por Hernán Paredes

 

Tras concluir la escritura de mi primera novela y habiéndola presentado ese mismo día al concurso Nuevas Voces Literarias, me encontré en un sueño con el presidente del jurado. Mi sueño se situaba en la ceremonia, justo en el segmento anterior a la entrega de premios. Había salido un momento al jardín para tomar un poco de aire y calmar mi ansiedad. Afuera sólo interrumpía mi soledad un hombre que daba vueltas alrededor de la piscina. Lo observé y pude identificarlo como Lautaro Colasso, ganador de la primera versión del renombrado concurso y actual presidente del jurado. Estaba fumando ―aunque no tengo certeza de que su versión real posea este desagradable hábito― y en su mano derecha tenía un vaso de whisky on the rocks. Su andar errático, la falda de la camisa que asomaba fuera del pantalón y la corbata desanudada, me parecieron indicios inequívocos de que se hallaba en estado de ebriedad. Decidí aprovechar esta circunstancia para sonsacarle alguna información acerca de la impresión que mi obra había tenido en el insigne tribunal. Me acerqué y, una vez frente a él, extendí la mano y me presenté:

—Mi nombre es Gustavo Arteche, mucho gusto.

Me miró con ojos extraviados.

—¿Arteche? ¿Arteche, Arteche?

—Sí —respondí sonriendo—, Arteche, igual que el destinatario de la puteada más memorable del cine argentino.

Colasso, en el intento de reprimir una carcajada, sacudió de un lado al otro su indignante bigote a lo Poe; sin embargo, el esfuerzo fue en vano, ya que, unos pocos segundos más tarde, ésta se extendía estridente por todo el jardín. Se llevó las manos a la barriga, no sé si como una manera de aminorar los efectos ofensivos de la carcajada o de resaltarlos; en cualquier caso, cuando logró calmarse, me estrechó la mano y me ofreció disculpas.

—Lo siento, señor Arteche, mi intención no era burlarme de su apellido, sino de su obra. Me complace asociar finalmente un rostro a una de las porquerías más grandes que me he visto obligado a padecer como jurado.

Aturdido por la calificación otorgada, sólo atiné a pronunciar dos palabras:

—¿Porquería, dijo?

—Así es —respondió—, y le juro que no exagero.

Le exigí explicaciones ante lo que consideré una humillación gratuita; me las dio sin empacho.

—Para empezar, la primera palabra de su novela es un gerundio, nada más deplorable que un escritor que degrada su obra desde el comienzo. Además abundan los adverbios y las comparaciones pueriles; la historia es trillada y los personajes unidimensionales —hizo una pausa y dio una pitada al cigarrillo; luego entrecerró los ojos como quien tiene el privilegio de ser dueño de una información importante que no está seguro de querer compartir. Para mi infortunio, lo hizo—: ¿Quisiera conocerlos?

No había siquiera alcanzado a responder que de la puerta que conducía al salón principal hicieron su presentación estelar Mareco y Ponzio, los personajes principales de mi novela.

—Acérquense —dijo Colasso, al tiempo que hacía una seña—. Ahora verá por usted mismo —continuó, en tono de confidencia.

Mareco y Ponzio se acercaron. Se notaban perdidos, como si algún poder superior los hubiera sacado de su fascinante mundo de estafas y apuros con la ley y los hubiera depositado en la abúlica realidad. Tengo que confesar que en un primer momento me emocioné al verlos; lamentablemente, la emoción no me duró mucho.

—Arteche, le presento a Mareco y a Ponzio. —Hizo un ademán con la mano—. Aunque creo que ya se conocían.

—Un gusto conócerlo, compáñero —dijo Mareco, el falsificador, al tiempo que me estrechaba la mano con efusividad.

Me quedé perplejo. Le pregunté a Colasso por qué hablaba así y me respondió sin mucho reparo.

—Porque usted tiene el irritante hábito de poner las tildes en los lugares equivocados.

A continuación, fue el turno de Ponzio, el matón, que preguntó con su habitual talante grosero.

—¿Y éste quién es?

—Éste es su creador —respondió Colasso—, le exijo un poco más de respeto.

Ponzio pareció considerarlo y luego me tomó de los hombros con sus manazas y me dijo:

—Le agradezco por darme la vida, pero yo no le debo nada.

