por Alma Robledo y D. Arce García

 

La Marabunta se lanzó al Museo Universitario de Ciencias y Artes, ubicado a unas cuantas calles de la glorieta de Insurgentes, para revisar la exposición “Ahora en Común. Más Opacidad”, la cual funciona a manera de graduación para los integrantes de la generación 2016-2018 del programa educativo SOMA.

Si ustedes no son estudiantes, profesionales o aficionados hardcore de la escena artística mexicana, puede que gran parte de lo que acabo de decir no les sugiera gran cosa, entonces vámonos hasta el principio.

Según su sitio web, SOMA es “un espacio que permite estimular el diálogo y la colaboración entre artistas y agentes culturales de diferentes contextos, disciplinas y generaciones”. En términos más concretos, SOMA ofrece un “programa educativo” de dos años durante el cual un puñado de artistas jóvenes son beneficiados con una beca, talleres, tutorías y demás apoyos para la consecución de un proyecto artístico, el cual es difundido y expuesto a su conclusión, en este caso por MUCA Roma gracias a un convenio entre SOMA y la Universidad Nacional Autónoma de México.

En otras palabras, el programa educativo de SOMA es algo así como una maestría en arte contemporáneo, sólo que no te dan un papel al final. (El sitio web de SOMA aclara: “[nos mantenemos] al margen de la validación oficial porque cumplir con los requisitos burocráticos de una maestría quitaría dinamismo a [nuestra] propuesta”). En su generación 2016-2018, SOMA apoyó a ocho artistas de cuatro nacionalidades diferentes, quienes se reparten entre el arte conceptual, el arte objeto, la escultura y los medios audiovisuales.

Quizá los más aguzados de ustedes ya hayan intuido un potencial problema de “Ahora en Común. Más Opacidad”. Si lo único que estos jóvenes artistas auspiciados por SOMA tienen en común es precisamente ese auspicio, ¿cómo harán los curadores para dar coherencia y redondez conceptual a una exposición conjunta? ¿Cómo lograr el acompañamiento sin amontonamiento?

Hasta donde pudimos discernir, la gran apuesta de la exposición es enfatizar ciertos aspectos ideológicos que la mayoría de los artistas comparten (no todos), como la intención de explorar relaciones de poder y abrir un espacio a discursos marginales, esperando que el espectador una los puntos e ignore las excepciones.

Por un lado, el texto curatorial que está en internet y que recibimos en la rueda de prensa habla de la “opacidad” como “noción de la relación del arte con la memoria, lo político, lo social y la resistencia” (¿?), mientras que la breve introducción que escuchamos de parte de Galia Ebenschutz y Pedro Ortiz Antoranz, tutores de SOMA, no resulta menos nebulosa.

Ebenschutz habló de la exposición como el resultado final de un largo “proceso de diálogo”, mientras que Ortiz señaló que algunos de los proyectos surgían de “investigaciones” semiantropológicas donde los artistas viajaron y trabajaron con comunidades marginadas. De nuevo, algunos, pero no todos.

Hablemos primero de esas obras con fundamentos de investigación antropológica.

Puede ser que el proyecto más ambicioso de la exposición entera sea “Aullido fantasma” de Bruno Ruiz. Según nos contó el mismo artista, “Aullido fantasma” es una propuesta multimedia basada en una estancia de un mes en una comunidad chiapaneca llamada Marqués de Comillas, buscando “trazar una genealogía [de la zona] desde la cultura maya hasta sus habitantes contemporáneos”. La obra se divide en tres partes: una máscara de resina iluminada que simula el trabajo maya en jade, un bonito panfleto de manufactura artesanal que narra e ilustra la historia de Marqués de Comillas (cuyo texto será digitalizado pronto para su mayor difusión), y una tienda de campaña donde uno puede meterse a ver un video que mezcla esa misma historia con testimonios de habitantes y elementos ficcionales extraídos de mitos comunitarios. Hay aspectos o detalles de la obra que resultan exitosos e intrigantes, como el video mismo o el panfleto, cuyo papel y tipografía tienen un regusto prehispánico y selvático impecable para el tema, aunque la propuesta inmersiva de la tienda de campaña se queda corta, ya que si la idea es “sentir que uno está allí”, resulta muy complicado sin el pasto, los mosquitos, los papagayos ni nada que los simule.

Tampoco falto de interés es el proyecto de Berenice Olmedo, una de las artistas más experimentadas de la muestra, quien en esta ocasión se avocó a estudiar la poliana, un juego de mesa muy popular en las cárceles mexicanas y otras zonas de marginación social, en particular el barrio de Tepito. El funcionamiento del juego es un tanto enredado e idiosincrático, pero básicamente uno controla cuatro fichas cuyo objetivo es salir de su “celda” o “cantón” y rodear el tablero sin ser capturadas por los “policías” contrarios. En este caso, la artista presenta un tablero artesanal de poliana —llevado a cabo con la ayuda de expertos en el juego— junto con un audio explicativo. La idea es proponer la dinámica de persecución y territorialidad del juego como una “cartografía de poder” paralela a la marginalización social de los presidiarios y/o los grupos de comerciantes en Tepito, quienes dividen su territorio por colores tal como los jugadores en la poliana.

