por Daniela Cobián


Un día, Finnegan me dice que ya sabe dónde poner la bomba. Quién diría, ¿no? Que Finnegan iba a ser de las que ponen las bombas. Ella, tan preocupada por no mancharse la ropa, por estudiar desde cincuenta días antes de la fecha del examen. Finnegan, la más ñoña del salón, diciéndome que va a poner una bomba en el urinal del palacio de Don Porfirio.

—¿No quieres venir? —me pregunta, aunque yo sé que su “¿No quieres venir?” se parece más a un “Apúrale y vámonos”, decorado por sus ojos de erupción volcánica; así que abandono la azada en el maizal y corro detrás de Finnegan por los laberintos de la Hacienda hasta la casucha en la que Finnegan se reúne con los demás rebeldes.

Finnegan da la contraseña. Dos toques largos, uno corto y una pedrada en la ventana. Luego nos abre ese tipo de piel clara y cabello lustroso, ese tipo que no viste como nosotras sino como los de allá afuera. Se llama Ernesto. O podría llamarse de cualquier forma, pero si dice que se llama Ernesto, yo haré como que le creo.

—Confía en Ernesto —me dice siempre Finnegan ya por la noche, cuando nos echamos en nuestro catre gemelo luego de un largo día de sol y de trabajo, a veces con el estómago vacío o lleno de hierbas que le hacen trucos al hambre. Yo creo que por eso Finnegan confía tanto en Ernesto. Por esa hambre fraudada con hierbas amargas, por el sol que le arranca lunares a su piel blanquísima.

Esta vida no es para Fini y por eso quizás Ernesto se contactó con ella en lugar de con alguno de nosotros. O quizás fue sólo porque esa noche, la noche del Día Ernesto, Finnegan salió de nuestro pabellón para ver si podía robarle un canapé y un vino tinto a alguno de los camareros. Los hacendados estaban de fiesta y Finnegan solía aprovechar sus distracciones para hurtar lo que se pudiera.

A veces todo salía bien y regresaba con canapés y vino para todos. A veces todo salía mal y regresaba con latigazos o con pagarés que aumentaban su deuda por el valor centuplicado de todo lo que se había robado.

A Finnegan esos fracasos parecían excitarle, parecían convencerla de que tenía que embestir contra el orden establecido aún con más ímpetu y mejor artillería. Entonces un día no volvió con canapés ni con latigazos. Volvió con Ernesto. Era un tipo bien parecido, eso hay que reconocérselo. Mucho más guapo que todos los novios que le conocí en el colegio de monjas. Iba vestido como nosotros, con el pantaloncillo y la camisa holgada del mismo color gris paliducho del cielo. Sólo que raro. Limpio. Con las uñas muy bien recortadas. Ese tipo no había trabajado en las minas ni en los maizales genéticamente modificados en toda su vida.

Y yo se lo dije a Finnegan. Es más, le dije que creía haberlo visto dando paseos por la Hacienda, vestido con una levita de insignias militares y dándoles órdenes a los capataces. Finnegan me dijo que por supuesto que sí: “Pues, ¿qué creías? Ernesto es un infíltrulo”.

—¿Un infíltrulo?

Finnegan no tuvo que molestarse contándome qué era un infíltrulo, porque el infíltrulo en cuestión nos lo mostró de primera mano no una vez, sino varias. En aquella casucha ubicada en el borde de la finca, Ernesto nos repetía el mismo discurso de nuevo y de nuevo y a mí me molestaba el tono condescendiente de su arenga. Miraba a un lado y a otro y les veía las caras de fascinación y embotamiento a mis compañeros y yo parecía ser la única irritada. Siempre sostuve que si nosotros empuñábamos la azada y nos arrastrábamos por las minas se debía a una mera incidencia. Nunca me lo tomé en serio. El hambre, el uniforme gris, el sol en el cuello: esta no soy yo, me dije muchas veces. Sólo es algo que nos está pasando y se irá, como todas las otras cosas que siempre se van, se esfuman, se hacen vapor de agua enfrente de nuestros ojos.

