por Eva Astorga

Marcela siempre había tenido una relación complicada con su madre, quizá porque ésta se empeñaba en controlar cada aspecto de su vida. En cuanto tuvo la edad suficiente, la hija abandonó la casa materna, con el pretexto de que la escuela le quedaba muy lejos y eso podría afectar sus estudios. El día que partió, no obstante, tuvo la gentileza de regalarle a su madre una muñeca con un magnífico cabello rubio oscuro, idéntico al suyo, como premio de consolación.

―Es idéntica a ti. Tiene los mismos ojos, de un azul tan oscuro, que de lejos parecen negros.

―Para que no me extrañes ―contestó Marcela―; teniéndola será como si me tuvieras siempre contigo.

Así pasaron los años y la posibilidad de que Marcela regresara a vivir con su ahora anciana madre era cada vez más lejana. Las visitas eran espaciadas, pero en cada una de ellas, la hija llegaba con un presente: una muñeca, para ampliar la colección que comenzó la vieja el día en que ella se marchó. Muñecas de todos los tamaños y estilos llenaron primero el dormitorio de la mujer, para después extenderse a los pasillos de la casa, donde esperaban sentaditas sobre repisas la llegada de la siguiente integrante de la familia. Unas tenían vestidos con grandes vuelos, otras, más discretas, usaban bermudas y blusas coloridas, según el ánimo de la anciana, quien dedicaba varias horas al día al arreglo de “sus niñas”, como ella las llamaba. También los peinados podían ser sencillos o de fiesta, con ondas o lisos, pero ninguna cabellera quedaba sin cepillar diariamente. A lo largo de la casa se admiraban hileras de piecitos extendidos ataviados con zapatos de raso.

Cierto día, Marcela despertó con unas profundas e inexplicables ganas de ver a su madre. Todo el día se entregó a sus actividades cotidianas, tratando de ignorar tan inusitado deseo, pero al anochecer no pudo seguir conteniéndose y manejó durante tres horas seguidas para llegar a la casa en la que creció. La anciana la recibió con los brazos abiertos.

―Hola, mamá, yo…                                               

―No, no te preocupes, pasa. No digas nada. Ésta es tu casa.

―Sí… ―dijo Marcela confundida― es que no traje nada, no te traje… otra muñeca.

―¿Y para qué necesito más muñecas, si aquí está la única que quiero? Ven, por casualidad estaba cocinando tu comida favorita.

―Pero ¿cómo supiste que iba a venir?

―Una madre siempre sabe cuando sus hijos la necesitan, cuando vienen a ella.

Sin discutir nada más, Marcela entró a la casa, vio a media luz el corredor atestado de niñas de porcelana y, sin saber por qué, sintió una gota fría resbalarle por la espalda. Pasaron al comedor, que estaba dispuesto para dos personas, con la mejor vajilla y los cubiertos de plata. Mientras la madre servía la cena, Marcela miraba en torno, apreciando la oscuridad de la enorme casa. ¿Por qué nunca pusieron más lámparas? Recordaba su infancia transcurrida casi en penumbras, en esas habitaciones tan milimétricamente ordenadas que parecía un atrevimiento cambiar de lugar algún objeto. Ni siquiera en su propio dormitorio había tenido la libertad de seleccionar los muebles, el papel tapiz ni el color de las cortinas. Cuando ella nació ya estaba todo decidido. Siempre se sintió como una extraña entre aquellas paredes anticuadas y silenciosas.

Sus pensamientos fueron interrumpidos por la voz de la madre, quien al tiempo que le colocaba la servilleta en el cuello, como lo hacía cuando tenía tres años, iba diciéndole:

―¿Cuánto tiempo vas a quedarte?

―No mucho. No puedo quedarme. Tengo que trabajar. De hecho, no fue buena idea venir hoy…

―Bueno, dicho así, pareciera que no quieres ver a tu madre…

―No, no es eso. Es que… he estado ocupada. Tengo pendientes.

―Claro. Yo entiendo. Todo es más importante que esta vieja que nada más sacrificó sus mejores años para cuidarte.

―Por favor, mamá. No te pongas así.

―No me pongo de ningún modo. Cada quien sabe cuáles son sus prioridades. Yo no te lo reprocho, pero…

―Está bien. Me quedaré dos días. Lo que tengo que hacer puede esperar.

―Ésa es mi niña ―sonrió la vieja.

