por Miguel Carpio


Ella olía a champú de envase rojo y el chofer a cuero de pollo frito. Mi primera idea fue entablar conversación a partir del estuche que cargaba, aunque la primera opción de pregunta era demasiado estúpida: ¿tocas el violín? No, no, no puedes comenzar a hablarle así a una chica, no importa si toca el violín o no, pequeño engendro. ¿Entonces qué debía hacer? Pues pensar en algo más inteligente que decir, maldito estúpido. ¿Algo sobre su pelo? ¿Sobre el olor de su champú? No, eso sería demasiado enfermo. ¿Por qué enfermo? Ok, no necesariamente enfermo, pero sí raro. Eran más de las nueve de la noche y te había tocado ir al centro, entre un chofer que olía a cuero de pollo frito y una chica bonita que olía a champú de envase rojo. ¿Cuál era el siguiente paso? Hacer la mierda que hacías siempre: nada. Al menos nada que ella se diera cuenta. En tu cabeza comenzarías a inventar historias basándote en las cosas que ibas viendo de ella. El estuche, claro. Pero no sólo eso. Las uñas, cortas. Los dedos, largos. Sí, sí, como tú estabas seguro que tendrían las manos las violinistas. No sólo estabas seguro: lo sabías. Pero no podías mezclar su historia con las de las demás. Tenías que inventar algo nuevo, tu propia fantasía durante los próximos diez o doce minutos que durara el viaje desde esa esquina hasta el poste de luz que estaba frente a tu casa y donde tú siempre les decías a los choferes que te bajarías. ¿Y si ella se baja antes? Pues entonces tienes menos tiempo aún, miserable idiota. ¿Que si disfruto insultándote? Más o menos. A veces me canso y otras me aburro, pero de todas formas tú no pareces tener la más mínima intención de hacer algo al respecto, ¿no es así, pequeño engendro? Así que bueno, “tocas el violín” no es la mejor de las opciones. Algo un poco más interesante. ¿Prefieres Paganini o Sarasate? Tampoco; demasiado pretencioso. Por cierto, ¿es Sarasate o De Sarasate? Pues por qué no se lo preguntas a ella, pequeño bribón, seguramente ella lo sabe y apreciaría mucho el poder darle alguna utilidad a ese conocimiento tan interesante y exclusivo pero que nunca nadie le da la oportunidad de compartir. Porque seguramente sus amigos músicos también saben la respuesta y por eso ella no les puede enseñar la verdad. Y lo más probable es que a los demás no les interese un judío quemado si es Sarasate o De Sarasate (asumiendo, claro, que todos tengan al menos alguna remota idea sobre compositores españoles de la segunda mitad del siglo XIX). Pero tú sí la tienes y tú sí podrías hacerle esa pregunta. A ver, veamos:

—Hola, una pregunta, ¿de casualidad sabes si es Sarasate o De Sarasate?

No, no… Salió mal, demasiado mal. ¿Pero por qué? ¿Quieres terminar de ver cómo acabaría eso? Pues bueno:

—Hola, una pregunta, ¿de casualidad sabes si es Sarasate o De Sarasate?

—¿Disculpa? —ella te miraría nerviosa y a)tú te pondrías más nervioso y comenzarías a tartamudear frases idiotas mientras te sonrojas, o b)te quedarías sin decir nada y después ella fingiría ver su celular o, en el peor de los casos, no tendría reparos en bajarse lo antes posible, sin importar que eso involucrara el caminar más de diez calles cargando su estuche de violín porque el loco que estaba a su lado comenzó a hablarle de la nada sobre compositores españoles de la segunda mitad del siglo XIX (lo que no es del todo cierto porque en realidad tú solamente mencionaste a un solo compositor y no a varios; por cierto, ¿conoces a más compositores españoles de la segunda mitad del siglo XIX? Depende, ¿cuenta Turina? Creo que él es del siglo XX. ¿De Falla? También va por ahí. ¿Mompou? Menos, murió en el 87. Carajo. Entonces, no).  

