por Johan Sánchez

 

Nada como el fútbol (y las chelas, diría Iván Cruz) para aliviar las penas. Nada como un partido de la selección nacional de fútbol para que, por una vez, se olviden las diferencias, las rivalidades, las injusticias. Nada como estar a escasos puntos de volver a un mundial, después de treinta y seis años, para que todas las sangres y colores de un país se junten como nunca en un solo abrazo entonando el himno nacional a voz en cuello, en un chauvinismo descomunal. Hoy todos somos Perú, mañana volvemos a lo mismo, a la miserabilidad, a la decadencia, a la indiferencia de siempre. Sí pues, es que el fútbol sirve para eso, hermano, para olvidarse por un momento de toda esta vaina del día a día. El conductor, un cuarentón de voz chillona, resopla y no se guarda nada. La avenida Grau es un caos, el taxi avanza unos metros y se vuelve a detener. Toca el claxon haciendo el clásico sonido de las bocinas en el estadio. Sonríe. Cómo no contagiarse con esta fiesta, es imposible. Lleve su camiseta, casero, también hay stickers y vinchas, mire nomás, sin compromiso. Pucha, hermano, creo que más rápido llegas caminando. Me bajo en Aviación. Un grupo de muchachos con el torso desnudo pasa lanzando arengas: ¡Vamos, Perú, conchasumadre! Cruzo Grau entre autos y buses atascados. Son las cuatro y media de la tarde cuando llego a la puerta de emergencias del Hospital Dos de Mayo.

Señores pasajeros, damas y caballeros, el que les habla, el que les saluda es un joven que se gana la vida, así es joven, señorita, padre, madre, que se gana la vida honradamente… en esta oportunidad voy a cantarles unas cancioncitas, espero que sean de su agrado… y que viva el Perú, hoy ganamos, así es, nos vamos al mundial por mi madrecita. La pista musical de una cumbia sonó en un pequeño parlante que llevaba sujeto a la cintura. El músico ambulante cantó un par de canciones lanzando de rato en rato una arenga a la selección. Los pocos pasajeros del bus, desbordados de entusiasmo, lo apoyaron. Nadie, en la mañana del martes, parecía estar de mal humor. El conductor y su ayudante lucían camisetas blanquirrojas, orgullosos, sonrientes. Tenemos que ganarle a Colombia, así no dependemos de nadie, un muchacho le explicaba a su enamorada todos los escenarios posibles. Un empate nos serviría si los demás pierden, o sea, Brasil se despacha a Chile y Ecuador a Argentina; aunque no creo que Argentina se deje ganar, ese partido ya está arreglado, no hay manera de que Argentina no vaya al mundial. La muchacha movía la cabeza de arriba abajo en señal de entendimiento. Por la avenida Javier Prado pasó una caravana de autos embanderados y ataviados con globos blancos y rojos, algunos de los ocupantes sacaban medio cuerpo por las ventanas exclamando: ¡Perú! ¡Perú! ¡Perú! ¿Ya está todo listo para la noche? Ya estoy yendo para allá… sí… no, hoy no fui a trabajar… cómo crees, mi amor… no, no he invitado a nadie… ya, ya, solo por hoy… hoy es un día especial pues amorcito… ajá… sí, estoy en el micro… ya llego, chau. Ja, ja, ja… ¿has visto el meme de Chile? Ahí te he enviado un wasap. ¡Aló, batería! Estoy aquí con la Mary, vamos a ver el partido pe… habla bien… ya, dile al cabezón que se haga una pe… una cajita de chelas pa’ empezar… lo justo, papi… arriba Perú.