Se irá.

Pero era la única. Todos los demás se dejaban arengar por Ernesto como si ya se hubieran adaptado a la piel de una pandilla de campesinos inútiles. Ese día que Finnegan me notificó de la bomba y fuimos a meternos en la casucha, Ernesto hablaba de nuevo sobre la mentira de la Guerra.

—Nos dijeron que la Guerra iba a estallar y que debíamos refugiarnos en sitios seguros. Por eso nos quedamos aquí, pero, ¿alguno de ustedes ha visto la Guerra?

No, nadie había visto la Guerra. Y el nuevo orden social y la estratificación arbitraria de las clases sociales eran por tanto el subproducto de una emergencia planetaria ficticia, eso ya me lo sabía de memoria.  

—Algunos de ustedes no confían en mí porque soy un infíltrulo. Pero yo les pregunto a los que dudan, ¿ustedes creen que los que fuimos asignados con una posición privilegiada no deseamos también salir del Parque? ¿No creen que tenemos una vida allá afuera y una familia a la que extrañamos?

Ya, ya, sólo que sucede que nadie nos asignó nuestras posiciones. Sucede que fue el azar. Finnegan y yo, por ejemplo, nos habíamos metido en la atracción de La Hacienda y estábamos jugando a ser campesinas cuando ¡plaf!, escuchamos por los megáfonos del Parque el anuncio de la emergencia planetaria y alguien vino y nos dijo que debíamos permanecer en el lugar en el que nos encontrábamos.

Luego, ese lugar se convirtió en nuestra posición en la vida y en el orden social, pero no fue porque nadie nos lo asignara. Si acaso lo que nos asignaron fue el uniforme, porque el día de la emergencia planetaria andábamos todavía con nuestros ropajes normales, y seguimos así hasta que alguien más vino y nos dijo que nos repartirían uniformes para que pudiéramos cambiarnos de ropa, porque ya habían pasado muchos días y apestábamos y no sé por qué les preocupaba tanto nuestro aroma corporal si estábamos ante la inminencia de la Guerra.

Es más, yo le dije a Finnegan que qué chistoso, ¿no? Nos dan uniformes para que no olamos feo, mientras allá las bombas y los misiles. Recuerdo que hasta nos reímos de que el uniforme se nos viera como un pijama de hombre con mal gusto. “Pareces bato”, le dije a Finnegan, que además entonces traía el cabello muy cortito. 

Luego nos dijeron que teníamos que trabajar y ya no nos reímos tanto. Alguien tenía que mantener el campamento. No había provisiones en los quioscos de snack y en las maquinitas de comida suficientes como para abastecernos de aquí a toda la vida o toda la duración de la Guerra. Pero estaban los maizales y había algunas vacas y además había unas minas artificiales con metal artificial y ese metal se podía usar para acuñar monedas y hacer comercio interno o incluso externo si llegábamos a tener noticia de otros grupos humanos asentados en las cercanías de nuestro Parque-campamento.

Decisión peculiar, la de utilizar las minas y extraer minerales, porque justo ese metal y esos químicos de extracción fueron los primeros insumos que Ernesto nos pidió para cumplir con sus propósitos. Comisionó a los chicos mineros a robarse pequeñas cantidades cada día —no podían robarse mucho porque los Hacendados se habrían dado cuenta y los habrían dejado sin comer o los habrían azotado— y así fuimos reuniendo gramo por gramo y químico por químico todo lo necesario para la construcción de la bomba.

No sé por qué Ernesto sabía de bombas. No es como que lo haya consultado en internet, digo, ¿qué internet iba a haber en nuestro Parque Temático convertido en el campamento en el que nos refugiábamos de la Guerra? La cosa es que sabía y ahora ahí, adentro de la casucha en el borde de la Hacienda, yacía sobre una mesa ese dispositivo de aspecto mínimo que habíamos construido bajo la dirección del infíltrulo Ernesto. 

