por Héctor Ortiz


[…] The band is just fantastic, that is really what I think,
Oh, by the way, which one’s Pink?
-Roger Waters, «Have a Cigar»


Pidió al chofer que lo dejara bajar una cuadra antes.

—Tengo entumidas las piernas— dijo a manera de explicación, aunque Jaime no la solicitó.

Caminó lentamente sobre Avenida Londres, indiferente a las miradas y los dedos que lo señalaban. Comenzaba a arrepentirse de no pedir a su chofer que lo dejara justo a la entrada del café. Pensó en correr, idea desechada de inmediato por su sentido del ridículo. “Todo en la vejez es impropio”, recordó haber leído no hace mucho. “Salvo morirse, todo en la vejez es impropio”. Se visualizó, un hombre viejo corriendo por una avenida principal de la capital, un hombre viejo escapando, en actitud infantil. Sintió un escalofrío bajarle por la espalda. Pensó en que, de cualquier manera, sus articulaciones no le habrían permitido ponerse en vergüenza. Nada es más impropio en la vejez que ser una estrella de rock, se dijo. Por suerte, nadie se le acercó para pedirle autógrafos ni fotografías. Aceleró el paso y llegó a la entrada del café. Resollaba por el esfuerzo físico cuando empujó la puerta del café.

—Ya me esperan— dijo al mesero, mientras escaneaba las mesas cercanas, a pesar de que ya sabía que su cita se encontraría en alguna de las mesas del fondo, con el propósito de no llamar demasiado la atención, para que, al salir del local, no se toparan con los paparazis.

—¿Usted… usted es…

—Sí, yo soy. Vengo con él— dijo, como temiendo conjurar al diablo si lo nombraba. Pero es al diablo a quien vengo a ver, se dijo, mientras caminaba detrás del mesero.

Por fin lo vio, en plena posesión de la pequeña mesa que ocupaba al fondo del local, mirando hacia los sanitarios. No pudo evitar sentirse más viejo. Pinche mamón, pensó, ni aquí adentro se quita los lentes oscuros. Vio las manos nudosas alrededor de la taza y pensó que las manos siempre delatan al músico. El esmalte negro y los anillos lo clasificaban como rockero. Como ruquero, se dijo, tratando de disminuir a su excompañero de banda, al tiempo que inhalaba hondo en un débil intento para ocultar el abultamiento de su vientre. Se arrepintió de no haber llevado un sombrero para ocultar su calvicie, al ver la abundante cabellera frente a él, si bien ésta ya era completamente blanca. Vio bíceps bien definidos y pensó que lo mejor sería dejar de compararse. Un carraspeo del mesero anunció su llegada.

—¡David! Siéntate, por favor. Comenzaba a pensar que no vendrías— le dijo, exhibiendo una dentadura completa y blanca, mientras se quitaba los lentes.

—¿Cómo perdérmelo, Rogelio?— contestó, sarcásticamente.

El mesero tomó el respaldo de la silla frente a Rogelio y la recorrió para ofrecérsela a David.

—¿Qué vas a querer? ¿Un café?— se adelantó Rogelio al mesero.

—No, café no. No me sienta bien al estómago.

—¿Los achaques de la edad?

David decidió ignorar el comentario. Si el cabrón es un año mayor que yo, pensó. Pero ha envejecido mejor, reviró su cabeza.

—Un té, tomaré un té— dijo al mesero, quien dejó la pluma en suspenso a escasos milímetros de la comanda. De nueva cuenta, Rogelio se adelantó a la pregunta.

—Será un Earl Grey. Hay que hacer honor al nombre de la calle.

—A la orden.

Los ex compañeros de agrupación vieron partir al mesero, David siguiéndolo con la mirada hasta que éste entró a la cocina. Una vez hubo desaparecido de la vista, David recorrió el resto de las mesas para ver si ya habían sido reconocidos. Trataba de retrasar lo más posible el momento de hacer frente a Rogelio. Un carraspeo demandó su atención.

—¿Cómo has estado, David? ¿Cómo están Virginia y los muchachos?

—De maravilla. La marca de Virginia está posicionándose mejor y pues los muchachos están ocupándose de sus propias familias.