Ok, entonces lo de Sarasate —o De Sarasate en caso de estar equivocados— no va. No entiendo cómo a otros se les hace tan fácil. No sólo hablar con chicas, sino hablar en general. A mí me cuesta pensar una maldita frase para iniciar una conversación. Y eso no es lo peor. ¿No? ¿Cómo? Que a veces después de pensar tu frasecita y articularla y armarla bien bonita, la dices y, pum, tu vocecita de ratón tímido no se escucha y entonces el otro, o la otra considerando el peor de los casos, te mira y te dice: ¿Perdón?, y ahí se te deshace el mojón y te sueltas un pedo con premio. Así que veamos lo que sucedería en ese caso.

— Hola, ¿de casualidad sabes si es Sarasate o De Sarasate?  

¿Por qué con esa pregunta? Ya habíamos dicho que esa pregunta no era la mejor opción. Sí, pero en realidad da igual, si no se escucha lo que dices el resultado es el mismo: ¿Perdón?; un maldito perdón que te va a hacer tartamudear otra vez y entonces todo se te va al diablo, ¿cierto? Porque nadie respeta a un tartamudo, a tal punto que hasta el maldito Dios tuvo que hacer truquitos de magia para que el faraón le prestara un poco de atención al metralleta de Moisés. Así que la cosa se complica porque ya no tienes que preocuparte solamente en pensar una buena frase, sino también en decirla lo suficientemente fuerte como para que no te pidan repetirla y, en el peor de los casos, que esté construida con palabras que puedas articular fácilmente para que no te termines trancando y haciendo muecas como un maldito retrasado que quiere estornudar antes de poder pronunciar una puta consonante como la j o la p, o en un mal día —como te ha pasado ya más de una vez— alguna vocal tan simple como la a o la u. Así que mejor piensa rápido en otra pregunta, que ya han pasado como cuatro o cinco minutos y, a veces, cuando hablamos demasiado, comienzas a mover los labios de manera extraña y los demás te miran raro. A ver, otra opción, algo más simple, no tan pretencioso como un compositor español pero tampoco tan estúpidamente evidente como preguntarle si toca el violín viendo que está cargando un estuche de violín. Pero, ¿cómo sabes que es de violín? ¿Cómo? Eso ya es demasiado estúpido. “Perdona, ¿eso es un violín? No, es una guitarra chiquitita”. Ni siquiera yo soy tan imbécil como para preguntar una pendejada así. Pero sí eres lo suficientemente imbécil como para pensar que yo te iba a sugerir que preguntes eso, ¿no? Maldito tartamudo maricón. ¿Entonces? Pues simple, ¿qué otra cosa podría llevar en ese estuche que no fuera un violín? (Y no me salgas con una respuesta pelotuda como si se tratara de una versión aún peor de El mariachi sólo que con un violín en lugar de una guitarra). Pues, una viola. Exacto, pendejo. ¿Cómo? No sabes si es un violín o una viola, ¿cierto? Pues no. Pero preguntar eso no es demasiado estúpido, ¿verdad? Pues… no, no lo es. Es más, incluso es conveniente porque hace ver que no soy lo suficientemente idiota como para preguntar si toca o no el violín (asumiendo que lo haga y descartando la improbable opción de que ande cargando, por ejemplo, el estuche de su hermanita o, pongámonos pesimistas, de su novio), pero que sí tengo la duda, razonable, de no estar seguro si se trata de un violín o de una viola. Al fin y al cabo, la diferencia de tamaño entre ambos no es taaan notoria. Y el tamaño en los estuches tampoco varía tanto. Exacto. Y no se pudo ocurrir antes, maldito retrasado-verga-chica. No jodas, sabes que mi verga no es chica. No, pero tampoco es grande. Es promedio. Sí, es probable. Pero en este caso eso importa poco si es que no eres capaz de hacerle la puta pregunta de una puta vez, porque dudo que a esta chica le interese saber el tamaño de tu verga si es que ni siquiera eres capaz de iniciar una miserable buena conversación. Bueno, entonces ahí voy…

— ¿De…?

¡Espera, pendejo!

— ¿Perdón?

