por Arturo Gasca

 

Hace ya varios años que desaparecieron. Durante su auge, yo aún no cumplía los veinte, pero a pesar de la ignorancia propia de mi juventud, supe que no durarían mucho. Su movimiento, como cualquier otro, empezó con un ideal más bien sencillo que, antes de que se dieran cuenta, creció hasta límites inesperados, persiguiendo, y lo digo sin exagerar, una empresa tan grande como el Universo mismo. Destinados al fracaso desde su mera concepción, el Movimiento y sus ideas terminaron muriendo en el olvido, pero hoy, a manera de homenaje o burla, valdrá la pena recordarlos.

El Movimiento del Inclusionismo Universal, fundado por dos mujeres y un hombre, fue creado con el objetivo de diseñar y difundir lo que ellos llamaban, un lenguaje inclusivo. Se trataba de una lucha social, un paso más hacia la igualdad de género, una revolución más que necesaria de la lengua española que por tanto tiempo había estado fuertemente marcada por el machismo. Aquello era porque, según sus líderes, en el castellano existen ciertas palabras o terminaciones que dan preferencia al género masculino mientras que ignoran al femenino: «El lenguaje, al igual que la sociedad, debe cambiar para adaptarse a los nuevos tiempos y necesidades una vez que se ve superado por estos. Pongamos como ejemplo la oración “Nosotros nos divertimos”; una oración simple e inocente que es correcta, siempre y cuando haya sólo hombres dentro del “nosotros”, de la misma manera en que sería correcto decir “nosotras” cuando sólo haya mujeres. Sin embargo, cuando están los dos géneros mezclados, el pronombre en cuestión, en vez de incluir imparcialmente a ambos, le está dando preferencia sólo a los primeros y ocultando a las segundas; está relegando a las mujeres a un segundo plano, oprimiéndolas, haciéndolas invisibles, como si no importáramos o no valiera la pena aclarar nuestra presencia».

La solución a esta problemática, imaginaria o no, fue sencilla: reemplazar las “o” de los masculinos genéricos por la “e”, una vocal neutra que no se identifica con ningún género. Así pues, para asegurarse de incluir tanto a hombres como a mujeres, sin ningún orden de prioridad o importancia, la oración anterior debería ser reformulada como “nosotres nos divertimos”; el resultado es, a todas luces, una oración deforme y confusa. La misma medida fue aplicada también a algunos sufijos, en especial el “ismo”, el cual, según fuera conveniente, podía terminar en “o”, “a” o “e”; por ejemplo, “machismo”, “feminisma” o “progresisme”. Parecían cambios baladís y más bien groseros y feos, pero aquello era apenas el comienzo para un movimiento que pretendía tragarse al Universo entero.

Desgraciadamente, y a pesar de sus muchos detractores, la RAE terminó sucumbiendo a las campañas de victimización del Movimiento y sus activistas, y aceptó oficialmente sus modificaciones apenas dos años después de su postulación. Tan pronto lo hizo, autores y periodistas, más versados en mercadotecnia que en letras, y deseando ser recordados como pioneros, empezaron a llenar sus obras con la última moda del lenguaje, e incluso cometieron el descaro de reeditar volúmenes clásicos, adaptándolos a los nuevos cambios; de más está decir que sus trabajos se vendieron como pan caliente y fueron alabados por la crítica por ser “transgresores y rebeldes”. Con dolor recuerdo que entre ellos hubo más de uno que se llevó el Nobel.

Con el tiempo, el Movimiento fue ganando adeptos por todos los países de habla española del mundo, y con los nuevos seguidores llegaron también nuevas ideas y propuestas. De entre ellas, la única que prosperó sugería hacer un nuevo espacio en el lenguaje para hacer justicia, esta vez, a las minorías, otros grupos marginados e históricamente oprimidos. Así fue como el lenguaje inclusivo evolucionó para no sólo darle cabida a ambos géneros en el hablar diario, sino también a las minorías, que por tanto tiempo habían sido ignoradas y ocultadas detrás de los intereses de las mayorías. La solución, sin embargo, ahora requería más ejercicio de memoria, pues era necesario hacer distinciones y enumeraciones para cada grupo que se pudiera ver remotamente referido durante una conversación, y el castigo para el insensible que olvidara mencionar a dos o más era la vergüenza y el rechazo social. Con esta medida, las conversaciones se alargaron exageradamente hasta el tedio y no hubo quien aguantara un discurso político por más de veinte minutos de enumeraciones que parecían no tener fin.

Además, se agregaron también otras modificaciones al lenguaje, no menos feas que las primeras. La más importante de ellas fue la inclusión de nuevos tipos de pronombres, prefijos y sufijos, los cuales debían ser empleados en función de la raza, color de piel, nacionalidad, orientación sexual e incluso nivel de estudios de la persona o personas a las que se estuviera refiriendo. No hacerlo o mezclar uno por otro equivalía a ser tachado de racista, homófobo o xenófobo.

