por Marla Alondra Argüelles Rodríguez

 

Uno de los primeros recuerdos que tengo de mi infancia son las figuras secretas que se podían encontrar en los azulejos de la pared del baño. En incontables ocasiones mi madre tomó mi mano para alejarme de ahí y preguntarme si los monstruos de la pared me decían algo; la respuesta era siempre la misma: no. Nunca hablaron conmigo. Se limitaron a observarme con la misma intensidad con la que yo los observaba a ellos. Todo esto vuelve a mí en forma de susurros una tarde de octubre en la que me visitan palabras viejas que ni siquiera son mías. El umbral de la puerta está recortado por la figura esbelta de Stephen Dillane, quien me pide que no lo piense demasiado, no me haría bien. Pero él tampoco puede explicarme por qué me atormentan de nuevo los recuerdos ni tampoco sabe decir porqué mi alma pertenece a Charlotte Perkins después de tan sólo veintidós páginas.

Fue una mañana helada, como suelen ser las mañanas de Guanajuato, cuando caminaba de la mano con Stephen y le contaba que el día anterior una amiga mía me había recomendado una historia corta titulada The Yellow Wallpaper. El motivo detrás de esa inocente recomendación era mi pasado, olvidado, hasta ese momento incluso por mí, pero fresco en la memoria de ella, porque estuvo a mi lado cuando sucedió. “Va a encantarte”, prometió. Poco sospechaba cuál sería la cadena de acontecimientos que se desataría. Stephen señaló la siguiente salida por el callejón San Roque para bajar a la Plazuela de San Fernando en donde comeríamos. Acto seguido, clavó sus ojos cafés en mí y con una sonrisa traviesa asomándose en las comisuras de sus labios me aconsejó que lo leyera. A fin de cuentas, se trataba de una historia verdaderamente corta, y las figuras de los azulejos descansaban ya bajo el peso de por lo menos dieciocho años. Su razonamiento tenía mucho más sentido que mi miedo a fantasmas inexistentes, así que asentí; comprometiéndome a que esa misma noche de agosto leería el libro de Charlotte y a que acabaría con mis demonios de la niñez.

Cumplí mi promesa en una hora, en la comodidad de mi cama, envuelta de pies a cabeza con mi cobertor más grueso y con una taza de té verde de moras con leche que esperaba pacientemente a que le prestara un poco de atención, lo cual no pasó hasta que estuvo demasiado frío. Su frialdad me recordaba mi propio estado de ánimo, así que decidí no otorgarle el agradecimiento al que estaba acostumbrado.

Disfruté la historia de Charlotte. Pobre mujer, atrapada en tantos sentidos en tantos lugares. Pobre mujer, estaba sola. Sólo se tenía a sí misma y a esas figuras en su papel tapiz amarillo que la seguían con la mirada y que cambiaban de patrón para entretenerla en sus peores horas de encierro. Pobre mujer, siempre sola. Sola incluso teniendo al incrédulo John, quien adjudicaba su locura al cansancio.

Los problemas iniciaron un par de semanas después cuando Stephen, sin poder zafarse de sus compromisos laborales, tuvo que regresar a su natal Londres y me dejó sola. Encaminada como estaba por un relato que comenzaba a tornarse borroso en mi mente, privada del sueño debido a mis deberes escolares y vulnerable por primera vez en muchos años.

Vivo en un departamento diminuto con Stephen. Lo importante no es cómo nos conocimos ni por qué seguimos juntos, sino las voces que nos guiaron hasta aquel punto. Abrí la única ventana, la cual da a la calle y por donde se pueden ver las casas amontonadas en los cerros con sus muchos colores brillantes. Me disponía a limpiar el cuarto cuando la misma voz que un día me había dicho que Stephen me quería de verdad, me llamó por mi nombre. Interrumpí mis actividades para corroborar que no se tratara de algún conocido que me llamaba desde la calle a la que daba mi ventana. No. Contuve mi respiración unos preciosos segundos para asegurarme de que no lo había imaginado. No. La voz llamó una segunda vez: “Marla”, dijo, y supe con certeza que no venía de mí. Provenía de las paredes color crema del departamento; de cada una de ellas al mismo tiempo y de alguna manera, me clamaba en susurros.