La sala de emergencias nunca descansa, menos cuando falta menos de dos horas para el partido que ha paralizado todo el país. La enfermera en la recepción lleva una vincha blanquirroja, su compañera que acaba de terminar su turno tiene pintadas en las mejillas sendas banderitas peruanas. Ahora sí me voy volando, le dice y se despiden con un beso. Le pregunto por la sala de cuidados intermedios. Siga por este pasillo, la primera puerta de la derecha. ¡¿Dónde está?! Mi hijo, dónde está mi hijo. La mujer grita desesperada. El de seguridad le dice que se tranquilice. Camino, a un lado del pasadizo una joven descansa en una silla de ruedas con la pierna enyesada, tiene puesta la camiseta de la selección. Dolor y lágrimas en cada sala, unos con males menores otros luchando por sobrevivir, pero mientras haya vida hay esperanza, sino mira a la selección, nadie creía que podíamos clasificar al mundial y ahora estamos a un partido, compadre, ojalá los muchachos nos den una alegría, a este pueblo que tanto lo necesita, una alegría diosito entre tanto sufrimiento. El anciano sentado en la camilla besa su crucifijo, su interlocutor, un regordete cincuentón de rostro pálido, asienta con la cabeza y se persigna. Llego hasta el final del pasillo sin encontrar la puerta correcta. No sé si quiero encontrarla. A quién busca, joven, ya se acabó el horario de visita, me dice la mujer que empuja un carrito de limpieza. Cuidados intermedios, le digo. Ahí, la primera puerta, responde y se pierde por otro pasillo. La puerta está abierta, veo el interior, me quedó ahí parado bajo el umbral.

Le va dar al arco Paolo Guerrero, le va dar al arco, barrera de tres, le va dar Paolo, va para darle, le dio Paolo… ha pitado el árbitro, ha sumado Perú en la Bombonera, como en el sesenta y nueve nos llevamos un punto… todavía falta un partido, todavía falta uno, pero será en casa, en el Nacional… Con su voz chillona, emocionada, Daniel Peredo narraba el final del partido contra Argentina de hace cinco días. Faltaba un partido y era contra Colombia. La plaza mayor de Lima empezaba a llenarse de gente. Una pantalla gigante y un escenario esperaban por los aficionados. Familias enteras, grupos de amigos y seres solitarios buscaban el mejor lugar para acomodarse y prepararse para la celebración. En mis casi treinta años no he visto algo parecido, nada que convoque tanto sentimiento, que paralice a un país entero. En el Perú, como en la mayoría de países de Sudamérica, el fútbol es el deporte mayor. Nacemos y ya somos por tradición hinchas de algún club, crecemos y lo primero que aprendemos a patear es una pelota, con el tiempo la dominamos y soñamos con ser jugadores profesionales. Todos, al fin y al cabo, somos futbolistas frustrados. Nos juntamos los jueves a pelotear con los patas y nos rompemos la madre, luego vienen las chelas y la vida sigue como siempre. Si o no, chato. Así es, compadre, todos aquí estamos a muerte con la selección, gane o pierda, en las buenas y en las malas, como buenos hinchas. Imagínate, hermano, aquí nadie pasa de los treinta y cinco años, entonces nunca hemos visto a la selección en un mundial. Esto es histórico, los muchachos están haciendo historia, se lo merecen. Es la selección de los millenial, de los cholos, de los Cuevas, de los Flores, de los Guerreros, de todos. El grupo de oficinistas se perdió por el Jirón de la Unión rumbo a la plaza San Martín. La música que suena por el autoparlante de un centro comercial evoca nostalgia. Salí a las calles con la intención de contagiarme de la fiesta, de volver a sentir esa emoción que perdí hace tiempo cuando el fútbol pasó a ser, como diría Valdano, lo más importante de las cosas que menos importan. Amigo, compra una vinchita, mira que tengo también unos pega-pega. La muchacha venezolana, igual que sus compatriotas que migraron al Perú en busca de una oportunidad, dejó por un día de ofrecer las clásicas arepas, la tizana y las bombas venezolanas. Tenemos que aprovechar la coyuntura, la gente se ha vuelto loca por el fútbol. Ella tampoco entiende y con razón; en Venezuela el deporte que mueve pasiones es otro: el béisbol.

