por Guillermo Palomino

“Creo en ti, alma mía / Pero el otro que soy,

no debe humillarse ante ti

ni tú debes humillarte ante él”

-Walt Whitman, Hojas de hierba

 

Con la segunda edición de la obra poética La pupila incesante (1928-2013), el Fondo de Cultura Económica hace un merecido reconocimiento a la extensa y fructífera labor poética de Rómulo Bustos. Es una poesía madura que goza de gran vitalidad, una auténtica aventura estética del pensamiento, de la cual tenemos la sensación que al pasar el tiempo se solidifica, se condensa, volviéndose más honda, trasparente y diáfana. Este homenaje consagratorio termina por incluir a Rómulo Bustos entre las voces más consolidadas de la poesía nacional.

Uno de los fragmentos más fascinantes y sugestivos de la poesía universal podría servirnos para descifrar la frondosa pluralidad de la voz poética de Bustos: “¿Qué yo me contradigo? Pues sí, me contradigo. Y, ¿Qué? (Yo soy inmenso, contengo multitudes)” (Whitman, 1995); como múltiples heterónimos de un mismo poeta, la voz lirica de Rómulo Bustos se esconde tras de sí, anunciando incluso: “No me contiene este nombre/ Quisiera un nombre con muchas silabas” (“El nombre”, pág. 263). Sabemos que Bustos hereda palmariamente de Borges la preocupación por la escisión y la dualidad del hombre moderno, aunque el poeta de Santa Catalina irá más lejos diciendo: “Me dejo guiar por la idea de que yo no soy rigurosamente yo, si no que soy una multiplicidad de yo/es” (Aguirre R. B., 2014). Así pues, su poesía es como el cenzontle, ataviada por múltiples temas: “Ahora es una violina/ Después un azulejo, un muchacho que silva, un sangretoro, un turpial” (“Cenzontle”, pág. 342), oscilando siempre entre una cosa y otra, continuamente variable y ondeante como diría Montaigne; mas, sus tentativas pasan por un eje trasversal, un eje primordial, éste es, pues, la preocupación por lo trascendente, por los rostros desdibujados de la espiritualidad, una espiritualidad no comparable ni compatible con la que respaldan los imaginarios occidentales. Sin embargo, es una fuerza metafísica, cercana, diríamos a la experiencia panteísta spinoziana, que no está fundada en Bustos por la cercanía del ser con la cosa, o el amor y la compenetración del hombre con la copiosa abundancia de la materia. Acaso esa metafísica bustoniana esté fijada en la comprensión indiferente del yo lírico sobre  la dialéctica y el devenir de la unión del ser y la cosa.

Los temas que con mayor frecuencia sobrevienen en la poética de Bustos son puramente de orden material, aunque sólo en apariencia, la materialidad de sus temas siempre es trastocado por el afán de comprender lo esencial, es decir, el sustento metafísico que le permite a la materia no ser como no es. Cuando las cosas adquieren su plenitud en el mundo alcanzan su verdadera definición, no se parecen a sí, porque son dinámicas como un caballo que en su galope veloz planea por el aire, en ese “mismo instante/ el animal es un pájaro.” (“Ilímites” pág. 354). O cuando un mortal Jonás lamenta su suerte al ser confinado por los hombres al interior de la ballena se pregunta: “Acaso sea yo el corazón de la ballena” (“Monólogo de Jonás” pág. 221). Las cosas siempre son su envés, o por lo menos, pueden serlo en lírica de Rómulo Bustos.

En su ensayo “Notas sobre la poesía hispanoamericana actual” (Lastra, 1985) Pedro Lastra plantea las cuatro manifestaciones tendenciales de la poesía latinoamericana actual[1], afirma que las tendencias pueden estar en mayor o menor grado en las poéticas de los autores, pero aun así, sólo uno de los elementos bastan para inscribir al poeta en la modernidad literaria latinoamericana. En la poesía de Rómulo Bustos no sólo hay uno de esos elementos sino varios; justamente el tercer rasgo es esencial para comprender la poética bustoniana, se trata de la intertextualidad; sus poemas son un “espacio en el cual se dan cita, se desplazan, se acentúan, se condensan, se profundizan nuevas textualidades” (Lastra, 1985). En muchos poemas la cita es integrada y absorbida con voluntad paródica por la voz lírica como en “Poética I”, donde la voz juega hasta el cansancio y abusa de los recursos intertextuales: “(Cito a Jean Paul Richter)(…)/(sigo parafraseando a Richter)(…)/(sigo manoseando a Richter)” (“Poética I” pág. 374). Precisamente este poema es importante por lo que nos permite comprender acerca de la naturaleza escéptica de Bustos, en él se reflexiona sobre el quehacer poético dentro del poema, diciendo que “es más difícil poetizar sobre  una mosca o un mariapalito que sobre Héctor Priámida” (“Poética I” pág. 374). A la vez que hace un guiño intertextual entre sus propios poemas “Contra Parménides o la mariapalito” y “De la dificultad de atrapar una mosca”, insinúa paródicamente a la Ilíada homérica.