No tuve miedo, quizá porque una parte de mí nació para escuchar el llamado especial y porque con el paso de los días mis ojos se adaptaron a las nuevas tonalidades del cuarto. Hombres de piernas largas como las de Stephen se paseaban por las paredes, aporreando los pies para despertarme por las noches y contorsionando sus figuras durante el día para que no dejara de prestarles atención. En raras ocasiones me llamaban. Me costó poco notar que sólo lo hacían cuando olvidaba que esos ojos negros surgieron de los azulejos azules del baño de la casa que compartía con mi mamá o cuando comenzaba a ignorar la razón contenida en las palabras de Charlotte; la voz las recitaba mientras su cuerpo mutaba para convertirse en un toro de cuernos enormes: “You think you have mastered it, but just as you’re well underway in following, it does a back-somersault and there you are. It slaps you in the face, knocks you down, and tramples you. It is like a bad dream”. Sí, eso era: un mal sueño.

Así se lo comenté a Stephen cuando regresó a mi lado. Él se limitó a pasear los ojos por el cuarto en busca de mi invitado, pero qué simple era Stephen. Evidentemente, el hombre no se descubriría para él. El viaje lo había realizado conmigo, ningún lazo lo ataba a Stephen. Era parte de mí y yo de él. Me hacía falta mi soledad pues el escrutinio permanente de Stephen terminaría por hacerme perder los estribos porque incluso cuando sujetaba mis manos y me decía que estaban heladas, yo estaba sola. No tenía a mi hombre de los azulejos.

Las cosas se salieron de control rápidamente, pero me prohibí abandonar el departamento. Si Stephen no soportaba la energía acumulada, que se fuera él, de todos modos, el lugar ya no le pertenecía. En los momentos de desesperación, gritábamos los tres. Y cuando el intruso dormía, yo me acercaba a las paredes a escuchar su canto con los ojos cerrados para sentir cómo sus palabras besaban mi piel: “You are my sunshine, my only sunshine…”. Una noche las canciones cesaron para dar paso a las posibilidades; a los nuevos hombres. Nuevas figuras que nada tenían que ver conmigo, pero que necesitaban a Stephen para marcharse y permitir que el hombre de los azulejos tomara su lugar.

Así que permanecía de pie a lado del sujeto a quien amé gracias a la voz que ahora me aconsejaba que terminara con su suplicio. Stephen no merecía eso, y la voz continuaba: “He said I was his darling and his comfort and all he had, and that I must take care of myself for his sake, and keep well”. Por mi propio bien esto debería haberse terminado ya. Seguiría los consejos del hombre y lo haría en la noche, cuando para nuestros ojos hubiese más claridad.

Stephen se quejaba entre sueños a causa del cansancio del día; las personas de Londres no habían dejado de molestarlo con llamadas y encargos que lo mantuvieron dando vueltas por todo León. Se removió un poco cuando mi mano acarició su nuca por última vez y mi voz le susurró descripciones de un papel tapiz amarillo, de hombre en azulejos de baño y de hombres en paredes color crema. De forma sigilosa me senté a horcajadas sobre él y en el momento en que sus ojitos cafés reflejaron la luz de la luna que se filtraba desde nuestra única ventana, tapé su rostro con la almohada que hacía unos instantes sostenía mi cabeza inquieta. Las manos de Stephen se movieron de mis caderas a mis muñecas para detenerme, pero su fuerza no se comparaba con la nuestra; la del hombre y la mía. Quizá mientras el alma de Stephen abandonaba su cuerpo, los tres fuimos uno solo. Su sufrimiento no duró demasiado, y mi voz que cantaba “Please don’t take my sunshine away…” se perdió tras la voz de D. B. Weiss cuando gritó: “¡CORTE! ¡Excelente trabajo, chicos! ¡Hagámoslo una vez más desde el inicio!”

 

 

Marla Alondra Argüelles Rodríguez nació en Chetumal, Quintana Roo. Le apasiona escribir e investigar, por lo que ha hecho novelas, crónicas y reseñas, entre los que destaca su primer trabajo, La reserva, un libro que retrata la injusticia de los crímenes en México. Actualmente cursa la Licenciatura en Letras Españolas en la Universidad de Guanajuato.

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