por Luis Bernal

Sixteen just held such better days,
Days when I still felt alive
-«Adam’s Song», Blink 182

Nunca he pensado demasiado en el paso del tiempo; mi madre solía decir que aquello se debía a mi corta edad, un síntoma innegable de mi juventud o algo así. La tarde en la que él se mató sentí por primera vez el peso de la memoria incrustándose en mi piel. El recuerdo de aquella escena, la de su muerte, yace inmóvil en lo profundo de mi mente. La fría luminosidad del atardecer comenzando a extinguirse dentro de las cuatro paredes, la guitarra cuidadosamente colocada en una esquina, el modesto librero de un precoz estudiante de preparatoria, los posters de bandas antiguas salpicados con la sangre de la tétrica silueta derramada en el respaldo de la silla y, en medio de todo eso, los acordes de alguna canción conocida pero que en aquel momento me fue imposible recordar. I am a stranger in this world, sadness will last forever.

Desde entonces no he podido sacarme de la cabeza el tiempo que pasé con él y pienso constantemente en los recuerdos que nos atan, síntoma innegable de la conciencia de nuestra finitud o algo así. La vida nos unió de forma extraña. A los quince, justo en medio de mi adolescencia, pasé todo el verano en casa de mi abuela. Mis padres no soportaban estar juntos y al mandarme lejos creían que me protegerían de su separación; estaban equivocados, aquéllos fueron los días más solitarios de mi vida. Mi abuela, pese a su vasta hospitalidad, era una mujer callada y ensimismada que pasaba sus días tejiendo, cual Penélope, ropa que inexplicablemente nunca terminaba. Jamás había estado a solas con la anciana y aquel verano representó la primera ocasión en la que nos vimos forzadas a compartir nuestros respectivos exilios. Hasta el día de hoy desconozco si ella sabía mi nombre, tal vez sí pero nunca lo mencionó; siempre se refirió a mí con palabras dulces pero anónimas: nena, ratoncita, niña, chiquilla, etc.

Toda la situación provocó en mí una sensación de extranjería que me acompañó aún después de ese verano. Dejé de comer y apenas dormía, entré en un estado ingrávido y casi irreal, algo similar a estar suspendido entre la vida y la muerte; aquel mundo me resultaba ajeno. Lloraba mucho, casi todo el tiempo, pero al no sentirme cómoda dentro de esa casa, tan desconocida para mí, subía hasta la azotea para liberar mi tristeza. Fue ahí, sentada en lo alto de ese lugar tan cruel y vacío, cuando lo vi a él.  

Al otro lado de la calle, un niño, un par de años menor que yo, caminaba cabizbajo, con la mirada apagada y el cuerpo endeble. Lo observé cuidadosamente hasta que se perdió al doblar la esquina. En ese entonces, tal vez aún sea así, fui incapaz de entender qué había llamado mi atención. Estuve preguntándomelo durante un buen rato pero no pude responder. No obstante, aquélla fue la primera noche desde que estaba en esa casa en la que dormí largo y tendido.

Al día siguiente me quedé en la azotea con la esperanza de volver a vislumbrar al joven de atuendo obscuro y semblante ausente. Las primeras tardes en las que monté guardia transcurrieron con extrema lentitud y el peculiar caminante no apareció. Fue hasta el tercer o cuarto día que lo volví a ver. Al igual que la primera vez, él apareció al otro lado de la calle caminando alicaído. Intenté llamar su atención con un par de gritos y sacudí las manos para atraer su mirada pero nada surtió efecto. La débil figura volvió a desaparecer entre las casas de ese pequeño suburbio.

En ese momento entendí que si permanecía ahí, resguardada en la comodidad de las alturas, jamás podría hacer contacto con él. Era necesario que yo descendiera para lograr mi objetivo. Aquello, por exagerado que parezca, representaba un esfuerzo titánico. Esa azotea se había convertido en el único sitio medianamente seguro para mí y abandonarlo implicaba exponerme a las inclemencias y a los peligros de ese cruel mundo veraniego.

