por Milton Vázquez

 

Andaba escarchado de tierra y polvo. Mi madre me había regalado una cobija para los fríos de los cerros, pero la cambie por un poco de comida. Era un 28 de septiembre de 1968. Desde enero le prometí a San Juan de los Lagos peregrinar para cumplir mi manda. Mi padre se recuperó de su alcoholismo en el grupo “Distrito Federal”, y lo menos que le debía al santito era llegar arrastrándome. La segunda opción, propuesta por mi madrecita, era la abstinencia sexual, sin embargo yo ya andaba cerca de los treinta y permanecer virgen era un lujo personal que mi cuerpo rechazaba. Terminando el camino tomaría un autobús a la República en busca de mi jefecito. Pero aún ni estaba cerca de llegar al templo ni al sendero cuando eso se me apareció en el camino a mitad de la noche. Caminaba despacio, pensando en mi novia, allá en su casa acostada y repensando en mí. Una conexión fuera de los límites comerciales. El amor no se vende, mucho menos se renta. Pensé en mi padre que no lo había visto cerca de seis meses, en su salud y en lo feliz que parecía al irse. Las tripas me rugían, estaban hambreadas. Los parásitos se inflaban y me llenaban los huecos de los huesos. La luna no me hacía fácil el camino. Delante de mí, un señor se tambaleaba. El frío provocaba que exhaláramos un vapor enfermo. El de adelante caminó y caminó, hasta caer en aquel profundo barranco. No se escuchaba ni un solo animal cuando se escuchó el crujido de los huesos, el choque contra las inertes rocas del abismo. Entonces los grillos comenzaron a hacer su bulla. Caminé más deprisa. A lo mejor la soledad hacía que uno se dejara llevar por la ansiedad y el sueño. Más arriba una pequeña casita a medio construir se revelaba entre los árboles secos. Me acerqué, quería echar un sueñito antes de seguir caminando, porque no quería morir allá afuera. Le di la vuelta al camino que llevaba hasta la casita. Al estar más cerca miré a un señor que se encorvaba sobre sus manos. Estaba sentado en una silla de madera. Consigo traía una rama que usaba de apoyo para sus manos. “Buenas noches” le dije. Nada. Los bullicios de los grillos cesaron. El viento pasó detrás de mí, como tocando mi hombro jalándome camino abajo. El hombre se levantó de su silla, para eso su rostro estaba totalmente oscurecido, y entró por la entrada sin puerta a su casa. Ni un coyote, ni una serpiente, ni un alacrán, ni un ruido. Por delante, el hombre arrojó un costal amarrado. Traía una cuerda que se suspendía en su brazo. Ahora un sombrero de paja se ladeaba en su cabeza. Pude verle el rostro, o lo que quedaba de él. Era una calavera vestida de ropas blancas. Traía una barba grisácea enorme. “Te vas a morir” me dijo. La voz sonaba gutural, ronca, como sí el sonido estuviera hecho de piedras. Cuando abría la boca la tierra se dispersaba en al aire como mosquitos. Corrí hacía abajo persignándome, pidiéndole a Dios que me librara de aquel demonio. Cuando estuve seguro de estar a distancia, miré a mis espaldas. Ahí venía el ánima sin descanso, arrastrando sus huesudos pies. Iba muy lento y lo dejé muy atrás, no obstante, el ronquido se escuchaba muy cerca de mi oído. Como sí se hubiera subido a mi espalda. Corrí, y de vez en cuando miraba el costal de huesos cargando el costal de no sé qué. Días después de insomnios y vomitadas en el camino, me encontré con un grupo de personas. Volví a mirar y no vi nada. Se había ido. Les quise hablar sobre lo que me pasó, pero decidí quedarme con ese secreto para siempre. Ni mi novia, ni mi padre, nadie lo sabría. “Te vas a morir”, eso resonaba en mi cabeza. No obstante, traté de aniquilarlo con el falso olvido. Esta gente me dio de comer a cambio de que escuchara sus quejas. Que los juegos olímpicos eran un plan perfecto. Al parecer el gobierno presenta un enorme cubo a la sociedad. Este cubo de seis caras se planifica de