Aokigahara es conocido como el bosque de los suicidios.  Se cree que más de 500 personas se han adentrado voluntariamente en él para no salir más, y año con año sus restos son encontrados y removidos silenciosamente por la policía y bomberos voluntarios. El bosque se rodea de misterios y supuestos sucesos paranormales, su fama se extiende por el mundo debido a las noticias y la cultura popular, y las cifras de defunciones que lanzan las fuentes oficiales podrían resultar alarmantes si no fuera porque son apenas una muestra aislada de lo que vive Japón año con año. Aun cuando el país nipón no encabeza la lista de mayor tasa de suicidios anual, su aparición cerca de los primeros lugares es una constante que no ha variado desde hace ya varios decenios. El acto en sí tiene matices que no se encuentran en muchas otras culturas: no es sólo una consecuencia de la tristeza o la desesperación, también tiene una nota de gloria y valentía relacionada con la honorabilidad y que se remite a la historia del pueblo mismo, desde los samuráis hasta los kamikazes. Todo esto viene al caso porque lo que moviliza  la trama de Tokio Blues es un suicidio. A los 17 años, Kisuki decide encerrarse en la cochera, encender su auto y respirar monóxido de carbono hasta morir. No hay una nota ni una razón visible, horas antes había jugado billar con su mejor amigo, Toru Watanabe, y su única preocupación había sido ganar todas las partidas.

Los detractores de Haruki Murakami, nacionales e internacionales, señalan acusadoramente el desarraigo cultural de sus novelas. Sus personajes nacen, crecen y mueren en Japón, pero la producción cultural y las prácticas tradicionales del país son casi inexistentes en el escenario cotidiano. En cambio, a Murakami no le tiembla la mano para lanzar referencias occidentales: novelas, películas y canciones, todas bien conocidas de nuestro lado del mundo y que desentonan notablemente con personajes que comen sopa miso y pasean por Komagome. Estas acusaciones pueden ser debatidas con títulos como Crónica del pájaro que da vuelta al mundo, donde en una subtrama se narra la historia de un teniente japonés durante la  Guerra de Manchuria, pero en el caso de Tokio Blues la exploración del Japón que el lector espera descubrir no se encuentra ni en los años de los hechos—1969, cuando se daban las revueltas estudiantiles en las universidades—, ni en los libros que relee su protagonista, Watanabe, ni en las canciones que escucha obsesivamente su compañera en el desencanto adolescente, Naoko, sino en el inmenso lodazal en que sus vidas se sumergen a raíz de un suceso casi epidémico: el suicidio. La muerte de Kisuki se narra en las primeras veinte páginas del libro, y todo lo que sucede después es consecuencia de la misma.

“El tiempo transcurría al ritmo de mis pasos… la gente clamaba cambios, y éstos se encontraban a la vuelta de la esquina. Pero los acontecimientos que tuvieron lugar, todos y cada uno de ellos, no fueron más que pantomimas carentes de entidad y significado. Y yo me limitaba a vivir día tras día sin apenas levantar la cabeza”.

La magdalena proustiana de esta historia es una canción: «Norwegian Wood». Watanabe, de 37 años, está por bajar de su avión en Hamburgo cuando la melodía comienza a sonar. Alguna vez una chica lo tuvo, y la canción favorita de esta chica era «Norwegian Wood». Veinte años atrás su mejor amigo cometió suicidio, y a partir de ese momento el tiempo comenzó a avanzar sin compasión, ajeno a Watanabe y a su incapacidad de procesar esta violenta separación: dejó la casa de sus padres, se marchó a la universidad, comenzó una carrera que apenas si le interesaba pero a la cual no dejaba de asistir. Un año después de la muerte de Kisuki, nuestro protagonista se encuentra con Naoko, novia del difunto mejor amigo, y a partir de esta primera salida comienzan a verse todos los domingos para pasear. Ninguno habla, Naoko parece ausente, siempre avanzando delante de él, con sus ojos vacíos mirando a la nada. Inevitablemente (e inexplicablemente), Watanabe se termina enamorando de ella, y entonces el tiempo deja de serle ajeno para convertirse en el martirio de la espera y la angustia. La presencia de su amada ausente es pura frustración, porque se encuentra ahí y no se siente colmado. Además, está el temor al desmoronamiento, uno que, según Donald Winnicott, ya ha sido experimentado: la sombra de Kisuki, su partida, se cierne amenazadora sobre todos aquellos que lo amaron.

Como en casi todas las novelas de Murakami, la misteriosa mujer que atrae al protagonista desaparece. Un día Naoko no lo llama para confirmar su cita semanal; al ir a buscarla, Watanabe se encuentra con que ya no vive en su residencia. En su ausencia, una nueva chica aparece en la vida de Watanabe: Midori. De cabello corto y lengua rápida, la joven es el polo opuesto de Naoko: vivaracha, llena de energía e imposible de callar, lo único que comparte con la desaparecida es la insistencia de caminar de un lado a otro de Tokio sin un rumbo fijo. Son ellas quienes dan forma y manejan la vida del protagonista de 1969 a 1970, lo atormentan y lo lanzan de una marea a otra, pero no son las únicas con quienes comparte sus ratos libres: en el transcurso de su espera dominical y después, durante la misteriosa ausencia, Watanabe tiene sexo casual con desconocidas. Estos encuentros son casi tormentosos, pues no sólo no disfruta de ellos, sino que termina sintiéndose molesto, pero continúa efectuándolos con cierta regularidad, como único acto sobre el cual parece tener control en medio de aquel mar producido por Naoko y Midori. Aunque vacías de significado, sus correrías lo protegen brevemente de la soledad que lo consume por la ausencia implacable de la primera y la confusión que le produce la segunda, y es también una vía para entender su propio crecimiento y su maduración personal.

