Por F. Mifune~

A pesar de lo que parece, el tema del aborto ha sido discutido con recurrencia a lo largo de la historia de la humanidad. Tanto en la antigüedad como en la modernidad, el aborto ha sido tema de reflexión de muchos de los pensadores más agudos de los que haya registro. Sin embargo, y a pesar de la insistencia en la genialidad de los clásicos, rara vez volteamos al pasado para ver qué dijeron los pensadores antiguos sobre esto o aquello, mucho menos para conocer lo que hayan pensado sobre el tema del aborto en específico. Esto puede deberse, probablemente, a nuestra profunda convicción en la creencia de que el presente es mejor que el pasado y que, por consecuencia, el futuro será mejor que el presente. Necesitaría muchas líneas para argumentar que esta convicción es más bien un prejuicio. Sin embargo, me parece que el puro hecho de abrir los ojos y voltear para cualquier lado es suficiente para notar que padecemos un déficit de claridad en torno al tema del aborto. Una vez que aceptemos que nuestras luces son insuficientes para ponernos de acuerdo sobre el tema del aborto, entonces podemos darle cabida a un tercero, especialmente si se supone que el tercero fue sabio, para que nos hable a través de sus libros y nos ayude a resolver el aparente conflicto irresoluble del aborto. Esta voz tercera puede ser la de Aristóteles.

Aristóteles aborda el tema del aborto en su Política, en el Libro VII. Sin embargo, su abordaje es sumamente breve, cosa que a nosotros, los lectores modernos, nos asombra. ¿Por qué un pensador tan renombrado como lo es Aristóteles trataría tan de prisa un asunto que nos conflictúa y divide tanto como es el asunto del aborto? Quizá suceda que, al develar las causas de la supuesta superficialidad de Aristóteles sobre este asunto, saquemos a la luz algo que a nosotros se nos oculta y de lo que podemos asirnos para aclarar nuestra propia situación.

 

Aristóteles dice lo siguiente:

“En cuanto a la exposición y crianza de los hijos, debe existir una ley que prohíba criar a ninguno defectuoso; y en el caso de un número grande de hijos, si la norma de las costumbres lo prohíbe, que no se exponga a ninguno de los nacidos. Es necesario, en efecto, poner un límite numérico a la procreación. Y si algún niño es concebido por mantener relaciones más allá de estos límites, antes que surja la sensación y la vida, se debe practicar el aborto, pues la licitud y la no licitud de éste será determinada por la sensación y la vida.”

(Pol. 1335b-15)

 

Para no sacar de contexto y tergiversar las palabras de Aristóteles (cosa que se hace con excelente facilidad con cualquier clásico), es necesario hablar, aunque sea sucintamente, de la obra que contiene el pasaje citado y de la noción de lo que es la vida según Aristóteles.

La Política (Πολιτεία, “Politeía”, que se traduce como “política”, “gobierno” o “constitución”) es una obra de tema político. Se diferencia de otras obras del corpus aristotélicum, como su Acerca del alma (Περὶ Ψυχῆςo, “Peri Psyché”) o su Metafísica (Tα Μετα Tα φυσικά, “Ta meta ta physicá”, que se traduce como “Lo que va más allá de la Física”) en que habla de temas claramente prácticos y no tanto únicamente “teóricos” o “especulativos”. El tema de la Política es, precisamente, las cosas de la vida política en general.

Para una vía de acceso a su contenido, podríamos estructurar la Política en cuatro partes: la explicación de lo que es una polis (πόλις, que se traduce como “ciudad-estado”) en el Libro I; lo que han dicho los sabios sobre la mejor forma de gobierno en el Libro II; la explicación de los componentes elementales de la polis, a saber, el ciudadano y la constitución en los libros III, IV y V y; la teoría de la mejor forma de gobierno posible en los libros VI, VII y VIII.

Como puede verse, el pasaje arriba citado se dice casi al final de la Política, en el Libro VII de los ocho que la conforman. Varias cosas muy importantes se dicen en los otros apartados de la Política. No obstante, para los fines de este texto, basta con mencionar la existencia de la polis que antecede a la de la persona en aislado y la génesis de la polis sobre una idea del bien. No obstante, otros temas que no son tratados en la Política son cruciales para entender el pasaje del aborto, específicamente el tema de los tipos de alma discutido en su Acerca del alma y las nociones de acto y potencia en su Metafísica.

