por Felipe Aristizabal

 

Eran las 4 de la tarde en Stagnaro y el tango comenzaba a marcar el galope de los caballos que corrían al interior del televisor. Los comensales empezaban a levantar sus voces, los tiquetes y las apuestas. El sónico de las fichas de dominó se confundía con el tintineo de las copas. El lugar se aglutinaba.

Stagnaro era el lugar mas argentino de la ciudad más argentina del país menos argentino. Era a su vez el único lugar con empanadas lo suficientemente decentes para entretener la ansiedad de Marcelino Pastorutti, flamante técnico del Unión, equipo insignia de una ciudad industria cuy única diversión era el campeonato, dos veces consecutivas obtenido bajo su mando.

Es por eso que su ingreso a las puertas de Stagnaro, causó al comienzo un silencio irreal y al final un aplauso unánime, como todos los días. Pastorutti fue recibido por el dueño en persona.

¿Lo mismo de siempre, Marcelino?

—Y, ¿qué querés que te diga? Como cambie cualquier cosa, capaz que Faraón pierde la herradura y perdemos la guita.

Admiradores, viejos amigos, nuevos amigos, gente del futbol, y curiosos, ocupaban la mesa de don Marcelino, que saco un cigarrillo y se lo puso en la boca así apagado. La cábala del pucho apagado nunca le había fallado en las carreras. No solo a él.

Durante 35 años, nunca vi perder a mi viejo con el pucho apagado en la boca. Es como si estuviera probado científicamente – repetía.

Luego de la carrera, que claramente ganó, venía el dominó. José Velázquez, renombrado periodista de la ciudad y amigo de muchos años, preguntó:

—Don Marcelino ¿Ya tiene preparado el partido del domingo? Mire que nos jugamos el título.

—Qué lo va a preparar… hace cuatro años que no pierden contra Alianza —comentó alguien.

—Ese partido lo juegan de memoria —dijo un mesero.

Una breve algarabía fue interrumpida por don Marcelino.

—No, no, no. Los partidos hay que prepararlos siempre. Uno no puede subestimar al rival. Yo me formé en Lanús con Pavlovski, el técnico de Alianza, y los dos éramos los más brillantes.

José Velásquez intervino.

—¿Allá también eran rivales? Parece que se persiguieran el uno al otro. Cada que usted cambia de equipo, él ficha por el rival de patio.

—Es complejo… —cortó don Marcelino sin dar explicaciones—. Mire, le voy a acomodar cuatro en el fondo y un falso 5 que es otro defensa.

Marcelino acomodó cuatro fichas de dominó en el fondo y la del doble cinco que era otro defensa.

—Y le voy a desbordar por los costados con Guzmán y Álvarez. El dolor de cabeza no lo va a dejar jugar —añadió ubicando dos fichas más a los costados.

—Pero si usted hace eso, él le adelanta la defensa y le cierra espacios.

José acomodó cuatro fósforos adelante cerrando espacios.

—Y yo le tiro balones largos a espaldas de la defensa y mi 9 queda mano a mano. Usted quédese tranquilo.

Marcelino acomodó una solitaria ficha de dominó a espaldas de la defensa de fósforos ante los aplausos de los comensales. Confiado y seguro, revoleó brevemente el cigarrillo apagado en su boca, garantía de victoria.

—¿No quiere fuego, caballero? – interrumpió una cortante voz. Era Sandro Pavlovski, técnico de Alianza que le acercó un fósforo encendido.

Marcelino escupió el cigarrillo en un acto de indignación y buenos reflejos.

—¡Ni se le ocurra!

—Ah —añadió Sandro—, ¿se da cuenta? Táctica y estrategia son mera superstición.

Luego se le acercó y dándole una palmadita en el hombro le dijo:

—Usted y yo sabemos muy bien cómo se ganan los partidos.

Acto seguido, se levantó las botas de los pantalones dejando ver que usaba un calcetín azul y uno café.

—Llevo veinte años sin perder en el póker —dijo señalando sus medias.

—Y llevás cuatro años sin ganarme a mí, Sandro. ¿No has pensado en cambiar de equipo?

—Cuando vos cambiés el tuyo. A mi me parece bárbaro vivir en tu vecindario.

Pavlovski se fue alejando por el corredor.

—Nos vemos el domingo —añadió desde la puerta.

Los asistentes no permitieron que el impasse amargara la velada. El jolgorio se reanudó de inmediato. José trató de recomponer al ambiente.

—Va a ser muy emocionante el domingo en la cancha cuando estén cantando el himno…

—El himno no se canta. Esa es la madre de las cábalas —, cerró Marcelino.

Pastorutti no durmió aquella noche.

La mañana siguiente lo recibiría con una terrible noticia. Aun adormecido, se las arregló para levantar el teléfono y escuchar como del otro lado le informaban del desgarro de isquiotibiales de “cometa” Guzmán, lateral izquierdo que hacía las delicias de la tribuna y la pesadilla de los defensas rivales.

El entrenamiento de ese día parecía un velorio. Ningún reemplazante daba la talla y el equipo titular ni se acercó al arco rival.

