por Jair G. Márquez


¿Poseeré la suficiente música dentro de mí como para no desaparecer jamás? Hay adagios tras los que no puede uno ya pudrirse.
-E. Cioran

Nada representa el rostro y el ritmo del “divino laberinto de las causas y de los efectos” como la música. Porque música hay en tiroteo redoblado de la lluvia, en el susurro del follaje de los arbustos y los árboles empujados y acariciados por el viento; sale de los cascos de las grandes manadas cuando hieren multitudinariamente las estepas, las praderas y las llanuras; provoca la oscilación sincopada del océano, y vuelve posible el graznido del empíreo albatros que lo sobrevuela. Su poder, inigualable, se intuye desde el mito: es la lira de Orfeo domando a los animales, o la de Anfión conduciendo por el aire las piedras que edificarían los muros tebanos; es el concierto de Ilúvatar y los Ainur con el que crean el mundo, o el canto de las sirenas que embelesa los oídos de los hombres.

Se sabe que Borges distaba de ser un melómano, mas eso no le impedía disfrutar la música como ser humano. Aparte de Brahms, sus preferencias eran la milonga (como se puede apreciar en sus primeros poemas), el blues y el tango, pero sólo el de la vieja escuela, antes de que Gardel, según él, lo volviera “llorón”.[1] Sin embargo, la cuestión del gusto por la música se torna irrelevante ante las propiedades metafísicas que Borges logró ver en ella, y que plasmó en la frase que corona su «Otro poema de los dones»: «Por la música, misteriosa forma del tiempo».

Unos versos del poema “Alguien sueña” de Borges nos proporciona una clave para la interpretación de la frase anterior: “¿Qué habrá soñado el Tiempo hasta ahora, que es, como todos los ahoras, el ápice? / Ha soñado la música, que puede prescindir del espacio.”[2]

Parecería una obviedad señalar el carácter etéreo de la música. Ya Schopenhauer, uno de los autores predilectos de Borges, había señalado alguna vez que la música “se percibe sola y exclusivamente en y a través del tiempo, con completa exclusión del espacio”.[3] De este modo fue como el Tiempo engendró a la Música.

No es ocioso retomar una idea hermética que Borges también consideró en su pensamiento, aquella que dicta que las mínimas cosas del Universo pueden ser espejo de las mayores. Hay una infinitud compartida entre el creador y su obra, y de este modo la música se encuentra en el mismo plano ontológico que el tiempo: es tanto como él, es una forma misteriosa de él.

Resulta curioso que Borges no conciba a la música como un más allá del tiempo, sino como una forma de éste. Ilusión humana es que la música triunfe sobre el tiempo, ilusión que Borges parece comprender y suavizar: la música es una forma misteriosa del tiempo. Lo que nos llevaría a preguntarnos sobre la cualidad de ese adjetivo, valga la redundancia, y sus efectos en el tiempo.

La música, como lenguaje no verbal, organiza su material según una trama esencialmente temporal mediante la cual se va creando a sí misma. Se trata del ritmo como ente creador, que Maldiney vislumbraba al decir que el pasaje del caos al orden se produce a través de movimientos rítmicos.[4] Debido a la importancia del ritmo, podría decirse que la música es el arte del tiempo por excelencia. Edgar Willems cita a algunos autores que se refieren a un tiempo específicamente musical. Para Adholphe Appia, el músico crea un tiempo ficticio contenido en el tiempo normal, pero estéticamente independiente, que puede fijar definitivamente gracias a su poder casi milagroso (talento).[5] Y según Willems, la musicóloga francesa Gisèle Brelet “atribuye ‘un valor metafísico al tiempo musical inmanente a la música; éste es una revelación del ‘tiempo ontológico’, de manera que el método de la inmanencia parece tener como resultado una metafísica, metafísica del tiempo musical que es la encarnación de la esencia del tiempo, a la vez inmanente y trascendente a la música…”.[6] 

De este modo, podría afirmarse que la música crea su propio tiempo.  Como un primer acercamiento a la idea de la música en Borges, cabe mencionar aquel fragmento del poema “Mateo XXV, 30”, contenido en El otro, el mismo:

…Sombra que olvida, atareados espejos que multiplican,
Declives de la música, la más dócil de las formas del tiempo,
Fronteras del Brasil y del Uruguay, caballos y mañanas…[7]

No es que la música se desarrolle en el tiempo. La música contiene el tiempo. Produce la sensación del tiempo y lo moldea (se moldea) a su antojo, sin mucho esfuerzo, gracias a su docilidad, hasta el punto de volverlo (volverse) audible. Quizás el más claro ejemplo de la música como forma dócil del tiempo se encuentra en la misma literatura argentina, muy cerca de Borges. Me refiero al cuento “El Perseguidor” de Julio Cortázar: para Johnny, el protagonista, la música «ocurre» fuera del tiempo y le permite vivir un cuarto de hora mientras en el mundo de afuera sólo pasaba un minuto y medio. La música es esa «elasticidad retardada» que le permitía decir: «Esto lo estoy tocando mañana. Esto ya lo toqué mañana».[8] De esta manera, la música juega con la elasticidad del tiempo, de maneras tan misteriosas que no se podría dar cuenta de todos sus efectos en él, de todas las formas de su labor prestidigitadora sobre él.