Pensé que me daría un cabezazo, como lo hacía con el oficial de policía que lo detiene en el capítulo cuarto, pero me soltó y prendió un cigarrillo.

El último vértice del triángulo, la mano que desordenaba el tablero y generaba discordia en la otrora sólida sociedad que unía a ambos protagonistas, apareció en ese instante contoneándose por la puerta. Modelo brasilera, ganadora del Miss Bum Bum 2014 y con una carrera incipiente como cantante, la exótica Marcelle Lima brillaba en el escenario del Chateau Rouge, el infame cabaret en donde se planeaba la estafa al acaudalado empresario Froilán Mansilla. Sólo que aquí Marcelle estaba pintarrajeada como una meretriz con quien el paso del tiempo y la excesiva compañía masculina se habían ensañado. Cuando se acercó noté que tenía una barba de tres días.

—Esto no es lo que yo escribí —balbuceé.

—Calma, Arteche, no sea un lloriquetas, esta señorita encarna a su mayor fantasía sexual, si aparece como aparece es porque usted la describió de esa manera.

—¡Pero yo no escri…! —un cachetazo se me estampó en la mejilla y me hizo escupir el resto de las palabras junto a un par de dientes.

—O me trata bien a la señorita o la próxima va acompañada de plomo —me dijo Ponzio, al tiempo que insertaba unos dedos gordos como chorizos en una manopla.

—¿Você tem algum problema? —preguntó Marcelle.

Su voz, carrasposa y masculina, no se condecía con aquélla que inducía a un ensueño romántico a quienes tenían la fortuna de escucharla cantar “Garota de Ipanema” acodada al piano de cola del Chateau.

—No, ningún problema —respondí, mientras me acomodaba la mandíbula.

—Ahora estamos todos, hasta podría jugar un partido de truco con sus personajes —señaló Colasso.

Pero no había manera de entablar una conversación civilizada con aquellos insensatos. Mareco esdrujulizaba indiscriminadamente; Ponzio no soltaba una palabra, sólo me miraba con cara de pocos amigos, y Marcelle hacía trizas mis fantasías sexuales al acomodarse cada dos por tres un sospechoso bulto que parecía molestarle en la entrepierna. Me disponía a abandonarlos y volver al salón cuando una miríada de personajes variopintos se hizo presente junto a sus creadores por medio de la doble puerta de cristal corrediza. Allí podía verse típicos caracteres de minitrama, que caminaban tan lentos que parecían cargar en sus espaldas con la pesadez de una siesta de campo; amantes soñadores que sollozaban cuando la marea humana los separaba; asesinos en serie que se deleitaban ejerciendo su oficio con los amantes separados; zombis que aprovechaban esa multitud de intelectuales para alimentarse de cerebros gordos y ricos en proteínas; pero lo que más llamó mi atención fueron los pitufos: el césped se hallaba repleto de suspiritos azules que bailaban y cantaban con una alegría abrumadora. Pregunté a Colasso el porqué de la presencia de esas criaturitas y éste me respondió con desdén:

—Estamos en un sueño, Arteche, los pitufos son imprescindibles. Los autores que sobrevivían a los zombis fueron acercándose a donde estaba Colasso, que me dejó solo al lado de la piscina y se embarcó en profundas conversaciones con ellos. Al ver esos rostros cuyas miradas aplomadas se posaban en el horizonte, pronunciando sentencia sobre temas que la mayoría de los seres humanos son incapaces de discurrir, me di cuenta de que yo no pertenecía a ese ámbito. Iba a retirarme cuando un tirón de una de las botamangas de mis jeans me llamó la atención. Miré abajo y allí estaba, todo sonrisas, sin más vestimenta que un gorrito blanco y un pantalón largo del mismo color.

—Señor, señor —dijo un pitufo—, ¿me da su autógrafo? —Por fin alguien reconocía mi talento en ese reducto miserable de pseudointelectuales esnobs.

—Pues sí, chiquitín —respondí tomando la birome y la libreta que me ofrecía—, ¿has leído mi libro?

—¡Claro, señor! —dijo con una vocecita plena de ternura— ¡Una reverenda porquería!