¡Mierda, mierda, mierda! ¿Por qué me interrumpiste? Es que no definimos cómo comenzarías la pregunta, sí con un hola, o un de casualidad, como estabas a punto de hacer. ¡Idiota! ¿Y ahora qué demonios se supone que haga? Me está mirando y no sé qué diablos decirle. Perra suerte, ¿eh, verguita? Justo cuando no tenías que hablar, se te ocurre hablar fuerte. Perra suerte, maldito verguita. ¿Ahora qué le digo? Pues ya llamaste su atención y te sigue mirando con cara de cachorro curioso, así que mejor hazle la maldita pregunta de una vez, que preguntándole si es una viola o un violín no la vas a cagar más que quedándote callado.

— Nada… Sólo quería saber si tocabas la viola o el violín.

— Violín.

¿Y ahora? ¿Se supone que esa respuesta es buena o mala señal? Pues no sé, pero te sigue mirando y sonríe un poco. Maldita sea, ojalá el maldito auto se moviera más lento. Pero no lo hace, así que deja de perder el tiempo con tus presentes hipotéticos, que eso te hace más maricón y pelotudo. Bueno, la cosa no va mal; te respondió y te sonríe. ¿Será una sonrisa de cortesía? ¿Cómo saber cuando una chica te sonríe por cortesía o cuando la sonrisa es genuina? Pues no lo sé, pero si no dices algo rápido va a pensar que estás loco o eres retrasado, así que habla pija-encogida.

— ¿Y hace cuánto tocas?

¡Bravo! ¡Muy bien, muchachón! Pero ahora recién viene la parte difícil. En teoría ya tienes el camino abierto, ¿no?: ¿dónde aprendiste? ¿Por qué el violín? Yo también hacía algo de música, pero ya no… Pero con eso en realidad no estás diciendo nada. Falta poco más de seis minutos para que llegues a tu parada. Asumiendo que ella no se baje primero, claro. Ya tiraste el anzuelo y ella lo mordió; eso lo hace cualquiera, es más cuestión de suerte que de habilidad. Que el pez muerda no es difícil; el maldito tiene hambre y tú le ofreces un gusano gratis. Lo difícil es lo que viene después: jalar el anzuelo y asegurarte que el pez no lo suelte. Tienes que jalar con cuidado; si lo haces muy fuerte solamente le arrancarás un pedazo de labio y ya, se irá flotando y tú te quedarás con un gusano y un poco de labio de pez. Y, por el contrario, si no jalas lo suficientemente fuerte, el pez puede terminar por sacar la carnada y largarse feliz diciendo: Comida gratis; meneándote la cola y el culo en la cara. ¿Y a qué va todo eso? Simple: si no hablas rápido y con las palabras precisas, la pierdes. Tú te bajas —asumiendo que ella no se baje antes— y no habrás sido más que la charla agradable de vuelta a casa, algo tan pasajero y aburrido que ni siquiera llega a anécdota para distraerse cuando esté cagando y se le acabe la batería del celular. Pero, por otro lado, si vas demasiado rápido, la espantas y en vez de anécdota te conviertes en un feo recuerdo con un letrero de advertencia en la cara.  

— Hace seis años.   

— Entonces debes ser bastante buena.

— Más o menos, jeje.

¿Risa nerviosa? ¿Risa de aléjenme-de-este-maldito-depravado? ¿Risa coqueta? ¿Risa de cógeme-en-un-callejón-y-déjame-sobarte-las-pelotas-con-mi-lengua? No, idiota; la vida no es una maldita película porno. No importa, lo que importa es qué significó esa risa. Mierda, está sacando el monedero. Di algo, rápido, mequetrefe, vas a perder la oportunidad de tu vida de poder conocer a una chica bonita que, encima, toca el violín.

— ¿Te gusta Pablo Sarasate?

(Insertar emoticón con cara de: ¿Es en serio, pelotudo de mierda? En este espacio). Tú y tu maldita manía intelectualoide de asumir que todo el mundo es igual de ocioso y alienado como tú, maldito idiota. ¡Maldito idiota! Tenías por lo menos veinte opciones de preguntas interesantes por hacer, y se te ocurre salir con el maldito Pablo Sarasate.

— Pablo de Sarasate. No, no mucho. Bajo en la esquina, por favor.

