por Alejandra Zaragoza Serrano


Era el día de mi décimo cumpleaños cuando mi hermano se suicidó. Al despertar, como cada mañana cuando era fin de semana, mi madre nos llamó a todos desde la cocina para desayunar. Bajé casi de inmediato, todavía en pijama; mi padre y mi madre ya estaban sentados en la mesa. Siempre era nuestra costumbre esperar a que todos estuviéramos en la cocina para comenzar a comer, pero ese día mi padre se adelantó antes de que llegáramos mi hermano y yo.

—María, sube a hablarle a tu hermano —me dijo mi madre mientras observaba a mi padre ingerir un pedazo de pan con ojos de desaprobación.

Subí la escalera, aunque todavía estaba adormilada; la habitación de mi hermano se encontraba al fondo del pasillo del segundo piso. Caminé hasta allí y di unos golpecitos a la puerta mientras le hablaba con una voz medianamente modulada pero que fue cambiando y tornándose más agresiva al continuar sin obtener una respuesta de su parte.

—¡Javier, Javier, ya baja a desayunar, te estamos esperando! —no obtuve ninguna respuesta. Javier continuaba sin responder.

Sentí una pequeña sacudida de odio en mi interior al ver que no contestaba, giré el pomo de la puerta casi con la seguridad de que tenía el seguro puesto, pero para mi sorpresa no lo tenía; me la pensé unos segundos antes de girar completamente el pomo puesto que no quería invadir su privacidad. Por fin decidí girarlo de golpe. Varias vigas atravesaban el techo de su habitación, en una de ellas había una cuerda atada: él pendía de ella.

Quedé pasmada; sólo recuerdo la sensación de mi piel enfriándose rápidamente y un grito sórdido de mi madre que todavía siento retumbar en mi estómago.      

No dejó ninguna carta para nosotros, ningún indicio de los motivos que lo llevaron a tomar aquella decisión, sólo pudimos encontrar una carta en la que su novia, con la que llevaba cinco años, le anunciaba que nunca regresaría del país al que se había ido a estudiar hacía unos meses; le decía que su nuevo mundo era interesante y que estaba harta de su mediocridad y estrechez de miras. Mis padres atribuyeron el suicidio de mi hermano a aquella mujer, a esa carta, pero yo sé que no, mi hermano no se suicidó por eso o, mejor dicho, no se suicidó únicamente por eso.

Mis padres nunca pudieron entender que el alma melancólica de su hijo hacía mucho que se había entregado a la muerte. Que no, no eran cosas de la juventud, como lo dicen las personas para no tener que ahondar en el sufrimiento ajeno; son cosas que apenas algunas personas podrán entender, porque no todas tienen la mala suerte de aquella sensibilidad aguda, es decir, aquella incapacidad de sobrellevar la vida.

Mi hermano se suicidó; yo quede vacía. Me refugié en los libros que encontré en su habitación, entraba por las noches y los leía con una pequeña lamparita. Revisaba sus cajones, y pensaba en lo que leía, sentía que todo lo que habitaba en esos libros y los objetos que había en aquel cuarto estaban estrechamente vinculados. Recordaba su sonrisa tímida detrás de sus largos cabellos, su piel blanca como el papel, nuestras largas charlas sobre su novia, sobre la escuela, la música que me mostraba, las tardes que parecían interminables cuando mirábamos películas en la sala y mi madre nos llevaba palomitas, y después lo recordaba como lo vi la última vez, pendiendo de aquella cuerda; entonces el dolor taladraba mi pecho y las lágrimas salían a borbotones de mis ojos, y no fenecían hasta el amanecer, cuando mis ojos enmudecían de cansancio, y me entregaba al plácido sueño que me hacía no recordar la realidad.

Los años pasaron, y yo seguía escuchando su música tenue, su voz trémula y bajita, recordando sus largos cabellos detrás de los cuales muchas veces escondía su rostro tímido y frágil.

A mis trece años yo estaba envenenada, lo único que brotaba de mi ser en dosis de veneno, mi confrontación con mis compañeros y maestros de la escuela era pésima y cada día empeoraba un poco más, pero yo ni siquiera hacía el intento por mejorar esto, a pesar de mirar la preocupación que mis padres tenían por mí, sólo podía sentir una terrible angustia en mi interior, como si la visión de mi hermano muerto hubiera invadido mi interior, como si todo su ser se hubiera instaurado en mí, sentía un terrible peso, dolor en los huesos, cansancio, ganas de no ver a nadie.

En aquel tiempo fue cuando comenzaron los sueños con mi hermano. Soñaba que llegaba en un coche verde a la escuela, y me decía que subiera en él, yo lo abrazaba fuerte y sentía que todo en mi interior se reacomodaba, ya no había peso ni desasosiego, y mientras conducía me explicaba que se tuvo que ir de este mundo, que no podía quedarse ni un minuto más, que su intención nunca había sido dañarme y que me extrañaba mucho, que lo perdonara. Recorríamos todo el pueblo en aquel coche, hasta que llegábamos a un callejón solitario, después el sueño se convertía en algo totalmente incoherente y sin sentido. Una de las paredes de aquel callejón se abría dando paso a lo que parecía ser otra dimensión. Mi hermano y yo entrabamos en aquella pared y recorríamos otro pueblo, que parecía ser el misma que habíamos dejado atrás, salvo por algunas nimiedades que se revelaban al explorarlo. Casi siempre íbamos a un café de aquel extraño lugar, solíamos recorrer los bosques, o mirar el pueblo entero desde lo alto de la montaña. Era una zona despoblada, las personas que recuerdo haber visto eran apenas sombras sin cara. Recorríamos a pie el bosque que se encontraba a pocos kilómetros del pueblo, y él me hablaba de la vida en aquel lugar.

