por Emanuel Bergara

Y yo, que vivía atemorizado por el océano llamado “sociedad”, logré liberarme de ese miedo. Aprendí a actuar de una forma descarada, olvidándome de mis interminables preocupaciones, respondiendo a las necesidades inmediatas.


Osamu Dazai, Indigno de ser humano

Muy a diferencia de lo que se pueda creer, la máscara no esconde, sino que revela en su condición de ocultamiento. Quien se provee de una máscara para cubrir su rostro está, de forma indirecta, mostrando algo mucho más profundo y misterioso sobre sí mismo. El uso de la máscara proviene de tiempos primitivos, los hombres las usaban para poder camuflarse con el fin de cazar animales, así lo retratan algunas de las pinturas halladas en las paredes de viejas cuevas. Invocar otros rostros que no son los de uno se ha usado para conferir al hombre poderes únicos que lo conectan de forma poderosa con algo superior.

Como lo indica el origen del totemismo, los sacerdotes utilizaban máscaras para “incorporar” espíritus de dioses animales y los veneraban en pilares tallados. Esto implica que el uso de la máscara se remonta a antiguos tiempos y cuya naturaleza, en definitiva, aún continúa en nuestro espíritu. Es en esencia un “arquetipo”; Carl Jung (1969), ya divorciado de Freud, argumenta en su obra incompleta que existe un hilo invisible que nos conecta con nuestros antepasados. Son estos miles de destellos titilantes, profundos e instintivos, los que el ser humano deja escapar por cada grieta de su espíritu en su vano intento por reprimirse.

La necesidad de disfrazarse paraesconder la vergüenza fue el principio de todos los males, la prueba fehaciente de que tenemos conciencia, y que ese saber sobre nosotros nos llena de miedo frente a los ojos del otro:

Y Dios le dijo: ¿Quién te ha hecho saber que estabas desnudo? ¿Has comido del árbol del cual te mandé no comieras? Y el hombre respondió: La mujer que tú me diste por compañera me dio del árbol y yo comí.


(Génesis 2:25)

El sentimiento de culpa y de pena brota necesariamente de lo ajeno. En un estado de autoconciencia el ser humano se entiende a sí mismo, o al menos lo intenta, y ese re-descubrir propio destapa algunos residuos que creíamos bien sepultados. El uso de las máscaras es un hecho ajeno a la naturaleza propia del hombre (si es que se puede hablar de algo que le sea propio, mucho menos natural). Este artificio se realiza con un fundamento trascendente que posibilita una batería de sensaciones extras que golpean de lleno nuestros nervios más profundos.

En un sentido más artístico se ha utilizado en teatros desde la época antigua, de oriente hasta occidente. El teatro ha sabido darle un uso más prometeico para el Hombre y la sociedad. Es innegable el valor moralizador que tiene la dramaturgia, en ese desdoblamiento del ser se ve claramente una necesidad de ser otro y no uno mismo (a priori al menos). Los griegos (simplemente para establecer un origen relativo al drama), la designaban como “prósopon” (delante de la cara, máscara) y se utilizaba para mostrar al público un estado de ánimo. Persona y personaje eran un todo. Según la Commedia dell’Arte (Comedia del arte), del siglo XVI, la máscara era una herramienta del teatro. El actor interpretaba eternamente un único protagonista; donde persona, actor y personaje nunca cambiaban. Condicionados por la sociedad debemos comportarnos según el mandato y el teatro es nuestro pan de cada día, sustancia de lo cotidiano en esta interminable tragedia que llamamos vida. ¿Qué máscara usamos para ocultar y a la vez revelar-nos?

En la literatura es vasto el repertorio de falsos y sinvergüenzas que no escatiman en lágrimas para convencer y favorecerse a ultranza aun a costa de su propio orgullo. Se me ocurren al pasar varios personajes de Dostoyevski, escritor que con brillante agudeza perfora la bilis más repulsiva y profunda del ser humano; su hipocresía visceral y constantes reproches internos. Basta con recordar el personaje de Memorias del subsuelo (1854) o el padre de Los hermanos Káramazov (1879), Fiódor Pávlovich Karamázov, un viejo oportunista, falso, que no se siente preocupado en lo más mínimo por su integridad moral siempre y cuando pueda sacar provecho de la situación. ¿Pero qué sucede cuando el actuar frente a otros con una máscara nos tortura y reprime? Como es el caso de Koo-Chan en Confesiones de una máscara (1949), personaje atormentado por su crianza y sujetado a los valores de una sociedad ultra moralizadora que lo obliga a esconderse detrás de una actuación “normal” y constante. Este texto autobiográfico del japonés Yukio Mishima, escrito en 1949, cuenta su tormentoso enfrentamiento con el gran dragón, defendiendo con garras y dientes su promiscua trinchera. En esta novela refleja lo más retorcido e íntimo de los deseos de un personaje abatido y descuartizado. El amor homosexual por uno de sus compañeros, que nuestro protagonista reprime, sus deseos sexuales por adolescentes menores a él, los constantes sometimientos en pos de una actitud acorde a lo esperado por el resto. La vida de Koo-chan es, sin duda, una tortura consciente que no le permite desarrollarse emocionalmente. El deseo y la muerte son sus ambiciones más encubiertas. Lo principal es el comportamiento normalizador construido por una cultura conservadora que lo flagela, el mundo lo ha inundado, se ha colmado, saturado de lo externo y lo ajeno. Revestir una máscara, cargada de sentimientos e ideas contrarias a sus propios deseos lo hace transpirar por cada poro de su piel una necesidad de liberación que no siempre logra reprimir. No consigue ocultar sus más íntimos anhelos, dado que, ese sometimiento refleja a contraluz su verdadero ser. Es la máscara la que le permite salir al mundo, superar la sugestión y revelar sus sentimientos atravesados. La ilusión de ocultamiento lo acerca a ese estallido abrupto.

