por Erick MQ

 

Hay relativamente pocos secretos entre nosotros los mexicanos; sea gracias a las redes sociales, a las tardes platicando con Doña Juana sobre chismes del barrio o a los recaditos que se pasan en las escuelas como si de droga se tratara, la sociedad (que termina por reducirse a sí misma como el barrio) se entera tarde o temprano de todos los secretos que nos esforzamos por esconder. Es difícil, entonces, pensar en alguna persona que pueda cerrarse tanto a un nivel más personal como el mexicano: protegiendo sus enigmas a capa y espada, terminamos por mostrar una fina capa de mentiras para cubrir una realidad que ni siquiera nosotros mismos queremos aceptar. De este modo transformamos el «soy de derecha y le lamo los pies a Calderón» en un «pues yo me considero apartidista», el «no quiero aceptar que fue mi culpa» en «fue Lalito maestra, él me habló primero» y el «esto me va a hacer mal pero soy masoquista» en «cinco con todo doñita». No daría, entonces, ningún problema particularmente grande de no ser porque este pequeño velo rodea nuestra mentalidad al momento de tomar decisiones, importantes o no para nosotros y nuestros alrededores; pero es la traducción frívola entre las líneas de pensamiento para pedir unos tacos y para elegir un Presidente lo que ha vuelto al clima político en el  país un cúmulo de tensiones que fraccionan entre sí a la gente que vive en él. La mentalidad mexicana, la retórica egoísta, será enteramente culpable de los resultados que tendremos el próximo sexenio: el «hartazgo social» es un vil mito para echarle la culpa a otros de todo lo que hacemos mal.

Empezando por aclarar unos puntos sobre nuestro sistema político, mi opinión es que el mayor problema con un sistema político de elección democrática –ojo, la democracia no– es el perfil que tiene su principal sustento: los votantes. A un nivel sistémico (tomando en cuenta nivel educativo, carácter personal, etc.) no hace falta ninguna encuesta o estudio para darnos cuenta de dos problemas educativos simples en forma, difíciles de analizar en fondo: el mexicano lee para entender lo que se le da la gana, o el mexicano no lee y se queda con el conocimiento que le da la gana; ambas, moldeadas naturalmente por nuestra característica actitud egoísta ante la percepción del conocimiento. Por más que nos pinten como seres de luz, personas súper-amigables y los señores que te atienden amablemente en el hotel, es imposible huir de nuestra naturaleza ególatra, inherente a nosotros de la misma forma que nuestros derechos humanos. Parecería que con la llegada del internet y el pensamiento rompe-esquemas posmoderno, buena parte de este carácter radical se esfumaría, saldría volando por la ventana como la chancla que aventaba tu mamá si percibía que estabas jugando a las maquinitas en la tortillería… pero como un mal chiste de Franco Escamilla (o cualquier chiste de Franco Escamilla), sólo ha empeorado. Aun con todas las fuentes que provee el Internet, su conversión eventual en un vertedero abyecto de datos targiversados y opiniones marcadas por la retórica descabellada y el pensamiento objetivista fue algo inevitable que únicamente se ha ido retrasado gracias a la mentalidad del mexicano: «Yo soy mejor, yo sé de lo que hablo, yo tengo la razón». El mexicano en apariencia podrá ser esa especie de ser humano con cualidades gentiles y facciones que rescatan los vestigios más prominentes del aspecto indígena; pero así como sucede en filosofía cuando se analiza la relación entre dos conceptos sin prestar atención a la nada sutil diferencia de forma y fondo, su carácter real es necio, testarudo y con la constante idea de que el pensamiento tradicional –aunque obviamente, también moldea la tradición para adaptarse a su pensamiento– debe prevalecer sobre todas las cosas.

Es entonces cuando llegamos al principio del tema sobre el que se sustenta este ensayo: la cuna de todo argumento falaz es la malinterpretación histórica; ver a Porfirio Díaz como algo que no sea un dictador nos hace caer en el pensamiento erróneo de que cederle nuestra alma al libre mercado está bien y siempre nos hará ser felices y pensar que la lucha de independencia fue realmente eso ensalza un nacionalismo barato que nos permite romantizar cínicamente cualquier tragedia que nos rodee (como pasó con el sismo del año pasado y los marcos en Facebook de «Pray for Mexico» que sirvieron para dos cosas). Esto quedaría en un simple pensamiento abstracto e individual de no ser porque sucede a gran escala y, al serlo, es el principal problema que afecta por igual las decisiones democráticas y la libertad de expresión.