Para una primera interpretación de los artificios anteriores, podría afirmarse que la música es misteriosa forma del tiempo porque emula la eternidad. Borges se quejó del carácter irreversible del tiempo, del tiempo que todo lo quita, y pretendió reivindicar la eternidad para conjurarle. En “Historia de la eternidad” dirá: “El estilo del deseo es la eternidad”[9].  La prolongación del instante, la duración interminable son vistas como deseables.

Me gustaría compartir lo que opina Cioran, autor contemporáneo de Borges y como él, pensador repleto de obsesiones, entre las que se encuentra la música:

El estado musical no es una ilusión porque ninguna ilusión puede dar ni certitud de una tal magnitud, ni sensación orgánica de absoluto, de vívido incomparable, significativo por sí mismo y expresivo en su esencia. En esos instantes, cuando resonamos en el espacio y el espacio resuena en nosotros, en esos momentos de torrente sonoro, de posesión integral del mundo, sólo puedo preguntarme por qué no soy el universo.[10]

En resumen, la música nos coloca ante esta paradoja: la eternidad vislumbrada en el tiempo. Se trata de un presente absoluto, sin antes ni después, que puede jugar como mención de la eternidad. Es, en efecto, el absoluto captado en el tiempo, pero incapaz de permanecer en él, un contacto a la vez supremo y fugitivo. Para que permaneciera, requeriría una emoción ininterrumpida.

En esta primera interpretación, para Borges la música es un antídoto para la irreversibilidad y fugacidad del tiempo. Al menos en el instante en el que dura, la eternidad se hace posible. No es este el único don de la música. Cabe mencionar otra función que será más provechosa para Borges, apenas vislumbrada en el bello ensayo de Julián Serna Arango: Borges y el tiempo. Dice el autor que las quejas de Borges contra el tiempo no se acaban en la irreversibilidad. Más grave será para él sería la condición unidireccional del tiempo, en el sentido de que infinitas cosas dejan de ser, se sacrifican, para que otras pocas sean.[11]

Posteriormente el autor ejemplifica este sentimiento de nostalgia ante lo que no fue en un fragmento de “Elegía del recuerdo imposible”, en La moneda de hierro, que evoca aquel otro verso del poema de los dones, “Por el valor de los otros”:

Que no daría yo por la memoria
De haber combatido en Cepeda
Y de haber visto a Estanislao del Campo
Saludando la primer bala
Con la alegría del coraje…[12]

Es en este punto donde cobra relevancia la función de la música como forma ignota del tiempo. Le otorga existencia a aquellas cosas que no fueron, a todas las armas que el poeta no empuñó, a todo el valor del que careció. Su poder evocador es tal que transmite a las fibras sensibles del ser la sensación de nuevas realidades, ya sea espaciales o temporales. El tiempo representado musicalmente implicaría, de acuerdo con Bergson, una multiplicidad no aritmética, no asimilable a lo mismo, multiplicidad no intercambiable. Se trata de una sucesión de diversidades que en la representación pueden reunirse —en un presente en que refluye el pasado— bajo una organización análoga a la musical, es decir, análoga a la percepción de la música, en la que el sonido es regurgitado en el presente del oído, reflujo por el que el espíritu retorna al estado original del presente de lo sucedido.[13]

 Borges es consciente de esto en su poema “Música griega”:

Mientras dure esta música,
 seremos dignos del amor de Helena de Troya.
Mientras dure esta música,
seremos dignos de haber muerto en Arbela.
Mientras dure esta música, creeremos en el libre albedrío,
esa ilusión de cada instante…[14]

Mientras dure esa música, lo imposible se torna posible. Es, como diría Sloterdijk, parte de un sistema de defensa contra el mundo infeccioso, un arte benévolo que nos transporta de las horas descoloridas a un mundo mejor[15], y yo agregaría que también a otro tiempo, ya sea pretérito, como el de la nostalgia, o imaginado, como el que concierne a la esperanza. Permite, por un instante, gozar de aquello de lo que no fue ni será. Como un arreglo del presente en el cual resuenan otros tiempos, otras realidades.

El tiempo musical es, pues, un conjunto de diversos tiempos vividos en la música como pueden ser vividos, en grados diferentes, de tal manera que dan la sensación de alejarse del tiempo cronológico. Se ha insistido mucho, y con razón, sobre el valor del tiempo en la música, y si se puede decir que la música es un arte del tiempo, es porque, por medio de la conjunción de ritmo, melodía y armonía, logra desprenderse de las limitaciones de la temporalidad y da la sensación de superarla: la música no está en el tiempo, pero el tiempo sí en la música.

