por Magdalena López Hernández

 

—Te la tragas o te mueres, cabrona.

La voz ronca rompió el silencio, pero Andrea no abrió los ojos; al contrario, los apretó intentando convencerse de que todo aquello era una pesadilla, de que seguro se había quedado dormida en la combi y que en unos segundos despertaría en medio de la gente, el ruido y a la luz del día.

No debía faltar mucho. La secundaria no estaba lejos de casa; en cuanto despertara, sería cuestión de minutos llegar a la parada. Ahí estaría mamá, esperándola como habían quedado cuando le pidió ir a la escuela a pagar su inscripción, y en cuanto bajara de la combi le extendería el recibo diciéndole:

—¿Ves, ma? No lo perdí, te dije que sí podía.

Estaba segura de que su madre la abrazaría, besaría su frente y reiría suavemente mientras le respondía:

—Sí, sí. Claro que lo e…

Andrea ya no escuchó más. Las palabras de su madre se desvanecieron en medio de los puñetazos y el eco de sus gritos. Los ojos se le llenaron de lágrimas al recordarse a sí misma saliendo de la escuela, subiendo a la combi, viendo bajar hasta el último pasajero, como lo había hecho con mamá todos los días a la hora de la salida durante seis años de primaria.

—Se cobra —le dijo al chofer extendiéndole una moneda de diez pesos—, bajo en esta parada. En esta… aquí bajo, señor… ¿señor?

Pero él no se detuvo, Andrea golpeó las ventanas e intentó abrir la puerta al ritmo de una súplica —deténgase, deténgase, por favor…— que quedó silenciada en el primer alto tras un trapo de cloroformo.

Cuando abrió los ojos, no vio nada. Sólo oscuridad. Colocó sus manos frente al rostro para corroborar que existía, pero entre la sombra no pudo encontrarlas. Trato de palparse: primero el rostro, después las mejillas, el cuello… pero sólo sentía la piel adormecida, no sabía si había encontrado su cuerpo o tan sólo rozaba su sombra. A ciegas percibió el terreno: el olor a humedad, la frialdad de la habitación, la aspereza de las manos que se le acercaron por la espalda para jalarle el cabello mientras la voz ronca decretaba:

—Te la tragas o te mueres.

Fue hasta ese momento que por fin vio algo: la silueta del cañón destellando entre la sombra.

El miedo le abrió los poros, el llanto le recorrió la espina dorsal, pero las lágrimas se le congelaron del espanto. Fue cuando Andrea cerró los ojos, porque sólo así podía cambiar el rumbo del destino; dibujar la imagen de su madre en la parada caminando hacia ella para besar su frente.

—Mami, mami, mamita —repitió como una plegaria.

Los puños parecieron caer sobre su cuerpo a modo de respuesta; la sangre escurrió por su barbilla mezclándose entre lágrimas y mocos, mientras el frío del cañón le atravesaba las encías.

—¿Estás pendeja o qué? —escuchó el sonido del gatillo— Abre la pinche boca.

Lo hizo en un acto reflejo; no obstante, el asco trepó por su esófago hasta convertirse en náusea y las arcadas nacieron desde lo más profundo de su estómago expulsando el arma de su boca.

—Perdón, perdón, perdón —suplicó.

—Hija de tu puta madre —sintió la patada en el estómago, en las piernas, los brazos; la detonación de la bala justo al lado de su rostro.

Sin más, Andrea por fin abrió los ojos. Una vez más se encontró con la mirada profunda de la pistola que ahora irrumpía en su boca por la fuerza, sin orden ni preguntas. La lengua, el paladar, la existencia entera se contaminaron con el ácido sabor del metal.

Entre las sombras resonó el eco insistente y sutil del gemido que se filtraba entre la nueva orden.

—Sigue, sigue… trágatela toda.

Las manos bajaron el cierre, la hebilla del cinturón chocó contra el suelo y el frío cañón del arma salió de entre los labios de Andrea para abrir paso a la carne punzante.

***********

Un rayo de luz se filtró por la rendija de la puerta.

Andrea yacía boca abajo sobre el suelo, con los muslos descubiertos y un rastro de semen dibujado en la entrepierna.

En un último esfuerzo, alzó el rostro mostrando la piel herida, las lágrimas secas y los párpados hinchados que no le permitieron ver la sombra del cañón apuntándole la frente. Sin embargo, ella sonreía: al fin estaba ahí, saludando a mamá desde la ventana de la combi. Por eso, cuando escuchó el disparo y sintió la sangre escurrirle por la nariz y las mejillas, ni siquiera le importó: bajo sus ojos cerrados, ella al fin había llegado a la parada.

 

 

Magdalena López Hernández (Ciudad de México, 1992). Licenciada en Literatura y Creación literaria por parte del Centro Cultural Casa Lamm. Cuenta con publicaciones en Penumbria, Bicaalú, Revista Alarma, El Fanzine, Tomatazos, entre otros medios digitales e impresos. Actualmente, se desempeña como maestra de literatura, correctora de estilo, redactora y colaboradora de diversos medios.

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