por José David Castilla

 

En la fila de espera siempre veía rostros que le parecían familiares. Esta vez sí que le costó conseguir el precio de la cuota. Pero ahí estaba. Las manos le temblaban y no se podía concentrar. Sólo pensaba que pronto se la entregarían una vez más.

La luz del pasillo pestañeaba. El piso estaba sucio y las sillas habían sido arañadas por los tipos impacientes que esperaban. Al fondo del pasillo una mujer miraba su celular, absorta e indiferente ante los rostros de los desgraciados que esperaban, copados de impaciencia. El lugar ya había cerrado y a esa hora debían ser muy discretos.

Fue prohibido hace mucho tiempo, pero aún existían mercados negros por todas partes. Algunos culpaban de las adicciones al Gobierno por permitirles probar las dosis. Después surgieron los tratamientos de rehabilitación, pero los costos se elevaron a niveles impagables. Los ancianos adictos, al verse huérfanos una vez más de aquella sensación de complemento, optaron por suicidarse; cuentan los periódicos que el primer año de prohibición, el país se ahorró mucho en temas de seguridad social y pensiones. El problema se salió de las manos cuando hordas de niños y adolescentes cayeron en la adicción. No calcularon que una sola dosis podía enfermar a toda una familia.

Para remediar sus errores, se aplicó una regulación estricta, hasta represora. Quemaron los laboratorios, suspendieron las investigaciones, prohibieron el comercio de la materia prima y buscaron cerrar los mercados.  El Estado los defendía de sí mismos. Los grupos de autoayuda se hicieron millonarios, surgió una nueva orden religiosa que mezclaba todas las preexistentes, legalizaron drogas psicológicas y aumentaron las campañas motivacionales. La profesión del siglo era titularse como publicista y redactor de frases de autoayuda.

Pero, como en toda campaña, siempre quedaron algunos adictos y productores escondidos entre las fábricas y los callejones de las ciudades. Sólo que esta vez, los costos de una dosis de 24 horas eran elevadísimos. Los adictos pobres no encontraron otra solución que no fuera el suicidio, y los adinerados transformaron su oro en cenizas. Pero muchos de ellos darían hasta sus propias vidas por revivir a su ser querido, aunque fuera sólo un día.

Chet miraba al piso. Siempre se prometía que esta sería la última vez, que tenía que dejar estas cosas en el pasado. La debilidad que se sumergía en sus venas cuando pensaba en la muerte lo hacía caer derrotado. Miraba sus piernas delgadas y las manos huesudas que sostenían una pequeña libreta azul en la que anotaba sus rasgos más finos. Habían pasado quince años desde que ella murió, pero nunca quiso encontrar otra salida.

Al fondo del pasillo un letrero decía “finalización del proceso”. Cuando lo encendían, llamaban a cada uno de los presentes para que pagara el costo en una disimulada caja registradora. Aquel que se arrepentía, era encerrado con su ser querido y debía ver como lo mataban ante sus ojos. Los traficantes mueven sueños y pesadillas.

La luz se encendió y nombraron a los del primer grupo. Rogó que su nombre fuera pronunciado por esa antipática vieja del mostrador. Pero no, pasaron todos y él se quedó solo. Había llegado muy tarde. Casi no consigue el dinero. Impaciente comenzó a caminar en la sala de espera bajo el parpadear de la luz blanca. Rezaba y se hablaba a sí mismo, se repetía: “esta es la última vez, la última vez, la última…”. Ya casi era media noche. Quería irse de ahí, fugarse con ella y escapar.

La luz roja se encendió después de media hora. La mujer que sostenía el celular ya había apagado el computador y estaba contando la plata del mostrador. Tenía que hacer la caja menor para la venta de pequeños narcóticos al otro día. Con completo desprecio pronunció su nombre. No lo miró a la cara y le dijo que fuera por un pasillo que se estiraba hacia un cuarto oscuro.

En el pasillo que conducía a la puerta donde ella aguardaba no había luz. Sintió cada paso como si caminara en medio de la nada. Palpaba las paredes con las manos para no tropezar o golpearse. Tantas veces había caminado por ese lugar, pero seguía sufriendo con el vértigo de la oscuridad. Su corazón palpitaba más rápido. Tragaba saliva como si fuera vino y antes de sostener el pomo de la puerta se rascó la nariz. “¿La última vez?” pensó. Abrió la puerta con timidez y cuando la vio de nuevo, volvió a sonreír, como en la última dosis. Allí estaba. Diana, la bella Diana.

Él la revivía con el cuerpo que tenía a sus treinta años, cuando se fueron a vivir juntos. Le encantaba esa mujer, cada detalle y cada gesto lo llenaban de una paz envidiable. La forma delicada con la que sus manos se pasaban por su pelo, ese par de arrugas difuminadas que retrataban la comisura de sus labios y el sonido un tanto ronco de su voz, que en cada frase se cargaba de la elocuencia que había cultivado con tantos años de estudio.

—Diana… Soy yo, Chet.

—Chet… pero, ¿cómo? ¿Qué es esto? —le decía ella mientras le tocaba la cara. No encontraba una razón lógica al verlo tan envejecido.