Tiré la libreta y la birome a la piscina y aproveché el bullicio de la multitud para espetarle:

—¡Pendejo de mierda, rajá de acá!

Me dejó una risa burlona y procedió a escapar de mi lado cual chico que huye de la pantufla de su madre tras haber cometido una fechoría. Me esforcé por contener el llanto. A un costado de la pileta, Mareco jugaba a apretarle el pompón de la colita a una pitufina que huía aterrada.

—¡Estos pítufos son maravíllosos!

Marcelle ofrecía servicios indecorosos a dos marineros turcos que se la llevaron, uno de cada lado, hacia la frondosa vegetación que rodeaba la propiedad. Ponzio, por su parte, conversaba con el grupo de asesinos en serie y cada tanto me lanzaba una mirada acompañada con un gesto de su pulgar recorriendo en forma transversal su garganta.

—Arteche —me dijo Colasso, que se había acercado sin que yo lo advirtiera y me adivinaba los pensamientos—, no se aflija, no todo el mundo tiene lo que se necesita para pertenecer a esta élite. Ahora me voy al salón, llegó la hora de anunciar al gran ganador.

Con la cabeza desganada como el tallo de una planta sin agua lo acompañé hasta la puerta.

—Usted llega hasta aquí, Arteche —me dijo—. Ahórrese la frustración y quédese afuera, disfrute del vientito, no hay nada para usted ahí dentro —y desapareció por la puerta junto al resto de la chusma.

Me quedé solo, a no ser por la presencia de aquellos tres seres infames que merodeaban el jardín esperando instrucciones de un creador que ya se había desentendido de su creación. Estaba abatido, pero decidí entrar igual y espiar aquel salón que se me había negado. Asomado a la puerta, escuché a Colasso anunciar pomposo al ganador del premio que yo nunca recibiría.

—…por su contribución a desentrañar el misterio de la existencia del ser humano; por regalarnos una de las historias más emocionantes que he tenido el placer de vivenciar; por su prosa, capaz de reducir a las grandes obras de la historia a meras redacciones de escuela primaria, tengo el placer de anunciar como ganador del Premio Nuevas Voces Literarias 2017 a la novela Las locas aventuras de los pitufos.

Se escuchó un vitoreo unánime y alguien a quien preferí no ver comenzó su trayecto hacia un fastuoso escenario que se reía de mi derrota.

—Malditos pitufos —murmuré entre dientes, mientras emprendía la retirada para salvaguardar las migajas de orgullo que todavía me quedaban.

Fue en ese momento que me desperté. Ese mismo día formateé el disco duro de la computadora y procedí a quemar todas las impresiones que había hecho de mi novela con la intención de enviarla a las editoriales. Mi sueño literario había expirado; yo no pertenecía a ese mundo.

Continué con mi trabajo al frente de un maxikiosko. El destino había querido que me rodeara de alfajores y de chupetines en vez de catedráticos, y yo de buena gana acepté su designio.

Unos meses después recibí una llamada:

—Buenos días, señor Arteche, tengo el agrado de informarle que el jurado ha decidido otorgarle el primer Prem…

Era Colasso. Podría reconocer ese graznido de cuervo alquitranado aun en las profundidades cavernosas del infierno. Me invadió una cólera venenosa que se ramificaba por mis venas como una septicemia. ¡El tupé de ese hombre de llamarme después de la humillación que me había prodigado! Sin embargo, por primera vez sentí que la vida me servía en bandeja la oportunidad de resarcirme. Inspiré profundo y lancé con la misma fuerza con que la mano abierta de Ponzio se había estrellado contra mi mejilla las palabras que hacía meses tenía atragantadas en la glotis:

—¡Colasso y la puta madre que te parió!

Y colgué.

 

 

Hernán Paredes (Rosario, Argentina, 1980).  He publicado relatos en diversos portales y revistas literarias. Mi relato «Y la banda siguió tocando» recibió una mención especial en el concurso de narrativa «Alma en el aire 2017», organizado por el Concejo Municipal de Rosario. Mi libro de cuentos Pornografía cerebral fue mención especial del Primer Concurso Nacional de libros de cuentos 2018 de la Sociedad Italiana de San Pedro.

Ilustración de Oleksandra Fedoruk.

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