por Ricardo González Castillo

En lo alto del estante se encontraba, ordenada por orden cronológico, la obra completa de Dostoievski, doce volúmenes con tapa dura de cuero y grabados. Jorgito tomó uno de los libros y lo hojeó. El libro contenía un marco histórico-político del autor, censo de personajes, prólogo de la obra, la versión en ruso y la traducción al español, notas a pie de página y comentarios originales de Dostoievski. Un libro hermosísimo en el cual las hojas se deslizaban entre los dedos y desprendían un olor a canela y vainilla, la calidad del papel era insuperable, la caligrafía impecable, y unas ilustraciones que podían pasar por obras de  Rembrandt.

Una obra de ese tamaño costaría un ojo de la cara y, precisamente, ese era el precio marcado en el catálogo, un ojo de la cara. Jorgito no se lo pensó dos veces, se quitó los anteojos y se sacó uno de sus ojos. Emocionado, corrió a la caja a pagar por sus libros sabiendo que el sacrificio de uno de sus ojos valía la pena por la calidad y magnitud de la adquisición.

Ya en la caja, Jorgito le dio el ojo a la cajera, ésta lo examinó cuidadosamente y llamó a su supervisor. Los dos se alejaron y después de una conversación llamaron a Jorgito que seguía parado en la caja.

―Muchachito ―dijo el supervisor― me temo que tu ojo no cubre el precio de los libros.

―Pero en el catálogo dice ese precio ―contestó Jorgito.

―Sí, ése es el precio por los libros, un ojo, un ojo sano, y el ojo con el cual tú nos quieres pagar es un ojo cansado y enfermo, con miopía y astigmatismo. Además, el color del ojo es de un café común, lo cual no le agrega ningún valor adicional que compense los daños. Jorgito se quedó pasmado, el sacrificio de uno de sus ojos había sido en vano.

―Entonces ¿cómo puedo compensar el precio de mi ojo? ―dijo casi sollozando.

―Para que puedas llevarte los libros tendrás que pagar con tus dos ojos― dijo el supervisor.

―Pero si pago con mis dos ojos no podré leer los libros― Jorgito se quedó meditando―. Tenga, ya no deseo adquirir los libros ―le entregó los libros a la cajera, ésta los revisó y notó que una de las hojas estaba doblada.

―Muchacho, has dañado uno de los libros, no lo puedes devolver en estas condiciones, tendrás que comprarlos.

Las palabras de la cajera estremecieron a Jorgito que esperaba su ojo devuelta. En un momento de exabrupto tomó el resto de los libros y se echó a correr, pero fue detenido en la puerta por un guardia. Ahora, si no pagaba por los libros, lo acusarían de intento de robo.

Acorralado por el guardia, el supervisor, la cajera, y la amenaza de llamar a la policía, Jorgito no tuvo otra opción y se sacó el otro ojo.

―¡Que les aproveche! ―dijo Jorgito enojadísimo y a manera de protesta dejó sus anteojos como propina.

Jorgito salió de la librería ciego y con la obra completa de Dostoievski. 

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