Durante esa noche estuve meditando la situación y al final decidí correr el riesgo. A diferencia de la última vez, monté guardia desde temprano y permanecí en el jardín, recargada en el portón de la puerta. En retrospectiva, aquello suena inmensamente aburrido, sin embargo, en aquel entonces, a pesar de ser una adolescente, no sentí dicha espera como un pesar. Poco después de la hora de la comida él apareció. Apenas enfoqué mi vista sobre su trémula silueta, me percaté de que no sabía qué decirle. Hasta ese momento no me había puesto a reflexionar sobre el inicio de la conversación, ¿cómo abordaría a un perfecto desconocido? No obstante, seguramente a causa de la adrenalina del momento, me levanté rápidamente y fui hacia él. Me lo topé de frente, él tardó unos instantes en reaccionar y alzar la cabeza, y sin más le dije:

―Te he visto pasar por aquí los últimos días, siempre lo haces a esta hora ―al terminar me sentí apenada por la torpeza de la frase enunciada.

―Sí ―respondió dubitativo y temeroso.

―¿A dónde te diriges? ―pregunté, intentando ablandar el tono de mi voz lo más posible.

―Eh… yo… ―volteó de reojo, como asegurándose de que aquel encuentro no se trataba de una emboscada. Sus palabras no regresaron y el silencio entre los dos comenzó a dilatarse hasta la incomodidad.

―Me llamo Lucía, ¿y tú? ―dije mientras extendía mi mano hacia él.

―Ma… Mateo ―contestó y, con cierto recelo, correspondió mi ofrecimiento.

―Mira, yo vivo ahí ―señalé hacia el jardín de la abuela―, bueno, mi abuela lo hace. Voy a pasar el verano con ella.

Mateo movió ligeramente la cabeza para responder afirmativamente pero no dijo más. Seguía nervioso y ocasionalmente miraba a sus costados. Sus ojos hundidos, inundados de cierta timidez, me daban la impresión de estar frente a un cachorro asustadizo. Le sonreí con la intención de calmarlo pero el endeble jovencito evitaba que su mirada se acercara a mi rostro.

―No conozco a nadie por aquí ―dije, continuando con la conversación que parecía estar convirtiéndose en un monólogo―. Tú también luces como alguien solitario, siempre caminas solo… ¿no es así?

El chico tardó en captar mis palabras pues seguía vigilando el entorno, pero después, tal vez al saber que no debía cuidarse la espalda pues yo estaba sola, se calmó un poco y comenzó a prestar mayor atención a lo que le decía.

―Sí, creo que sí –―se limitó a decir tras meditar unos segundos mi pregunta.

―¿Ves? Ya tenemos algo en común, ¿no crees?

Nuevamente me respondió con un discreto gesto. Noté que su atención se centró en el camino detrás de mí, seguramente pensaba en el sitio al que se dirigía antes de que yo lo interceptara. Me moví para no obstruirle el paso y me coloqué junto a él. Mateo comenzó a caminar pero no tardó en detenerse pues yo seguí hablándole. Tras unos momentos de espera, el niño entendió que yo tenía la intención de caminar a su lado. No parecía convencido del todo con esa idea pero al final se resignó y retomó sus pasos. Estuve hablando durante unos cinco minutos sin obtener respuesta; ni siquiera me detuve a pensar si Mateo me prestaba atención, en aquel momento lo único que deseaba era charlar con alguien. Las últimas semanas apenas había escuchado mi propia voz porque la interacción con la abuela se reducía a discretos monosílabos y sonrisas distantes. Hablar, a pesar de no obtener respuesta, representó un desahogo inmenso y parte de la angustia acumulada durante todo ese tiempo se disipó mientras deambulábamos juntos. Fue hasta que llegamos a una avenida, en los límites del suburbio donde se encontraba la casa de la abuela, cuando interrumpí mis palabras y reparé en el semblante de mi acompañante. El introvertido niño todavía parecía incómodo así que dije mientras esperábamos por la luz verde del semáforo.

―Estás muy callado.