En una intención de auto conservación, una reacción frente al peligro de afuera, una parte del ser humano se refugia en un abismo que lo oculta y protege. Dice Byung-Chul Han (2010), en su ensayo La sociedad del cansancio, que esa libertad de acción no genera ya otra cosa que “cansancio”: “De esta manera, Prometeo, como sujeto de autoexplotación, se vuelve presa de un cansancio infinito. Es la figura originaria de la sociedad del cansancio.” (Han, 2010, p. 2). Las cadenas que nos sujetan, como a Prometeo, no son el mal en sí mismo, sino lo que éstas generan, un bucle sin fin de autodesprecio y castigo.

Resguardados detrás de una máscara no nos ocultamos, sino que mostramos los deseos más profundos que poseemos. Ese “doble juego de exposición” que menciona Freud, lejos de esconder nos revela. Las máscaras que hoy en día posamos no siempre nos permiten llevar una vida feliz, debemos cumplir con protocolos y obligaciones que muchas veces dañan nuestros nervios más íntimos. Hay, evidentemente, una emoción masoquista que también nos remite a las profundidades más turbias de nuestro ser. La excitación del anonimato transgrede y nos hace olvidar nuestra identidad, aunque en todo caso la saca a flote. Ejércitos de necios anónimos que destilan su calvicie de razones, el ejército detras de las pantallas que desde la lejanía más cercana destapan lo más insulso, en la mayoría de los casos, de sus propias frustraciones emocionales. Ahí radica el verdadero atractivo de la máscara, nos emancipa y permite ver claramente lo que deseamos, devuelve al mundo una mirada sin vergüenza. La ilusión de “que no se me vea” libera una entidad escondida pero no desconocida. Papini en su libro Gog, analiza de manera sensata la función que las máscaras pueden cumplir. A su vez, vislumbra la hipocresía a la que debemos enfrentar en ese ocultamiento de nuestros propios deseos, o en última instancia, nuestros anhelos menos “convenientes”:

El uso prolongado de una misma máscara ―como demuestra Max Beerbohm en su Happy Hypocrite― acaba por modelar el rostro de carne y transforma incluso el carácter de quien la lleva. […] ¿Por qué no fundar, basándose en estos principios, un Instituto para la fabricación de talentos?


(Papini, 1931, p.31)

El funcionamiento mecánico, programado de los algoritmos humanos en la sociedad nos condicionan de sobre manera para trabajar adecuadamente frente al resto. No hay necesidad alguna de fundar ninguna fábrica de talentos, ya las hay y abiertas a todo el público. Nos es imposible contemplarnos desde afuera, todo es subjetivo y el rostro propio que vemos no es más que una máscara de otra ilusión que nos inventamos convenientemente. Es en el grupo que el Hombre se construye, sin el otro no hay yo, también está claro que gracias a esa otredad yo mismo me deformo. Esto lo explica Vicente Fatone, en Introducción al Existencialismo, afirmando lo siguiente:

Cuando cruzo mi mirada con otro, entablo con él un duelo; y si lo obligo a bajar la vista y entregarse como cosa bajo mi mirada, habré conseguido que deje de mirarme y de convertirme en cosa; yo seré su infierno, y no él el mío.


(Fatone, 1957, pp. 45-46)

Como mal que nace de afuera, Medusa nos petrifica y castiga por el simple hecho de mirarla. Involuntariamente se refleja en el otro nuestra propia existencia y en esa reciprocidad nos castigamos. Tal vez será que no estamos preparados para vivir con el otro, ni mucho menos para reconocerlo; pero también es mucho más cierto decir que somos incapaces de ser sin los demás, es esa nuestra carga y nuestra cruz. El juego de deseos es un insoportable anhelo por liberar nuestros más infelices y retorcidos intereses. La máscara al fin y al cabo nos permite ocultarnos, y a la vez mostrarnos; nos posibilita esa mentira necesaria, vital. Proponemos ocultar de nosotros mismos lo que sabemos es imposible dominar.

¡Oh blasfemia del arte! ¡Oh sorpresa brutal!
La divina mujer, que prometía la dicha
¡Concluye en las alturas en un monstruo bicéfalo

¡Mas no! Máscara es sólo, mentido decorado,
Ese rostro que luce un mohín exquisito,
Y, contémplalo cerca: atrozmente crispados,
La auténtica cabeza, el rostro más real,
Se ocultan al amparo de la cara que miente.


Charles Baudelaire. Las flores del mal- La máscara.


Bibliografía:

Byung-Chul Han. (2010). La sociedad del cansancio. Barcelona: Herder.

Carl Jung. (1969). Los arquetipos y el inconsciente colectivo. España, Madrid: PAIDOS IBERICA.

Giovanni Papini. (1931). GOG. Madird: DEBOLSILLO.

La Nueva Versión Internacional de la Biblia. Ed. John Smith. Chicago: Sunset Publishing, 1997.

Viente Fantone. (1957). Introducción al existencialismo. 23/10/2018, de RoberTexto Sitio web: http://www.robertexto.com/archivo17/intro_existenc.htm

Yukio Mishima. (2010). Confesiones de una máscara. España: Alianza Editorial.

Nombre incompleto: Emanuel Bergara, empedernido y mal lector. Casi sin capacidad de dicernir buena o mala Literatura, pero seguro de que algunas líneas, algunos verbos pueden salvar el momento.

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