En “Cinegética”, por ejemplo, la voz lírica introduce al saíno en la literatura, le otorga “prestigio literario” la misma reputación literaria que Borges —al cual cita— concede al “oro de los tigres”. La voz está consciente de ello, demostrando que el acto creador, está vuelto hacia sí, reflexionando y “observándose en el acto de escribir” (Lastra, 1985). Luego el poeta hace una audaz reflexión filosófica de la consciencia creante, señalando que la materia de lo real “tiene las siete vidas del gato, más la del saíno, la gacela, el tigre, el cazador” (“Cinegética” pág. 277). Sugiriendo, de esa manera, que la materia desfila ante los ojos del poeta antes de perecer, para que éste pueda hacerla “habitar en la sangrante irrealidad del poema” (“Cinegética” pág. 277). La misma dinámica sucede en otro de los poemas, donde la realidad es traspuesta por la poesía; y la voz lírica sigue consciente del hecho reflexionado sobre la anécdota que es la esencia del poema; aceptando que su “irrealidad” está en la realidad de la anécdota, la cual el yo lírico trasmite sin el conocimiento del lector. En el poema antedicho, el yo lírico oficia los recuerdos de otro, no ese “otro, el mismo”, sino el otro que no pertenece al yo, y que además corresponde a otra individualidad, es decir, la del amigo Arteaga, del cual la voz dice: “Este recuerdo en realidad no es mío. / Me lo presto ad hoc un amigo para escribir este poema. Artega, se llama el amigo” (“De préstamo” pág. 391). Así, la anécdota que pertenece al terreno de la realidad, es implantada por el poeta en un nuevo plano, el  ya mencionado de la “irrealidad del poema” (“Cinegética” pág. 277). En consecuencia, el yo lírico se concibe a sí mismo como un simulacro moderno del amanuense, encargado de trascribir en limpio los escritos ajenos, ya de “Gabriel el ángel de las palabras” (“El amanuense” pág. 286) ya del “amigo Arteaga” (“De préstamo” pág. 391). Por eso, sus poemas resultan discontinuos y volubles como los “cuatro rostros/ y, por consiguiente, cuatro bocas” (“El amanuense” pág. 286) de el arcángel, que precisamente es el “personaje, la máscara o el doble en el espació poético” (Lastra, 1985). El acompañante de la voz lírica durante gran parte del trayecto poético de Rómulo Bustos, el que dicta las palabras para que el poeta pueda cifrarlas, sin saber de qué oculta providencia descienden, porque “El arcángel tampoco lo sabe. A él también le dictan” (“El amanuense” pág. 286).

 

Notas

[1] Cobo Borda, en su reseña “Poemas de amor” sobre el poemario del mismo título de Darío Jaramillo Agudelo, platea el siguiente resumen sobre los rasgos distintivos de la poesía latinoamericana actual, propuestos por pedro Lastra: “1. “aparición del personaje, de la máscara o el doble en el espacio poético”. 2. “recurso a la narratividad”. 3. “Recurso a la intertextualidad”. 4 “reflexión sobre la literatura dentro de la literatura.” (Borda, 1986).

 

Bibliografía

Aguirre, R. B. (11 de 01 de 2014). Crear el creer. Las oscilaciones de una escritura invisible. (J. Valbuena, Entrevistador)

Aguirre, R. B. (2016). La pupila incesante. Bogotá: Fondo de Cultura Económica.

Borda, J. C. (1986). Reseña: Poemas de amor. Boletín cultural y bibliográfico del Banco de la República, 56-58.

Lastra, P. (1985). “Notas sobre la poesía hispanoamericana actual”. Revista chilena de literatura.

Whitman, W. (1995). Hojas de hierba. Madrid: Visor de poesia.

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