antemano por las élites intelectuales. Yo la verdad no sabía mucho de eso. Mi padre se quejaba del gobierno en el que estábamos, y yo crecí quejándome de lo mismo también. Ahora, el cubo de la perfección, decían estas personas, se componía de seis cosas importantes. La primera, la implicación de ideas de beneficio propio. A lo que entendía, era que los mismos políticos buscaban cierta ganancia personal. Algo como mi madre y yo al meter a mi padre al grupo. No estábamos tranquilos con él, y nuestra ganancia fue el descanso que nos dio esos seis meses. La segunda, distracción, y en este caso, los maravillosos juegos olímpicos. Entendible, como la manipulación de las emociones de la gente. Sí les daban lo que querían, ellos ignoraban la primera cara del cubo. Le dije a mi papá que era por su bien, cuando realmente el objetivo era otro. Ya casi llegábamos a San Juan me dijeron. La tercera, el miedo. El gobierno usaba fuerza bruta para lograr una mayor manipulación. Yo llegué a golpear a mi novia, porque mi madre me dijo que así se mantenía un orden. Mi hermosa novia que piensa en mí, que nunca creerá lo que vi en estos días, mi Ana. La cuarta, la readaptación. La gente por supuesto no tendrá por qué estar de acuerdo con las ideas de los gobernantes, sin embargo, se acostumbran a las cosas. Ana se fue acostumbrando a mí con el tiempo, con todo lo que yo le daba. Llegamos al templo. A la entrada me arrodillé y comencé mi arduo camino de un calor en las piernas, y de un sudor que apestaba. Fueron días en los que mi olor corporal era imperceptible por la fatiga y el miedo entre los cerros. Le agradecí a la virgen de San Juan. Mi sello ya estaba pactado. Era un agradecimiento de corazón, al igual que la quinta cara, el agradecer por lo que tenemos y lo que nos han dado. Y la sexta, la revolución. No se puede evitar a pesar de los pasos anteriores. “Amigo, las cosas se van dando paso a paso. Solo hace falta darte cuenta cuando tu triángulo divino es un cubo. A nosotros, como estudiantes u obreros, siempre se nos dará una cara del cubo perfecto. Las cosas cambian cuando uno de miles mira más allá del cuadro que nos dan a ver”. Pero yo no entendía, ni siquiera era estudiante. Apenas si la enseñanza media había empezado. Me preguntaron acerca de mi destino, dije que iría por mi padre al Distrito Federal.  Me dijeron que también irían para allá, estarían a un día de una huelga. El tiempo se había pasado muy rápido. Era primero de octubre, agradecidamente, de 1968. La ciudad era enorme, ya no estaba en aquella ciudad de la que salí. Las gentes iban y venían, todas envueltas en ideas, en ellas mismas. Es que era completamente diferente, por un momento sentí que las cosas se deformaban, que la realidad se despegaba del suelo, que nada parecía ser y a la vez era. “Pedro Páramo” decía un enorme cartel, visible en la Biblioteca Central de la UNAM. La calle estaba llena de banderas rojinegras. Estaba aturdido por tanto real de lo real. Me daba cuenta que estaba ahí. Ya ni siquiera podía hacer ese contacto romántico de lejos con mi novia, Ana. Una interferencia de voces reales, de sonidos, de gritos. “Nos van a bajar”, decía una chica. “Te vas a morir”, dijo San Juan. Los militares abrieron las puertas del carro, a punta de pistola nos echaron al suelo. Se nos hizo el alma en pedazos. Yo no tenía nada que ver con eso. Mi madre la esperanzada, mi padre encerrado contra su propia voluntad, aquella semántica de mis palabras desapareciendo de mi mente. La noche sin bullas, la muerte sin descanso, el cubo perfecto, el realismo mágico… Todo conjugado en una consciencia fuera de lo ficticio. Era un 2 de octubre de cualquier tiempo.

 

 

Milton Vázquez, nacido en Salamanca, Guanajuato, estudiante de Bachillerato, humanidades y amante de la literatura latinoamericana.

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