—¿Mantienes contacto con ellos frecuentemente?

David quisiera contestarle que no es de su incumbencia. Que no acudió a la cita a hacer confidencias, a desahogarse por la distancia que lo separa de sus hijos, de sus nietos. Quisiera decirle que no pretenda ni por un segundo que son amigos. Pero lo conveniente era mantener la diplomacia.

—Sí, claro. No se tiene más que a la familia.

—Claro.

—Eso y la música.

—Algunos, sólo eso.

—Cierto.

—¿Cómo te fue en la última gira?— lanzó Rogelio, con entusiasmo y sonrisa fingida. Recurría a la misma táctica de David. Su divorcio era el último tema que deseaba diseccionar en esa mesa. Terminó el resto de su café mientras escuchaba la respuesta de David.

—Bueno, no hay nada que yo pueda contarte sobre esa vida que tu no conozcas mejor que yo. Sabes lo demandante que llega a ser.

—Sí, es una verdadera chinga. Pero no podría dejarlo. Me mantiene joven, vivo. Moriré en el momento que me retire de los escenarios— Rogelio comenzó a palparse los bolsillos de la camisa, del pantalón. Es un tic que repite cada tantos minutos—. Carajo, qué ganas tengo de un cigarro. Ya no puede fumarse en ningún lado. Esos pinches letreros sólo logran que se me antoje más.

¿Habrá ido a un cruce de caminos para pactar con el diablo? Se preguntó David. De ser el caso, Rogelio resultó mucho mejor negociador que Robert Johnson. O ha refinanciado su deuda, hipotecando su vida familiar, la banda. Sabe que no es el caso, pero no encuentra otra explicación: han pasado por los mismos excesos, por las mismas decepciones. Pero a Rogelio no parecen pasarle factura. En cambio, él ha tenido que dejar de fumar, de beber, de desvelarse, de malcomer para mantenerse más o menos sano.

—Quizá deberías tomarte el riesgo de un descanso. Hierba mala nunca muere, dicen.

Rogelio no hizo caso del comentario adicional.

—No tengo otra cosa a que dedicar mi tiempo. Cuando tomo descansos no salgo del estudio, de escribir nuevas canciones. Además, los periodistas son un fastidio, siempre con las mismas preguntas. Como si no se hubiese dicho todo sobre eso. Es más fácil negarles las entrevistas estando de gira.

—Entiendo. Yo también estoy harto de hablar de eso. Y, sin embargo, aquí estamos.

A Rogelio le hizo gracia el comentario.

—Bueno, sí. Podré hacer mi propia música y tú la tuya, podremos abrazar causas políticas o humanitarias, pero a los reporteros parece sólo importarles la banda. Nunca lograremos desvincularnos. No del todo.

Entonces llegó el mesero. Colocó la humeante taza frente a David y Rogelio aprovechó para pedir más café y unas galletas para acompañarlo. El mesero tomó nota, diligentemente.

—Enseguida.

David probó el té y tuvo ganas de escupirlo. Tenía gusto a agua de calcetín. Seguro era té de bolsa. Se preguntó si la limonada también sería de sobre, sin importar lo elevado de los precios del local. La plática no se reanudó sino hasta que Rogelio mojó la primera galleta en su negro café.

—Toma una galleta. Están buenas.

—Estoy bien, gracias.

—¿Sabes qué fecha es hoy, David?

—Por supuesto que lo sé. Tú crees que todos son pendejos menos tú.

—No hay necesidad de ser hostil.

—Tampoco hay necesidad de guardar las apariencias. Creo que nuestros desacuerdos son lo suficientemente públicos para dejarnos de hipocresías. Mejor sería que fuéramos al grano de una vez.

Rogelio se quedó callado unos segundos. Le temblaba el mentón. Respiró profundo. Exhaló.

—¿No te pone nostálgico, David?