«Lopezobradoristas» y gente que se burla de ellos, ambos pertenecen a exactamente el mismo saco. Observar una problemática o evento histórico de manera parcial, ayudando únicamente a tus ideas preconcebidas sobre el mismo no es hacer un estudio, ni es debatir sanamente; lo cual sería una idea relativamente fácil de procesar de no ser por la personalidad previamente establecida del mexicano, el «yo, yo, yo». Para muestra un botón, y aquí usaré al ejemplo más obvio que puede ocurrir: entra a Twitter y busca todas las publicaciones hechas por norteños; te las resumo: «nosotros somos la raza superior», «nosotros tenemos más estudios» y «nosotros mantenemos al país». Aunque todas las zonas del país tienen sus defectos –porque todas se creen el ombligo del mundo en un país tercermundista– los norteños son, con diferencia, los más difíciles de hacer entrar en razón, y por ello el ejemplo principal de este párrafo. Puedes citarles tantos datos, autores y gráficas desglosadas como quieras, pero de su burbuja nunca los vas a sacar –incluso yo, cuando escribo esto, sé que nadie cambiará mi visión de ellos, porque de ahí vengo. Ahora bien, como suele suceder en otros países, la mentalidad por persona no suena dañina para nadie más que ellos… hasta que empieza a afectar nuestro modo de percibir el desarrollo de la historia y, por tanto, de nuestro pensamiento tanto histórico como político. Nos vamos directamente al estudio de la historia de México, precisamente llegando al acontecimiento que dentro de poco estará a 50 años de distancia de nosotros: la Matanza de Tlatelolco de 1968. Podrás ver los documentales que quieras, conocer a los sobrevivientes del caso, leer y leer, pero un norteño promedio (antes de que me acusen de generalizar) te dirá que fue un caso de estudiantes revoltosos siendo reprimidos por faltar al orden público. Ni más ni menos. La densidad ideológica del movimiento estudiantil, el surgimiento de grupos reaccionarios católicos enteramente dedicados a destrozar por dentro todo intento colectivo para la libertad de expresión, la conspiración para matar a jóvenes mexicanos, todo queda enteramente reducido a un conflicto de estudiantes revoltosos. La mentalidad individualista y ególatra del mexicano –en este caso plasmada con el norteño promedio– elimina de sí toda oportunidad de estudio hacia el pensamiento revolucionario y colectivista clásico en mitad de la Guerra Fría para reducirlo a un  montón de estudiantes revoltosos. Esta concepción histórica enteramente subjetiva y sujeta a los prejuicios clasistas comunes de la gente en el norte ha terminado por extrapolarse, con el paso del tiempo, a toda la izquierda: no merece ni una oportunidad, ni una revisión, sólo la muerte ideológica por ser una postura nociva y mala para la sociedad.

Sin embargo, el norteño no es único: este pensamiento amoldado por la sociedad en derredor se extiende como un cáncer por todo México para darnos cada vez más abrazafarolas y menos pensadores críticos; sea con la masacre antes mencionada, sea con el Porfiriato, básicamente con cualquier suceso histórico. La historia es aquello que termina cambiando nuestra filosofía de vida, pero el mexicano está  tan asentado en premisas simplonas con fundamentos vagos que sacian su narcicismo disimulado que bien puedes explicarle con peras y manzanas o hacer todo un análisis epistemólogico sobre por qué piensa de la manera en que lo hace, porque nunca lo sacarás de ese pensamiento base: «pienso así porque soy yo, porque estoy informado, estoy despierto y soy especial». El egoísmo racional que Ayn Rand planteaba como base para su filosofía  objetivista se ha terminado por trasladar en un medio masticable a la sociedad mexicana casi en su totalidad; y ahora, en este período electoral, se ha terminado por convertir en un fanatismo desmesurado hacia una ideología defendida cual patria por muchos. El «hartazgo social» al que le atribuyen la victoria de AMLO existe, pero no fue eso lo que le ayudó a ganar: este mismo hartazgo estuvo presente como odio masivo en todos los estratos sociales conocidos, sea hacia una ideología izquierdista propuesta como mesiánica o hacia un pensamiento más bien conservador y neoliberal vendiéndose a sí mismo como paz y amor siendo realmente todo lo contrario.