Como ya he ensayado en otro artículo, Aristóteles explica el origen de la polis en la insuficiencia de la persona en aislado y la necesidad de pertenecer a una comunidad. Una persona en aislado sería incapaz de proveerse lo necesario para vivir bien. La persona en aislado puede sobrevivir, difícilmente vivir y, mucho más difícil vivir bien. En pequeños grupos (familia) es capaz de proveerse algunos víveres y un refugio seguro contra bestias y otros individuos que quieran aprovecharse de ella. Grupos más grandes (colonias) permiten la división del trabajo y proveer cosas que, entre menos, sería difícil producir. Sólo la polis (la comunidad ciudad-estado) permite tener una fuerza y solvencia tan grandes como para ya no temer de nada externo y obtener cosas que van más allá de la necesidad inmediata. Sólo en la polis las personas pueden tener ocio y, por ello, sólo en la polis el ser humano puede ser feliz, y como todo humano quiere ser feliz, por eso Aristóteles dirá que el humano es un “animal político” por naturaleza, en el sentido de que sólo dentro de la polis puede alcanzar su plenitud y que formar comunidad es parte de su naturaleza.

Esto explica por qué la polis es anterior a la persona. Aunque, cuando vemos nuestro entorno, parece que lo primero son las personas en aislado, para la existencia de las cosas (y del bien vivir) es primero la polis. Esto se explica porque el todo es anterior a la parte. Así como la mano es anterior a cada uno de los dedos, la polis es anterior a la persona, y así como al aniquilar la existencia de la mano (por ejemplo, al cortarla) el dedo pierde su ser, sin polis no habría persona, pues la persona sería insuficiente para sí misma y viviría como las bestias.

Además, es preciso tener presente que, para Aristóteles, las comunidades se organizan siempre sobre una idea del bien, de lo mejor, que incluso antecede a las leyes decretadas, al derecho positivo, como diríamos hoy. Esto lo podemos comprobar nosotros en nuestra vida cotidiana. A pesar de que no hay leyes que definan qué es la felicidad, hay una especie de convención no escrita sobre lo que la mayoría de la gente quiere para ser feliz: un buen empleo, un coche, una casa, viajes. No sólo las comunidades del libre mercado se levantan sobre una idea de bien, también los monjes tibetanos se reúnen en sus comunidades porque tienen una idea de lo que es mejor: desapegarse de lo material, vivir para la contemplación, en general seguir el camino de Buda.

Por último, la noción de acto y potencia discutidas en su Metafísica (Met.1045b-1052a), son cruciales para entender la vida según Aristóteles. No se puede discutir aquí todo el camino que sigue Aristóteles a lo largo de la Metafísica para llegar a la discusión sobre el acto y la potencia. Baste con tener presente que, sin estos dos conceptos, cualquier noción de vida, según Aristóteles, resulta conflictiva o absurda. Para Aristóteles, como para muchos filósofos, uno de los mayores misterios es cómo las cosas pasan de ser una cosa a ser otra, es decir, por qué hay cambio o, en última instancia, por qué hay movimiento (en la medida en la que el cambio es movimiento).

Según Aristóteles, para no incurrir en el mismo error que el filósofo Parménides de negar el movimiento (Parménides decía que “el ser es” y “el no ser no es” y que, en una interpretación extrema, se concluye que algo que “es” no puede dejar de ser, por esto una semilla nunca deja de ser semilla y lo que vemos como árbol es un engaño de la percepción), así como para evitar el error del filósofo Heráclito de afirmar que todo cambia y nada es (pues, dicen, Heráclito decía que sólo existe el “eterno movimiento/cambio”, y que por tal todo lo que vemos es un engaño de la percepción), es necesario introducir a la noción de vida los conceptos de potencia (δύναμις, “dynamis” ) y acto (ἐνέργεια, “enérgeia”). Gracias a que los seres vivos tienen potencia y acto, pueden ser una cosa y llegar a ser otra. Para Aristóteles, toda la vida se explica por la relación constante entre potencia y acto, pues nada de lo que los seres vivos hacen se explicaría si no tuvieran una potencia (un poder llegar a ser) y un acto (un ser de hecho). El nacer, el comer, el crecer, el reproducirse y el morir sólo es posible, según Aristóteles, por la relación potencia y acto; la semilla sólo puede llegar a ser árbol, cambiar (o moverse) hasta ser un árbol, porque es árbol en potencia. Pero, invariablemente, la semilla es semilla y el árbol es árbol, no hay confusión entre tales, sólo la potencia y el acto los conectan.

