por Moisés Castañeda

 

Con los cuentos de este volumen, Rubem Fonseca se adentra en los recovecos de lo inasible; explora cómo esa pulsión, esa idea, ese sentimiento, ese instinto que llamamos amor puede motivar situaciones contradictorias, las cuales salvan y condenan por igual. No importa quién sea el depositario, en cualquier caso el amor conlleva una sacudida de la que no es posible salir indemne. En este sentido, estamos ante una fuerza ambivalente, voraz, destructiva, pero también conciliadora y vitalista. Las anécdotas en que se mueven los personajes parten de lo anodino para luego arrastrar al lector hacia puntos de quiebre fascinantes: no hay lugar para la tregua en esos planos, sino sólo para la ruptura o el encuentro. Pareciera que el amor es un absoluto feroz, un flujo vertiginoso que transita sin reparos entre la vida y la muerte.

Fonseca plantea diversas posibilidades de amor. En éstas reinan la pasión y el deseo; en aquéllas, la compasión y la nostalgia; en esas otras de más allá, la violencia y el desconsuelo. Los recursos del autor, dotados de una precisión deslumbrante, se enfocan en evidenciar la complejidad de su asunto: el amor, como la vida, no es luminoso ni oscuro. Se trata, más bien, de un combustible inagotable. La combustión producida da lugar a una lumbre terrible y reveladora. Terrible porque devora sin piedad aquello que se daba por sentado, ese cúmulo de hábitos y convicciones que terminan por estancar a los individuos; reveladora porque con su luz desgarra el velo de lo ignoto, dando cabida a las manifestaciones más puras del alma o de la conciencia. En otras palabras, el amor hiere al mismo tiempo que cura; consigue que sus presas logren colocarse en la médula de su propia existencia.

Las manifestaciones del amor en este libro son oscilantes. El sondeo del autor recorre con igual ahínco lo hilarante y lo solemne, lo erótico y lo tanático, lo amargo y lo dulce. De alguna manera, la dinámica de estas historias evoca el oficio del funámbulo. Allí va el amor sobre la tensión de la cuerda, bamboleante, concentradísimo. Ora su peso se inclina hacia acá (el odio, la destrucción, la locura), ora hacia allá (la redención, el placer, la comunión). Sea como sea, cada paso suyo provoca que el corazón se exalte y, más importante, que brote la subversión.

En cuanto a esto último es preciso anotar que el brasileño tiene cierta predilección por las situaciones carnavalescas, por esas condiciones en que la máscara usurpa la identidad del sujeto. De tal suerte, el justiciero se convierte en criminal y el asesino en salvador: un sicario termina por compadecerse de su víctima al reparar en la actitud mercantilista de aquellos que lo contratan, mientras que un detective impulsado por su fanatismo religioso toma la vida de un inocente. Ambos seres se desprenden del papel que les otorga la sociedad bajo la influencia del amor: mediante el mismo acto, asesinar, uno se condena y el otro se redime. El sicario opta por tomar la vida de sus contratantes y, con ello, salvar a una mujer que le recuerda a su madre; el detective justifica su crimen escudándose en sus dogmas, con lo cual quebranta la ley y se erige como verdugo de los marginados.

Sobre esta misma línea marchan los pasos de dos mujeres que también asesinan por amor. Una lo hace por venganza y otra por compasión. La primera odia a la mujer que le robó al “amor de su vida” y, en consecuencia, le pide a su marido narcotraficante la cabeza de su hijo. La segunda le brinda a su padre la eutanasia para salvarlo de su obsesión: pese a ser viejo y estar enfermo, no desea morir hasta que su hija, homosexual, le dé un nieto varón que continúe con sus negocios. Aquí es importante notar el peso del egoísmo tanto en aquella que sólo piensa en castigar, sin importar los cruentos medios, como en aquel que no repara más que en perpetuarse, aunque con ello vuelva infeliz la vida de su hija. Una vez más, asesinar por amor hunde y libera. Por un lado, la mujer despechada no recuperará lo perdido con la muerte de aquel niño y, por otro, aun cuando podría interpretarse como monstruoso, el parricidio cometido por la hija homosexual es, ante todo, un esfuerzo por reivindicarse ante las exigencias sociales, casi siempre machistas e intolerantes.

Como podemos ver, opera un juego de desdoblamientos, una suerte de vaivén que sirve para comprobar la flexibilidad del amor. Ya sea por dignidad, fe, pasión o compasión, estas criaturas dan lo peor y lo mejor de sí; se empeñan en amar sin importar si es lastimoso o gratificante. Es como si Fonseca quisiera advertirnos que el amor es algo implacable contra lo cual no vale la pena oponerse. Para bien y para mal, amar es necesario e ineludible.

Y sin embargo no todo es angustia. La sexualidad y el erotismo se hacen presentes con atavíos burlescos. Al brasileño le gusta que el placer no sólo cauce orgasmos, sino también carcajadas. De ahí los amantes perfectos que no son capaces de concordar sino hasta que uno, el idealista, descubre las tremendas heces de su compañera en medio del bosque. Otra pareja de amantes alimenta el fuego de su pasión con cartas jocosas y caracterizaciones irrisorias; tales individuos llegan incluso a hacer las veces de personajes de películas. En estos cuentos el amor es divertido, cálido, apaciguante; implica un espacio de conexión. No debe dejarse de lado cómo Fonseca inclina la balanza de la alegría hacia el desenfado, lo gracioso, eso que está más a la mano, al mismo tiempo que le encarga a lo grave el crucifijo de las tragedias.

Mención aparte merece el relato en que un hombre asiste a la agonía de su perro. Ni siquiera son dos cuartillas, pero la narración es en absoluto conmovedora. Toca las fibras del lector sin decidirse entre lo ominoso o lo ufano. Muere el animal, sí, pero lo hace en manos de su dueño, agradecido. Da la impresión de que los alcances del amor se ensanchan en cuanto entramos en los terrenos de la pureza animal, en esas parcelas donde el afecto carece de palabras y sólo se manifiesta por medio de miradas y caricias.

En suma, Fonseca se aventura de manera excepcional en las vicisitudes del amor para trazar un mapa tan interesante como rico. Quizá lo más relevante de su tentativa sea que propone perspectivas inusuales y críticas mordaces. El valor de su pluma descansa en la capacidad de resignificar aquello que, por cotidiano, parece resuelto. A fin de cuentas, nos revela que el amor no consiste en un estado inmóvil de gracia o plenitud, sino en un combate exigente e incesante. El epígrafe de Jean Anouilh que eligió para expresarlo es sin duda inmejorable: “Existe el amor, claro. Y existe la vida, su enemiga”.       

 

Ficha bibliográfica

Rubem Fonseca, Historias de amor / Del fondo del mundo prostituto sólo amores guardé para mi puro, Ediciones Cal y Arena, México, 1999, 201 pp.          

 

 

Moisés Castañeda Cuevas (Ciudad de México, 1987) estudió Lengua y Literaturas Hispánicas en la UNAM. Ha publicado en Revista Literaria Monolito, Playboy México, Marabunta, Metrópoli Ficción y Pliego 16. Facebook: chancho.neutli

 

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