por Gerardo Hernández

La única manera de sobrellevar la desdicha es interpretándola.


Elias Canetti, El suplicio de las moscas

Existe un rumor, que nunca me he molestado en corroborar, acerca de Michel Foucault y el estudio que emprendió de la obra de Baruch Spinoza.  Se dice que el francés, sintiendo a la muerte apoderarse de él en sus últimos días, leyó ávidamente al autor de la Ética para encontrar consuelo frente a la innegable realidad de su propia finitud. Independientemente de la dudosa veracidad del relato, siempre he considerado que dicha anécdota es una de las más cautivadores e intrigantes en la historia de la filosofía. La Ética se alzaría entonces como una especie de Libro contra la muerte, similar al que Elias Canetti soñó pero no pudo escribir. Una filosofía vitalista en el sentido más puro y profundo de la palabra.

La primera vez que me acerqué a la Ética, probablemente poco después de cumplir los dieciocho, quedé hipnotizado por la filosofía del judío excomulgado y, pese a entender muy poco durante esas primeras lecturas, pasé largas madrugadas tratando de descifrar los axiomas, las definiciones y las proposiciones del libro que, según decían los profesores y mis compañeros más longevos, se jactaba de explicar a Dios de la forma más racional y sistemática posible.

El tiempo pasó y otros autores vinieron a ocupar mis obsesiones nocturnas; no obstante, Spinoza siempre guardó un lugar especial en el modesto panteón filosófico que se fue construyendo dentro de mí. Fue él, quizás solamente igualado por Camus, quién se convirtió en mi primer amor filosófico. Sin embargo, a pesar de la evidente importancia que Spinoza tuvo en mi vida como lector, jamás imaginé que precisamente él estaría presente en una de las últimas tardes que compartí con mamá.

Recuerdo bien que, con la habitación del hospital sumergida en un bochornoso ambiente producto de los incesantes rayos del sol filtrándose por la ventana, leí el apéndice del libro primero sentado en el borde de su cama. Mamá, fatigada por la vastedad de medicamentos ingeridos y los dolores que persistían a pesar de ello, escuchó mis palabras con el rostro tirado sobre la almohada y la respiración disminuida.

Al terminar, ella vociferó algunas frases que no alcance a escuchar con claridad pues su voz ya comenzaba a desmoronarse y un tenue temblor había invadido cada uno de sus actos. Yo no insistí, cerré el libro, le acaricié el rostro antes de que se quedara dormida y fui hasta la silla en el fondo de la habitación. Ahí, con el eco de las ideas recién leídas retumbando en mi cabeza, lloré quedamente para no despertarla.

En esos días, tan paradójicamente presentes y lejanos a la vez, se sabía que la muerte había llegado pero nadie se atrevía a decirlo. Sin embargo, todos, doctores, enfermeras, familiares y amigos, comenzaron a mirarme con la sutil condescendencia con la que suele mirarse a los huérfanos. Sin importar lo que yo hiciera mamá moriría. La consciencia de ello fue lo que me orilló a tomar la desesperada y un tanto absurda decisión de leer ese fragmento frente a la agonía de mi madre.

En aquel apéndice Spinoza resume los principales rasgos de su monismo metafísico y las implicaciones que esto tiene sobre nuestra apreciación del mundo. En el fondo, el filósofo busca mostrar que nuestros pesares, así como nuestras alegrías, son humanos, demasiado humanos; el universo carece de causas finales. Es por eso que sucumbir ante el dolor de la desgracia es muestra de la limitada visión de alguien que no comprende a Dios, a la sustancia única. Tal vez el principal motivo de la Ética sea el de enseñarnos a vivir desde el punto de vista de la eternidad sin importar que estemos condenados a la finitud. La muerte como un diminuto eslabón en la infinita cadena causal. Aceptar la mortalidad, resignarse a ella porque, vista desde la eternidad de la sustancia, carece de importancia.

En Spinoza, y quizás en ello radique parte de su encanto, hay una extraña, casi contradictoria, tensión. El filósofo propone una libertad que se alcanza sólo cuando nos sometemos a la necesidad y la beatitud, máxima potencia del espíritu, sólo es posible cuando hemos comprendido y aceptado la absoluta indiferencia del Mundo, el inquebrantable silencio de Dios. Amor intelectual al destino o algo así.

Varado en aquella deprimente y lacónica habitación, busqué mostrar el inusual sosiego que la Ética ofrece ante la muerte. Ahora sé que aquel patético esfuerzo era más egoísta de lo que en aquel entonces pude ver; el consuelo que buscaba era para mí, no para mamá, porque ella, diluida por los crueles padecimientos que la acongojaban, probablemente carecía de fuerzas para pensar en su propia muerte. Era a nosotros, los condenados a quedar atrás, a quienes correspondía tan ingrata e injusta labor.

Tras su partida algo se quebró en mí, el mundo entero se convulsionó desde sus adentros, y, desde entonces, todo cambió. Acciones tan sencillas como observarse en el espejo durante el rasurado matutino, salir al jardín para aprovechar el amable clima de un domingo por la mañana o escribir, sin demasiado esmero, la lista de pendientes y colocarla sobre la puerta del refrigerador, se inundaron de una pesadez extraña que terminó por tornarlas insoportables.

Debido a eso, desde aquel día, sin excepción alguna, comencé a llevar conmigo un ejemplar de la Ética. Cuando las cosas se ponían difíciles me bastaba con palpar la superficie del libro o, en los casos extremos, leer algunas líneas para mitigar un poco el vértigo que nacía dentro de mí. Podrá parecer extraño, pero aquel curioso ritual me permitía pensar que, si me esforzaba lo suficiente, la muerte de mamá se volvería comprensible y así, ateniéndome a la doctrina del filósofo, el dolor se disiparía.

El problema es que el efecto liberador de esas páginas ha ido disminuyendo con el paso de los días. Las últimas semanas me he visto forzado, cada vez con mayor frecuencia, a pasar gran parte del tiempo sumergido en la obra maestra de Spinoza, aferrándome a los axiomas y proposiciones con una desesperación alarmante. Por ejemplo, la otra tarde, caminando sobre uno de los camellones del centro, me detuve súbitamente al percatarme del irreversible jamás que habitaba en la idea de mamá.

Con la mirada obnubilada me tambaleé hasta una banca y me derrumbé sobre ella; tomé el ejemplar y lo leí con avidez. Aquella ocasión fue necesario que recorriera bastantes páginas antes de que la espiral en mi cabeza se disolviera. Esa tarde, alicaído y con el aliento aún entrecortado, el libro que sostenía entre mis manos se volvió más liviano, como si las palabras dentro de él hubieran perdido su peso. El absurdo, que late íntimamente en toda muerte cercana, se había filtrado en la racionalidad estructural de la Ética.

Hoy, tumbado bajo la luz nocturna en mi habitación, pienso que tal vez Spinoza se equivocó. Pues, aunque mamá no fuera más que un diminuto e ínfimo modo, su muerte generó un dolor infinito y una ausencia eterna. ¿Cómo reducir su partida a un mero eslabón causal? Puede ser, me atrevo a decir, que Camus, a pesar de compartir con Spinoza la idea de cierta indiferencia que reina la realidad, sea más brillante en este punto. Después de todo, entre Spinoza, su Dios, y mi madre, escojo a mi madre.



Gerardo Hernández. Escritor de a ratos, lector aficionado y ocioso de tiempo completo.

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