—Lo vamos a usar para volar el Porfiriato —musitó Finnegan a un lado de mí.

Ella era la más emocionada y a la que menos le importaba la posibilidad del castigo si algo salía mal, así que ella entraría en el palacio de Don Porfirio durante las celebraciones ficticias del Centenario ficticio de la Independencia y colocaría la bomba en uno de los urinales.

Se trataba de una decisión estratégica. Ernesto, que se codeaba con la élite y había ido a fiestas en el Palacio, decía que los urinales estaban justo por encima de la piedra angular de los cimientos y que si caían los cimientos caería el castillo entero y toda la nobleza civil moriría aplastada debajo del edificio. Y entonces podríamos abrir las puertas del Parque y saldríamos al mundo exterior de nuevo, donde no había Guerra y nada era distinto a como habían sido las cosas antes de que hiciésemos ese maldito paseo escolar al Parque Temático del México Porfiriano.

La noche anterior a la explosión, Finnegan me despertó lanzándome una piedrita hasta mi catre. Ella dormía arriba. Yo abajo.

—¿Qué quieres? —le pregunté todavía medio dormida.

—¿Me acompañarás a poner la bomba, Ginny?

A mí me daba un miedo terrible el látigo y casi siempre prefería portarme bien, cumplir con la faramalla de ser una buena campesina ficticia.  Aunque también sabía que las preguntas de Finnegan tenían más de orden que de consulta genuina. Así que le dije que bueno, sí…

—Sí, pero cuando volvamos a casa tú invitas las pizzas. Quiero una pizza a la leña. Con mucha salsa, hongos portobello y queso de cabra. Me la comeré entera. Estoy harta del maíz tostado y las hierbas amargas.

—Todas las pizzas que quieras, Ginny —dijo Finnegan y, aunque no podía verla porque su catre estaba justo encima del mío y sólo podía ver de ella un techo de madera astillada horadando nuestra noche, me la imaginé riéndose con esa sonrisa de plata suya que a veces usaba para sacar el brillo oculto de los astros.

Y todo lo satisfecha que me sentí en ese momento se esfumó la noche siguiente, cuando Finnegan y yo estábamos adentro del Palacio de Don Porfirio, vestidas con los uniformes de camarera que nos había conseguido Ernesto. Llevábamos nuestras charolitas de canapés y nuestros mandilitos. Pensé que lo único que nos disimulaba lo ridículas era que Finnegan traía la bomba justo adentro de ese horrible mandil embrutecido con encajes, pero yo no traía bomba y yo sí me sentía ridícula con el mandil. No podía creer que le hubiese vendido mi alma a Finnegan por una pizza. Por una simple pizza de hongos portobello con muchísimo queso de cabra. 

Se supone que debíamos esperar la señal de Ernesto. A su señal, nos dirigiríamos a las cercanías del baño de caballeros, acecharíamos hasta que no hubiera nadie, yo disuadiría a los próximos caballeros de entrar y, mientras tanto, Finnegan pondría la bomba en los urinales.

Así que ahí estaba yo, afuera del baño de caballeros, entreteniendo a todos esos chicos que eran como de mi edad, pero que se vestían como si fueran ancianos de alta alcurnia en pleno inicio del siglo xx. Se supone que hoy era el 15 de septiembre de 1910 y que ésta era la cena ficticia para celebrar el primer Centenario de la Independencia ficticia.

Les ofrecía canapés, entablaba conversación con ellos y sólo pensaba que por qué Finnegan se tardaba tanto en poner la bomba. Me la imaginaba hurgándose el mandilito de encajes y sacando la bomba para colocarla en el urinal maloliente y amarillo. Eso tendría que ser rápido, ¿no?