Como si el destino se ensañara con su suerte, Adolfo Bellini, arquero de confianza traído directamente de Lanús, tuvo dos malos saques y las manos de mantequilla en una jugada clave. Perdieron 3-0. Los volantes no daban dos pases seguidos y la defensa parecía una coladera.

Marcelino apretaba los puños de ira y estuvo a punto de encender el cigarrillo apagado después de 12 años sin fumar. Durante el almuerzo, miraba su plato y susurraba cosas ininteligibles. Sólo probó su comida una vez para notar que hasta el chef del equipo andaba errático y se había pasado con la pimienta. 

—¡Pimienta! —gritó golpeando la mesa.

Luego ordenó repetir la práctica ante el desconcierto de todo el equipo.

La máquina echó a andar en perfecta sincronización. La seguidilla de pases daba sus frutos con un juego vistoso y eficaz. El equipó tenía cara de campeón.

—¡Pimienta! —le dijo Pastorutti a José Velásquez esa noche en Stagnaro—. Cuando ganamos el título del 76, el chef se pasó de rosca con la pimienta el día de la final. Me parece que me estoy aclarando.

Al día siguiente, Marcelino llamó aparte al conductor del bus que llevaría al equipo al estadio.

—Don Roberto. ¿usted se acuerda del día que ganamos con nueve jugadores bajo la lluvia?

—A Universitario. Claro que sí profe.

—¿Qué pasó ese día, don Roberto? —Preguntó divertido Marcelino.

—Pasó que violé la luz roja en la Avenida Primero de Mayo y nos multaron —respondió avergonzado don Roberto.

—Pasó que ganamos el partido, Don Roberto —insistió Pastorutti—. Necesito de tu ayuda. Te vas a pasar la misma luz roja a la misma hora el domingo.

—Pero profe…

—Una multa no es nada si se compara con la gloria.

Don Roberto intentó protestar.

—¡Hacé lo que te digo, la concha de tu madre! —sentenció Marcelino.

Marcelino estaba decidido a recordar y aplicar cada una de las cábalas que lo habían llevado a la victoria. Desde los mas pequeños detalles hasta los mas aparatosos rituales. El juego del equipo comenzó a crecer durante la semana.

La concentración del equipo parecía un circo. Corbatas mal amarradas, teléfonos descolgados, vehículos mal estacionados. ¿Y el equipo? Jugando cada vez mejor.

Pero la madre de las cábalas era conseguir que el cuerpo técnico y los jugadores se abstuvieran de cantar el himno.

—Es una tentación, yo lo sé, pero hay que resistir —explicaba.

Marcelino llegó al extremo de ensayar este ritual en la práctica, alineando a sus jugadores y reproduciendo el himno para asegurarse de que ninguna cantara.

La media noche del viernes, Marcelino salía de Stagnaro con José. Cruzando el callejón los esperaba tras las sombras Sandro Pavlovski. Marcelino lo vio cuando era demasiado tarde.

—¿Qué hacés acá Sandro?

—Observándote como alzás el trofeo a dos días de la final —respondió Sandro—. Siempre es bueno soñar, Marcelino.

—Don Sandro —intentó mediar José Velásquez—, limitemos esta rivalidad a la cancha. Váyase para su casa, duerma bien. ¿Lo acompaño?

—Yo llevo 20 años sin dormir bien desde que me echaron de Lanús —replicó Sandro.

—Estás borracho, Pavlovski —protestó Marcelino -.

—Y ¿Qué vas a hacer? ¿Me vas a volver a hacer echar de mi equipo a dos días de la final? Así todos son campeones menos yo.

—¡Estabas jugando borracho! —Marcelino se defendía-. Hice lo que todo capitán debe hacer.

—No aclaremos que oscurece. Vos fumabas en el camerino y nadie te dijo nada, Pastorutti.

Sandro se arremangaba las mangas de la camisa.

—¡Yo tengo testigos! —gritó Marcelino.

—¡Yo también tengo testigos, Pastorutti! Yo te voy a dejar de perseguir, pero primero te gano el domingo.

—Yo soy testigo del talento de los dos. Son reyes de la táctica —José evito que se fueran a las manos-.

—Yo soy el rey sin corona —añadió Sandro—, mi viejo nunca me perdonó que me echaran de Lanús. Pero este domingo doy la vuelta. El viejo no se va a morir sin verme levantar la copa. Es la última oportunidad. ¿Me entendés?

El domingo se levantaba el telón del teatro de las cábalas. El agua fría, el café sin azúcar. El conductor violó la luz roja. En su boca el sabor de la excesiva pimienta sabía a victoria. La “cometa” Guzmán, quien no se recuperó de la lesión, entró en silla de ruedas al vestuario. Otra cábala.

Después de una emotiva charla técnica, los jugadores corrieron a la cancha.

José Velásquez apareció en el camerino a desearle buena suerte a Marcelino que le respondió.

—Mientras cumpla todas mis cábalas, vamos a estar bien.

En ese momento, alarmado, recordó que había olvidad el cigarrillo apagado y corrigió el error. Luego salió. José lo apuró:

—¡Corra profe! Es hora de que canten el himno.