Estas nuevas medidas, aunque populares al principio, terminaron dando pie a un nuevo descontento que obligó al Movimiento a reinventarse a sí mismo, pues apenas un año y medio después, los activistas terminaron enfrentándose al deseo de ser incluyentes no sólo con algunos grupos de personas oprimidas o incomprendidas, sino con todas las personas por igual, sin ningún tipo de distinción. Para ellos, cada individuo era tan importante y único que resultaba inhumano abstraerlo detrás de un pronombre vago y genérico: «Este lenguaje, para volverse plenamente justo con cada une de nosotres, debe ser capaz de reflejarnes, no en la medida de qué somes, sino de quiénes somes. Y es que no sólo somes miembres de alguna sociedad, país, grupo o género; no podemos limitarnos sólo a eso y dejar que nuestre identidad y esencia individual se pierda. La verdad es que somes humanes complejes con un pasado y un futuro únicos, todes tenemos ambiciones, sueños y temores, y dejar que todo eso se pierda detrás de un término vago e inexacto es ser injustes con nosotres mismes. Por ello, un lenguaje que no pueda reflejar todo lo que somes, no es un lenguaje auténticamente inclusivo, porque deja fuera del discurso las partes más importantes de nosotres mismes: nuestre humanidad y nuestre individualidad. Antes no lo vimos, pero ahora nes resulta más que obvio: generalizar no equivale a incluir imparcialmente, sino a excluir ciegamente».

Siguiendo la nueva ideología, los adeptos ahora repudiaban la generalización del lenguaje y luchaban por una particularización llevada al límite. Su deseo era tan extremo que prohibieron ciertas palabras como sus antes adoradas “todes” o “nosotres”, por ahora considerarlas racistas, homofóbicas, xenófobas, misóginas, sexistas y clasistas. En pocas palabras, eran demasiado vagas y genéricas y, por lo tanto, demasiado excluyentes y discriminatorias. Sin embargo, aquel no fue el único cambio drástico, pues ahora ya no bastaba mencionar el nombre de una persona para referirse a ella, sino que era obligatorio seguir un ejercicio de enumeración (aún más tedioso que el anterior) para hacerle justicia también a todo lo que esa persona representaba, es decir, incluir a su familia, sus amigos, sus aficiones y desintereses, sus costumbres y tradiciones, su país e historia, sus creencias y su ideología, su pasado, su potencial futuro y todo el entramado de causas y consecuencias que lo habían llevado a ser quién era, todo debía ser nombrado e incluido.

El lector entenderá el gran problema de esta nueva medida, pues al hablar de algo o de alguien, era necesario mencionar también otros tantos miles de “algos” o “alguienes”, lo cual, a su vez,  requería a otros miles de millones, y así hasta el infinito. En pocas palabras, un auténtico lenguaje inclusivo debía incluir no sólo a las personas, sino al Universo entero.

Por cuestiones prácticas, esta medida no prosperó y fue rechazada casi de inmediato[1]. Sin embargo, dio pie para la invención de nuevas perversiones del lenguaje, esperando que con ello, el problema de la enumeración infinita quedara resuelto: hubo quienes se dieron a la tarea de inventar una nueva palabra (de una longitud que nunca fue determinada) que representara al Universo mediante la combinación de fonemas y caracteres que iban desde jeroglíficos egipcios hasta pictogramas chinos; hubo otros quienes propusieron suprimir todos los sustantivos y pronombres del lenguaje y reformular la gramática para comunicarse exclusivamente a través de verbos y adverbios; otros, todavía más ambiciosos, sugirieron crear un nuevo lenguaje desde cero, mientras que unos pocos empezaron a comunicarse a través de notaciones matemáticas, en especial aquellas propias de la teoría de conjuntos.

Ningún intento fue fructífero y poco a poco los adeptos fueron abandonando al Movimiento, decepcionados de haber fallado en tan titánica tarea: formular un lenguaje verdaderamente inclusivo y, por lo tanto, absoluto. José Lucas Borell, erudito y escritor de renombre[2], terminó por apagar cualquier llama de esperanza: «No se dan cuenta que el problema es irresoluble desde el mero planteamiento. Y esto se debe a las limitaciones de cualquier lenguaje, no sólo el castellano, pues todo lenguaje es sucesivo mientras que el Universo es simultáneo y, por lo tanto, ambos son incompatibles entre sí».

Con el tiempo, el castellano volvió a ser como era y el Movimiento del Inclusionismo Universal terminó desapareciendo en el olvido. La última noticia que se tuvo de ellos fue la del suicidio de una de sus fundadoras y principal portavoz y líder. Algunos sostienen que lo hizo porque ya no podía soportar la abrumadora carga de su tarea (de la cual nunca desistió) de lograr un lenguaje inclusivo, justo, absoluto y perfecto. Otros aseguran que al final consiguió formular una palabra larguísima que reflejaba fielmente al Universo entero pero que, al considerarse indigna de ella, prefirió tomar su propia vida llevándosela consigo. La verdad nunca podrá ser conocida, pues lo único que dejó atrás fue una carta de casi treinta hojas escrita a mano por ambos lados; por desgracia, aquella carta poco o nada decía, pues sólo eran enumeraciones de personas (una en especial), ciudades, libros, canciones, fechas, dramaturgos, eventos históricos de España y Rusia, pasajes del Quijote, fórmulas químicas y un largo e inútil etcétera. Probablemente, a juzgar por los titubeantes trazos de las últimas hojas, el veneno que se había tomado terminó haciendo efecto antes de que pudiera terminar de escribir el único destinatario para quien iba dirigida la carta.

 

Notas

[1]  Aún así, hay quien dice que en algunas partes del mundo pueden encontrarse ciertas personas que siguen enfrascadas en la misma conversación de hace ya muchos años atrás, enumerando y enumerando…

[2] El lector lo recordará por sus obras más representativas: Invenciones y El Taph.

 

Arturo Gasca (Guanajuato, 1994). Licenciado en Ing. en Sistemas Computacionales. Colaboró en la antología Letras Fantásticas de Phaino Editores. Trata de encontrar su lugar en el mundo (o en su defecto, el lugar del mundo en él) una historia y una memoria a la vez.

Fotografía de Daisuke Takakura.

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