Eso es, muchachón, saca el monedero y paga también. ¿Y si pago su pasaje? … ¿Es que eres idiota o tu jardinero te violó por la oreja cuando eras niño? No le pagas nada a una chica apenas la conoces. Ni siquiera los tragos en un bar. Eso nunca funciona. Cuando te aceptan es solamente porque se trata de un grupo de aprovechadas que quiere sacar ventaja de tu arrechura y nada más. Ahora paga y repite lo que ella dijo al final. Sí, sí, eso te da más oportunidad. Al menos un poco. Una última chance. Y más te vale conseguir algo, bastardo, que si no tendrás que caminar diez minutos extras y todo por nada.

— También vives por acá, ¿eh?

Realmente no sé por qué creí en algún momento que lo podríamos lograr, pequeño engendro tartamudo. Eso es todo, lo último que podías decir. Acabas de tirar tu última carta, y es la maldita tarjeta de instrucciones del juego. Sí, yo lo sé, pero. ¿Pero qué? Pero no sabía qué más decir. Ya entendí, lo de Sarasate no va, pero de todas formas tenía que intentar hacer algo, ¿o no? Hay como veinte cosas que hubiera podido decir y que hubieran sido peores. Eso no te lo discuto, campeón. Siempre se puede estar peor. Pero el punto no es ponerse filosófico, sino tratar de conseguir una maldita conversación medianamente decente con una chica bonita a la que acabas de conocer. ¿Y ahora? No lo sé. ¿Qué se supone que viene? Pues conociendo a las mujeres y viendo la clase de tipo que eres, lo más probable es que recibas una afirmación cortés y una despedida cordial y desesperada. ¿Como la clase de tipo que soy? Mira, colega, es hora de volver a ser completamente honestos y decir las cosas como son. Para que un chico atraiga a una chica tiene que tener algo. Un anzuelo. Lo más usual para que el pez muerda rápido es que seas un chico lindo. Ya sabes, alto, cara de muñeca, ojos de un color claro, un buen peinado y mejor si tienes el cuerpo de Max Steel. Ése es el gancho más usual, claro, pero no el único. Otro que también funciona es el de la personalidad. Ese carisma que tienen algunos para no caer bien solamente a las chicas, sino a todos. Es como un perfume. Aunque no sepas qué es, es agradable y hace que todos quieran acercarse a oler qué es. Cuando eso no se tiene y se finge para conocer chicas, entonces uno se vuelve pestilente. Ya no es un perfume, es un desodorante barato aplicado en exceso. Ésos son los dos anzuelos más comunes. Pero tú no tienes ninguno. No eres feo, no se trata de bajonearte. Pero tampoco eres lindo. O bonito. O nada. Simplemente eres. ¿Cómo soy? Eres. Eres un chico. No eres el chico de: Ay, qué lindo, míralo, ni el de: Pfff, a ése sólo lo beso drogada. Eres un chico-mueble. El tipo de chico que una chica no mira dos veces. El tipo de chico que no tiene ninguna frase para etiquetarlo, justamente porque las chicas nunca dicen nada de él. Y en personalidad te pasa más o menos lo mismo. No eres de los que agarran conversación y pueden hacer que hasta el crecimiento del cactus suene interesante. Y tampoco eres de los que apenas abren la boca los demás le quieren meter un cañón de escopeta y apretar el gatillo. Eres de los que son agradables cuando los llegas a conocer. Ahora bien, eso te podrá funcionar a veces, cuando tienes meses de tiempo y suceden raras coincidencias para que conozcas a la chica. Pero no en estos casos. ¿Y yo qué clase de tipo soy en estos casos? Jeje, engendro, es que los tipos como tú nunca están en estos casos. No es su clase de escenas, no entran en el guion. Así que ahora serás un simple momento extraño y nada más. Ni siquiera llegarás a ser anécdota. De ningún tipo, ni buena ni mala. Mierda. Sí, lo sé. Es que a veces odio ser… No, no, no. Calla, primate melodramático. Nada de autocompasión. Eres lo que eres y la verdad hasta ahora no te ha ido mal con eso. Es decir, realmente mal. No eres virgen y has conseguido un par de buenas historias para contar. Probablemente ésta no llegue a serlo, pero no importa. ¿Así que eso es todo? Pues sí. Aparentemente. Tal vez pueda tratar de ser otro, aunque sea sólo para que esto no termine tan mal. Otros pueden hacerlo, y tal vez les sale mal, pero, como dijiste, no estoy completamente mal. Tonto no soy, tal vez haya algo más por hacer. Mmm… ¿Qué? Querido, estás hablando conmigo en tu maldita cabeza. Ni siquiera los tipos que fingen hacen eso. Ellos simplemente actúan, no hacen… esto, lo que sea que estas conversaciones nuestras sean. Ya te dije, tú eres un chico… un chico-mueble. La gente sabe que estás ahí pero realmente no se da cuenta, ¿entiendes? Como la alacena en una casa. Sabes que está ahí, pero nunca vas a preguntar dónde está. Así que, desde el fondo de mi corazón, te digo que lo siento pero creo que ya es hora de que te vayas despidiendo de la idea de que algo pueda pasar a partir de tu pequeño experimento social con esta chica. En todo caso puedes estar tranquilo sabiendo que tu gusto en mujeres sigue siendo bastante bueno, ¿eh? Sí, como si eso sirviera de algo.