―Mi madre me ha dicho que no hable con extraños ―dijo abruptamente sin quitar la mirada de la avenida frente a nosotros. 

―Ya veo ―hice una pausa para buscar alguna buena respuesta pero no la encontré y me limité a contestar lo primero que se me vino a la cabeza―. Pero nosotros ya nos hemos presentado; Lucía y Mateo, ya no somos tan desconocidos.

Él, por primera vez, me miró a los ojos y soltó una discreta sonrisa. La comisura de sus labios se alzó de modo inusual, era como si aquel callado personaje no estuviera acostumbrado a sonreír. No obstante, aquel gesto se notaba sincero, torpe pero sincero.

―Tienes razón ―respondió con aquel peculiar gesto todavía presente en su boca.

―Y, dime, ¿a dónde vamos? ―comenté mientras cruzábamos la calle.

―Ya lo verás.

Recorrimos un par de cuadras más y llegamos a una tienda de discos y vinilos con un letrero de letras neón en el que se leía: Vintage Sound. Entramos y Mateo me mostró sus bandas y artistas favoritos: The Smiths, David Bowie, Talking Heads, The Cure, Lou Reed, Joy Division, etc.Su padre, que había sido parte de una banda de rock, fue el que le enseñó toda esa música. (Años más tarde supe que él había muerto en un accidente automovilístico cuando manejaba ebrio hacia su casa después de un concierto). Contrario a lo ocurrido anteriormente, Mateo no dejaba de hablar; me contaba los detalles de las canciones y los álbumes, daba largas explicaciones acerca del significado de las letras y apuntaba la especial relevancia de ciertos miembros. Estuvimos un largo rato ahí, entre vinilos y cd’s, antes de marcharnos, a poco tiempo de la puesta de sol. Hasta ese momento yo desconocía todo ese mundo tan fascinante para Mateo, pero escuché cuidadosamente cada una de sus palabras y traté de responder lo mejor que pude cada vez que él solicitaba mi opinión.

Con la noche pisándonos los talones, regresamos a casa. Durante el trayecto, que se alargó intencionalmente a causa de nuestro parsimonioso desplazamiento, él me contó que deseaba aprender a tocar la guitarra, armar una banda y volverse famoso. Estaba ahorrando sus mesadas para comprarse una, idea con la que su madre discrepaba.

Llegamos frente al jardín de la abuela y nos despedimos, me prometió prestarme un par de discos la próxima vez que nos viéramos, así podría escuchar “la excentricidad sonora de David Bowie o la misteriosa voz de Roberth Smith”, según sus palabras. Después desapareció, al igual que siempre, como una pálida sombra, moviéndose tenue y quedamente. Entrando a casa me mortifiqué al pensar que quizás la abuela se había preocupado por mi ausencia pero no fue así. La gentil anciana cabeceaba frente al televisor; aquello no me extrañó, sólo éramos dos desconocidas forzadas a compartir el espacio, no más.

El próximo par de días Mateo no se apareció por ahí. Me parece, después de todos estos años, que nuestra relación siempre se rigió por la incertidumbre y el azar. Nunca, al menos yo no lo recuerdo, acordamos una hora o fecha para vernos. Fue hasta el final de esa semana que volvimos a encontrarnos. Un poco más temprano que la última vez, Mateo llegó; lo vi desde lo alto del techo y bajé corriendo. Nos saludamos, él me entregó un par de discos y sugirió algunas canciones, entré a dejarlos en mi habitación y después regresé con él.

―¿Cuál es el plan?, ¿qué haremos hoy? ―pregunté por mero reflejo.

―Mmm, no lo sé ―Mateo reflexionó por unos segundos, al hacerlo rascaba el borde de su ceja. Creo que tengo una idea, sígueme.