—De que no cantemos el himno —corrigió Marcelino—. Acordate que es la madre de las cábalas… – alcanzó a decir emocionado mientras apuraba el paso hacia la cancha.

Marcelino encontró a sus jugadores alineados para el himno.

—Acuérdense, muchachos. ¡No lo vamos a cantar nada!

Marcelino cerró los ojos, y sus oídos esperaban escuchar el himno, pero en cambio escucharon la voz de Sandro Pavlovski por el altavoz.

—Damas y caballeros. Para mí es un honor ser un extranjero en estas tierras y disputar esta final. Y sé que mi colega y rival Marcelino Pastorutti piensa lo mismo.

—¿Qué hacés, Sandro? —protestó Marcelino.

—Por eso quiero resaltar que ustedes han recibido de la mejor manera a dos técnicos argentinos que han sabido llegar a esta final —prosiguió Sandro.

—¡Callate, salame! Vamo´a juga´lo —Marcelino se exasperaba.

—Y ya no nos sentimos más extranjeros —la multitud aplaudía—, nos sentimos de acá. Por eso, hoy no vamos a poner el himno. Marcelino, agarrá un micrófono y lo vamos a cantar a capella los dos para homenajear a esta tierra que nos ha sabido abrazar.

Marcelino se puso pálido y observaba con desconcierto a Sandro. La vida se le puso en cámara lenta.

—¿Qué pasa? —insistió un divertido Sandro—, ¿no te animás a cantar el himno conmigo?

El público arengaba y aplaudía emocionado. La caminata de Marcelino para agarrar el micrófono fue eterna. Marcelino cantó el himno pálido e inexpresivo mientras Sandro lo cantaba como un tango, con gestos amplios y grandes sonrisas. El público explotó eufórico. Muchos lloraron. José Velásquez estallo de la risa.

Después del suplicio, mientras cada uno volvía al banquillo, Sandro le alcanzó a susurrar:

—Yo compartí camerino con vos, Pastorutti. Yo me sé todas tus cábalas.

Herido de muerte en su cábala, Marcelino se sentó junto a su asistente.

—Son solo supersticiones —musitó—. El equipo está bien preparado táctica y anímicamente. Hemos trabajado duro…

Sólo bastaron veinte minutos para que el equipo se desmoronara con un autogol y un contragolpe.

Aunque Pastorutti trataba de corregir con indicaciones y cambios, el partido parecía ir más rápido de lo normal. Un craso error de Bellini, el arquero, desembocó en el 3-0. El último gol de Alianza fue magia pura. Moreira, volante rival, eludió dos defensas y puso una vaselina para sentenciar el juego.

Marcelino encendió su cigarrillo apagado después de doce años. El partido terminó y los rivales celebraron mientras Marcelino se quedó sentado en el banquillo fumando su desconcierto.

Cuando la eufórica celebración de Alianza terminó, José Velásquez se sentó a su lado en silencio.

—Lo invito al camerino se Alianza, profe. Hay un asunto de caballeros por resolver.

Marcelino estuvo de acuerdo. Al entrar al camerino, fueron recibidos por un Sandro sonriente que había perdido su aspecto sombrío.

—¿A qué debo el honor, señores?

—Te debo mil disculpas, Sandro —se precipitó Marcelino—. Las ganas de ser líder me convirtieron en un tirano.

—Está todo bien, déjalo —contestó sereno Sandro—. Yo no te guardo un rencor de 20 años.

—No —insistió Marcelino— si yo te hice echar del equipo.

—Estaba jugando borracho —enfatizó Sandro—. ¿Qué más ibas a hacer? ¿Llevarme pasabocas? Yo a un jugador borracho lo echo de Alianza…

Marcelino miraba al piso extrañado.

—Al menos me alegra que por fin hayas sido campeón.

—Yo ya fui campeón —sonrió Sandro—, ¿te olvidás? Apertura del 57 con Lanús antes de que vos llegaras, y como técnico, Libertadores del 71. Quedate tranquilo, Marcelino. Dale para adelante.

—Bueno, tu viejo tuvo una alegría más en su enfermedad —añadió Marcelino como buscando qué más decir.

—El viejo está bárbaro —aclaró Sandro-. Gracias por preguntar. Jamás había estado mejor. Es un roble…

José y Marcelo se miraron. Hubo un silencio breve interrumpido por Sandro Pavlovski que añadió.

—Vos tenés tus cábalas. Yo soy un gran actor. Hay diferentes formas de ganar. Nos vemos en el clausura, de seguro vas a querer revancha.

 

 

Felipe Aristizábal es un futbolero nato. 27 años, colombiano, de Medellín, hincha de Atlético Nacional. Obsesivo coleccionista de material de archivo, libros de historia y revistas deportivas de décadas que no volverán. Comunicador audiovisual, guionista de humor para radio, televisión y teatro, músico compositor y productor, muchos años dedicado al sonido para audiovisuales. La idea de este cuento la tuvo hace 5 años y sólo la escribió cuando pudo encajar todos los detalles.

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