— Sí, a la vuelta. ¿Por dónde vives tú?

¿Y eso? Pues no lo sé. Más cordialidad de la usual, supongo. Vamos, que no todas las chicas son igual de alzadas como para despedirse con un monosílabo. O tal vez es una de esas sádicas con la cabeza medio revuelta que solamente te quiere hacer sufrir un poco. Hay gente que simplemente ama el dolor, ¿sabes? Sí, sí, algo parecido a: Hay hombres que sólo quieren ver el mundo arder.

— Yo… Un poco más allá. Es que tenía que comprar algo de… aquella tienda, pero creo que ya está cerrada.

— ¿De ésa? Sí, por lo general cierran temprano. Por eso yo casi siempre voy a la que está a dos cuadras hacia allá. Abren hasta tarde y tienen casi todo.

— Sí, sí, yo también voy a ésa. Cuando ésta está cerrada, claro. Como ahora.

Ya, ya, párala campeón. Te estás batiendo, eso lo tengo que reconocer. No vas a caer rindiéndote, está bien. Tal vez hasta consigas un empate. ¿Ves? Es el tipo de chico que eres. No vas a ganar, pero tampoco perder. Todavía no llegarás a nada, ni siquiera anécdota, pero por lo menos te podrás quedar en un tipo agradable que vive cerca.

— Bueno, ya me tengo que ir, así que… Buenas noches.

¡Uy, galán! Se acercó para despedirse con beso en la mejilla. Nada mal, ¿eh? Sobre todo para un chico-mueble como tú. Bien, bien, tuviste suerte. Una chica muy educada y amable. Imagínate cómo sería si realmente pudieras estar con ella. Ya sabes, no sólo la parte sexual, en la que seguramente también es una bomba. No, no es que sea un misógino machista que sólo cosifica a las mujeres, no. Pero la verdad es que no puedes negar que si llevara algo que enseñara un poco más, te gustaría lo que verías.

— Sí, chau… Oye, mira.

¿Qué haces? No, no, no. ¿Qué le dirás? ¿Ah, sí, quiero retar a la voz que habla en mi cabeza así que quiero pedirte que salgas conmigo? No, no. Por tu propio bien, te lo digo, cierra el pico. Aborta misión, campeón, no dejes que la ambición sea el motivo de tu caída. ¿Acaso no viste Scarface? El mundo no es tuyo, amiguito, y jamás lo será.

— Dime.

— No sé si te interesa, pero tengo algunas partituras para violín. Para violín y piano, en realidad. Y no sé si te interesarían. Las partituras. Las tengo ahí tiradas y quizás te puedan servir más a ti que a mí.

— ¿Tú también tocas?  

— Tocaba. Piano.

— ¿Y por qué ya no?

¿La vas a aburrir con tu patética historia de falta de empeño y tu constante tendencia a hacerte a un lado apenas ves un poco de nubarrones en el cielo?

— El tiempo ya no me daba y… Es una larga historia.

