por Édgar Rodríguez López


Cerró la puerta del cuarto y fue a acostarse, pero al poner los dedos en el apagador de la lámpara recordó que había dejado la luz de la cocina encendida. Caminó a la puerta y, al abrirla, le mostró el pasillo oscuro, solamente visible por la luz que entraba desde la calle. Satisfecho de no haberlo olvidado, regresó, apagó la lámpara y se recostó mirando hacia arriba, al aire que regaba el ventilador. Entonces, con la bruma negra frente a los ojos y el silencio de toda la casa, le llegó la duda de haber cerrado la llave del gas. Quedó pensativo un momento sobre la cama, intentando recordar. Ya había acabado la lluvia. Escuchaba el tintineo fastidioso de las gotas que caían desde el techo a los botes de plástico en el patio. Trató de convencerse y se echó de costado, de frente a sus libros en la repisa. Le vino la idea ―una de esas imaginaciones que se dan en el preludio al sueño y que nunca traen nada bueno, nada más que temor o desencanto―, la idea de una casa incendiada (la suya) y vio sus libros hechos ceniza revueltos en el suelo. Inquieto, salió de la habitación y a pasos largos llegó a la estufa, cuya llave de paso seguía cerrada. Regresó con el ceño fruncido ―con el frenso zuñido, pensó sonriendo― reprochándose su mala memoria y su nerviosismo nocturno que lo atrapaba cuando no había nadie en casa. Cansado de sí mismo, se lanzó encima del colchón luego de apagar la lámpara. Rugieron los resortes junto a los gruñidos de la madera vieja. Para colmo, así se dijo él, no había cerrado bien la puerta pues escuchó cómo se abría sola, seguramente por una brisa que llegaba desde la sala. Se levantó irritado, encendió la luz y pudo ver que seguía normalmente cerrada. Con los ojos parpadeantes, observó la cerradura y recordó el sonido antes escuchado, dudando de sus propios sentidos. Tratando de ganar un poco la partida a sus sospechas equivocadas, caminó por el pasillo para cerrar la ventana de donde venía la corriente de aire. La halló cerrada. De pie, en medio de la sala, se rascaba la mejilla con la mirada en el piso. Estaba perplejo por la certidumbre genuina que le daban todas esas sospechas: el sonido de la puerta abriéndose, el miedo a un accidente. Era real, sin duda, pero de algún modo su recelo le parecía fuera de lugar, que pertenecía a otra casa, otra ventana abierta, otra llave de paso. Pero prefirió olvidarse de más intuiciones y miró el reloj de la pared: una y veinticinco. Se molestó. Caminó pesadamente de vuelta al cuarto, con una joroba crecida por la bilis. Sin pensar en nada más que su torpeza ―porque en la mañana despertaría con ojeras moradas y una hinchazón horrible en la cara― apagó la luz y se echó en la cama decidido a dormirse pronto. Fue entonces cuando escuchó que el vidrio de su auto, en la cochera, se quebraba. Corrió con una sola pantufla puesta y encendió el foco de la sala. (Era la segunda vez en seis meses. La primera, estuvo dormido y se dio cuenta hasta la mañana. Siempre desconfió de sus vecinos.) Ahora estaba resuelto a perseguirlo, no sin antes tomar un cuchillo de la cocina ―el mejor que tenía. Abrió la puerta principal y de tres zancadas llegó a la reja, metió y giró velozmente la llave, salió a media calle y miró a ambos lados sin encontrar a nadie huyendo hacia ninguna parte. La luz de siempre, cerca del bordo, parpadeaba, y un gato negro parado en la esquina lo veía, confundido. Dio un pisotón y el animal corrió a esconderse debajo de una camioneta. Luego de un suspiro corto y desesperado volteó hacia la casa para ver cómo había quedado el carro. Con los ojos encendidos, la boca entreabierta, miró el vidrio: completo, sin cuarteaduras. Por un instante tuvo el deseo de lanzar la piedra él mismo para dar la razón a sus suposiciones, entonces escuchó el grito que venía desde la otra esquina, al principio de la calle, y vio al hombre ―su vecino― salir de su cochera corriendo hacia él, enfurecido, con un pedazo de vidrio en una mano y una piedra en la otra. No esperó a dar explicaciones, pronto entendió que debía huir, porque el agobio de las inquietudes de madrugada fácilmente logra que uno pierda el juicio, y él lo sabía muy bien.




Édgar Rodríguez López nació en la ciudad de Chihuahua en 1997. Ha publicado la antología de cuentos Bajo la cama y ha colaborado en la revista Metamorfosis. Ha participado en diversas ocasiones en el Encuentro Nacional de Escritores Jóvenes y en el IV Coloquio Nacional Palafoxiano de Estudiantes de Lingüística y Literatura. Cursa la carrera de Letras Españolas en la Universidad Autónoma de Chihuahua. Escribe cuento de a ratos y lee a Rulfo en voz alta.

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