por Pepe González

 

Javier se encontraba frente a su ordenador. Una idea se había adueñado de su mente desde hace algunos días y todavía no podía arrancarla de sus raíces. Sólo hacerla realidad podría liberarlo de su prisión mental. En ese período de tiempo reconoció el poder de las palabras y admitió que un texto con imagen podía ser impactante, pero una imagen, con alguna que otra palabra, podía llegar a ser realmente poderosa.

Deslizaba de un lugar a otro el puntero del mouse. Cada movimiento era preciso. Escribía y luego borraba el contenido. Hacía tiempo que aspiraba a lograr su obra maestra, la cual, sin lugar a dudas, aparecía más pronto ante él por cada segundo que dedicaba en su creación. Se detuvo, recargó la espalda en la silla y miró hacia arriba. El cuarto estaba oscuro, sólo la luz de la computadora lo iluminaba. Meditó un momento. La obra estaba terminada. Otro más. Pensó en las consecuencias. Decidió que las aceptaba, buenas y malas, todas y cada una. Entonces decidió hacerlo.

Presionó el botón de enviar.

La imagen comenzó su viaje en fibra óptica, en algunos segundos estaría en todo el mundo al mismo tiempo. Bastaría que un curioso fuera tentado para tomarla, compartirla con los suyos, para iniciar la interminable cadena de lo viral. Para asegurar el cometido, Javier agregó algunas etiquetas para que el mensaje tuviera un público inicial más amplio. 

Esperó algunos minutos. ¡Ahí estaba!, uno, dos, tres “Me gusta”. Durmió soñando con el impacto que su obra provocaría en la sociedad. Pueblo en medio de elecciones presidenciales, tierra fértil para hacer crecer el árbol de la discordia.

 

A la mañana siguiente, Javier se llevó la decepción de su vida. Su obra maestra apenas tenía diez “Me gusta” y había sido compartido doce veces, raquítico, considerando que imaginó tener miles y miles de interacciones. Tras algunos días sin novedad, Javier se convenció de la muerte digital de su obra.

Una tarde, mientras caminaba hacia la universidad, observó cómo la gente se aglutinaba frente a un televisor de uno de los comedores del mercado. En los noticieros se conmocionaron por el mensaje del Alberto Mejía Montes de Oca, actor decente, un personaje público de fama regular, quien compartió una imagen en sus redes sociales, cuyo texto decía:

“Muerte al candidato presidencial, cuando asuma la presidencia será imposible detener sus reformas socialistas”

El texto aparecía junto a una fotografía de dicho candidato. El actor estaba en medio de la tormenta más terrible: la opinión pública. Mejía Montes de Oca era juzgado por la sociedad como un promotor de la violencia, una condena nada ligera. Nadie, sin embargo, en los medios o en la vida real se percató del autor original de dicha imagen. El joven comprendió que, durante estos días, en los que aparentemente nada ocurrió, su imagen había sido tomada por alguien, quien borró su firma de autor y la hizo deambular anónimamente de un lugar a otro, hasta que Alberto la compartió. Entonces la bomba estalló.

Javier ingresó a sus redes sociales, todavía conservaba sus doscientos seguidores. Luego entró a las redes sociales del actor, quien era buen histrión, pero definitivamente no era un estelar. Por eso se sorprendió al ver que éste ahora tenía más de diez millones de seguidores. El joven observó cómo una ola de cibernautas atacaba al personaje, recordando cada entrevista, cada palabra donde residiera un atisbo de odio, discriminación o genocidio.  Incluso despojaron las palabras de su contexto para que sirvieran de flechas que carcomieran todavía más la podrida imagen del sujeto.

Los especialistas hablaron así:

Boletín N.Y. Times: Es una pésima expresión de odio, incompatible con la farándula y las figuras públicas.

El Universal de América: No cabe duda, debe sufrir las consecuencias.

El Comunicador Excelso: ¡Apología del delito!

En todo el mundo corrió la noticia, algunos tomaron partido a favor, otros en contra, pero evidentemente los efectos negativos fueron mayores. Habían pasado menos de dos horas desde que se dio a conocer la noticia y Mejía Montes de Oca ya había sido despedido de tres de sus cuatro empleos. Cada nota, cada comentario, era una piedra que caía sobre su imagen, lapidándolo en el mundo digital… y en el real.

Javier recordó cada momento de su idea. Su obra maestra. Cuando tuvo la idea. Cuando la compartió con sus amigos. Cuando creó la imagen. Y finalmente, cuando decidió enviarla. Era una obra maestra de la discordia, sencilla, polémica, sin tanto enredo, pero candente, capaz de hacer arder el espíritu humano.

Desconocía lo que ocurriría después. Pero hasta ahora, el joven había previsto todas las consecuencias. No se arrepentía de ninguna, a excepción de una: que el lapidado no fuera él.

 

 

José Ricardo González Sánchez (Pepe González). Abogado y escritor. Es autor de la columna “Trópico de Sagitario” que se publica semanalmente en el periódico Noticias. Voz e imagen de Oaxaca, desde abril de 2016. A partir de abril de 2017 colabora quincenalmente con la revista digital Monolito. Dedica su tiempo libre a escribir cuentos y, recientemente, minificciones, rubros en lo que ya cuenta con publicaciones. También es articulista para para revista jurídica LegalCloud@letrasderesaca

Ilustración de John Petersen.

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