—Al principio no es fácil, ¿sabes? —me decía—, adaptarse a este lugar, pero terminas por acostumbrarte.

Caminábamos durante mucho tiempo, a veces en silencio, a veces hablando de sus discos, de sus libros que continuaban en su habitación, desde el día que él murió. Yo le podía seguir el hilo de aquellas charlas, puesto que desde su muerte, había dedicado mis tiempos libres a leer y releer sus libros y a escuchar sus discos. Me sinceré con él, le dije que leí sus diarios, los que se encontraban escondidos detrás de los ladrillos. El primer día que se lo dije pareció muy consternado, sus ojos reflejaron preocupación.

 —Descuida —le dije— mis papas no saben de su existencia.

—El aire que respiro en este lugar es distinto al que se respira en el mundo de los vivos —continuaba contándome—, aquí se puede ser libre, aquí no hay pasado, ni futuro, sólo un continuo y sosegado transcurrir del tiempo, ni siquiera se siente su discurrir, se siente casi como si te castraran, no hay deseos propios, ¡pero ten cuidado! —me decía—, no vayas a pensar que todo esto es real, no vayas a pensar que realmente hablas conmigo.

Nos mirábamos y nos abrazábamos en medio del bosque, con aquel clima frío y aquellas tardes nubladas, en ese lugar en el que parecía que nunca salía el sol. Volvía en mí a las seis de la mañana, cuando el despertador sonaba, entonces subíamos de nuevo a su coche verde, y yo despertaba en mi habitación.

Todo un año mi hermano me visitó en aquellos sueños, de los cuales yo volvía sintiéndome más muerta, como si el peso del mundo me cayera sobre la espalda. Él nunca me habló de ella, de la mujer por la cual se mató, nunca me explicó si fue por ella, pero ahora sé que ella sólo fue la gota que desbordó el vaso.

Aun cuando mi hermano ya no volvió en mis sueños, yo seguí volviendo a él, a su habitación, a sus diarios, a leer su prosa y sus pensamientos confusos que ya no me costaba trabajo entender, que era como si yo misma los hubiera escrito.

En medio de uno de sus diarios, tenía una hojita, un pequeño cuadro de papel amarillo que tenía escrito:

“No, no tengo miedo de la muerte, el miedo es por los sucesos que acontezcan mientras ésta llega, unos ojos penetrando en mi mirada desde el vacío, y esa voz que se ríe a carcajadas dentro de mi cabeza”.

Encontré muchas notas en aquel diario, sé que algo le dolía, que al igual que todos en mi casa, tenía una parte de sí vacía, que nada podía llenar y de la cual nunca llegamos a hablar.

Ponía sus discos, leía su diario obsesivamente, hasta que terminé por instalarme de forma permanente en su habitación, y a pesar de mi estado psicológico, y de que mis padres se daban cuenta de mi obsesión con mi hermano muerto no me lo impidieron.

Un 23 de octubre, mientras yo escribía en mi cuaderno, entró por la puerta del salón de clases un muchacho. Era, nos lo hizo saber, el nuevo profesor de arte. Me enamoré de él. Me enamoré con un sentimiento que me crecía desde dentro, fue algo que siempre estuvo destinado a no ser, pero por los menos aquella ilusión me hizo alejarme de la habitación en donde se me iba la vida día a día.

Marcos. Así se llamaba, tenía los cabellos largos, la piel blanca y unas facciones delicadas. Aquel nombre habría de resonar constantemente en mi mente durante muchos años hasta que con el paso del tiempo comenzó a perder fuerza y sumergirse en sendas más desdibujadas de la memoria.

Pero durante esos años me obsesionaba el simple sonido de su nombre, y el pobre muchacho me trataba con tacto, aunque se alejaba de mí, seguramente por moralidad, por miedo a lo que pudiera decir la genta y la necesidad que tenía de conservar su trabajo; estoy convencida de que algo le gustaba a él de mí, lo sé porque en múltiples ocasiones mientras yo desayunaba en la cafetería en soledad, sentía la potencia intensa de una mirada posándose en mí; cuando levantaba la mirada era él quien me observaba: una mirada que no es de amor no se siente con tal intensidad.

Él era un muchacho de veintidós años, y me impartía la clase de pintura, mi interés por el arte en ese tiempo era nulo, pero la fuerza de aquel primer amor me hizo desvelarme hasta la madrugada consultando técnicas de pintura, y libros de arte que sacaba de la biblioteca para poder entregar las tareas de lo mejor manera posible y así pasar por inteligente con mi joven profesor. 

Pero su sonrisa un día feneció. Simplemente no volvió a aparecer por el salón de clases, ni por la escuela, se terminaron las pláticas cortas pero constantes, se terminó todo para mí. Yo ese día comencé a escribir un poema largo, y el día de hoy aún no lo termino, aún no me agoto yo, ni se agota él, mi hermano, él mueve mi mano incesantemente.



Alejandra Zaragoza Serrano cursó la Licenciatura en Contaduría Pública. Ha participado en lecturas como Café con letras y Festival sincrónico. Participó en la antología de poesía “Concepto poesía 2018”.

Ilustración de Chirantan Ghosh.

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