por Diego Olivas Guerrero

Hubo un tiempo en que existió una ventana repleta de grietas en una casa de madera, hubo un tiempo en que existió una casa de madera a orillas de un pequeño poblado, hubo un tiempo en que existió un pequeño poblado en un humilde país, hubo un tiempo en que existió un humilde país encaramado en el centro de un continente, hubo un tiempo en que existió un continente humillado por la historia.

Detrás de aquella ventana agrietada se podía ver a un hombre sentado en una apacible mecedora, tomando un mate extraño de hierbas desconocidas, deslizando entre los dedos un robusto cigarro de tabaco fino, seguramente comprado en uno de sus muchos viajes a la vieja Habana. En ese lugar, aquel hombre consumía sus tardes. Algunas veces el calor era asfixiante, otras tantas la lluvia arreciaba y él contemplaba con embeleso los hilillos de gotas que se arrastraban por los cristales. Si el clima lo permitía, llegaban algunas palomas a posarse frente a la ventana, entonces el hombre interrumpía sus pensamientos y observaba detenidamente aquellas aves, sentía no sé qué reminiscencia al ver el gris de sus alas, el negro misterioso de sus ojos, la forma en que se desplazaban o la manera en que minutos más tarde desplegaban las alas en busca de nuevos cielos.

Rigoberto Mendoza se llamaba aquel hombre, de unos sesenta y tantos años. Viejo militante de la resistencia en los años cincuenta, fue un duro detractor de la familia Somoza quienes gobernaban los hilos sociopolíticos por aquel entonces en Nicaragua. Rigoberto, después de haberse retirado de la contienda política, se instaló en Ayapal, un pueblo agricultor ubicado en los linderos de la reserva natural de Bosawás, en la misma selva en donde el ejército sandinista ganaría tantas batallas para la revolución. Mendoza fue un hombre fuerte, de ideales exaltados, con un ánimo que rayaba en la demencia, aunque en su rostro siempre se denotó un aire de tristeza; era un hombre culto, lector ferviente de Pushkin, de Turguenév, y, aunque irónico, en sus ratos de ocio, de Schopenhauer; defensor de los valores humanos, de la identidad de las naciones, de la multiculturalidad y de los buenos vinos.

Después de que las columnas guerrilleras del Frente Sandinista de Liberación Nacional entraran en Managua y se decretara la derrota del dictador Anastasio Somoza, Rigoberto Mendoza, con optimismo, reflexionaba que su trabajo había terminado, que los ideales habían triunfado, que era tiempo de darle paso a la contemplación, al aire puro, a la filosofía desenfrenada, a leer libros de antropología, psicología o geografía…

Pero la victoria de la revolución social también trajo consigo la revolución de los recuerdos.

Las palomas grises llegaron esa tarde a la ventana de Mendoza, como llevando con ellas un decreto firmado por la nostalgia. “Con voz desnuda, el viejo piensa”. Sus ojos se prendieron en el horizonte verde que develaba las figurillas entre los árboles de mango, entre el guanábano y el plátano, la cordillera que se divisaba en la lejanía se deshacía en pedazos de memoria del viejo comunista. “Cree que ya nada lo sorprende”. Con el bigote ralo, con el porte sereno, con la tristeza gris que volaba junto a las palomas por todo Centroamérica, Rigoberto recordó los días de la militancia en el Partido Comunista Nacional, recordó las asambleas, los congresos, la efervescencia de la gente, los campamentos en la selva y los disparos de los militares en aquellas madrugadas. Recordó la traición, recordó el llanto, el hastío, la podredumbre. Recordó a Mercedes. Sus diademas de flores, sus vestidos blancos, los paseos por la plaza, su risa ingenua, los besos tímidos, los abrazos inocentes… Recordó la tarde en que tuvo que decirle que tenía que irse por un tiempo, que quería construir un mejor país para ella y para los futuros hijos, que regresaría, que le escribiría todos los días, que la amaba tanto, que su sonrisa era la fuerza que necesitaba para pelear: recordó aquellos versos de Darío que le regaló antes de partir:

Yo vi un ave 
que suave 
sus cantares 
entonó 
y voló… 
Y a lo lejos, 
los reflejos 
de la luna en alta cumbre 
que, argentando las espumas 
bañaba de luz sus plumas 
de tisú… 
¡y eras tú!

