por Érick Salgado

 

A veces las cosas desaparecían de su lugar, las buscábamos por toda la casa, pero no las encontrábamos. Luego decidíamos reemplazar los objetos perdidos por otros nuevos. Lo malo es que cuando ya teníamos el reemplazo, el objeto viejo reaparecía en el lugar menos sospechado: adentro del horno, debajo de alguna almohada o en la cesta de ropa sucia. Al principio pensamos que alguien nos estaba jugando una broma pesada (¡Mira que ponernos a gastar en compras a lo tonto!), pero no. Ninguno de los que vivimos aquí fue el culpable; a todos nos sucedía la misma locura. Según entiendo, nadie, por muy payaso que fuera, se atrevería a gastar tanto dinero reemplazando a lo tonto cargadores, licuadoras, relojes, jarrones o llaves.

Con el paso de los días, las cosas dejaron de reaparecer. Es decir, las cosas que desaparecían ya no regresaban como al principio. Eso significó un momento de gran angustia para todos, porque nos estábamos quedando sin pertenencias. Fue raro; no pensamos que alguien nos estuviera robando, porque estábamos acostumbrados a que las cosas desaparecieran y aparecieran por sí solas; además, nadie había entrado a nuestra casa, ni siquiera de visita. Por todo eso, nos propusimos averiguar qué sucedía con nuestras cosas. Primero colocamos cámaras por todos los rincones del edificio. Es lo que cualquiera con sentido común habría hecho, sin embargo, sucedió lo que alguien con más sentido común habría previsto: ¡las cámaras desaparecieron! Nos reímos y lloramos de coraje al mismo tiempo. Después nos turnamos para hacer guardias. Yo comencé con la tarea. Estuve casi veinte horas sentado en la sala observando con cuidado cada objeto que ahí se encontraba, pero no sucedió nada. Cuando estaba por completar mi jornada de 24 horas, llegó Patricio, gritando con coraje que yo era un inútil, que mi guardia no sirvió para un carajo y mil cosas más. Yo pude haberme molestado por sus ofensas, pero me pareció hilarante verlo acercarse calzando sólo un zapato y usando su corbata sin una camisa debajo. Le pregunté qué había pasado y sólo contestó: «¿Pues tú qué crees?»

Después de las guardias, intentamos otros métodos de vigilancia que resultaron igual de inservibles. Todo continuó desapareciendo poco a poco, incluso nuestro dinero. Al final, decidimos guardar nuestras cosas en un gran baúl que colocamos en el centro de la sala y cerramos con cadenas y candado. Nos pusimos a observarlo con cuidado por tres días y tres noches completas, hasta que, de un momento a otro, desapareció. ¡Desapareció frente a nuestras narices! Fue el colmo, pero al menos ahora estábamos seguros de que nuestras pertenencias simplemente desaparecían.

Contamos lo sucedido a algunos conocidos, pero ninguno de ellos quería creernos. Al comenzar a contárselos, nos tachaban de locos y no podíamos terminar de contarles con detalle lo que vivimos. Después dejamos de contarles y simplemente decidimos cambiarnos de casa. Como nadie nos creía, decidí escribir esto antes de mudarnos. Lo que temo es que no me dé tiempo de escribir porque el cuaderno vaya a

 

 

Érick Salgado es escritor de cuento, profesor de inglés, corrector de estilo y director de la revista literaria Kaledio. Ha publicado un libro de cuentos titulado La puerta secreta, la plaquette de minificción Gotas para los ojos, y colaboró en la plaquette de poesía Ausencia. Cuentos suyos han sido publicados en revistas digitales como Nomastique, Delatripa y Moria.

Ilustración de Terrence Brett.

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