David recordó la primera vez que los vio tocar en un sótano de la periferia de la ciudad. Había escuchado de la banda en los cotilleos de la Facultad, comentarios que de tan elogiosos sólo podían ser exageraciones. Resultó que los comentarios eran cautelosos: que la banda estaba tan adelantada a su época que comprenderla del todo resultaba imposible, pero la grandeza era innegable. Quedó maravillado ante el sonido espacial, único, de la banda. Ante las luces, la distorsión, la presencia de los músicos en el escenario. Se gestaba historia musical en esos toquines clandestinos. Por las amistades en común y por la afición al rock que les llegaba desde el otro lado del Atlántico, pronto logró que le presentaran a Siddharta, Rogelio, Ricardo y Nicolás y en expresarles su admiración por lo que estaban haciendo. La experiencia inspiró a David a abandonar su carrera como escritor —que ni siquiera comenzó— y pulir su habilidad como guitarrista. Comenzó a tocar en los mismos tugurios que la banda, acrecentando su amistad con los miembros. Entonces llegó la gran noticia: un contrato con una disquera. La celebración duró varios días. Poco después recibió una llamada de Rogelio, quien lo citó en su casa. Al llegar, encontró a su anfitrión, a Nico y a Ricardo en comité. Le informaron que el estado mental de Sid era frágil y que no tardaría en entrar en crisis, dado su actual consumo de ácidos y cuanta droga se le ofreciera. Fue entonces que lo invitaron a integrarse a la banda como guitarra rítmica, ante la certeza de que pronto perderían a su líder y fundador. Aceptó sin dudar.

—Logramos cosas increíbles, ¿no crees?

Cosas increíbles, sin duda. Grabaron con éxito el primer disco y Sid incluso se mantuvo en buen estado durante su primera gira. Fue cuando volvieron al estudio de grabación cuando, aunque presente físicamente, Sid simplemente ya no estuvo allí. Participó apenas en un par de las canciones y ésa fue su última contribución a la banda, antes de ser internado en un psiquiátrico. Sid no sobrevivió a la década. La banda continuó, siendo Rogelio y David la dupla letal, uno escribiendo, el otro componiendo la música para acompañar las letras. La banda se tornó más experimental con cada disco, gestando un sonido propio, una identidad, una marca indeleble, si bien no lograba el ansiado éxito comercial. Entonces grabaron ese concierto-documental en el sitio arqueológico de Bonampak y posteriormente su primer disco conceptual. La venta del disco, los contratos para tocar en Estados Unidos y al otro lado del mar les dieron la certeza de que, al fin, habían dado con la fórmula para lograr su inmortalidad. Pero con la fama también vino el tedio. El temor de no replicar la calidad en el siguiente álbum. Los malos consejos de los familiares y representantes, las tentaciones de las otras disqueras y sus contratos para proyectos en solitario, de la siempre latente posibilidad de separación. Pero se mantuvieron juntos y sacaron el segundo álbum conceptual, burlándose de la industria que pretendía convertirlos en producto, y de paso un homenaje a Sid, la senda no tomada. Posteriormente, volcaron su música hacia la protesta contra el sistema político imperante en el país, contra la represión y la censura, contra el conservadurismo que sobrevivió a los sesentas y se arraigaba con mayor fuerza en la sociedad. El ego de Rogelio no dejó de crecer.

—Trato de no romantizar el pasado.

—Tampoco se trata de condenarlo. Fuimos muy buenos amigos, David. Los mejores. Más que eso, aun: fuimos cómplices. Hicimos cosas grandes tu y yo. Hicimos historia musical.

—Hicimos los cuatro.

—Claro, Nico y Ricardo también. Si a esas vamos, tenemos que mencionar también a Sid, aunque su estado mental lo haya separado de la banda. El caso es que, siempre que llega esta fecha, la fecha en que te incorporamos, no puedo evitar pensar en todo lo que perdimos. En lo que todavía pudimos lograr. En lo que no fue.

—En lo que ya no será, Rogelio.