Entonces, si no fue un hartazgo social creado a partir de tantos años de mentiras, ¿qué fue? ¿las páginas de memes? ¿los millennials descubriendo el «voting» y haciéndolo tendencia?

El propósito del desglose previamente establecido sobre el carácter del mexicano fue simplemente para volver a los puntos centrales que establecí en este ensayo: el primer problema de un sistema político de elección democrática es el perfil de sus votantes. En México, ningún político ha puesto especial énfasis en la adaptación del sistema educativo para desarrollar un hábito por la búsqueda del pensamiento crítico e informado, ni hecho hincapié en la importancia sobre conocer los dos «lados» de cualquier problemática para poder opinar con información y, sobretodo, desarrollar un sistema de pensamiento basado en el análisis personal que hacemos de cada postura. Esto, como herramienta para suprimir la libertad de pensamiento al más puro estilo 1984, ha resultado en una sociedad mexicana cada vez más fracturada y divisible: el «yo, yo, yo» ha terminado por tomar posesión de la libertad que tiene cada ciudadano en este país, obligándolo a tomar una decisión que lo haga sentirse diferente. Puedes votar por la opción de derecha y decir que todos quienes le vayan a la izquierda son unos malditos comunistas mientras tú le haces bien a la sociedad o puedes votar por la izquierda y criticar a los contrarios diciéndoles «peñabots» o «cometortas» demostrando así la amplísima superioridad intelectual que tienes con respecto a un niño de 5 años. Porque todos son idiotas menos tú, porque el mundo gira en la dirección que tú crees, y porque si tu candidato de preferencia llega a hacer alguna estupidez, aún puedes cambiar de opinión y pintarte como el bueno de la historia o seguirlo como un adepto, traicionando incluso tus propios ideales antes de admitir que no tenías razón. Es de sabios equivocarse, pero es de tontos continuar con el error.

Resumiendo, el «hartazgo social» no es un fenómeno exclusivo de los votantes de Morena. Ha terminado por volverse el concepto que mueve al pensamiento individualista del mexicano; y aunque esto se vea como un mal meme, puede llegar a ser realmente peligroso. Poniendo un ejemplo: hace poco, en una de las pocas comunidades de Facebook que me agradan para debatir, vi un pequeño post de un tipo pidiendo censurar por completo a Marx y establecer el estudio del comunismo como  un crimen; con argumentos tales como «según yo Marx sólo escribió sobre el comunismo» y «es nuestro deber patrio» basado en la falsedad de que el barbudo quería exterminar a todos los mexicanos. Y aunque el post, de nuevo, suene como una mala broma, debemos ponernos a pensar en cómo cambiar esta mentalidad promedio y solucionar todos los problemas que la atañen.

En conclusión, no puede existir una elección democrática plena sin un perfil mínimamente, digamos, establecido de los votantes. Mover cualquier elección en nuestra vida política por la concepción mal planteada que nos coloca como los auténticos inteligentes y el centro del Universo sólo llevará a una devastación producto del fanatismo religioso que se le acaba por dar a las ideas que nos permiten sentirnos bien con nosotros mismos: haber votado por López Obrador no te hace más listo, haber votado por Ricardo Anaya no te hace más culto y haber votado por José Antonio Meade no te hace más tradicional, y quitarnos esos falsos pensamientos de la cabeza es el primer paso para tener una transición verdadera. Como reflexión final, considero que de no eliminar por completo esa mentalidad egocéntrica, cuando llegue el candidato de nuestros sueños nos dispondremos a ignorar por completo sus defectos para acatar enteramente lo que dice: la muerte del pensamiento crítico es la muerte de toda libertad de pensamiento, y la censura de otros pensamientos basada en lo que, subjetivamente, consideramos tóxico termina por volvernos unos dictadores mucho  peores que cualquier Presidente electo. El mexicano promedio puede ser analizado psicológicamente las veces que queramos, e igual resultará en un esquema de personalidad muy parecido al de un puberto que escucha bandas emo y escribe poemas melosos en internet, ese quien a duras penas puede elegir qué ropa se pondrá en el día; pero en una democracia, no importa si se cree especial, si no está informado, si vota ciegamente por un partido hegemónico gracias a la lógica inútil de “si el Presi nos salva de la corrupción es porque el partido no será corrupto”, en una democracia, hasta el último puberto cuenta realmente.

 

Erick MQ. Estudiante y articulista amateur sobre temas políticos.

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