Caminamos en dirección opuesta a la tienda de discos, como regresando sobre sus pasos, y fuimos hasta una heladería ubicada a unas cuantas cuadras de donde él vivía. Compró medio litro de helado de vainilla, que él insistió en pagar, fuimos a su casa y nos sentamos en las escaleras del pórtico a comer. El niño, como en la tienda de discos, dio rienda suelta a su voz. Me contó que su madre trabajaba como mesera en un restaurante de la ciudad. Casi todos los días se quedaba horas extra para poder pagar las cuentas y Mateo se la pasaba casi todo el tiempo solo, de ahí esa extraña sensación que despertaba en los demás, al menos en mí. Narró un par de anécdotas sobre su padre, que en ese entonces era como un héroe para él, y su afición por la música y, nuevamente, me dio los pormenores de su plan para construir una prolífica carrera musical. Aquel día yo también hablé bastante, le expresé los detalles de mi desafortunada situación familiar y la extrañeza que hasta entonces me producía esa ciudad. Él escuchó con atención y, ocasionalmente, emitió algunos amables y dulces comentarios que, al igual que sus sonrisas, eran torpes pero sinceros.

Después, cuando el helado ya estaba derretido por las constantes interrupciones de nuestra conversación, entramos a su casa y me mostró su habitación. Su colección de discos la guardaba en unas cajas ocultas en el armario; sacó algunos y habló largo y tendido de ellos. Reprodujo uno, Unkown Pleasures, de Joy Division, mientras continuábamos el recorrido por su cuarto. Me habló de su inmensa admiración por Ian Curtis, cuya idolatría sólo podía compararse con la que le tenía a su padre, su enfermedad, la desastrosa relación amorosa que mantuvo y demás pormenores de su trágica vida. También nos detuvimos en su modesta biblioteca. Leía todo el tiempo pues su madre siempre le decía que debía leer para “ser una persona de provecho”. Al igual que con los discos, me explicó acerca de sus libros y autores favoritos. Le dije que no conocía mucho de eso, lo mío era la televisión y el cine. Le hablé de mis películas y series favoritas; la mayoría las desconocía, pero prometió verlas para darme su opinión. Pese a su ininterrumpida charla Mateo aún lucía tímido y frágil, esa sensación duraría toda su vida, así que me sentí afortunada de que él me compartiera su historia.

La tarde se fue consumiendo sin que nos percatáramos. Cuando empezó a oscurecer Mateo me llevó de vuelta a casa, me recordó que escuchara los discos y se despidió. El resto de ese verano se redujo a nuestras imprevistas salidas y al conjunto de canciones que Mateo no paraba de compartirme. Hunky Dory,de David Bowie y Disintegration,de The Curellenaron mis días; de tanto escucharlos aprendí las letras, casi todas, y comencé a cantarlas con Mateo. El verano terminó y yo regresé a casa. Aquel año no me despedí de él pero ello no representó ningún problema, en el fondo, no puedo explicar por qué, los dos sabíamos que eso no hacía falta.

El tiempo pasó y apenas pensé en el chico callado del verano. Su imagen me asaltaba esporádicamente, al comer helado, al cruzarme en la calle con alguna persona que llevaba puesta alguna playera de las bandas que le gustaban o al toparme con algún músico callejero. Por extraño que parezca, y así continúo en los años posteriores, Mateo habitaba un mundo distinto al del día a día, formaba parte de una vida que se acotaba a los fugaces meses veraniegos.

