barcelona, será necesario darle este tratamiento minucioso, la música de Xenakis, que proviene más directamente de este arte sería un buen ejemplo, claro que en estos casos el intérprete tendrá que entenderse más como un realizador, un encargado de materializar en el aire las ondas que ha concebido el compositor. Pero a mí me parece que incluso para estas piezas de arquitectura musical, y para todas las demás, existe otro camino, que es infinito y conciliador (aunque no por ello perfecto) que podría venir a revitalizar la figura del intérprete, y proviene de la misma plasticidad de la música, que necesita de repetirse para experimentarse, a diferencia de la arquitectura que es tan fija en el tiempo.

Pienso que las injerencias del instrumentista deberían ir mucho más allá que la simple realización del ideal del compositor, tomando las estructuras e indicaciones más como una recomendación que una obligación, transformando (no adaptando, ni arreglando a la ligera) la pieza a conciencia de acuerdo a las necesidades expresivas y creativas de quienes la interpretan y todos los elementos que ya te ofrece el papel, funcionando así como un segundo compositor que podría llegar a interpretaciones sumamente diferentes de la pieza. Claro que esta libertad es peligrosa y si no se tiene la voluntad para entender la pieza y a uno mismo, logrando así esta interpretación nueva, pueden llegarse a representaciones que echen a perder los intentos del compositor y los propios a la vez, por lo que no debe tomarse a la ligera.4

Y desde la perspectiva del compositor actual, comprendo la voluntad de escuchar realizada la pieza que he imaginado, pero tanto como existe este anhelo, existe también el de que mi pieza pueda sorprenderme incluso a mí mismo. Pienso que podríamos escribir una música más laxa en sus reglas (no en su creación), con más ad libitum y más rubato, o por lo menos mantener la mente más abierta hacia las diferentes propuestas del intérprete, que lo más seguro es que de cualquier forma siempre exista quien aún quiera apegarse a la partitura, y si no, tenemos otras formas de escucharnos si dejamos la pereza.

Por tanto, quisiera comenzar con una propuesta, que es más una exhortación a la creatividad del instrumentista y es parte de un pequeño experimento en el que me encuentro trabajando. Estoy consciente de que, de las millones de formas posibles en que podría interpretarse esta partitura, tan solo un puñado resultarán de interés para el escucha y lograrán no solamente expresión propia, sino una verdadera comunicación y el hecho estético; pienso que éste, más que la técnica (que podría ser prescindible en ocasiones), es uno de los verdaderos retos de esta partitura, y en general, de esta manera de pensar la música.

*Me gustaría escuchar sus interpretaciones de esta partitura, pueden etiquetarme en instagram (viva la comodidad) con mi cuenta @omarafuera, y no se olviden de mencionar también a la @revamarabunta, y tal vez podemos tener un pequeño diálogo musical. ¡Espero escucharlos pronto!

Notas

1 La música se suele dividir entre popular y académica, siendo la primera la que no necesita escribirse en una partitura, a diferencia de la segunda. A pesar de que académica es la manera más correcta de nombrar a lo que comúnmente se le dice “música clásica”, me parece que es un término un tanto parcial y hace parecer que esta forma más pensada o seria (aunque llamarle así daría debate para otro artículo) depende de la academia, cuando no fue así durante siglos, y no tiene por qué ser así siempre.

2 Popularmente se le llama así en la música a tocar solo o mayormente por trabajo y no tanto por el gusto.

3 Aunque todo esto está incluso hecho a medias, que ya no se toca con la afinación ni los instrumentos de antes con las piezas más antiguas. Claro que no ha faltado quién lo intente.

4 Un ejemplo que se acerca a esto que propongo ha provenido del lugar donde era de esperarse: el jazz. Un concierto que me hubiera gustado escuchar en vivo, 24 Hours Bach, ofreció muchas diferentes perspectivas dentro de la música de este compositor, muchas de las cuales consistieron en llevarlo hacia el jazz, con transformaciones muy creativas y geniales de su obra en el segmento Swinging Bach. Claro que el jazz ya se concibe un tanto separado de la creación académica, y por los puristas, este concierto, aunque no rechazado, es más visto como “una de esas cosas que han hecho los jazzistas”.



Omar Cancino Robles. 20 Años. Técnico en instructor musical. Percusionista, ni tan de éstos ni tan de aquéllos. Desde niño he practicado distintas artes como la música, la pintura, el teatro y la poesía, siendo la primera y la última mis predilectas. En los ratos libres no hago más que pensar en todas ellas.
Arte: Giovanni Boldini

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