Después de la cena vino una sobremesa intrascendente, pero hasta cierto punto agradable, por la falta de costumbre. La hora de dormir llegó esta vez mucho más tarde de lo acostumbrado. Allí nunca nadie se había ido a la cama después de las diez de la noche, pero por tratarse de una ocasión especial, las escasas luces se apagaron de madrugada. Cuando Marcela entró a su cuarto, se encontró con una multitud de caritas ruborizadas, de ojos enormes e inexpresivos que la miraban desde la que un día fue su cama.

―Ah, sí ―dijo la anciana―, olvidé decirte que las puse allí porque me quedé sin espacio ―ahora pasaba los dedos entre los cabellos rubios de la hija―. ¿Quieres que saquemos a las niñas de tu cuarto?

―¿A las niñas…? No, no te molestes. Puedo dormir en la sala.

̶ ¿En la sala? ¿Cómo se te ocurre? No, tú vienes a dormir conmigo, en mi cama, como cuando eras chiquita, ¿te acuerdas?

―Eh… sí, está bien.

Marcela casi no pudo dormir. El cuarto de su madre era mucho más oscuro que el resto de la casa, ni siquiera entraba luz de la calle por la ventana durante la noche. En las tinieblas, apenas si alcanzaba a distinguir las formas de objetos que no reconocía. Se sentía asechada por mil ojos invisibles. Tampoco ayudaba el sentir la respiración de la madre en la nuca, ni las manos arrugadas que la sujetaban fuertemente por la cintura.

Al día siguiente no supo a qué hora despertó. Con tan poca luz, era difícil adivinar si era de mañana o de tarde. Al abrir los ojos se topó con las miradas que la tuvieron intranquila la noche anterior: se trataba de las numerosas muñecas de semblante impasible acomodadas en repisas dentro del cuarto. Se sintió tonta al pensar que algo tan simple le hubiera causado tal desasosiego. Bajó la escalera para encontrarse con la mesa puesta y la madre esperándola. Estando al pie de la escalera, un mareo la hizo perder el equilibrio y caer. Con ayuda de la anciana pudo ponerse de pie.

―¿Ves? Eso te pasa por no comer bien. Pero ahora que estés aquí te vas a reponer. Lo que necesitas son los cuidados de tu madre.

―Estoy bien. No fue nada. Además, no puedo quedarme mucho tiempo. El lunes tengo trabajo.

―Bueno, eso ya lo veremos ―dijo la madre acomodándole la servilleta.

Aquella noche fue igual de incómoda que la anterior, con el aliento de la anciana en la nuca y el brazo que la apretaba. A oscuras, Marcela se imaginaba los ojos vidriosos que estaban observándola. “Falta sólo un día”, pensó, y esa idea logró reconfortarla. Al despertar trató de levantarse, pero no tuvo la fuerza necesaria. Se recostó con la esperanza de que ello la haría sentir mejor. De inmediato entró la madre con una charola en las manos:

―Mi niña, pobrecita, te sientes mal. Pero yo voy a cuidarte.

―No es nada. Será que intenté levantarme muy rápido.

―No importa. Hoy vas a desayunar en la cama.

Aquel día fue de suma intranquilidad, pues Marcela estaba ansiosa por partir y volver a su vida cotidiana, pero seguía sintiéndose débil y mareada. Los cuidados de la madre la fastidiaban y a su vista le costaba trabajo acostumbrarse a la oscuridad. Varias veces quiso caminar para servirse un vaso de agua o traer un libro, pero tropezaba con los muebles. Además, las piernas le flaqueaban. Resignada, supo que esa tarde no podría viajar y se reportó enferma en el trabajo. No tendría más remedio que pasar su enfermedad en casa de la madre. El día siguiente no fue distinto, su cuerpo seguía lánguido y a ratos sentía un hormigueo en la pierna derecha. La impacientaba no poder salir de allí. Transcurrió casi una semana sin que hubiera mejoría, por el contrario, la pierna se le entumecía a ratos y los ojos le dolían.

Pasaron más días, muchos, y a Marcela ya le era imposible mover la pierna derecha. Estaba todo el tiempo cansada, también su vista iba debilitándose paulatinamente. Los médicos buscaban una explicación, le hicieron varios estudios para determinar su padecimiento. Esclerosis múltiple parecía ser la mejor respuesta, aunque resultaba anormal que los síntomas se hubieran presentado de manera tan repentina, mermando de inmediato la salud de Marcela.