Regresé cada año, aún después de la muerte de la abuela, a ese peculiar suburbio en donde había tenido la fortuna de encontrar al silencioso caminante. Crecimos juntos y el tiempo fue acumulándose entre ese inusual “nosotros” que, desde el accidental avistamiento, habíamos construido. Estuve cuando compró su primer guitarra y cuando se vio forzado a venderla para ayudar a la precaria situación financiera de su hogar. Lo acompañé en sus horas de llanto y furia tras el derrumbamiento del ídolo paterno, cuando descubrió la verdadera historia del padre irresponsable, violento y alcohólico, y en la angustia provocada por la enfermedad de su madre. Le di su primer beso, producto de un inocente juego que jamás transcendió a otra cosa, y le enseñé a bailar, pese a sus constantes negativas, antes de su graduación. Le regalé decenas de discos y libros, y escuché, siempre acompañada de cierta ignorancia de la que no me avergüenzo, sus extrañas disertaciones sobre “la solitaria multiplicidad de Pessoa, la bella crudeza de Améry o la persuasiva retórica de Michelstaedter”. Fumé con él su primer y único cigarrillo, y le hice tomar su primera cerveza, la cual no fue de su agrado. Él me compuso una canción, y me cantó otras tantas, y me compró cientos de litros de helado cada vez que lo necesité. Estuvo ahí cuando mi padre salió de mi vida, para no volver jamás, y cuando mi primer fracaso amoroso me quebró. Me consoló cada vez que sentí que me derrumbaba, siempre ornamentando sus amables opiniones con las citas de sus escritores favoritos para así compensar su falta de experiencia en el tema. Me hizo ver y entender cosas que probablemente jamás me hubiera detenido a pensar por mi cuenta, y nunca me juzgó ni me hizo sentir culpable por mis malas decisiones. Pasamos juntos tantas mañanas que se convirtieron en tardes y tantas tardes que se transformaron en densas madrugadas. Fuimos dos extraños íntimos.

Como siempre, este año llegué el primer día de verano. Conduje hasta ahí y me detuve en una pequeña cafetería a las afueras de la ciudad para comer algo. Al salir, pegado justo en la entrada, vi un pequeño cartel que anunciaba la presentación de Matt Allein, nombre artístico de Mateo, en una modesta sala de conciertos. Tomé el cartel y entré en el auto, viajé hasta la heladería, venida a menos en los últimos años, y compré dos litros de nuestros helados favoritos: uno de menta con chocolate y otro de vainilla. Aparqué el auto cerca de su casa y, al querer sorprenderlo, entre por una ventana en la parte trasera de la casa en lugar de llamar a la puerta. Aquella ventana fue utilizada muchas ocasiones para evitar el enfado de su madre, quien con el paso del tiempo crecía en resentimiento y desconfianza hacia el mundo exterior. Hecho que, obviamente, afectó a Mateo.

Cargando en una mano la bolsa de los helados y en la otra el cartelito de su presentación, caminé sigilosamente hasta llegar a las escaleras. Midiendo mis pisadas, para así evitar el habitual rechinido de la madera vieja, subí hasta su habitación. Durante el ascenso medité sobre cómo avisarle que había sido aceptada en la Universidad ―el verano pasado él me había ayudado a ordenar mi cabeza para decidir qué hacer con mi vida― y sobre cómo llevar a cabo la sorpresiva entrada. ¿Gritaría para sobresaltarlo?, ¿tocaría quedamente la puerta para que él viniera a mi encuentro sin esperarlo? Aquella cuestión, lamentablemente, nunca quedó resuelta.

Una queda melodía se filtraba desde la habitación, el volumen era escaso y me costaba trabajo localizar el nombre en mi memoria. Llegué hasta la puerta y noté que se encontraba entreabierta; la empujé levemente con la mano y ésta cedió. Una sensación lúgubre me inundó de pies a cabeza durante el lerdo movimiento del rectángulo de madera. Pese a la música, por frágil que ésta fuera, se percibía una especie de silencio en la habitación, un mutismo sepulcral emanando de todas las cosas.

La puerta se abrió y ahí estaba él, oculto entre las sombras del ocaso. Tardé en reaccionar, por unos instantes el mundo se vació y toda sensación se tornó imposible. Todo apuntaba a una sola conclusión: Mateo se había metido un tiro, pero fui incapaz de aceptarlo. Pensar la muerte siempre implica un imposible.

―Ma… Mat… eo ―Murmuré con voz trémula.

Su silencio permaneció; la única respuesta que obtuve fue el discreto chapoteo provocado por las gotas de sangre escurriendo de su mano suspendida en el aire. La sangre, que ya había formado un charco considerable, se impactaba con el cuerpo rígido de la pistola antes de llegar al suelo. Visto desde ahí, el líquido adquiría un tono macabro dado por la penumbra. Llamé un par de veces más, al menos eso creo, di media vuelta y me senté en el primer escalón. En el fondo, aún continuaba el murmullo de una canción que escapaba a mi memoria. I am a stranger in this world, sadness will last forever.

