por Francisco Contreras III

 

“La tinta es una trampa, de ningún modo debe llevar tinta”. Ésa fue la tercera revelación que tuvo Rogaciano. Tenía la intención de crear un nuevo hito en la historia mundial, científica, de negocios y de la literatura, estaba decidido a crear una nueva forma de leer… de consumir libros; y ésa revelación completaba la clave.

Todo empezó una tarde de francachela. Rogaciano inspeccionaba el cuarto de los tiliches buscando una botella de cerveza para sustituir la que se había roto, entonces vio a través de una botella de tehuacán la etiqueta de una lata de sopa, de algún modo su mente unió cabos y relacionó el nombre de la sopa Campbell’s con Don Campbell, el autor de El efecto Mozart y fue así como se le ocurrió esa gran idea: Libros bebibles. Estaba perfectamente ebrio, igual que Gutemberg cuando se le ocurrió la imprenta.

Tuvo mucho cuidado de no mencionar nada de su idea a sus primos con quienes bebía, y el resto de la velada se la pasó en silencio, alcoholizándose, relamiendo una y otra vez su idea, saboreándola en silencio y a la vez pensando en formas de conseguirlo; y a cada trago de cerveza que daba, se imaginaba que bebía un trago del Álgebra, de Aureliano Baldor, o unos sorbos de Luna de Plutón o por fin terminar Azteca que había dejado de leer en la página ochenta y siete, porque era muy estorboso el pinche libro; pero si fuera líquido, aunque ocupara el volumen de dos garrafones de agua, podría servirse en un termo medio litro de Azteca e irlo tomando a sorbitos a lo largo del día, hasta en el trabajo, viendo tele o apretado en el metro, y si se lo proponía, un fin de semana sentarse con un vaso y unos hielos junto a sus dos garrafones y beberlos lentamente en el transcurso de la tarde, para que alrededor de la media noche y tras varias idas al baño, por fin concluyera ese tamaño libro y a la semana siguiente beberse Otoño azteca.

La segunda epifanía de Rogaciano llegó al siguiente medio día, cuando se levantó de su cama con una tremenda resaca. Estaba pasando una breve temporada vacacional en Hidalgo con sus primos, y antes que sucediera la primera epifanía había pasado ya tres días bebiendo mezcal, cerveza, tonayán y algo que no estaba seguro que fuera tequila. Su organismo chilango podía con eso, lo que lo puso en situación crítica fue el oxígeno del ambiente. Al hacer conjeturas se podría decir que la química de su cuerpo iztapalapense reaccionó al mezcal ―de calidad― y al oxigeno ―no embotellado― mientras que la cerveza fermentó y potenció el efecto de esa reacción química; sin embargo, al terminarse, el tonayán actúo como catalizador (el “tequila” sólo lo emborracho y le jodió el hígado un poco más) y brotó la idea. Pero, regresando a la segunda epifanía, Rogaciano estaba en la cocina de la casa de sus tíos buscando hidratarse debido a la tremenda resaca, cuando se le ocurrió la idea de hacerse un tehuacán preparado; tomó el agua mineral, el hielo, la sal, y mientras partía los limones recordó aquel capítulo de El mundo de Beakman donde hacían tinta invisible con jugo de limón… ¡el limón! era obvio que el limón debía ser la base para la tinta de los libros bebibles; además el agua de limón le gusta a todo el mundo.

 

Hagamos una pequeña aclaración. Rogaciano es un joven de veinticuatro años y estudia ingeniería química en alimentos. Así es, queridos lectores, nuestro buen Rogaciano estaba señalado por el dedo del destino para convertirse en el inventor de uno de los prodigios de la química y la cultura más grandes de toda la historia. Por supuesto, como toda idea genial, el momento de la epifanía es breve y deleitosa, en tanto que el trance de la creación puede llevarse un tiempo indefinido ―casi siempre largo― y que la mayoría de las veces es mucho menos placentero que el momento de la revelación; por eso, al ver la obra realizada es sin duda el momento más dulce y satisfactorio. Pero no nos adelantemos tanto; basta decir que al terminar sus vacaciones, el bueno de Rogaciano se entregó como obseso a sus estudios, siempre con miras a realizar su sueño de los libros bebibles y con el mismo motivo se instruyó también en literatura: El secreto, El alquimista, El código da Vinci, El caballero de la armadura oxidada desfilaron ante sus ojos, y claro otros tantos manuales de química que de sólo leerlos ya merecería una maestría y una tarjeta de agradecimiento de los libreros de la calle de Donceles.