Por último, no hay que perder de vista que acto y potencia son elementos constituyentes sólo de los seres que se mueven por su propia cuenta, y entre esos seres están los seres vivos. Para Aristóteles, la causa de que los seres se puedan mover es el alma, cosa que explica en su texto Acerca del alma.

Para Aristóteles, y en general para los griegos antiguos, el alma se comprendía de una forma muy diferente a como la comprendieron, más adelante, los cristianos, aunque es innegable que el cristianismo tomó varios aspectos de la filosofía de Platón y Aristóteles para su propia cosmovisión.

En el Acerca del alma, Aristóteles describe tres tipos de alma. La primera es el alma vegetativa, que otorga la facultad de movimiento interno a los seres, con lo cual se logra el crecimiento. Esta alma la tienen plantas, animales y humanos, pues todos estos pueden crecer, es decir, moverse/cambiar para obtener lo necesario para desarrollarse. Luego está el alma apetitiva, que tiene las mismas facultades del alma vegetativa, pero además permite que los seres se animen y vayan de este lugar a otro y que puedan seguir viviendo. Esta alma la tienen los animales y los humanos, pues permite que sientan cosas como el calor, el frío, el dolor, el placer y que, además, se muevan para conseguir esto o aquello. Por último está el alma racional, la cual sólo la tienen los seres humanos. Este tipo de alma ejerce las mismas funciones que las dos anteriores, pero se diferencia de ellas en la medida en que, además, permite que el ser humano pueda obtener conocimiento y distinguir lo justo de lo injusto.

Considero que, con estas observaciones, es suficiente para estar al tanto de la postura que tenía Aristóteles en su Política con respecto al tema del aborto. Pero creo que es necesario comentar por partes el pasaje citado casi al principio para que sea explícita la postura que, hasta donde se puede colegir, habría tenido Aristóteles.

Como dije líneas arriba, el interés de Aristóteles en el Capítulo VII de su Política es hablar del mejor régimen posible. A diferencia de los primeros capítulos, que son puramente “descriptivos”, el Capítulo VII de la Política es meramente “prescriptivo”, es decir, está hablando de cómo deberían ser las cosas, especialmente cómo deberían ser si se quiere tener la mejor forma de gobierno posible. Otra manera de decir esto es que, para Aristóteles, el mejor gobierno posible necesariamente debe permitir el aborto.

Mas la permisividad del aborto está acotada por una noción de vida política muy específica. Como expliqué arriba, para Aristóteles la comunidad es anterior a la persona en aislado. Esto lo dice Aristóteles en la parte “descriptiva” de su Política, o para decirlo de otro modo, para Aristóteles no es que la comunidad deba ser anterior a las personas en aislado, sino que de hecho lo es y negarlo es negar la naturaleza de la polis.

Así, teniendo esto presente, Aristóteles recomienda el aborto sólo si se quiere tener la mejor forma de gobierno posible y sólo si reconocemos que la polis es anterior a las personas en aislado, es decir, que lo mejor para la comunidad es más deseable que lo que es mejor para la persona en aislado. En este sentido, la consigna de que es “mi cuerpo, mi decisión” sería un sofisma, pues tu cuerpo y todas las ventajas de que él goza (protección, salud, refugio y variedad de consumibles) sólo son posibles gracias a la comunidad, a la polis.