El carácter de la música como “misteriosa forma del tiempo” implica ignorar el cauce de su prestidigitación: ¿emulará ésta la eternidad, o acaso transportará al escucha hacia otros tiempos pretéritos, futuros o improbables? Por otra parte, si se concibe la cualidad específica del tiempo musical como algo más allá del ser humano, también se podría concebir un tiempo poético, como ya lo hizo Gaston Bachelard en su momento.[16]

Pero Borges, que logró aprehender la esencia de la música, llegó a interrogarse acerca del valor y sentido de la palabra frente a la posibilidad expresiva de la música. Y si él logra agradecerle a aquella, es en gran parte por esta potencia musical de la poesía.  La importancia que cobra esta visión musical de la poesía en la creación literaria de Borges se refleja determinantemente en el “Otro poema de los dones”. Qué mejor manera de rematar una composición poética formidable, que con un agradecimiento a esa música sin la cual no sería posible la poesía. Y, al dar gracias por la existencia de ese delirar sonoro, también lo está haciendo por la poesía, esa “música verbal” a la que hace referencia unos versos más arriba en el mismo poema. Si en Borges todo deviene literatura, ¿por qué no habría de suceder lo mismo con la música?


Bibliografía:

Bergson, Henri., Ensayo sobre los datos inmediatos de la conciencia. Madrid: Francisco Beltrán, 1929. p. 85.

Borges, Jorge Luis. Obras completas. II. Barcelona: Emecé, 1986.

________________. Historia de la eternidad. En Obras completas. Buenos Aires: Emecé, 1989-1996. v. 1, p. 365

Brelet, Gisèle, Estética y creación musical . Buenos Aires: Hachette, 1947.

Cioran, E. M. Ese maldito yo. Trad. de Rafael Panizo. México: Tusques, 2010.

González Rodríguez, Roberto. “Borges inédito vs el «tango llorón»”, en https://www.letraslibres.com/mexico/libros/borges-inedito-vs-el-tango-lloron Consultado el 14 de marzo de 2019.

Morgan, Robert P. “Tiempo musical / Espacio musical”, en  Quodlibet. Revista de Especialización Musical nº 28, febrero 2004. Versión online en: http://zztt.org/lmc2_files/Morgan_Tiempo_musical_Espacio_musical.pdf Consultado el 6 de diciembre de 2011

Serna Arango, Julián. “Borges y el tiempo”, en Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid, Nº. 23, marzo-junio 2003.
http://www.ucm.es/info/especulo/numero23/boserna.html Consultado el 6 de diciembre de 2011

Sloterdijk, Peter .Extrañamiento del mundo. Valencia: Pre-Textos, 1998.

Willems, Edgar. Movimiento, tiempo, espacio. El ritmo musical. Trad. Violeta Hemsy de Gainza. El ritmo musical. Eudeba: Buenos Aires, 1993.


Notas

[1] Véase Roberto González, “Borges inédito vs el «tango llorón»”, en https://www.letraslibres.com/mexico/libros/borges-inedito-vs-el-tango-lloron

[2] Jorge Luis Borges, Obras completas, p. 65

[3] Citado por Robert P. Morgan, “Tiempo musical/espacio musical”, en Quodlibet. Revista de Especialización Musical nº 28, ¶ 1.

[4] Véase Henri Maldiney,  “L’Esthétique des rythmes” (1967) en Regard, parole, espace. Paris: Cerf, 2013, p. 201-230.

[5] Edgar WIllems, Movimiento, tiempo, espacio. El ritmo musical., p. 199

[6] Edgar Willems, op. cit., p.200

[7] Jorge Luis Borges,. Obras completas. p. 252

[8] Vid. Julio Cortázar, “El Perseguidor”, en Las armas secretas.

[9] Jorge Luis Borges. Historia de la eternidad, p. 365.

[10] Cioran, Ese maldito yo, p. 78

[11] Julián Serna Arango, “Borges y el tiempo”, en Espéculo, versión online. ¶ 19.

[12] Citado por Julián Serna Arango, op. cit., ¶ 20

[13] Bergson, Ensayo sobre los datos inmediatos de la conciencia, p. 85.

[14] Borges, Obras completas. V. II. p. 142

[15] Peter Sloterdijk. Extrañamiento del mundo, p. 290

[16] Véase La intuición del instante y Poética de la ensoñación, del autor referido.



Jair G. Márquez (1989). Melómano, lumpen ontológico y escritor indigente: no ha publicado nada y tampoco le importa demasiado. Egresó de Letras Hispánicas en CU y actualmente estudia alguna oscura maestría sólo para poder ser llamado propiamente “maestro”. Desde que usa lentes, se regocija viendo la podredumbre humana en Full HD.

Ilustración de Willem Haenraets.

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