Al llegar a su casa, la recibió con un vaso de agua. Aterrada, se detuvo a contemplar su apartamento: poco más que un colchón tirado en el suelo y un par de fotografías en las que salían juntos; la nevera y la estufa; una mesa y un computador. Sin embargo, no dijo nada y se recostó en la cama.  

Chet se acercó y le dio un vestido azul; lo único que estaba limpio en medio de esa pocilga. Ella pasó la tela por su cuerpo desnudo y lo sentía como en aquellos días de amores furtivos que no se borraron de su memoria. Volvió a mirarlo a los ojos y sostuvo el rostro de Chet por un instante.

—¿Qué es esto? —su cuerpo no se comparaba al que había dejado el día de su muerte, a los 54 años.

—Es un sueño, amor, sólo eso.

Ese día transcurrió con el plan milimétrico que Chet había diseñado para los dos. Fueron a los lugares que a ella más le gustaban. Escucharon su música preferida. Él le contó sus planes para el futuro, le dijo que quería viajar, que simplemente quería escapar. Hablaron mucho. Él escuchó cada una de sus disertaciones, de lo que ella creía que le esperaba al mundo en los próximos años, aunque sus presagios no tuviesen valor alguno. Le dijo que nunca se había lamentado por no tener hijos y que siempre soñó con esas bobadas que mostraban en las películas de viajes.

Chet simplemente escuchaba y hacía un par de bromas para poder oír nuevamente esa risa. Todo era como vivir en un día tranquilo, tan cotidiano y sin sentido. Nunca le había contado nada sobre el mundo que ella no alcanzó a vivir. Hace más de quince años que ella había muerto; no conoció la resurrección ni sus adicciones, partió antes de todo ese caos que se había apoderado de su vida.

La noche llegó y el tiempo se acababa. El proceso solo duraba a lo sumo 24 horas, antes que la composición química del nuevo cuerpo se desintegrara y terminara convertido en un montón de cenizas. Chet la llevó a su casa. No lo podían ver en la calle con un resucitado, porque lo terminarían remitiendo a una clínica. Las rehabilitaciones eran terriblemente invasivas, algunos quedaban con el cerebro inservible y, en el caso de tipos de su edad, muchos perecían en el proceso de desintoxicación o se suicidaban un par de días después de que concluía el tratamiento.

Al ver la ventana de su apartamento, suspiró. No la quería llevar allá. Pensaba que ella no merecía irse en semejante basural. La llevó a caminar por un parque que quedaba al lado del edificio. En ese barrio vivían muchos fanáticos religiosos que a la menor sospecha estarían llamando a los de rehabilitación. Él sabía que lo estaban mirando mientras caminaba. Los miraban a los dos con ese halo de sospecha por el que habían ido a allanar su casa en varias ocasiones. Pero no le importó; la noche estaba muy bella y muy tranquila para dejarla escapar.

Ya casi era media noche y dejó que ella apoyara su cabeza en su hombro. Sentía como respiraba, como sudaban levemente sus manos entre las de él. El olor de Diana era idéntico al que tenía en aquellos años. En verdad estaba atrapado en revivir continuamente este último día. No quería experimentar la ansiedad de su pérdida una vez más. Tomó valor y le dijo:

—Sabes, esta es, en verdad, la última vez que nos veremos —se sentía atragantado con cada palabra, su cuerpo temblaba—. En verdad, me hubiese gustado estar contigo más tiempo en esta vida.

—No seas tonto, esto es sólo un sueño. No sé si es tuyo o mío, pero me siento muy bien. Es raro verte tan viejo, espero que no sigas siendo tan gruñón.

—Espero que me recuerdes cuando esto pase, cuando despiertes.

—Después de caminar mucho en esta vida, puedo concluir que momentos tan simples como estos son los que nos demuestran que, aunque existir no tiene sentido alguno, vale la pena perderse y ver pasar el tiempo. Tal vez no encontremos nada más allá cuando nuestros cuerpos dejen de funcionar, o tal vez repitamos hasta la eternidad un día tan bello como este.  

Él la abrazó y su piel empalidecía a medida que la luna se posaba en el techo del cielo. Respiraba con mucha tranquilidad, mientras ella se quedaba dormida y perdía la conciencia que, a la fuerza, había vuelto a ese cuerpo moldeado en un hospital ilegal de la ciudad.

—Adiós, Diana —dijo Chet mientras contemplaba el cielo.

Encendió un cigarrillo, mientras el recipiente vacío que simulaba su cuerpo comenzó a desmoronarse en la banca del parque. Cada una de sus partes se fue convirtiendo en ceniza que volaba con la ventisca de esos días. El humo del cigarrillo le nublaba los ojos, mientras las lágrimas empapaban sus mejillas.

Las alarmas comenzaron a sonar y al fondo se escuchaban las sirenas de una patrulla del centro de rehabilitación. Las luces de un par de ventanas se encendieron. “Un pagano resucitador”, gritaban los vecinos. Chet se quedó ahí, mirando el cielo y esperando a que ellos lo guiaran a la puerta que deben cruzar todos los seres humanos. “Quizás Diana esté al otro lado. Quizás, quizás…”.

 

 

Ilustración de Gosia Łapsa-Malawska.

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