Que la polis, o para nuestro caso el Estado, es quien debe decidir si se debe o no abortar, nos resulta repulsivo. Probablemente esto es efecto de nuestra arraigada convicción de que el individuo es más importante que la colectividad. No puedo exponer aquí el origen de esa convicción, así que me limitaré a hacer la críptica y muy debatible tesis de que el cristianismo fundó dicha convicción. En tanto que el cristianismo inauguró la rebelión contra el Estado porque el reino de Dios no es de éste mundo, sumado a que el derecho moderno no es sino la secularización del cristianismo (véase a Hobbes y a Hegel), vivimos sobre la conclusión de que estamos en la polis más a fuerza que de ganas.

La postura de Aristóteles nos parece detestable en cuanto lo leemos a través de nuestras nociones del derecho moderno. La prescripción aristotélica de hacer una ley que prohíba criar niños defectuosos es totalmente escandalizadora desde nuestras nociones del valor del sujeto. Sin embargo, no debemos perder de vista que Aristóteles está dando esta recomendación en la parte donde habla de lo que debería ser, no de lo que es. Tener bien presente este hecho regula todo idealismo con el que quiera leerse a Aristóteles. Para Aristóteles, la mejor forma de gobierno sólo es posible en una polis donde se le dé muerte a los “niños defectuosos”. Otra manera de leer esto sería la siguiente: si quieres tener una polis duradera, mata a los niños que salgan con defectos. Con esta astucia retórica, Aristóteles regula nuestro afán de querer el mejor régimen posible con nuestro sentimiento de aversión al acto de matar niños. No hay que olvidar que en Esparta de hecho había una ley de ese tipo. ¿Tendrá relación esto con el hecho de que Esparta haya sido una de las naciones más duraderas en la historia humana? ¿Aceptaríamos nosotros negarle la vida a los “niños defectuosos” que pudieran devenir una carga para la madre, las familias, las colonias y, en última instancia, para la polis?

Además, Aristóteles es enfático en que es necesario poner un límite numérico en la procreación. Esto es más o menos lo que hizo China de 1979 al 2015 y que fue duramente criticado por muchas naciones. Aristóteles agrega que, si ya se logró la concepción, se debe practicar el aborto, pero esto sólo será lícito en la medida en que todavía no se dé la sensación y, por consecuencia, la vida al interior del vientre. Hoy nosotros y nuestra ciencia nihilista, enfrascados en una interminable investigatitis incapaz de lograr que los científicos se pongan de acuerdo, titubeamos al señalar cuándo hay sensación y, por consecuencia, cuando hay vida al interior del vientre. Ocasionalmente acompañada de nuestros dogmas judeocristianos encubiertos, la ciencia del derecho quiere darle estatus de persona a eso que aparece apenas se reúnen óvulo y esperma. ¿Qué diría Aristóteles de todo esto? Por lo menos diría que el embrión viene acompañado de un alma vegetativa, que permite llevar al acto su potencia de crecer, más no tiene alma sensitiva en la medida en que todavía no puede reconocer placer o dolor (o por lo menos eso es lo que se acepta dados los requisitos nerviosos necesarios para percibir placer o dolor), mucho menos cuenta con alma racional, pues no hay manera de que sea capaz de obtener conocimiento ni demostrar que puede distinguir entre lo justo y lo injusto.

Tal vez, pero sólo tal vez, para Aristóteles, los “pro-abortistas” y los “anti-abortistas” están absortos en una discusión y división por las causas equivocadas. En uno y otro caso, ambos se basan (aunque a veces no se dan cuenta de ello) en un exacerbado valor del sujeto y en dogmas, explícitos o implícitos, que probablemente heredaron del judeocristianismo y, tal vez, pero sólo tal vez, por allí va el problema.

Una última aclaración es necesaria: todo lo que acabo de ensayar sobre la perspectiva de Aristóteles en la Política está enmarcado en una discusión sobre la mejor polis posible. ¿Es acaso nuestra comunidad una de las mejores polis posibles, es siquiera una buena polis o, por el contrario, es un fracaso?

 

Imagen:

Leonardo Da Vinci. Estudio de feto.

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Mifune

Mifune

Licenciado en Filosofía por la UNAM, certificado en gestión de contenido para plataformas e-learning, editor, ensayista y frecuente lector de filosofía antigua.

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