por Jimena Maralda


Oír una música conocida actúa como una especie de mnemotecnia proustiana, suscitando emociones y asociaciones olvidadas desde hace mucho tiempo, lo que permite a los pacientes acceder a estados de ánimo y recuerdos, pensamientos y mundos que parecían haberse perdido del todo.
-Oliver Sacks


En una de las chick flicks más cursis que existen, Diario de una pasión, hay una escena en la que una anciana, Allie (la protagonista), toca el piano en la residencia donde se encuentra. Su esposo, Noah, la escucha a lo lejos mientras le hacen un chequeo. El médico intenta disuadirlo de hacerla recordar, pues la demencia senil que tiene Allie sólo irá en aumento. Mientras uno argumenta y el otro rebate, la música calla súbitamente; luego, continúa. “Alguien debió cambiarle la página [de la partitura]”, advierte el médico. Noah niega: esa la toca de memoria.

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Según he leído, la memoria musical es una de las pocas cosas que logran eludir los efectos del Alzheimer y otro tipo de enfermedades neurodegenerativas. Por ese motivo, la musicoterapia se ha vuelto una de las herramientas más usadas para acompañar o entender los procesos de las personas que las padecen. Elemento fundamental en nuestras vidas por todo lo que se activa a nivel neuronal cuando escuchamos una melodía, la música nos acompaña y puede salvarnos.

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Confesión: siempre he evitado pensar en la vejez, hablar de ella, mirarla; me aterra que, en su proximidad con la muerte, pueda implicar que una persona permanezca viva solamente como cascarón, como materia que se va quedando vacía.

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Me contaron que cuando mi abuela era niña decía “no quiero morir de muerte fea”. Se refería a una vejez muy vieja, arrugada, disminuida. A los sesenta y uno, todavía activa, fuerte, lúcida, escapó de ella.

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Cuando comencé a asistir a los círculos de lectura de “Pensar lo doméstico”, cuya mediación realizaba Alejandra Eme Vázquez, ignoraba el alcance ético y político del término cuidado y la necesidad de reconocerlo como un trabajo complejo, necesario, doloroso también, pero, sobre todo, imprescindible. Verme atravesada por numerosas reflexiones, teóricas y personales, respecto al trabajo de cuidados me condujo a un enfrentamiento constante, ineludible ya, con la idea de la vejez y sus implicaciones.

Mis pensamientos aislados, sin forma todavía, encontraron acogida en las palabras plasmadas por Alejandra en el ensayo Su cuerpo dejarán,[1] ganador del Premio Dolores Castro 2018. En él, la autora comparte su experiencia como cuidadora remunerada de su abuela. Es una lectura llena de contrastes: fluida, por el tono y humor de la autora, pero que llega a ralentizarse debido a ciertas pausas necesarias para reflexionar sobre algún dato, lidiar con las ideas propias o simplemente para secar las lágrimas; agridulce por condición de hablar de sí misma y de una persona que ama, aunada a la tierna rigurosidad con la cual se adentra al tema, lo analiza y (se) expone.

Además de plantear cuestiones fundamentales acerca de las políticas públicas existentes (o no) alrededor del trabajo en general, el trabajo de cuidados, los cuidados en particular, el texto propone abrir la discusión respecto al tema entre la comunidad conformada por su generación, por la mía y las que vienen detrás. Personas cuya seguridad social es, muchas veces, un rumor lejano, quizá incluso (y esto es lo más preocupante) más lejano que la vejez misma.

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“La noche está para un reggaetón lento, de esos que no se bailan hace tiempo”, listas de música con títulos como Reggaetón viejito, ¿cuántos éramos niños cuando “Gasolina” sonaba en todos lados? Leí un tweet que decía que seremos recordados como la generación que perreaba. Varias veces, en Internet también he visto imágenes que aseguran que “un día te vas a arrepentir de las cumbias que no bailaste por andar de rockerillo”.

Con frecuencia me encuentro con videos de viejitos bailarines: mujeres que bailan los éxitos reggaetoneros del momento, una pareja que baila rocanrol, mujeres pequeñas y arrugadas bailando salsa en concursos. La gente los comparte añadiendo comentarios como “así yo cuando sea grande”.

En la Ciudad de México muchas de las parejas que se reúnen para bailar danzón en la Plaza de la Ciudadela los sábados están conformadas por adultos mayores; los señores con traje y sombrero, las señoras emperifolladas, con tacones y abanicos. De igual forma, en la Alameda de Santa María la Ribera se arma el jolgorio al ritmo de salsa y cumbia los domingos. No obstante, las que más me gustan son las clases de zumba que se presencian por las mañanas: mujeres de cuarenta, cincuenta, quizá hasta de sesenta años, siguen disciplinadamente a la instructora que conduce sus movimientos desde el Kiosco Morisco.