Mientras tanto, Paloma Contreras presenta otra propuesta multidisciplinaria llamada “La vida secreta de los perros”, un proyecto de ironía y protesta inspirado por la tesis de doctorado de Carlos Salinas de Gortari, la cual plantea la incapacidad de los campesinos para administrarse a sí mismos. La artista habló de cómo su investigación la llevó a descubrir sueños compartidos entre la comunidad, por ejemplo, uno simbolizado por el toro, que ella entiende como encarnación del despojo neoliberal ahora representado por el fracking, además de jugar con el ya consabido significado que tiene este animal dentro del mundo financiero como símbolo del mercado comprador, que en este caso se convierte en depredador.[1] Desgraciadamente, la obra no estaba montada en el momento de nuestra visita, por lo que no pudimos observar sus aspectos multimedia; tan sólo le dimos un vistazo a lo que parece ser un gran anillo de dibujos grotescos alrededor de la sala, los cuales se inspiraron en una selección de caricatura política realizada por mujeres (aunque la artista no mencionó cuáles). Esta irrupción del arte gráfico (si bien como un elemento entre varios de una intervención espacial multimedia y no como platillo principal) nos llamó bastante la atención, puesto que la exposición está, por lo demás, desprovista de propuestas de plástica contemporánea, así como lo ha estado una buena parte de las exposiciones recientes de MUCA Roma, a pesar de que el museo supuestamente las incluye como parte de su mission statement.[2]

A pesar de las referencias a la memoria social, la historia, la precariedad y la resistencia que leímos y escuchamos a lo largo del día —puesto que hablar de esos conceptos se ha vuelto una muletilla capaz de justificar casi todo dentro de un discurso cultural— gran parte del resto de la exposición en realidad apela sin más a lo sensorial.

La venezolana Andrea Nones Kobiakov tomó una pared del inmueble y la salpicó con hendiduras aromáticas de fondant como parte de su interés en trabajos semiescultóricos hechos con materiales orgánicos-comestibles y el influjo del olfato dentro de espacios inesperados. El resultado, hemos sin embargo de decirlo, no pasa de un olor vagamente placentero entre las fresas, el café y algún perfume dulzón.

La francesa Victoire Barbot, que también parte de la escultura y el arte-objeto, salpicó el segundo piso del inmueble con lo que parecen ser tuberías de cobre modificadas, las cuales sostienen en sus puntas espigas de trigo y naipes de baraja española, esto en un ejercicio acerca de la forma y el equilibrio, y suponemos que con un guiño irónico por la yuxtaposición del trigo y el metal.

El barcelonés Joan Bennassar, por su parte, presenta una obra llamada “Televisión Hipnótica”, la cual consiste en un cuarto con luz neón de color azul, dentro del cual hay una televisión antigua transmitiendo loops de video, un micrófono y una plataforma con maquetas inspiradas por la “arquitectura utópica de los años 70”. El artista dijo estar también inspirado por los experimentos de Guillermo González Camarena y adelantó que la obra se convertiría en cabina de radio a lo largo del mes.

A su modo, la obra de Bennassar puede funcionar como metáfora de la exposición entera: una reunión un poco confusa, impersonal y ocasionalmente interesante de aparatos dispares en busca de una narrativa justificante que no está del todo allí y que a ratos sólo sirve para alejar al espectador de la verdadera intimidad única y subjetiva del artista.

Aunque quizá un problema todavía mayor sea que la sola presencia de la narrativa elegida, sea parte importante de cada obra o no, termina por recubrir todo con una pátina de lugares comunes algo desagradable. Resistencia, marginación, precariedad, relaciones de poder. Enmarcar estas obras dentro de los parámetros del arte contracultural cuando la mayoría de ellas son, hemos de decirlo, ejercicios leves y no muy combativos de arte conceptual multidisciplinario termina por hacerles un flaco favor, pues el espectador se va con la impresión de que

  • o los artistas tenían una clara meta contracultural o de protesta en mente y no arribaron con éxito a su puerto,
  • o bien los responsables de la exposición recurrieron a la narrativa de la contracultura no porque en realidad uniera las ocho obras, sino porque es el relato más fácil y más chic para vender cualquier evento o producto cultural hoy en día.

Tal vez un poco de ambas cosas, incluso.

La Marabunta se quedó asimismo con varias preguntas en la punta de la lengua, dado que sus corresponsales son periodísticamente inexpertos y no iban tan prevenidos. ¿Por qué los artistas eligieron cursar el proyecto educativo de SOMA y no cualquier otro? ¿Cómo crecieron en estos dos años? ¿Qué opinan del discurso institucional de la “investigación” como justificante de un proyecto artístico? ¿Es el arte igual a un proyecto de laboratorio o un estudio de sociología? ¿Por qué acercarlo a eso? ¿Acaso un museo de la UNAM en la Colonia Roma es el espacio idóneo para el tipo de arte que proponen, sobre todo si se le desea entender bajo la lente de la precariedad y la resistencia? (A respecto de lo último, hemos de decir que al menos Berenice Olmedo parece intuir que no es del todo así, puesto que planea organizar torneos de poliana fuera del museo, a los cuales los invitamos con gusto).

Enviamos a SOMA algunas preguntas de seguimiento, algunas parecidas a las ya mencionadas y otras diferentes, pero hasta el día de hoy no hemos recibido respuesta. Más opacidad.

 

 

“Más opacidad. Ahora en común” se presenta en el MUCA Roma hasta el 29 de julio.

 

Fotos

Victoire Barbot

“Aullido fantasma” – máscara

“Poliana”

“Aullido fantasma” – tienda

“Aullido fantasma” – folleto

Notas

[1] Ya en una exposición reciente en el Museo Universitario del Chopo, Cecilia Barreto utilizó las figuras del toro y el oso como parte de una propuesta artística crítica de los mercados neoliberales: http://www.chopo.unam.mx/exposiciones/NotasParaEducacion.html

[2] Si no nos creen, pueden revisar las exposiciones pasadas del museo en https://www.mucaroma.unam.mx/exposicionespasadas.

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