Recibí la llamada cuando estaba por entrar al bar El Estadio. Lanchito, un amigo entrañable, luchaba por su vida en la sala de emergencias del Dos de Mayo. Aquí estoy, parado bajo el umbral de la sala de cuidados intermedios, y veo al larguirucho querido con los pies que le sobresalen de la camilla, conectado a las maquinas que lo mantienen estable. Me acerco, le toco el brazo, no encuentro respuesta. Tiene medio cuerpo paralizado, me dice la doctora que pregunta si soy su hijo. Podría serlo, pero no, es un amigo de toda la vida. Hacía cuatro días, el día después del empate en la Bombonera, estuve en su casa, en el jirón Camaná, a una calle de la plaza mayor donde a esta hora seguro ya luce abarrotada. Él, con sus sesenta y siete años, si había visto a la selección en un mundial. Hablaba de Cubillas, del Cholo Sotil, Chumpitaz, Perico León, del Ciego Oblitas como si fueran sus patas. Estos muchachos han tenido suerte, decía. Primero los puntos que nos dieron del partido con Bolivia en La Paz, después otros resultados que nos acompañaron. Suerte y persistencia, finalizaba. Ojalá que le ganen a Colombia. Tenía razón. Lo más cerca del mundial que vi a la selección fue en el 97’. Aquel equipo dirigido por Oblitas, tenía la base del Sporting Cristal, subcampeón de la Libertadores. Era un equipo sin grandes estrellas, un once armado con jugadores de la liguilla con el Ñol Solano y el Chorri Palacios en el medio campo, Olivares y Maestri arriba, el Cabezón Reynoso mandando en la defensa y un soberbio Balerio en el arco. Con nueve años en mis espaldas sufrí como nunca esa eliminación por un gol de diferencia, más aun cuando fue Chile (el eterno rival) el que nos dejó fuera. De eso ya veinte años y hoy cuando afuera se alista una celebración, aquí no hay nada que celebrar.

Ahí, ahí… no lo muevas… pucha, ya se movió. Ponlo donde estaba endenantes… el de seguridad levantaba el brazo moviendo de un lado a otro el cable que fungía como antena del televisor. En la sala de espera de emergencias nadie se quería perder el partido. La imagen se veía borrosa, apenas se notaba el verde del campo de juego y los jugadores que corrían tras la pelota. ¿Cómo va? Preguntó un doctor que se tomaba un descanso. Creo que están empatados, respondió el hombre con un vendaje en la cabeza. En una esquina una mujer se retorcía de dolor y una jovencita a su lado se secaba las lágrimas. Súbete a la silla, le gritaron al de seguridad con la esperanza de que la imagen se clarifique. Vamos, muchachos, que tenemos que ganar, arengaba la enfermera de la vicha blanquirroja. La señal del televisor nunca mejoró. No podíamos hacer nada más. Esperamos por el informe médico y salimos cuando ya casi terminaba el primer tiempo.

En condiciones normales, la avenida Grau es un hervidero de autos y buses que pugnan entre bocinazos por salir del atolladero y ambulantes que ofrecen todo tipo de chucherías. Hoy es un desierto. Margarita, mi viejo y yo, caminamos cabizbajos y en silencio. Todos recordamos al gran Lanchito, el ingeniero bonachón, que se juega quizá su último partido. No había marcha atrás, el informe médico le daba pocas esperanzas. ¿Pudieron hablar con él? Pregunta Margarita, su antigua secretaria. Mi viejo, un arquitecto sin título, lo siente más que yo. De él fue que heredé la amistad de toda una vida con Carlos José. Avísale a tu papá y a Margarita, fue lo primero que me dijo, cuando me reconoció. Hablaba con dificultad, apenas se escuchaba su voz. Me quedé ahí acompañándolo hasta que el de seguridad me sacó. Todo va a estar bien, descansa, todo va a estar bien. No pude decirle más. Me tomó de la mano y la aferró como si fuera la última vez, como si supiese que se estaba jugando los descuentos. ¿Te dijo algo? Vuelve a preguntar Margarita. No le contesto y sigo caminando mirando al asfalto con el corazón lacerado.