El día de su graduación, Rogaciano recibió de sus padres una pluma Parker que guardó en la bolsa de su camisa. La intención de sus padres era buena, pero hablando de plumas, ¡es increíble ver cómo hay plumas eficientes pero feas y desechables de ciento veinte pesos, y la que sigue de cara que cuesta cinco mil! Por suerte encontraron esa Parker en oferta especial, ya que formaba parte de un lote defectuoso que un empleado de la fábrica de plumas comerció de contrabando en vez de destruir, y aunque sus padres siempre recibieron el agradecimiento de Rogaciano, él lo primero que recibió de la pluma fue una mancha de tinta en la camisa: así surgió la tercera revelación que ya les he platicado, y es donde la cosa se pone extraña.

Se dice que hay semillas que pueden pasar mucho tiempo agarrando fuerza dentro de la tierra, en la oscuridad, y de repente, germinan y crecen varios centímetros por día, algo así pasó con Rogaciano, tras recibir esa última revelación: todos los conocimientos de química que había absorbido fueron conectándose unos con otros; apenas podía aguantar las ganas de salir de su examen profesional e irse corriendo a un laboratorio para empezar la preparación.

En teoría es sencillo: crear un compuesto sinestésico que sea capaz de evocar conceptos precisos y deje un resabio que estimule los músculos de la lengua y garganta que intervienen en el habla, de esa forma los conceptos y las palabras simulan en el cerebro la actividad de la lectura, y al ser el cerebro estimulado con el sentido del gusto, sólo haría falta recordar el sabor para recordar lo “leído”. De principio Rogaciano estaba en lo correcto, el limón era un componente básico para la elaboración de los libros bebibles, pero se equivocó con respecto a la tinta… todo libro debe llevar tinta.

Si he de ser honesto, sé muy poco sobre química, así que todo ese interesante proceso de elaboración, que consumió casi treinta y cuatro días de la vida de Rogaciano ―un químico experto y talentoso―, no puedo narrarlo. Lo que sí puedo decirles es que Rogaciano, como el paraalquimista que era, poco a poco fue transmutándose a sí mismo durante ese proceso. Pasó por varias etapas filosofales, perdió la noción del tiempo porque estuvo fuera de éste, vio en sus matraces y condensadores las figuras de los protagonistas y escenas del libro que había elegido: El esclavo, porque era corto y muy sabio, y negoció con algunos avatares de conceptos metafísicos con la naturalidad con la que pesaba reactivos en la balanza o pulverizaba compuestos en el mortero. Su cabeza viajaba y salía de lo “normal”, pero él no conocía el concepto de la normalidad. Entonces llegó la hora importante, la última separación del oro y la escoria, el opus nigrum (no el de Youcenar, claro está), y comprendió que igualmente era una cuestión resuelta y de tiempo. Era como el campesino que ya sembró y ve en el cielo la nube cargada de lluvia. Podía, y debía, tomar una siesta.

 

Una cosa que Rogaciano no sabía es que él no fue el único al que se le ocurrió la idea de los libros bebibles. En un país extraño, rodeado por un inmenso muro gris, el Mago de la Levita Verde ―un auténtico mago― también tuvo esa idea y la había desarrollado con mucho éxito. No entraré en detalles, pero el Mago de la Levita Verde, al ser un auténtico mago y vivir en un lugar donde la magia es cotidiana, al enterarse del experimento de Rogaciano, no pudo menos que preocuparse e ir a visitar a su colega del mundo común y lo hizo de la forma más urgente y la que mejor conocía: por medio de los sueños.

Rogaciano estaba en la mesa de su laboratorio, localizada en el patio de la casa de sus tíos; tenía la camisa manchada de tinta y sobre la mesa había una botella vacía de El efecto Mozart, de Don Campbell. Dormitaba, se veía dormitando frente al experimento y llegaba un sujeto vestido con un blazer verde que le quedaba algo largo, el sujeto examinaba la pócima y negaba con la cabeza, finalmente el sujeto se aclaraba la garganta y Rogaciano despertaba

―Buenas noches, ingeniero Rogaciano, disculpe que lo despierte ―dijo el Mago cuando Rogaciano se incorporó.

―¿Qué?

―Permítame presentarme: soy el Mago de la Levita Verde. Estoy muy interesado en su proyecto.

―Oh, sí, es mi orgullo. Ganaré el Nobel… y en unos años los premios Nobel van a ser la antesala del Premio Rogaciano.

―Inmortalidad

―Sí, exactamente.

―La inmortalidad es como Roma, hay muchos caminos que llevan a ella. Pero casi nadie llega al final del camino. Debo decirle que el camino que usted eligió es uno de los más difíciles y poco transitados, pero a la vez, el más seguro para llegar. El camino de los libros es uno de los que ha llevado más peregrinos a Roma.

―Usted no es parte de mi fórmula. He visto y negociado con varios seres dentro de mi experimento, pero ahora me doy cuenta que usted no es uno de ellos.