Mi cuerpo permaneció inerte y mi mente se vació por completo. Me esforcé por mantener un pensamiento dentro de mi cabeza: Mateo está muerto, se ha metido un tiro y ahora está muerto. Pero la idea se desvanecía apenas llegaba a mí. Pasé poco más de una hora inmóvil hasta que su madre llegó. Al encontrarme en las escaleras me increpó, para entonces el helado ya se había derramado, y comenzó a exaltarse. Yo ni siquiera me inmuté. La madre de Mateo supo que algo no andaba bien y corrió a la habitación, al entrar lloró desconsoladamente.

Después de eso recuerdo poco o casi nada. La policía llegó y, absurdamente, llamó a una ambulancia que no hizo más que recalcar lo obvio. El chico estaba muerto. Fui interrogada, aunque apenas podía hablar, y esa noche dormí en la estación de policía. Un día o dos pasaron, el tiempo ahí era difuso, antes de que pudiera salir. Durante ese tiempo apenas pensaba, toda yo me reduje, se me fue la voz y el apetito; mi existencia se diluyó tras su partida, yo también he muerto un poco, pensé. Me pasaba las horas intentando asimilar su partida.

Salí en la mañana del día de su funeral. Intenté asistir pero su madre se opuso enérgicamente. Durante el entierro estuve estacionada en el sendero del cementerio, a unos treinta metros de ahí, esa sería lo más cerca que estaría de mi amigo por el resto de mi vida. Dentro del automóvil comencé a pensar con soltura; tal vez el shock había pasado. ¿Por qué se había suicidado en verano?, ¿acaso esperaba que lo presenciara?, ¿fue su forma de despedirse de mí?, ¿pude haber hecho algo para evitarlo?, ¿yo era responsable de su muerte?

Con el torbellino de emociones dentro de mí, me derrumbé y, por primera vez, lloré su muerte. Las lágrimas salieron a raudales y, por más que lo intenté, no pude contenerlas. Me sentía devastada, física y mentalmente, sin embargo, el llanto me ayudó. De pronto, hurgando entre las memorias compartidas, recordé que en alguna ocasión, un tanto en broma, un tanto en serio, habíamos hablado sobre nuestros funerales. “Cuando yo muera, me había dicho, quiero que pongan ‘Ceremony’, de Joy Division; sería una buena forma de despedirme”. Inmediatamente busqué entre los discos que llevaba en el auto, Mateo me había pegado su afición por los discos físicos, pero ninguno contenía la canción; también esculqué mi bolsa tratando de encontrar mi celular pero la batería se había agotado. Decepcionada, y sin fuerzas para encontrar una solución, encendí la radio y me dejé caer sobre el respaldo. Volteé el rostro y miré, sin mucha convicción, por la ventanilla. Alrededor del ataúd se reunían diez personas, quizás doce. Me cuestioné si ello se debía a su madre, tal vez ella había amenazado a los amigos de Mateo para que no asistieran. Mateo era un joven solitario, no cabía la menor duda de eso, pero no lo suficiente como para irse de este mundo en medio de esa precariedad afectiva; al menos eso me obligué a creer.

Súbitamente, cortando de tajo mis tristes y lánguidas cavilaciones, la canción que se escuchaba en la habitación de Mateo comenzó a sonar en la radio mientras el ataúd descendía al subsuelo. Me quedé petrificada entre las notas y las palabras. I am a stranger in this world, sadness will last forever. Al final, tras el último acorde, el locutor saludó a la audiencia y presentó el sencillo inédito de un artista emergente. “Sadness will last forever”,de Matt Allein. Él me había mostrado esa canción el verano pasado, al inicio de este verano él se metió un tiro y desapareció de este mundo.



Luis Bernal. Estudié filosofía en la UNAM. Demasiado libertino para el rigor filosófico y, paradójicamente, demasiado acartonado para la creación literaria. Escritos publicados en La Liebre de Fuego.
Arte: «Blue Liam», Elizabeth Peyton

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