Recordó la frustración, el dolor y el salado sabor del llanto la noche que se enteró que su Mercedes se había casado. Pensó que perder un amor era el costo por la libertad de un pueblo. Llegaron, de pronto, las imágenes infantes en el pueblo de Matagalpa, vio a su madre emendando las ropas de sus hermanos, recordó a sus hermanos jugando en el fango: los días de escuela, los regaños, los primeros miedos, el primer amor…

La lluvia de afuera se transformó en tormenta. Las palomas grises apenas cabían entre el espacio del marco de la ventana. Recordó la esquina de su casa, calle Tiscapa número 724. Vio la cara demacrada de su madre que salía a despedirlo, él, enfundado en su uniforme con boina y el rostro lleno de ilusión.

Entre el mar de recuerdos, en los ojos de Rigoberto también se desató la tormenta.

Ya cuando el día oscurecía, el viejo escuchaba las viejas canciones que en otro tiempo dieran la motivación necesaria para salir a la pelea. Del viejo tocadiscos salía la voz de Víctor Jara, de Atahualpa Yupanqui, de Carlos Puebla y de Violeta Parra.

Gracias a la vida que me ha dado tanto
Me ha dado la risa y me ha dado el llanto
Así yo distingo dicha de quebranto,
Los dos materiales que forman mi canto.

Desde que acabó la revolución, comenzó la vida, dijo aquel viejo Mendoza. Tuvo miedo de que, a fuerza de sollozos, se desgastara el llanto en su ser. Tuvo miedo, pero lo enfrentó con aplomo: como tantas veces lo hizo en los mítines y en las revueltas. Pensaba que estaba curado de espanto y de pronto se sorprendió con la herida aún abierta.  

A cierta hora de la madrugada comenzaba su recital de poesía o parafraseaba a Schopenhauer:

…un gran dolor, una gran desgracia pueden forzarnos a conocer las contradicciones de la voluntad de vivir consigo mismo… por eso yo luché por mi pueblo, porque el dolor de la individualidad no se compara con el dolor de las masas… de la purificadora llama del dolor brota repentinamente, cual pálida luz, la negación de la voluntad de vivir, o sea la libertad de este mundo… el ocaso de mi vida servirá como metáfora de la lucha mártir, del sacrificio intelectual, físico y sobre todo emocional… el hombre seducido por la ilusión de la vida individual, esclavo del egoísmo, no ve en las cosas sino lo que atañe a su persona… me deslindo de todo complejo y vuelo hacía los altos cielos en busca de la sanación del dolor… pocos hombres llenos de perfecta bondad de alma, de la universal caridad, llegan por fin a reconocer todos los dolores del mundo como suyos propios… si tan solo supieras, Mercedes, lo que me dueles aún, estoy seguro de que el amor con el que te recuerdo es igual de grande que el permanente dolor del mundo: madre mía, imploro tu perdón…”

El viejo comunista murió hace siete años en aquella noche lluviosa, por aquel entonces una tormenta tropical azotaba el noreste de Nicaragua. Lo encontraron unos días después sentado en su mecedora. Unas palomas grises rondaban la ventana.

Rigoberto Mendoza, fue mi padre, partió a la lucha en el año de 1954 y dejó a su novia, Mercedes, con dos meses de embarazo. Él jamás se enteró de que tendría un hijo. Yo, por mi parte, cuento su historia con el fin de apreciar lo que se esconde detrás de una ideología: la humanidad contenida en el individuo. Mi madre, Mercedes, falleció hace unas semanas y ahora yo les cuento lo que ella me relató durante sus últimos días de vida.

Yo ahora no puedo dejar de ver la figura de aquel hombre, sabiendo que nunca dejó de dolerle la vida, los años, su amor.

 

Semblanza biográfica (breve, brevísima)

De nombre Diego Olivas Guerrero; norteño de corazón y mexicano de religión, nací en un pueblo chihuahuense y desde hace algunos años vivo en ciudad Chihuahua. Estudiante de Letras Españolas en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de Chihuahua, he colaborado en algunas ediciones de Metamorfosis (revista oficial de la facultad) y participado en el Encuentro Nacional de Escritores Jóvenes Jesús Gardea.
Tengo un ángel disfrazada de hija: Emma.

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