Según fuentes altamente científicas que encontramos en Google, las hormigas son incapaces de escuchar sonidos. Sin embargo, aquí en Marabunta nunca hemos sido mucho de seguir las reglas, por lo que nuestras hormigas esclavas desarrollaron un método de apreciación auditiva usando las vibraciones de unos alambres de cobre que pegamos con baba al techo de nuestro hormiguero.

De estas investigaciones hemos concluido que la especie humana tiene un apego bastante raro hacia ese ruido segmentado llamado «música». ¿Cuando se enamoran del novio? Música. ¿Cuando el novio se fuga con una vecina? Música. ¿Cuando esa vecina sale embarazada y se arruina la vida de todos? «Billy Jean» (creo). ¿Y acaso algo une más a los católicos y a los satanistas que su gusto por la música de coro y órgano con letras en latín? Bueno, quizá las túnicas largas, pero la música seguro queda en segundo lugar.

La música funciona para una gran parte de la humanidad como un depósito de emociones e ideas, al grado que ciertos instrumentos o secuencias de notas son inmediatamente relacionables con algo, ya sea un recuerdo personal o una memoria colectiva, como la tragedia o la marcha nupcial. La simbiosis entre el humano y la música llega a tal grado que si uno es incapaz de reconocer patrones musicales, el Estado manda un doctor a tu casa y te diagnostica con amusia. (Los doctores sí funcionan así, ¿verdad? Nuestras hormigas todavía no terminan de investigar la sociedad humana…).

Así pues, decidimos dedicarle este número al tema de la música. Esperábamos que sus contribuciones nos explicaran algunas lagunas en nuestro conocimiento, como la diferencia entre fugata y fuga, o la extraña adoración de los millenials blancos y progres por el «reggaeton viejito». Tristemente, nos quedaron mal ahí, pero las entradas elegidas sí nos han revelado nuevas perspectivas para pensar lo sonoro, desde una consideración de Bach en Elias Canetti hasta la revaloración de las estaciones de radio que escuchan los viejitos, pasando por varias historias de muerte, desamor y desastres naturales aderezadas con notas de Pink Floyd y Guns n’ Roses.

La Marabunta espera que disfruten del número. Y si no lo disfrutan, pues ya es su problema: por más que nos griten, lo único que escucharemos serán unas pequeñas vibraciones molestas encima de nuestro hormiguero.

Arte de Daniela Oliveros. Síguela en Instagram.

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