Uno de los caballeros me dijo que le permitiera, que de verdad tenía muchas ganas de entrar en el sanitario. Yo le dije que no, no, no ahora. Vaya a los baños de arriba, por favor. En este baño tenemos una emergencia. Un señor tuvo diarrea, ya sabe, le ganó la emoción de los festejos del Centenario. A todos nos emocionan mucho, sí, sí.

Yo ya no sabía qué decirle y sólo pensaba que por qué, que qué rayos hacíamos en esa maldita réplica infantil del Castillo de Chapultepec cuando podíamos haber ido de paseo escolar al zoológico.

Para todo efecto, tengo que deslindarme y decir que yo voté por el zoológico. Casi todos votamos por el zoológico y casi nadie por el Parque Temático del México Porfiriano. Está bien que Finnegan propuso la idea y que Finnegan es mi amiga y todo, pero hasta la amistad tiene límites cuando se trata de disparates.

“Es que acaban de abrir el Parque”, le dijo Finnegan a la maestra, después de perder la votación por medios legales. “Es que por fin regresaron los restos de Don Porfirio a descansar en su tierra”. “Es que podemos aprender mucho de historia de México si vamos al Parque. En el zoológico sólo hay animales. No será tan interesante, miss”. Y la miss se convenció. No sé por qué Finnegan siempre podía convencer a los adultos, pero la convenció tanto que hasta se puso arbitraria y, haciendo gala de prácticas electorales dignas del Partido Revolucionario Institucional, la miss dijo que la votación quedaba anulada y que iríamos al Parque Temático porque sería mejor para todos nosotros.

Y ya nos ven ahora. Hemos aprendido mucho del Porfiriato, eso nadie puede negarlo. Pero yo les digo que no debimos venir porque este señor me sigue insistiendo que quiere entrar en el baño y yo no lo puedo dejar porque Finnegan está poniendo una bomba en los urinales.

Por fin, Finnegan sale y yo me desentiendo del señor y le digo qué alivio, por qué tardaste tanto. Finnegan me dice que tenemos que encontrar a Ernesto.

—Pero, ¿por qué? ¿No se supone que debemos huir y esperar la explosión?

Finnegan me habla de algo de lo que yo no estaba al tanto. No es una bomba. Son dos. La primera eliminará una parte del edificio y pondrá en jaque a los ocupantes. El plan es que, en ese momento, Ernesto acechará al chico que ha tomado el rol de Don Porfirio y le robará las llaves y los controles del Parque. Una vez robados, Ernesto huirá, saldrá a encontrarnos y mientras tanto se detonará la segunda bomba, la fatal.

—Pero… si Ernesto saldrá a buscarnos, ¿por qué tenemos que buscarlo nosotras? A mí me preocupa que el edificio se nos caiga encima.

—Tontilla, ¿has pensado que Ernesto puede quedarse con las llaves? —Y me dice que por eso insistió en traerme. Ella sola contra Ernesto no podría jamás. En cambio, ¿las dos contra Ernesto? Tiene que funcionar mucho mejor.

Finnegan me toma del brazo y me hace correr. Subimos una escalinata gigantesca y ya no nos importa que la gente nos vea actuando de manera sospechosa. Una vez que estamos arriba, en un salón magno con los pisos como tablero de ajedrez, escuchamos la primera explosión y los primeros gritos de señoras encumbradas. Finnegan no sabe a dónde ir. Tenemos que ir a la sala más grande, a la bóveda, a la cámara de Don Porfirio, no sé. Esto no habría pasado si Finnegan y yo hubiésemos venido al Castillo de Chapultepec antes de ir a meternos en la atracción de La Hacienda. Sabríamos dónde quedaban las cosas. Da igual, ya no vinimos.

Peregrinamos de sala en sala. La gente corre con copas de vino barato que creen que es champagne, aunque no es nada. Ya no importamos. Que seamos unas simples campesinas vestidas de camareras ya no importa porque todos corren y el edificio se está cayendo. Entramos en un salón grande y Finnegan se detiene porque escucha la voz de Ernesto detrás de nosotras.