Mentira. Es una historia de mierda que resume a cinco palabras. Eres-un-tipo-sin-bolas. 

— Pues qué mal.

Se oye tan tierna cuando es condescendiente. Lástima que no podrás conocer su verdadero lado amable, engendro insolente.

— Sí, bueno… Sólo si te interesa, claro. Si no…

— Te hago un trato. Acepto las partituras si aceptas tocarlas conmigo. Dijiste que son para violín y piano, ¿verdad? Pues bueno, como vivimos cerca y yo necesito practicar un poco más y tú volver a tocar, podemos ayudarnos mutuamente.

¡Pero qué bonita sonrisa! Ey, tengo que reconocer que esta vez tuviste un gusto impecable. Y eso que ni siquiera la viste bien al principio. Sólo te guiaste por el olor de su champú. Tiene lindos ojos, ¿eh? Y, extrañamente, el arete no se le ve tan mal en la nariz. Nunca te gustaron los fierros en la cara, pero a ella sí que le funciona, ¿no? Se ve bastante linda cuando se entusiasma con alguna idea, al parecer. Imagínate qué tan linda se ve cuando un chico realmente le gusta y le propone que le chupe la pija en el… ¡Cállate de una puta vez y déjame en paz!

— ¿Sí, no, es que yo no toco hace tiempo pero… ¿Sabes qué? Me parece bien. ¿Mañana estás libre en la mañana? Puedo venir a dejártelas, ahora que sé dónde vives.

— ¡Genial! Sí, mañana en la mañana puedo. De todas formas… Éste es mi número, así que te aviso para quedar bien la hora, ¿te parece?

— Claro. Gracias. Y… perdón. Perdón por la molestia.

— ¿Cuál molestia? Más bien un gusto conocerte. Entonces nos vemos mañana. Ah, por cierto, ¿cómo te llamas? Yo soy…

Intercambien nombres, sí, sí. Sabes que esto no significa nada, bebé llorón. No seas ingenuo. Ése es tu problema; cada vez que una chica es amable contigo crees que le interesas. No, amiguito, no seas cruel contigo. No le interesas. No tienes nada para interesarle a nadie. No lo olvides, eres un chico-mueble. Sí, has conseguido algunas cosas, pero hasta un reloj sin pilas da la hora dos veces al día, ¿no? No le interesas, te lo digo en serio. Saca esas ilusiones tontas de tu cabecita redonda de naranja. Sólo lograrás que te duela más, y lo sabes. ¿Que me duela más cuándo? Cuando descubras que no le interesas. Velo de esta manera, como dicen en las películas: está fuera de tu alcance. Vamos, ten un poco de amor propio y reacciona de una vez.

— Bueno, encantada de conocerte. Ahora sí me debo ir antes que mis papás se preocupen. Entonces te hablo mañana. ¡Chau!

— ¡Chau! Igual encantado de conocerte.

Tienes que reconocer que ese último beso en la mejilla fue distinto al primero. El primero sí fue por cortesía, lo acepto, pero este último… ¿Qué? ¿Este último qué? ¿Ahora en serio crees que le atraes en alguna forma solamente porque te pidió tu número y te pidió tocar esas estúpidas canciones contigo? Te lo digo, amigo, por tu propio bien. Acepta lo que eres y nunca aspires a más. Eres un chico-mueble; el tipo de chico que no atrae a una chica desde un principio, sino el tipo de chico con el que la chica se conforma cuando ve que no podrá conseguir lo que quiere con el que de verdad le interesa. Cállate. No sabemos lo que podrá pasar. Oh, yo sí lo sé, campeón. Y créeme, es sólo cuestión de tiempo.



Miguel Carpio M. (1993) nació en la ciudad de Oruro. Es autor de los poemarios Bulbo raquídeo (editorial 3600) y Jazzologías (editorial 3600, Premio Pablo Neruda). Finalista del XLIII Concurso Municipal de Literatura Franz Tamayo con el cuento La vaca, publicó poemas y relatos en las revistas Letralia (Venezuela), Cuaderno (Chile) y Marabunta (México). Fue invitado como expositor del evento TEDxUMSA.

Arte: Amiran Parkosadze

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