por Linda Rodríguez

 

El coro de aullidos anunciaba la última hora de la noche; el susurro del viento le aplastaba el polvo contra la cara. Era una noche cálida. El hombre volvía de la casa señalada por la insidia del pueblo, olvidada al otro lado de aquella tierra. Los huesos del jumento halaban su propia piel y arrastrando, detrás, la carreta con el hombre.

Cuánto deseaba relamer un cigarro con esa boca seca, tan seca como la palma horadada del sombrero sobre su cabeza, siquiera para distraerse en algo mientras cruzaba de punta a punta aquel desolado páramo, intentando hacer oídos sordos para no escuchar lo que la noche le susurraba cerquita: mira. Nada más pensar en desviar la vista a esa extensión de yermo vacío, sentía en la nuca lo que el aire hacía con la espiga. Mira.

Anhelaba una bocanada en la garganta. La neblina expulsada por sus fosas tras empañar los sacos de sus pulmones. El sabor seco, amarillo. El aroma amargo penetrando sus harapos. Se sentía él mismo dentro de una boca. Murmurado por unos labios secos. Escupido en medio de la nada, a merced de que algún sonido lo alertara en esa noche sin un alma en el camino. Mejor que así fuera, que no hubiera alma alguna que sirviera de testigo a su pecado en ese campo acariciado por las alimañas, donde imaginaba la pisada de algún nahual que abandonaba su huella.

El espeso ovillo de nubes abría camino a un haz de luz que, cual faro, guiaba la barca del hombre a través de aquel mar de oscuridad. Mira. Una silueta resguardada al pie de la estela, frágil, apenas formaba una delgada sombra. El alma en pena, pensó el hombre, e intentó no recordar las historias de viajeros que en su camino decían encontrarla. Habladurías de la gente. Lo cierto era que, aunque conocía el sendero de sobra, nunca lo tomaba a deshoras. Supersticiones. Más le habría valido quedarse en aquella casa chica, relegada a equilibrarse en un peñasco, donde dejaba palpitante y cálida a una mujer ajena a sus sacramentos, al lado de la lumbre, entre el fogón y el lecho que arropaba con una leve sábana el fruto de aquel clandestino vientre.

Pensando en la mujer que injuriaban las lenguas, sintió el cansancio de seguir guardando un secreto a todas voces rumorado, más pesado cada año. El abrazo trémulo y liviano de la joven hacía flaquear la firmeza de su espíritu de sostener una promesa hasta la muerte. Deseaba musitar aquel nombre ante su esposa, pronunciarlo y liberarse de la fama de la callada relación, acariciando entre los labios la palabra con el soplo que da la vida. Adelante, en la lejanía donde el camino encontraba su destino, resonaban las campanas de la iglesia que divulgaban la nueva de que los fieles difuntos habían partido. Ojalá llegara pronto el día en que marchara con ellos.

Entre la negrura, el animal timoneaba hacia la luz, mientras el hombre intentaba divisar la silueta iluminada por la luna; pero la carreta seguía sin alcanzarla, como si la luz avanzara con la figura al mismo paso que la maltrecha bestia se acercaba a ella. Deseaba que el esbozo frente a él tomara color y le develara a una persona, hombre o niño, pero no mujer ni fiera; pues es bien sabido que estas últimas anuncian pesares.

Su andar le parecía inmóvil. La vista no servía de lente. Mira. Buscó con el rostro el murmullo detrás de su oreja mientras el viento secaba el sudor de su frente. Un escalofrío le estremeció los huesos. Mira. Se resignó a barrer el sembradío con la mirada, temeroso de encontrar lo impronunciable, pero el viento repetía: mira. Angustiado, golpeó al animal con las riendas que empuñaba como si de los hilos de la vida se tratasen. Aquel aceleró el paso, motivado más por el enfado que por la orden. Mira. El andar de coces le parecía pausado, lento, como si el animal decidiera prolongar su angustia en una broma cruel, al tiempo que él, rodeado por un galopar distinto retumbando en sus oídos, movía la cabeza de un lado a otro y de nuevo al frente sin conseguir vislumbrar la fuente del sonido. Mira. Esta vez tan cerca que sintió que la voz provenía de sus adentros, desde su pecho, se agolpaba en su garganta hasta que su paladar y su lengua daban forma a las cuatro letras que su saliva escupía contra su voluntad. Mira.

La veía, estaba ahí, frente a frente. Tan alta. La silueta, fugitiva hacía un rato, se erguía ante él. Sus ojos quedaron colgados de aquella faz, de aquel rostro cadavérico de enjuta piel. Suspendida en la noche, la fisonomía de una mujer que no era humana; reconocía la calavera de una yegua que pronunciaba con los enormes dientes averiados la palabra. Mira. El hombre imploró a sus pulmones expulsar ayes de ansiedad y de terror, el nombre de su amante, el de su fruto, proferir maldiciones, lanzar aullidos, las palabras que fueran, pero gritar algo distinto a la blasfemia de ese pútrido aliento. Mira. Pronunció por última vez, antes de ahogarse en la inclemencia del mutismo hasta su muerte.

 

 

Ilustrado por Marcos Piña.

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