Cuando Naoko vuelve a aparecer en su vida, Watanabe abandona estos encuentros, la espera deja de ser un martirio para convertirse en una esperanza, pues se promete construir un futuro para ella y para él. El tiempo deja de ser, momentáneamente, un ente incomprensible que lo agrede, para dar paso a una vía segura que lo llevará a la felicidad. Pero este optimismo es sólo una muestra más de la desconexión que existe entre la vida que el joven universitario pretende llevar y la que lleva en realidad. Naoko está recluida en un sanatorio en Kyoto, enferma de algo que no se nombra, pero que se adivinaba en las cuencas vacías con las que trataba de ver el mundo. Los suicidios abundan en su vida, y no es sólo Kisuki quien la llama insistentemente desde las tinieblas. A pesar de que Watanabe puede ser visto como el personaje principal, es Naoko quien acapara las luces de la escena. Está atrapada en su propio cuerpo, que la domina y recluye del resto del mundo: llora sin detenerse, las palabras no logran salir de su boca y, a pesar de tener deseos sexuales, su vagina no se humedece. Habita una cueva. El futuro que Watanabe desea construir con ella está envuelto en llamas, justo como la madera que arde en «Norwegian Wood», y que Naoko escucha con el poco gozo que queda en su vida. A lo lejos, Midori aguarda, llena de una pasión tan inexplicable por vivir la vida que resulta obscena.

Murakami no es el mejor escritor del mundo. Sus libros suelen seguir una fórmula establecida y sus personajes son variaciones de un mismo hombre en crisis, pero cuenta buenas historias. Éstas suelen dejarnos más preguntas que respuestas, lo cual es frustrante, pero también liberador: cada quien decide qué rumbo tomaron las cosas que se lanzaron al aire, pero aquellas que son establecidas por su pluma duelen como clavos sobre un ataúd. Todos los personajes en Tokio Blues se dirigen hacia un bosque donde esperan morir. En la alegría avasalladora de Midori hay un dejo de desesperación y estridencia; hay violencia en Nagasawa, compañero de Watanabe, quien ve el mundo como un juego da cartas que debe ganar; hay dolor en Reiko, compañera del sanatorio de Midori, quien se refugia en la música como única forma de conectar con la mujer que pudo ser; la elegancia de Hatsumi esconde la tragedia de nunca volver a contemplar la belleza de una misma puesta de sol y hay en el mismo Watanabe una separación tan grande y dolorosa del mundo que pareciera que habita otro planeta. Justo como Naoko, todos ellos se encuentran en una cueva que los presiona y sofoca, pero aún tienen control sobre su cuerpo, y es por medio de éste que intentan distraerse del obsesivo llamado de la muerte. En el sexo no encuentran placer, sino normalidad, autocontrol, y en la construcción de un imaginario amoroso atisban una luz que promete la salida del círculo vicioso del pasado.

A su manera, Murakami nos recuerda que sin importar lo frecuente, recurrido o común de un acto, ya sea el suicidio, ya sea el sexo, ya sea decir te amo y sentirlo en serio, éste tiene repercusiones que no podemos medir ni contabilizar, que nos alcanzan por muchos años que pasen, por muy lejos que viajemos, por muchos idiomas que intercalemos. Que nos alcanzan por tomar la decisión de seguir vivos, seguir adelante sin la persona de la que nos separamos irremediablemente. Watanabe está solo en Hamburgo y a sus 37 años sigue siendo un ser hosco, cuya vida fue arrancada por la muerte de alguien más. Kisuki siempre tendrá 17 años y siempre será adolescente, pero para Watanabe la adolescencia es un mecanismo extraño que quedó roto y nunca pudo reparar. Hay una luz que lo llama, que lo motiva a llevar a cabo su narración muchos años después; una luz que se extingue como una luciérnaga o que se apaga después de un incendio que quizás, como en la canción, él mismo ayudó a avivar. Pero a pesar de ello, su espacio sigue siendo el de los vivos, sin importar el lodazal que lo aliena ni el pasado que lo somete: hay vida más allá del dolor. Aokigahara es también conocido como Mar de Árboles.

Me lleva tiempo evocar su rostro. Y conforme vayan pasando los años, más tiempo me llevará. Es triste, pero cierto. Al principio era capaz de recordarla en cinco segundos, luego éstos se convirtieron en diez, en treinta segundos, en un minuto. El tiempo fue alargándose paulatinamente, igual que las sombras en el crepúsculo. Puede que pronto su rostro desaparezca, absorbido por las tinieblas de la noche”.

 

Fotografía: Winter Trees, Soichiro Tomioka

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