Entonces Rogelio les presentó un megaproyecto, en el que combinaba música con espectáculo visual, no sólo montando escenografía en los conciertos —entonces fueron los más costosos de la historia— sino filmando una película. Quería representar en el próximo álbum el distanciamiento de la banda ante el público, la introspección, el aislamiento, la angustia existencial provocada por el desencanto que la revolución fallida dejó atrás. No se dio cuenta de que en realidad a quienes aislaba era a sus compañeros de banda, al asumir por completo el control creativo y desdeñar las contribuciones de Ricardo y Nico. Las discusiones fueron violentas y tuvieron su punto álgido cuando después de un intercambio de puñetazos y cuando apenas se grababan los primeros temas del disco, gritó a Ricardo que ya no era bienvenido en su banda, que tecladistas sobraban. El disco terminó de grabarse, convirtiéndose en el más vendido en México y el resto del continente. La banda salió de gira, pero ya no eran banda. Eran colegas, compañeros de trabajo subordinados al genio innegable de Rogelio. Nada más. Al terminar los compromisos firmados, la banda se separó.

—En lo que aún puede ser. El concierto de hace ocho años me parece prueba suficiente.

—Fueron sólo seis canciones, Rogelio. Media hora en que volvimos a ser una banda. Además, lo hacíamos por una causa mayor a nosotros mismos. Y nada se logró. Centroamérica sigue igual de pobre y nosotros igual de distanciados.

—Lo que pasó ahí fue, a falta de una mejor palabra, mágico.

—Lo recordamos diferente, es lo que pasa. No podías ni sostenernos la mirada y francamente, ya no quiero saber más de ello. Te lo he dicho cada año desde entonces, en éste y otros cafés.

—¿Cambiarías de idea si Nicolás y Ricardo aceptarán reintegrarnos? —preguntó Rogelio, tenaz como siempre.

—Ricardo no aceptará, no lo haría, aunque su salud se lo permitiera.

La taza se detuvo a escasos centímetros de la boca de Rogelio. De su rostro desapareció todo rastro de condescendencia, la sonrisa de superioridad.

—¿Está enfermo?

—¿No te has enterado? Qué digo, por supuesto que no. No es como que estén en buenos términos.

David no pudo evitar sentir algo de satisfacción. Sintió el cambio de ánimo de Rogelio como una victoria. Ya sé por dónde pegarte, pensó. Guardó silencio, expectante, como boxeador esperando la oportunidad de contragolpear. Rogelio le dio la satisfacción de preguntar.

—¿Qué es lo que le pasa?

—Recaída. Esta vez el cáncer es más severo. Parece que inoperable. Eso es al menos lo que dicen los especialistas que lo han visto.

El tintinear de cubiertos sobre porcelana, los cláxones en la calle y el oleaje de las conversaciones en las otras mesas, a veces el murmullo suave del mar en calma reproducido por las conversaciones privadas, a veces el estruendo de las risas similar al golpear del agua contra las rocas, negaron el silencio que se produjo en la mesa ocupada por ambos músicos.

—¿Ha agotado todas las opciones? ¿De plano no hay nada que pueda hacerse?

—En el país, no.

—Me contactaré con él, entonces. Le encontraremos una opción. Me haré cargo de ello.

—No te molestes. Ya estoy en ello —dijo David. Ni esa satisfacción tendrás, pensó.

—Bueno, con lo que yo pueda contribuir, entonces —reviró Rogelio, con solemnidad.

—De verdad, no hace falta. Además, estoy seguro de que Ricardo no aceptará nada que provenga de ti.

—¿Y porque no dejas que él lo decida? —Rogelio alzó la voz, ligeramente. La vena en su sien comenzó a palpitar.

David se sonrió antes de contestar. Conocía perfectamente el funcionamiento de esa válvula en la frente de Rogelio. Estaba llevando la conversación como la había imaginado en los días anteriores.

—Seamos sinceros, Rogelio. La salud de Ricardo no te interesa gran cosa. Si llegas a ofrecerle ayuda es únicamente para hacerte sentir bien, para sentir que no eres tan malo como te piensan. A Ricardo siempre lo has menospreciado. Total, sólo es el tecladista. Por eso te fue fácil separarlo de la banda.

—Si se trata de ser sinceros bien podrías reconocer que en el momento no objetaste nada, que preferiste continuar en mi banda. Podrías también reconocer que quien no me perdona eres tú.

—¡Nos demandaste, Rogelio! Intentaste quedarte con la propiedad intelectual de todo lo que produjo la banda. ¿Qué amistad sobrevive a un juicio?