Pienso entonces en la música como estímulo del movimiento corporal y me pregunto qué será de mí cuando sea vieja. Al reparar en la cantidad de horas que paso usando la computadora, hago consciente el dolor en mi coxis y una vocecita en mi cabeza me reclama por dedicar a una pantalla el tiempo que debería ocupar bailando.

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Escribe Alejandra: “hablar de vejez es hablar de que la vida tiene fin, de que hay personas que ya no están, de que el cuerpo […] va a dejar de funcionar”.

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En el departamento de mi abuelo materno siempre suena música clásica. De mis abuelos, él es con quien más jugué en mi infancia: cuando llegábamos iba directamente a su cuarto para vaciar sobre su cama los playmobil que llevaba en la mochila. Aunque antes de mi nacimiento dedicó muchos años a ser un cuerpo en reposo por motivos de salud, me consta que durante mi niñez solía caminar mucho. Yo odiaba que me hiciera recorrer a pie el camino a casa cuando llegaba a ir por mí a la escuela.

Mi abuela fue un cuerpo en movimiento constante que insistía en cargarme la mochila; advertida por mi madre, no se lo permitía. Más que con música, la recuerdo entre los sonidos de la cocina, de las agujas de tejer, del carrito donde llevaba sus libros a vender en el Jardín de Arte.

A mi abuelo paterno, por otro lado, lo pienso limpiando su cuarto un fin de semana cualquiera mientras oye a Marco Antonio Solís, a Los Yonics o a Intocable; o bien cantando acompañado de su guitarra. Cuando niñas, mi prima solía pedirle que tocara para nosotras; en aquel entonces no me sabía ninguna de las canciones. Su padre era músico. Creo recordar que me contó que en su entierro tocaron “Canción mixteca”; (“y al verme tan solo y triste cual hoja al viento…”).

Mi otra abuela es de las que escuchan El Fonógrafo. Ella y varias de sus hermanas aún bailan en las fiestas y hablan de las canciones de sus años de juventud. Distingo entre mis archivos la foto de una fiesta donde mi papá baila salsa conmigo y con ella al mismo tiempo. No había reparado en la belleza que guarda esa imagen.

¿Por qué no he cantado y bailado más con ellos? La voz cantada de mi abuela materna sólo la recuerdo con las posadas “porque si me enfado, os voy a apalear…”.

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La distancia que ponemos entre generaciones está muy vinculada a la música. “Música de viejitos”, “canciones como de señora”, “música de chavorrucos”, “esta canción es de tus tiempos”. ¿Cuándo pasan “nuestros tiempos”? Cuando dejamos de reconocer las canciones de moda en la radio, quizá. O cuando todas las boy bands nos suenan iguales aunque todavía nos sepamos las canciones de High School Musical, así como el resto del repertorio Disney de aquella época sin confundir quién cantaba qué. O tal vez cuando vemos en las redes morbosos videos que muestran la evolución año por año de los grupos que nos encantaban y nos damos cuenta de cuánto han cambiado…, como también nosotros.

Se me ocurre que a veces el único lugar para reconciliar géneros, confesar gustos culposos o asumirnos señoras, chavorrucos o rocolas sin discriminación frente a los demás es el karaoke. Ahí cabemos todos. Nos compartimos unos con otros, movimiento y voz, por medio de nuestras canciones preferidas.

A propósito de la música Alejandra abrió un bello diálogo con los otros preguntando (y preguntándose) qué canciones creemos que nos seguirán conmoviendo cuando seamos ancianos. Plantea que esa música forma parte de “las previsiones para nuestra propia vejez” para “cuidar lo emocional y lo sensorial”. Por ello no me pareció extraño que en la mismísima presentación de Su cuerpo dejarán, autora y presentadoras cantaran sus canciones elegidas acompañadas por el público asistente que añadía aplausos y risas.

En efecto, nos cuidamos unos a otros reuniéndonos para bailar, yendo a conciertos, cantando juntos, recordando la música favorita de nuestros seres cercanos. Y ojalá que al pasar de los años recojamos más canciones, que la música permanezca ligada a nuestros recuerdos. Que en nuestro permanente envejecimientos, devengamos fonógrafos de las melodías de quienes amamos tanto como de las nuestras. Probablemente algún día lleguemos a necesitarlas.


[1] El ensayo está disponible para descarga en: http://kajanegra.com/su-cuerpo-dejaran/



Jimena Maralda (1994) Colaboradora en ChillonasMx. Repostera aficionada. Habla hasta por los codos y hace chistes malos que dan risa. Cree firmemente que otras formas [de pensar, hacer, amar, vivir] son posibles. Twitter: @JimPetite

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