Por la reconchadetumadre, por qué no lo marcan… ya se cagó todo, carajo. La voz llegaba desde el interior de una tienda en la que estaban apostados un grupo de amigos viendo el partido. James Rodríguez había marcado el primer gol del partido a los diez minutos del segundo tiempo. Silencio total en el estadio nacional de Lima y en todos los rincones del Perú. A esas alturas se sabía que Argentina, con una gran actuación de Messi, le ganaba tres a uno a Ecuador en Quito, que Brasil le había metido tres a Chile y que Paraguay iba empatando con Venezuela. El gol de James nos volvía a la realidad, esa que dice: jugamos como nunca, perdimos como siempre. Llegamos a Abancay y caminamos en dirección al Parque Universitario. Allí en una pollería que olía a grasa y cerveza nos sentamos a ver lo quedaba del partido. Éramos nosotros y una familia más que esperaba expectante un gol que nos devuelva la vida. Mi viejo hacía cálculos. Una van a tener y hay que rogar por que los paraguayos no metan un gol en Asunción. Setenta minutos de partido y no parece cambiar nada, los muchachos no encuentran la senda para ese gol que nos coloque en el repechaje. Setenta y cinco minutos, tiro libre para Perú. Es tiro libre indirecto, Paolo, advierte Peredo, tiro libre indirecto… tiro libre indirecto, gol, la tocó, la tocó, la tocó, la tocó el arquero, gol, gol, gol, goooool peruano… la toca Ospina y nos devuelve el aire, nos vuelve hacer ilusionar, nos hace soñar.

Qué nochecita, comparito. Fíjate que si el arquero la deja pasar no era gol. Y después la celebración. Dice que la bulla se sintió como si fuera un temblor. ¡Qué bárbaro! Hoy la gente no duerme, eso es seguro. Son las diez de la noche, estoy de vuelta en el hospital a la espera del último informe médico. Converso con dos taxistas, y dos señoras que venden café y caldo de gallina para el frío. Sonría, joven, que vamos al mundial. No te alegres, que todavía falta el repechaje. ¿Viste esos últimos quince minutos? Eso no se hace, tenían que haberse ido con todo a meter un gol más y clasificar directo. Bah… no seas mezquino, ya estaba todo finiquitado. Chamo, vente pa’ acá, te voy a comprar una bombita nomás porque nos ayudaron. Ese gol de Venezuela en Asunción, hermano, impensable. Ay, negrito, no seas llorón, que igual le ganamos a Nueva Zelanda, vas a ver. Una señora me pregunta si están dejando entrar. Tiene que quedarse a cuidar a su hermana que está en cuidados intensivos. A lo lejos todavía siguen celebrando con bombardas y fuegos artificiales. De repente llega una mototaxi a toda velocidad que casi se estrella contra el portón de emergencias. ¡Abran la puerta! Exclama el conductor. Dentro traen un muchacho que acaba de ser acribillado. Lleva puesto una camiseta de la selección que ahora está más roja que blanca. Detrás llegan dos muchachas llorando a gritos. Lo han baleado a mi hermano, esos desgraciados, balbucea una de ellas y se pierde en la sala de emergencias. Qué nochecita, comparito, qué nochecita. Mañana volvemos a lo mismo, me había dicho el taxista que me trajo al hospital hacía unas horas. Todavía no llegamos al miércoles y ya volvimos a lo de siempre. Y es que rueda y rueda la vida, mi hermano, rueda y rueda el balón, así decía la canción de una de las tantas eliminatorias perdidas. Ahí me quedo con las manos en los bolsillos, cuando ya es casi medianoche y no tengo nada que celebrar.

 

Lima, 10 de octubre de 2017.

 

Johan Sánchez. Lima, 1988. Diseñador, viajero y escritor. Cursó estudios de Ingeniería Ambiental en la Universidad Nacional del Callao. A finales del 2014 dejó todo para irse de viaje y ponerse a escribir. En el 2015 fue seleccionado para el Concurso de Improvisación Literaria “Lucha Libro”. Ha publicado cuentos y crónicas en revistas limeñas. Hoy sigue viajando y escribiendo (o eso quiere creer), mientras prepara su primer libro de cuentos.

Ilustración de Ignacio Iturria.

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