La relación entre Rogelio y sus excompañeros de banda ya era difícil, por decirlo con eufemismos, pero fue herida de muerte cuando David, Nico y Ricardo recibieron la demanda. Se reunieron, sin sus abogados, para discutir los pasos a seguir. David fue tajante en que no negociaría nada, en que no trataría de razonar las cosas con Rogelio. Armaron su estrategia legal y tras meses de sangriento juicio en que Rogelio y sus abogados no dejaron de alegar que sus excompañeros no tuvieron más que un papel accesorio en la producción y el éxito de la agrupación; éste sólo pudo quedarse con la propiedad intelectual del último disco y el resto de los integrantes con el nombre de la banda. A manera de venganza, decidieron relanzar su carrera, grabando un par de discos más. Incluso tuvieron el honor de que el primer astronauta mexicano llevará consigo el casete de su último álbum en una de sus misiones espaciales. Aunque las ventas y las críticas fueron buenas, la ausencia de Rogelio fue más que notoria. No lograron la misma grandeza.

—Yo mismo admito que no fue mi mejor momento. Que no habla bien de mí como persona. Pero puedo decirte que, si tuviera la oportunidad, cambiaría todas esas cosas que les hice. A Ricardo, a Nico. A ti también, David.

—Sí, quizá sea un poco tarde para eso. Desearlo no cambia nada. No se cambia el pasado.

—Pero el futuro es una hoja en blanco, David. La reivindicación es posible, sólo tiene que intentarse.

David comenzaba a incomodarse y no sólo por la plática que sostenía: desde la mesa contigua había escuchado su nombre, el de Rogelio y el de la banda. Tomó una servilleta y enjugó su frente. Corre como el infierno, pensó.

—Tienes razón.

—¿La tengo? —los ojos de Rogelio se iluminaron. Una sonrisa comenzó a deformarle el rostro. David la mató, fulminante.

—No sobre la reivindicación, sino sobre el perdón. No te he perdonado. No creo que pueda hacerlo nunca. Tendrás que vivir con las consecuencias de tus acciones, Rogelio: perdiste a tus dos familias por ellas. Te quise mucho, Rogelio, aún lo hago. No será este el año en que se dé la reunión que pretendes. Moriré antes que volver a trabajar contigo.

Se acomodó la camisa e hizo el ademán de levantarse. Rogelio lo tomó del brazo, por debajo de la mesa.

—David, espera.

—¿Esperar que? —preguntó, mientras trataba de zafarse de la poderosa mano de Rogelio.

—Respóndeme sólo una cosa —le dijo, mientras lo soltaba.

—Te escucho.

—¿Es que ya no tenemos nada en común? —preguntó la voz rota de un hombre vulnerable.

David no tuvo que meditar mucho su respuesta.

—El pasado. El número de huesos. El número de cromosomas— dijo, solemne, dándose la media vuelta.

Cuando salió del café, los flashazos lo cegaron. Su chofer, Jaime, actuó con rapidez, bajando del carro, interponiéndose entre David y los paparazis y sus preguntas. Abrió la puerta del copiloto y empujó a su patrón al interior del vehículo encendido. En la esquina se pasó el semáforo en rojo para asegurar la huida. Minutos después, la misma situación se repitió con Rogelio, quien no dejó de repetir “sin comentarios” a las preguntas que le dirigían camino a su carro. Como cada año, se rumoró un reencuentro.

Ricardo murió un par de meses después. Al año siguiente, Rogelio se presentó puntual a la cita. Pasaron tres horas antes de que aceptara que David no se presentaría.



Héctor Ortiz nació en Tijuana en 1993. Es egresado de la Licenciatura en Derecho por la Universidad Autónoma de Baja California (UABC). Fue reportero para Semanario ZETA de 2014 hasta marzo de 2018. Ha participado en talleres de narrativa con los escritores Eduardo Antonio Parra y Sidharta Ochoa. Obtuvo el segundo lugar en el Concurso Nacional de Literatura 2018 del ISSSTE, con el cuento “Madera” también publicado en Marabunta.

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