Para la madre, ella se había convertido en una más de sus muñecas, la vestía y peinaba al igual que a las otras, le llevaba el desayuno a la cama y seguía durmiendo abrazada a ella, ahora con el pretexto de cuidarla por las noches. En las tardes la sentaba junto a la ventana para recibir la poca luz que entraba a través de ella, al tiempo que le leía algún libro. Marcela ya casi no podía ver, sus ojos azul oscuro habían ido borrándose, tomando un tono blancuzco. En cierta ocasión, mientras esperaba su turno para ser peinada e intentaba inútilmente alcanzar una faldita de encaje con su mano temblorosa, recordó el día en que se fue de la casa, dejando una sustituta de porcelana. No había vuelto a verla en el tiempo que llevaba allí. A fuerza de vestir y desvestir la colección de muñecas a diario, había llegado a conocerlas a todas.

―Mamá, ¿te acuerdas de la muñeca que te di cuando me fui de la casa?

―Sí, cómo no voy a acordarme. Se parecía mucho a ti.

―¿Y dónde está?

―Pues… se rompió. Se me cayó un día que iba a peinarla. Perdóname, fue un accidente.

―No, no te preocupes. No pasa nada.

Habían pasado ya meses desde que Marcela llegó de visita y su lamentable estado de salud la había obligado a quedarse indefinidamente. Muy a su pesar, iba acostumbrándose a la discapacidad y al encierro, pero los excesivos cuidados de su madre seguían empalagándola. Se sentía como uno más de sus juguetes. La idea de escapar estaba ahora muy lejana. Sabía dentro de sí que la única liberación que podía esperar era la muerte. Un día la madre despertó con otro semblante, se veía más vieja, más cansada, un poco triste. Incluso pasó por alto el ritual de arreglar a las muñecas. Este comportamiento anormal persistió durante varios días, en los cuales la anciana prefirió salir al jardín que encerrarse en la cocina por horas, como era su costumbre. Marcela miraba su sombra desde lo alto, a través de la ventana, caminando entre las flores y hierbas medicinales que cultivaba. Ella estaba contenta de no recibir sus incesantes cuidados. De hecho, le parecía que su salud iba mejorando un poco: la mano dejó de temblarle y los dolores que aquejaban su cuerpo habían disminuido, y por momentos desaparecían.

Una noche, mientras Marcela dormía aprisionada por su madre, notó que ésta dejó de respirar, para después comenzar a sacudirse en la cama, agitando el brazo que tenía sobre ella. La hija cayó de la cama y alcanzó a vislumbrar los ojos desorbitados de la anciana que se estiraba en una súplica de ayuda. El teléfono estaba junto a Marcela, sobre el buró, pudo haber hecho un esfuerzo para llamar a un médico, pero prefirió no hacerlo. En cambio, se quedó contemplando la agonía de su madre en silencio. Esperó a que comenzara a entrar luz a la habitación para hacer las llamadas necesarias.

Había que disponer todo para el funeral, lo cual era una tarea pesada, pero repentinamente Marcela comenzó a sentirse mejor, quizá debido al alivio que significaba para ella haber quedado huérfana. Incluso su vista se había agudizado. Iba y venía en su silla de ruedas buscando la llave del ropero, pues era preciso hallar un vestido decente para sepultar a la madre. Aunque le costaba trabajo distinguir los objetos pequeños, logró dar con ella. Al abrir el ropero notó que casi no había ropa en él, en cambio, estaba lleno de collares y frasquitos, al igual que otros objetos que no pudo reconocer. Encontró un envoltorio de ropa suya, lo supo por el perfume que solía usar antes de regresar a vivir con su madre. Eran prendas que había ido dejando en sus visitas: un suéter, una bufanda, un abrigo. Y al desenredar las telas, sintió un objeto suave y pinchante. Lo acercó a la ventana para poder examinarlo. Era la primera muñeca que le regalara a su madre, o al menos lo que quedaba de ella. En realidad se trataba sólo de su cabeza, montada a la fuerza sobre un cuerpo de fieltro atravesado por agujas en las extremidades. También los ojos azules de la muñeca estaban heridos con las espinas de metal.



Mi nombre es Eva Astorga. Nací en el Estado de México. Cursé la licenciatura en Lengua y Literatura Hispánicas en la UNAM. Una de mis aficiones es la literatura y cine de horror. Desde el año 2012 me dedico a la traducción para doblaje del inglés al español. El año pasado gané una beca para estudiar en Hungría y me encuentro cursando la maestría en Estudios de Europa Central.

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