No es el Ernesto tiránico que yo me imagino. No es un Ernesto diciéndonos: “Las esclavizaré ahora yo a ustedes. Seré el amo del Parque de atracciones”, (risa malvada). No. Es un Ernesto preocupado. Nos pregunta qué hacemos aquí, chicas, ¿por qué no están abajo, afuera? “Es peligroso. Esto está que arde. Va a estallar. Váyanse”.

Finnegan lo mira con sus ojos de erupción volcánica y le dice:

—Dame las llaves, Ernesto —él la mira como si no supiera de qué le está hablando.

—¡Finnegan, vámonos! —Le recuerda del temporizador impreciso de una bomba casera hecha con químicos de extracción minera. Puede estallar hoy. O ahorita. O en este instante.

—Ernesto, las llaves del Parque.

—Chicas…

—Ernesto, si no tienes nada que ocultar, ¿por qué no me das las llaves?

Ernesto no alcanza a responderle nada y Finnegan me mira a mí. Y yo no sé. Los ojos de Ernesto me dicen que está asustado, que es un chico igual que nosotras y no sabe por qué Finnegan le habla tan raro. Pero y si… ¿y si Ernesto nos traiciona y nunca nos deja salir del Parque? Finnegan es mi amiga, por lo menos, así que comprendo lo que Finnegan me dice con sus ojitos de lava y a la de tres las dos nos lanzamos sobre Ernesto y le tumbamos las llaves que trae adentro de su levita con insignias militares.

Luego corremos. Le digo a Finnegan que por lo menos hay que sacar a Ernesto, pero “¿lo vas a cargar tú?” es lo único que escucho. “Yo no, yo soy pequeña, Fini”.

—Entonces corre.

Y alcanzamos a salir por la única exclusa secreta que dejamos abierta y, mientras nos alejamos de regreso hacia la Hacienda, escucho cómo todo explota otra vez y la réplica del Castillo de Chapultepec, del Palacio de Don Porfirio se viene abajo como una ola que se hunde en la tierra. Se viene abajo junto con una época en la que nos oprimieron con criterios ficticios y trato de ya no pensar en Ernesto en el suelo; de pensar mejor que ya no voy a deber mi vida en una tienda de raya y ya no tendré que azadonar los maizales bajo el sol y hoy regresaré a casa y me comeré una pizza de portobello porque Finnegan me la debe. Es lo menos que puede hacer porque es mi amiga y yo la ayudé y la sigo ayudando porque ahora me dice que vayamos a las fronteras del Parque.

Vamos y, antes de darme cuenta, ya estamos frente al enrejado infinito del Parque Temático. Y allá atrás están los montes, la ciudad y los páramos. Y mi casa y la escuela. Creo que Finnegan usará la llave automática para abrir el enrejado, esas vallas altísimas y electrificadas. Veo que saca la llave y la mira.

—¿Qué esperas, Fini? Abre el Parque.

Y yo creo que lo abrirá y luego volveremos a la Hacienda a decirles a todos que tuvimos éxito y ya podemos salir de nuestro orden social inventado.

Pero Finnegan lanza la llave automática a través del enrejado; veo cómo el control cae muy lejos entre las matas del baldío que están del otro lado y veo cómo ya nunca podremos alcanzarlo ni con varas ni escalando ni con nada.

Siento cómo la voz se me seca y ya no puedo formularle la pregunta, pero qué bueno que ella me lo dice porque es lo único que necesito preguntarle.

—Ahora yo seré Don Porfirio, Ginny.



Daniela Cobián (Guadalajara, 1991) fue becaria de la emisión 2016-2017 del Programa de Estímulos para la Creación y el Desarrollo Artístico del estado de Jalisco. Ha publicado cuentos en Marabunta, Cantera Malaquita y Pliego 16, así como textos de no ficción en los portales La hoja de arena, Tinta Chida y UPSOCL Mujer. Actualmente trabaja en su primera novela distópico-biológica. Síguela en su Twitter: @tsunderedany.

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