―Es usted muy inteligente y muy sabio, pero no lo suficiente. Me apena decirle que su experimento no lo llevará a Roma, al contrario, le causará la muerte.

―¿Es acaso otra prueba? Yo tengo fe en mi experimento.

―Debería saber que esto no es una prueba. Lo sabe, ya todo está hecho, todo resuelto, sólo es cuestión de esperar, pero algo no está bien.

―¿Eres Mefistófeles queriendo estafar mi fórmula? ―Rogaciano dijo ese nombre sin saber lo que decía. El Mago de la Levita Verde se puso apresuradamente de pie y golpeó dos veces el piso con el talón.

―¡Puede estar seguro que no! ―dijo mientras volvía  a sentarse en un banco frente a Rogaciano― Le aseguro que es mucho mejor dejarlo a él fuera de esto. La fórmula no le interesa, pero le es difícil no tomar parte en un negocio.

―¿Entonces quién eres?

─Ya se lo he dicho, soy el Mago de la Levita Verde, y aunque deteste lo que va a escuchar: ya inventé los libros bebibles, llevo unos años produciéndolos, y de colega a colega le advierto que su fórmula tiene un fallo: le falta tinta.

─No. Definitivamente no debe llevar tinta.

─No en la fórmula, pero sí en el proceso. Por ley no puedo decirle el procedimiento preciso, pero le puedo contar que hace muchos años en Babilonia, los magos, cuando aún vivían en su lado de la frontera, se ayudaban de un niño para hacer profecías: ponían tinta en el hueco de la mano del niño, y cuando el niño se reflejaba en ese espejo negro, ocurría la magia…

―Esto no es magia, es ciencia.

―No tenemos tiempo para discutir ese detalle, la separación está casi lista… pero hace tiempo, aquí mismo, en el Ombligo de la Luna, un joven y talentoso hechicero creó una tinta con sus lágrimas y humo. Esa vez lloró de un golpe todo su llanto y ya no fue capaz de hacerlo de nuevo, pero cuando vio su reflejo en la tinta, obtuvo todo el conocimiento del mundo, desde entonces le dijeron el Espejo de Humo… en verdad, Rogaciano. La tinta es esencial.

―Yo confió en…

Y despertó.

 

Lo primero que vio fue el vaso de precipitados con la fórmula terminada, prácticamente transparente, casi 100 mililitros de esperanza y trabajo. Las palabras del Mago de la Levita Verde aún sonaban en su cabeza, pero sus propias convicciones palpitaban en su corazón. Lo sabía, como todo un científico debía hacer caso a su corazón y no a su cabeza. Alzó el vaso y lo bebió. Prácticamente no tenía sabor pero apenas la pócima tocó su lengua llegaron palabras a su mente, el trago era muy ligero, pasaba con naturalidad por su garganta y llegaba así de rápido a su cerebro: ahí estaba el libro, ya lo había leído antes, pero ahora estaba en su cabeza por la sensación que le provocaba en la boca y garganta, y era como si nunca lo hubiera leído, como si lo volviera a leer de nuevo siendo un libro diferente, pero era el mismo libro, las mismas palabras, la misma esperanza, y al terminar su trago, se desplomó.

Despertó en la cama de un hospital y no podía moverse. No sabía cómo había llegado ahí; una enfermera y un médico corrupto querían dejarlo morir para vender sus tripas, y bueno, ustedes saben… En el proceso de recuperar el movimiento se dio cuenta de lo importante de tener esperanza y una familia que te quiera, que el éxito no lo es todo y no tiene casi ningún valor comparado con una vida tranquila y pacífica. Por supuesto que tampoco recordaba nada de la fórmula de los libros bebibles, pero tuvo la intención de escribir un libro para enseñarle a la gente lo “realmente importante de la vida”. Se casó con la primer Laura que encontró y estuvo a punto de prosperar con un centro de rehabilitación y despertar espiritual, pero un tal Javier lo demandó por plagio de ideas…

Mientras tanto, al otro lado de una muralla gris de lluvia, desde su habitación en una torre, el Mago de la Levita Verde veía a Rogaciano con su telescopio: “Tan cerca”, suspiraba un poco resignado, como una leyenda del deporte cuya marca sigue sin romperse, y se siente algo solitario en el inmortal salón de la fama.

 

 

Francisco Contreras III. Octubre de 1982. México. Profesor barco [porta aviones] y ermitaño de ciudad. Tiene ideas modernas, pero es lector de vieja escuela. Ha sido corsario académico [acá-de-mico] y Oompa Loompa de las humanidades, tiene maestría en literatura, gana algún dinero corrigiendo libros y ha publicado uno: Cartas desde el Extraño País. Sólo eso.

Ilustración de Charles Louis Muller.

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